El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 13
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Violet

—Aj. —Me darían ganas de darle una patada a la estúpida cafetera si no fuera porque me haría daño en el pie y porque está sobre la encimera, lo que significa que probablemente me caería de culo si lo intentara.

Jarrod se acerca a mí y se cruza de brazos.

—No sé cuánto tiempo más podré mantenerla en marcha.

Pongo los brazos en jarras y suelto un suspiro.

—Lo sé.

Esta noche volveré a revisar las cuentas, a ver de dónde puedo sacar algo de dinero. Una máquina de café expreso profesional cuesta miles de dólares, pero quizá pueda encontrar una de segunda mano por algo menos.

—Puedo aportar algo. Tengo algunos ahorros —ofrece.

Esbozo una sonrisa cansada pero sincera.

—Gracias, Jarrod. Es muy amable por tu parte. Pero ya me las arreglaré. —Lo último que quiero es que arriesgue su dinero en lo que bien podría ser un barco que se hunde. Aunque solo pensar en que eso sea así me provoca una sensación de vacío en el pecho.

Abre la boca como si fuera a protestar, pero en ese momento suena el timbre de la puerta, lo que indica que tenemos un cliente.

—Si vas tú a atender, intentaré que funcione un poco más —dice.

Le doy una palmadita en el antebrazo.

—¿Qué haría yo sin ti?

Me guiña un ojo y yo le dedico una sonrisa, y me vuelvo hacia la persona que acaba de entrar. La sonrisa se desvanece, junto con mi buen humor, al darme cuenta de quién es el cliente.

La sonrisa de Tate no hace más que ampliarse —supongo que al darse cuenta de mi consternación—.

Mientras se acerca a mí con aire despreocupado, con un traje impecablemente cortado y los ojos brillantes, me resulta casi imposible ignorar lo atractivo que es.

Por molesto que sea, tengo que admitir que una mirada como esa de Tate King haría que a la mayoría de las mujeres les temblaran las piernas, pero teniendo en cuenta lo que sé de él y lo que él sabe ahora de mí, mis piernas se mantienen firmes.

Más o menos.

Me paso las manos por los muslos, enfundados en vaqueros, y me encuentro con él en la barra.

—Tate.

Su sonrisa se hace aún más amplia ante mi tono seco. Como si de verdad le gustara. Eso me molesta. Él me molesta.

—Violet.

Miro por encima del hombro, hacia Jarrod, y luego me vuelvo hacia Tate y bajo la voz.

—No esperaba verte. —El «otra vez» se sobreentiende.

Se apoya con indiferencia contra la barra, evaluando la cafetería vacía de con un aire un poco demasiado perspicaz.

—¿Un día ajetreado?

Rechino los dientes y trato de apagar la irritación que se enciende en mi pecho ante esa simple frase.

—Pronto se animará.

—Hasta entonces, ¿tienes tiempo para tomarte un café conmigo?

Frunzo el ceño.

—¿Contigo?

—Sí, conmigo. —Se ríe entre dientes—. Tenemos que hablar.

Suelto un suspiro y me cruzo de brazos.

—No alcanzo a imaginar de qué tendríamos que hablar tú y yo.

—Ahí es donde te equivocas. Hay mucho de qué hablar.

Si cree que tengo algún interés en volver a sacar a relucir lo que pasó el viernes por la noche —o el anterior—, sobre todo aquí, está muy equivocado.

—No creo que…

—Violet. —Su voz es grave, y esos ojos marrón dorado, injustamente hermosos, me traspasan y envían una descarga de adrenalina por mis venas—. Deja de discutir conmigo y dedícame unos minutos de tu tiempo.

Trago saliva. Por un momento, me transporto a aquella primera noche en el Onyx, a la forma en que me miró cuando me dijo que iba a hacer que me corriera tan fuerte que iba a sentirlo durante días.

Lo más terrible es que así fue. Todavía lo revivo una y otra vez; el recuerdo de lo bien que me hizo sentir solo con sus dedos me ha perseguido desde aquella noche y más aún después de descubrir que él era el hombre de la máscara de diablo.

Aborrezco saber que, antes de descubrir quién era, me corrí recordando cómo me había tocado.

Y aborrezco aún más haber tenido que obligarme a no fantasear con ello de nuevo en los días posteriores.

Siento la piel caliente y le rezo a Dios para que Tate no se dé cuenta de adónde se han ido mis pensamientos.

Pero, al parecer, mi curiosidad por saber de qué podría querer hablarme es más fuerte que mi vergüenza.

Suspiro y me vuelvo hacia Jarrod, y veo que ya nos está mirando con expresión inquisitiva.

—¿Podrías hacer dos cafés y llevárnoslos a una mesa?

Me dedica una sonrisa.

—Claro, jefa.

Cuando vuelvo a mirar a Tate, está concentrado en Jarrod. No consigo descifrar su expresión, pero un momento después, su atención vuelve a mí. Me señala el fondo de la cafetería, y yo rodeo la barra y lo sigo hasta una mesa que hay en la esquina.

Cuando llegamos, me sorprende al apartarme la silla. Me siento, balbuceando un «Gracias» y él esboza una sonrisa divertida y se sienta en la de enfrente.

—¿Por qué estás aquí? —pregunto. Prefiero no alargar esto más de lo necesario.

En lugar de responder de inmediato, se limita a recostarse en la silla y a estirar sus largas piernas bajo la mesa. Aparto las mías cuando él las roza.

—Tengo una propuesta que hacerte —dice.

Frunzo el ceño y arrugo la nariz.

—¿Qué clase de propuesta?

—Una que será beneficiosa para los dos.

Teniendo en cuenta lo diferentes que son nuestros mundos —lo diferentes que somos—, me cuesta creer que pueda hacerme una propuesta que nos beneficie a los dos. Aun así, ha despertado mi curiosidad.

—Vale, ¿ de qué se trata?

En lugar de soltar los detalles, se queda callado y mira por encima de mi hombro. Un momento después, aparece Jarrod con dos tazas de café, que deja frente a nosotros y, después de que le demos las gracias, me dedica una sonrisa, le hace un gesto con la cabeza a Tate y regresa tras la barra.

Cuando está lo bastante lejos como para no poder oírnos, Tate vuelve a hablar.

—Necesito tu ayuda con un problema. Y, a cambio, puedo ayudarte con tu negocio.

Me estremezco. ¿Es tan obvio que estoy pasando por un mal momento?

—¿Por qué crees que necesito tu ayuda?

Arquea las cejas y echa un vistazo a su alrededor, llamando la atención sobre el vacío que ocupa lo que debería ser el bullicio de los clientes.

—¿No lo ves?

—Es que ahora mismo hay poco movimiento.

—Ya he venido dos veces y las dos veces estaba tranquilo.

Me muevo en mi asiento y aferro con fuerza la taza.

—Estoy esforzándome mucho para que todo vuelva a la normalidad.

—Y yo puedo ayudarte a hacerlo mucho más rápido y de forma más eficiente que si sigues intentándolo por tu cuenta.

Esquivo la mirada demasiado perspicaz de Tate.

—No necesito una limosna.

—No es una limosna. Es un acuerdo comercial.

No debería hacerle caso. Debería decirle que disfrute su café y luego irme a la trastienda a ver de dónde puedo sacar dinero para comprar una nueva máquina de café.

Lo que ocurre es que me da un miedo terrible que no haya dinero en ningún sitio.

Nuestro contrato con José no es barato, y hace muy poco que he podido volver a servir el café que él solía suministrarnos: el café de calidad en torno al cual mi padre construyó este local.

Cuento con que eso atraiga de nuevo a la gente, pero, si tengo que cancelar el contrato, José no me dará otra oportunidad.

Y tampoco sería justo esperar que lo hiciera.

Aparte del contrato con él, el presupuesto de la cafetería no me deja margen de maniobra. Recortar gastos en cualquier otro sitio es imposible. Un acuerdo comercial con Tate tiene que ser mejor que admitir la derrota y arriesgarme a pedir un préstamo o perder el local.

—De acuerdo. ¿En qué consiste ese acuerdo?

Una leve sonrisa se dibuja en sus labios.

—Necesito que finjas tener una relación conmigo.

Enarco una ceja y espero a que se ría y me diga lo que quiere de verdad, pero él se limita a darle un sorbo a su café, con toda su atención puesta en mí. Finalmente, me doy cuenta de que no va a reírse.

—No puedes estar hablando en serio…

—Por supuesto que sí. Quiero que finjas ser mi novia durante unos meses. —Su sonrisa se amplía—. Ten en cuenta que eres la primera mujer a la que le he pedido que salga conmigo, así que no me rompas el corazón diciendo que no, mariposa.

Está bromeando. Tiene que ser eso. Porque lo que me está pidiendo no tiene sentido. Pero aun así, la forma en que ha dicho «Mariposa», con el mismo tono grave que aquella primera noche en el Onyx me provoca un cosquilleo en el vientre.

Si fuera lista, me levantaría y me iría. En cambio, le hago la única pregunta que me corroe por dentro.

—¿Por qué leches necesitas una novia falsa?

Se pasa la mano por la barbilla.

—La prensa sensacionalista ha publicado unas cuantas cosas sobre mí que pueden acabar perjudicando al King Group.

¿Por qué no me sorprende? Al fin y al cabo, estoy tratando con Tate. Debería haber sabido que sería algo así.

—No me digas que te has acostado con quien no debías… —Mi mente se remonta a la primera vez que lo conocí—. O con dos «alguien».

Sorprendentemente, la diversión casi constante de su mirada se desvanece.

—No me he acostado «con dos alguien». Ni siquiera con uno. Se trata de unas fotos sacadas de contexto. Por desgracia, la prensa sensacionalista es implacable, y tenemos que controlar la narrativa antes de que afecte negativamente a la empresa.

Mi cerebro se pone en marcha.

—¿Y crees que una novia falsa convencerá de alguna manera al mundo de que ahora eres un tío responsable y comprometido?

—Asiente, con los ojos aún clavados en mí.

Es desconcertante, pero siempre me ha resultado un poco demasiado desconcertante para mi gusto ser el centro de la atención de Tate—.

¿Por qué yo? Debe de haber montones de mujeres que estarían más que interesadas en salir contigo.

—Porque no necesito una novia de verdad.

Necesito una novia falsa. Una mujer con la que ya tenga una conexión, para que no parezca que ha salido de la nada.

Una mujer para quien esto sea una simple transacción comercial.

—Arquea una ceja, y vuelve a mostrarse divertido—.

Quizá una mujer a la que ni siquiera le guste para que no se enamore de mí.

Arrugo la nariz.

—¿Porque eres un tipo tan increíble que cualquier mujer se enamoraría de ti si pasara más de una noche a tu lado?

Se ríe, sin inmutarse en absoluto por mi tono.

—Algo así.

Solo por seguir aquí sentada debería cuestionarme mi cordura. Fingir que salgo con Tate es una idea terrible. Pero puedo ver la lógica que subyace en ella. Más o menos.

—¿Cuánto tiempo crees que llevará controlar la narrativa?

Se encoge de hombros.

—Es difícil de decir. Un par de meses. Quizá más. Podríamos añadir una prórroga al contrato si fuera necesario.

Un contrato. Claro. Y aún tengo que descubrir qué implica la otra parte de este acuerdo.

—Explícame qué obtendría yo por fingir que estoy loca durante al menos dos meses.

Su boca se contrae como si estuviera esforzándose por contener una sonrisa.

—¿Loca?

—¿De qué otra forma describirías a alguien que pudiera enamorarse de tu…? —Muevo el dedo arriba y abajo en su dirección.

—¿Encanto? ¿Belleza? ¿Destreza sexual? —sugiere él.

Ladeo la cabeza y le dedico una dulce sonrisa.

—Tu ego desmesurado. —Él echa la cabeza hacia atrás y se ríe, y me resulta imposible dejar de mirar la fuerte columna de su cuello.

Los recuerdos de haber tenido mis labios ahí mientras me retorcía en su regazo se abren paso en mi mente.

Cierro los ojos con fuerza y trato de ahuyentarlos.

Aun así, me arden las mejillas y la excitación se enrosca en lo más profundo de mi vientre.

Cuando vuelvo a centrarme en Tate, ya no se está riendo.

Su mirada es ardiente, intensa y está centrada por completo en mí.

¿De qué color tengo la cara ahora mismo? ¿Sabrá por qué?

—Por fingir que no te cansas de mi enorme…

ego —vuelve a esbozar esa sonrisa burlona y yo pongo los ojos en blanco—, te daré cincuenta mil dólares.

—Se me paraliza el corazón y luego se acelera a toda marcha.

Antes de que pueda abrir la boca para responder, su siguiente frase me deja sin palabras—. Al mes.

Me desplomo en la silla, con el pulso tan acelerado que siento un poco mareada.

Cien mil dólares como mínimo. Más si la relación falsa se prolonga durante más de dos meses.

Eso me cambiaría la vida. Podría reinvertirlo todo en True Brew.

Comprar equipo nuevo, contratar más personal, dejar el local como debe estar.

Parece demasiado bueno para ser verdad.

Una leve sospecha me hace sentarme erguida de nuevo. Aprieto el puño con fuerza.

—Mark no está detrás de esto, ¿verdad? —Sé que le gustaría ayudar, pero independientemente de lo bien que le pague King Group, me niego a fundirme sus ahorros en caso de que no consiga que esto funcione.

A Tate se le arrugan las comisuras de los ojos, como si estuviera reprimiendo una sonrisa.

—Si crees que él te sugeriría de buena gana que salieras conmigo, fuera de verdad o no, es que no conoces muy bien a tu hermano.

A regañadientes, se me escapa una risita.

—Tienes razón. No sé en qué estaría pensando.

—¿Sabes que me advirtió que me mantuviera alejado de ti incluso antes de que nos conociéramos?

—¿En serio?

—Me sentó y me dio una charla muy seria sobre cómo su hermanita era algo prohibido.

Una sensación de calidez me invade y no puedo evitar sonreír.

—Eso suena muy propio de él. Lo cual me lleva a preguntarme cómo va a reaccionar a este acuerdo.

Tate se echa hacia delante, escrutando mi rostro.

—¿Eso significa que aceptas?

—Yo… —Echo un vistazo a la tranquila cafetería y recuerdo cómo era hace unos pocos años, cuando mi padre todavía estaba con nosotros. Por aquel entonces rebosaba energía y animada por el murmullo de un montón de clientes felices. Vuelvo a mirar a Tate.

—Tengo mis condiciones…

La sonrisa lobuna que se dibuja en su rostro hace que el cosquilleo en mi vientre se acentúe.

¿En qué me estoy metiendo?