11 #2
Lleva el pelo revuelto y tiene las mejillas sonrosadas.
Quizá sea por la máscara o quizá por lo que acabamos de ver al pasar.
O tal vez se deba a la situación en la que se encuentra.
Sea como sea, está tremendamente sexy, ahí, frente a mí, con ese vestido azul.
Tiene la barbilla un poco levantada para mirarme a los ojos, y eso deja al descubierto la suave línea de su cuello y la profunda uve de su escote.
De repente me cuesta recordar por qué no debería tumbarla en la cama que tenemos al lado y hacer que se sintiera bien otra vez, pero no tardo en acordarme.
Ella desvía la mirada, se pasa los dedos por el pelo y se cruza de brazos, con su máscara de mariposa color mantequilla colgando de sus dedos.
—Explícate, por favor.
Tiro mi máscara sobre la cama y me paso una mano por la nuca.
—Estuve aquí la semana pasada porque soy copropietario de este club.
Mi socio y yo estábamos hablando en la barra cuando te vi entrar.
Y de verdad, de verdad, que entonces no sabía quién eras.
Igual que tú no sabías quién era yo. Hace años que no nos vemos, y antes de eso, solo visitabas a Mark unas cuantas veces al año.
No es de extrañar que con estas máscaras puestas, en este lugar, ninguno de los dos nos reconociéramos.
—Ladea la cabeza, evaluándome en silencio—.
Pienses lo que pienses de mí, Violet, te aseguro que no te mentiría sobre eso.
—Ella asiente, casi a regañadientes, pero sigue sin hablar—.
Cuando Mark me invitó a comer en tu local —continúo—, solo pensé que estaría bien volver a verte.
Eso hace que arquee las cejas.
—¿Por qué?
—No lo sé. —Busco las palabras para explicar esa idea—. ¿Para ver cómo te iba? ¿Para ver si seguías detestándome tanto como entonces? Lo creas o no, siempre disfruté de tus visitas.
Deja caer los brazos a los lados.
—Nos pasábamos todo el rato discutiendo mientras estaba allí.
Doy un paso hacia ella.
—Y me gustaba. Era refrescante.
—¿Quieres decir que fue un cambio agradable respecto a todas las mujeres que se te lanzaban encima? —No pone los ojos en blanco, pero lo noto en su voz.
Esbozo una sonrisa.
—Algo así. En fin, la cosa es que Mark me invitó a ir y yo sentí suficiente curiosidad como para aceptar.
Y luego… —Doy otro paso hacia delante. Esta vez, cuando lo hago, llego lo bastante cerca como para tocarle el hombro y, cuando mis dedos rozan su piel desnuda, ella inspira bruscamente.
Hago todo lo posible por ignorar cómo le late el pulso en la base del cuello y hago que se gire para revelar el tatuaje de su espalda—.
Vi esto. —Sin apenas rozarla, recorro el contorno de las alas azules y negras, igual que hice aquella primera noche.
Se le pone la piel de gallina por todo el cuerpo como respuesta. Inspiro hondo y pongo la palma de mi mano sobre el tatuaje para cubrirlo todo; cierro los ojos e imagino cómo la deslizo a lo largo de su columna vertebral hasta llegar a la curva de su trasero.
Tras un largo latido, me obligo a dar un paso atrás.
Violet se da la vuelta para mirarme. Sus mejillas están sonrojadas de nuevo y sus pezones son visibles tras el fino tejido de su vestido. Puede que yo no le guste mucho, pero no puede fingir que a su cuerpo no le gusta que lo toque.
Es obvio que ella también lo sabe porque vuelve a cruzarse rápidamente de brazos y carraspea.
—¿Y esta noche? ¿Por qué has venido?
Esta es la parte complicada.
—No iba a hacerlo. Después de verte en la cafetería, pensaba dejarlo estar.
Pero… —Me decido por una verdad a medias—.
No me gustaba la idea de que estuvieras esperando a alguien que no iba a aparecer y no quería que pensaras que no había venido porque no quería verte.
Así que me he acercado hasta aquí para decirte la verdad. Después tenía pensado marcharme.
Por un segundo, su expresión se suaviza, pero luego frunce el ceño.
—Pero ¿por qué has echado a ese otro chico? ¿Por qué le has dicho que yo era tuya?
Incluso ahora, tengo que resistir el impulso de apretar los puños al recordar a ese imbécil tocándola. Es una reacción totalmente irracional, teniendo en cuenta quién es ella y quién soy yo, pero no puedo evitarlo.
—No quería que hicieras algo con él de lo que te arrepintieras solo porque quizá alguien te hubiera herido los sentimientos.
Pone los ojos como platos por un instante y tensa su delicada mandíbula.
Vale, está claro que eso no es lo que debía haber dicho.
—A ver si lo entiendo. ¿Solo has venido esta noche porque pensabas que tenías que salvarme de mí misma? ¿Porque has asumido que estaría tan devastada por tu ausencia que me lanzaría al primer hombre que se cruzara en mi camino, para luego arrepentirme porque no eras tú?
No debería estar excitado en este momento.
Pero, joder, cuando me mira con esas chispas relampagueando en los ojos, lo único en lo que puedo pensar es en inmovilizarla en la cama y jugar con su cuerpo hasta que ese fiero antagonismo se convierta en una emoción completamente diferente pero igual de incendiaria.
Aunque no creo que le haga mucha gracia que lo mencione, y menos cuando aún está furiosa.
—Soy más que capaz de tomar mis propias decisiones, Tate.
Que me hicieras llegar al clímax una vez no significa que fuera a derrumbarme si no te volviera a ver.
Por no hablar de que me regalaste una suscripción de un año.
¿Pensabas que no la iba a usar para disfrutar de otros hombres una vez que, inevitablemente, te hubieras cansado de mí?
Ya sea que lo diga en serio o que esté reaccionando por enfado, esa idea hace que se me dispare la tensión arterial. Rechino los dientes y la fulmino con la mirada.
—Eso fue antes de saber quién eras.
Ella suelta un resoplido de risa.
—Así que, una vez que descubriste quién era yo, te arrepentiste de lo que pasó entre nosotros y ahora te sientes culpable.
Pero si aún pensaras que soy una desconocida, probablemente habrías venido aquí esta noche a follar conmigo y luego te habrías marchado, como haces con todas las mujeres.
¿Te habría importado siquiera lo que hiciera, o con quién lo hiciera, después de eso?
La respuesta debería ser no. Nunca me ha importado quién —o qué— hacen mis parejas sexuales antes o después de mí y espero la misma cortesía de ellas.
Lo que Violet no sabe es que su mera presencia aquí ya es inusual.
No invito a las mujeres a volver porque no haya tenido suficiente de ellas.
No pago sus cuotas de socio para volver a verlas.
Desde que he descubierto quién era me he estado devanando los sesos y analizando cada detalle de nuestra interacción.
¿Acaso alguna parte profunda de mi subconsciente la reconoció a primera vista esa noche?
¿Fue por eso por lo que no pude quitarle los ojos de encima desde el momento en que entró en Onyx?
¿Porque tenía que ser yo quien cuidara de ella?
No puedo decirle qué habría hecho después, porque no lo sé, joder.
Ella interpreta mi silencio como un asentimiento.
—Dios mío. Eres tan egocéntrico… Has venido a rescatarme porque pensabas que se me rompería el corazón si no aparecías, hasta el punto de perder toda capacidad de raciocinio, lo que iba a hacer que alguien se aprovechara de mí.
—Da un paso adelante y me da un empujón en el pecho—.
Que te quede claro, Tate King: soy una mujer adulta y puedo acostarme, y me acostaré, con quien quiera, donde quiera y cuando quiera.
Tu amistad con mi hermano no conlleva la obligación de protegerme, y no te da derecho a opinar sobre el asunto.
—Niega con la cabeza—. Creo que hemos terminado.
Antes de que pueda formular una respuesta, se pone la máscara, da media vuelta y sale de la sala pisando fuerte, lo que me parece toda una hazaña con los tacones que lleva puestos.
Yo también me pongo la máscara antes de seguirla.
No me importa lo que piense: no voy a permitir que ande por aquí sola.
Es cierto que no corre ningún peligro porque Reid diseñó este lugar pensando en la seguridad, pero no quiero que algún desconocido le haga proposiciones en el pasillo.
Y no quiero que haga una tontería solo para demostrarme que tiene razón.
Camino lo bastante lejos de ella como para que sienta que está haciendo una salida dramática, pero también lo bastante cerca como para intervenir si es necesario.
Va a paso ligero por el pasillo, echando un vistazo rápido a cada sala al pasar.
En una en particular, sus pasos se ralentizan.
No se detiene por completo, pero muestra más interés por ella que por las demás.
Entonces mira por encima del hombro, me ve y sale corriendo.
No me molesto en ocultar mi sonrisa. Y cuando llego a la altura de la ventana que tanto le interesaba, no puedo evitar detenerme un momento para ver qué le ha llamado la atención.
Una mujer, con la piel brillante por el sudor, está tumbada boca arriba en un banco, con los brazos y las pantorrillas atados, lo que la deja incapaz de moverse. Un hombre se arrodilla entre sus muslos abiertos mientras ella echa la cabeza hacia atrás, con los ojos bien cerrados.
¿A Violet le gusta la idea de que la inmovilicen? ¿De que la dejen indefensa y la obliguen a soportar más placer del que cree posible?
Joder.
Cuando la vuelvo a encontrar, mi mirada se detiene en el balanceo de sus caderas.
No debería estar pensando en eso. No debería quedarme mirando su trasero ni recordar cómo llenaba mis manos.
No debería imaginármela a mi merced ni follando con ella hasta apagar todo ese fuego, hasta que esté caliente, flácida y dócil debajo de mí.
Y lo que definitivamente no debería hacer es agarrarla del brazo justo antes de que ella y su amiga se aparten de la pista de baile para marcharse ni deslizarle mano por la nuca, pero lo hago de todos modos. Luego me echo hacia ella y bajo la voz para que solo ella pueda oírme.
—Si hubiera sabido que eras tú el fin de semana pasado, no te habría tocado. Pero si piensas por un segundo que me arrepiento de haber sentido cómo te corrías en mis dedos, te equivocas.
Entreabre los labios, suelta un jadeo y sus pupilas se dilatan como respuesta a mis palabras.
Estoy muy tentado de mandarlo todo a la mierda, de olvidarme de que es la hermana de Mark y besarla para demostrarle que no le caigo tan mal como a ella le gusta pensar.
Que nunca le he caído mal. Pero me contengo.
He sido demasiado irresponsable en el pasado, y estoy decidido a hacer las cosas de manera diferente.
Besar a sabiendas a la hermana pequeña de mi amigo —y de mi abogado— en medio de un club de sexo es la definición de «irresponsable».
Puede que la hiciera correrse hace una semana, pero besarla así no tendría nada que ver con el sexo anónimo. Sería otra cosa, algo más. Y eso es algo que jamás me permito.
Así que, en su lugar, me permito rozarle la mandíbula con el pulgar una sola vez.
Luego la dejo marchar.