11
Tate
Casi he podido sentir la ira y el sentimiento de traición irradiando de su cuerpo.
Echo un rápido vistazo a la abarrotada pista de baile, fijándome en la gente que sigue mirándonos tras el alboroto.
El alboroto que yo he causado. Puede que mi reacción al ver las manos y la boca de ese hombre sobre ella haya sido un poco exagerada, y está lejos de ser mi respuesta habitual cuando se trata de mujeres.
—Aquí no —le digo—. Ven a una de las salas privadas.
Ella aparta el brazo y yo la suelto. Seguir sujetándola ahora mismo no va a servir de nada.
—¿En serio crees que voy a ir a una sala a acostarme contigo? —sisea, mirándome con rabia a través de sus ojos azules entrecerrados.
No puedo reprimir una sonrisa ante su indignación que me esfuerzo por disimular. Ha recuperado el dominio de sí misma y ahora mismo hay fuego en su mirada. Y que eso me provoque una erección debe de convertirme en alguien un poco retorcido.
—No es para que nos acostemos. Es para que pueda explicártelo en privado.
Levanta la barbilla, con los ojos aún entrecerrados, y su expresión me resulta tan familiar que no puedo creerme que la semana pasada no la reconociera.
Esa es la mirada que me dedicaba cuando le hacía una visita a Mark y no podía evitar discutir conmigo.
La misma que ponía justo antes de que un comentario sarcástico saliera de su boca.
Antes de que pueda negarse, me encojo de hombros con indiferencia porque sé que eso va a irritarla.
—Bueno, claro… Si crees que no podrás controlarte estando a solas conmigo…
Aprieta sus labios carnosos.
—Vale. Pero solo quince minutos, y luego Anna y yo nos largamos de aquí. —Se vuelve hacia su amiga, que observa con gran interés—. ¿Verdad?
—Claro. Quince minutos —responde Anna, dando un golpecito al fino reloj que lleva en la muñeca—. Los cronometraré.
Sé que lo que voy a hacer está mal, y solo servirá para cabrearla más, pero no puedo evitarlo; me agacho y le susurro al oído a Violet.
—¿Me estás retando al ponerme un límite de tiempo? Porque se me da genial rendir en esas circunstancias.
Ella resopla, y me mira de soslayo con esos ojos azules que siguen entrecerrados.
—No me sorprende, teniendo en cuenta toda la práctica que tienes. Pero, claro, siempre ha sido con mujeres que se sienten atraídas por ti.
—Tú parecías bastante atraída por mí la semana pasada.
—Abre la boca y vuelve a cerrarla de golpe, y me da que quizá no le ha sentado muy bien que se lo haya recordado.
Me obligo a dar un paso atrás. Si no dejo de tentar a la suerte, voy a perder la oportunidad de explicarme.
Inspiro hondo y me contengo—. Vamos —digo, y, antes de que pueda replanteármelo, la cojo de la mano.
Casi espero que se aparte de un tirón, y no la culparía por ello, pero no lo hace.
Mira a su amiga.
—¿Vas a estar bien?
Anna asiente.
—Menearé el trasero en la pista otros quince minutos más, y luego nos vamos de aquí. Ya me lo contarás todo de camino a casa —responde, echándome una mirada rápida antes de volverse hacia Violet de nuevo.
No le doy la oportunidad de cambiar de opinión; la guío a través de la pista, abriéndome paso entre los cuerpos que se contonean, pero cuando llegamos a la entrada de la zona privada ella vacila. Me detengo y me vuelvo hacia ella.
—Yo… eeeh —tartamudea, mirando a cualquier sitio menos en mi cara—. No he estado nunca aquí atrás. ¿Qué pasa ahí?
—Sabes en qué clase de club estás, ¿verdad? Te puedo garantizar que ahí pasan un montón de cosas.
Ella traga saliva, sus grandes ojos azules se encuentran con los míos y luego se desvían de nuevo.
—No estoy segura de querer verlo.
Esa incertidumbre me provoca una opresión en el pecho. Esta mujer es una puta contradicción: pasa de fiera a vulnerable en un abrir y cerrar de ojos.
Doy un paso hacia ella, le sujeto la barbilla entre el pulgar y el índice y hago que levante la cara.
—Esta gente está aquí pasándoselo bien, igual que tú el fin de semana pasado.
—Se muerde el labio inferior y vuelve a esquivar mis ojos, sin duda porque acabo de recordarle lo que hicimos.
Le separo el labio inferior con el pulgar—.
Los invitados que hay ahí no se avergüenzan de lo que están haciendo, igual que tú no deberías avergonzarte de lo que hicimos.
—La estudio, tratando de leer su expresión bajo la máscara.
La ira que desprendía antes se ha atenuado, sustituida por nerviosismo y vergüenza—.
Vamos a recorrer estos pasillos y puedes mirar o no. Depende totalmente de ti. ¿De acuerdo?
Tras otra breve vacilación, asiente; me pongo en marcha, cogiéndola todavía de la mano, y ella va a mi lado. Aunque no le caigo demasiado bien, confía en mí lo suficiente como para hacer esto, y esa idea me reconforta de una forma que no quiero analizar demasiado.
A diferencia de Violet, conozco bien esta zona, así que no me molesto en mirar dentro de las salas por las que pasamos.
Solo quiero encontrar un lugar donde podamos estar a solas para explicarle por qué me he presentado aquí esta noche.
Aunque, teniendo en cuenta que estaba decidido a no hacerlo, no estoy muy convencido de tener la respuesta a esa pregunta ni yo mismo.
Lo único que sé es que, cuando estaba sentado en casa, en mi ático, bebiendo whisky y contemplando las luces de Nueva York que se extendían a mis pies, no podía quitarme de la cabeza la imagen de ella aquí sin mí.
Me la imaginaba buscándome, para luego rendirse y dejar que otro hombre —o, Dios no lo quiera, varios hombres— la tocara, le diera placer, escuchara sus jadeos y sintiera cómo se derretía.
Antes de darme cuenta, me había levantado de mi asiento y había cogido la máscara que había guardado la semana pasada.
Y sí, eso me convierte en un capullo, porque a pesar de lo que Violet pueda pensar, no pretendo hacer ninguna de esas cosas. Solo quiero que no las haga con nadie más.
Los gemidos inundan los pasillos por los que vamos, entremezclados con algún que otro grito fuerte de dolor o placer, o de las dos cosas.
Los sonidos característicos de la carne al chocar contra la carne o el chasquido seco de una paleta o una vara emanan de algunas de las salas por las que pasamos.
Hay gente contemplando las escenas que se desarrollan en las estancias que no tienen mamparas para preservar la intimidad.
No puedo evitar echarle una ojeada rápida a Violet, para ver si se está permitiendo mirar.
Efectivamente: tiene los ojos muy abiertos y clavados en lo que está ocurriendo detrás de la ventana por la que pasamos, donde un hombre completamente vestido está dándole placer a una mujer desnuda con un vibrador; ella está atada, incapaz de hacer nada por resistirse.
Le estrecho la mano a Violet con más fuerza; la imagen que hemos visto se transforma en mi cabeza hasta que es ella la que está atada, y yo el que maneja el juguete y hago que se corra una y otra vez hasta que me suplica que la penetre.
La lujuria me sacude como un puñetazo en el estómago. Inspiro hondo y la reprimo. Eso no es en lo que debería estar pensando cuando se trata de Violet. Y desde luego no es lo que ella quiere de mí.
Cuando vuelve a mirar al frente, agacha la cabeza, lo que me impide leer su expresión.
Y la máscara que lleva puesta hace que no pueda saber si tiene las mejillas sonrojadas.
Si esta situación fuera diferente, si yo no fuera el hombre que ella no soporta y ella no fuera la hermana pequeña de Mark, la empotraría contra la pared, deslizaría mi mano dentro de sus bragas y comprobaría por mí mismo si lo que ha presenciado la ha excitado.
Si las cosas fueran diferentes, tal vez la llevaría a otra sala y le haría exactamente lo mismo que ese hombre a esa mujer.
Pero en mi fantasía, no permitiría que nadie mirara. No. Me quedaría esa experiencia solo para mí. Tampoco es que importe, porque no va a pasar. Solo tengo que convencer a mi entrepierna antes de que Violet vea el bulto que se está formando en mis pantalones.
Al doblar una esquina llegamos a la estancia que estaba buscando. En comparación con las demás del club, es muy sencilla y por eso no se usa tan a menudo. La hago pasar, pero no cierro la puerta tras nosotros. Todavía no.
Da varios pasos, volviendo la cabeza a un lavo y a otro para examinar el espacio, pero la enorme cama capta de inmediato su atención.
El sólido cabecero y los pies de madera están tachonados de pernos metálicos que pueden usarse como puntos de sujeción, pero eso es todo.
Probablemente sea la sala menos fetichista del Onyx, lo que la convierte en la más adecuada para nuestra conversación.
Pulso el interruptor junto a la larga ventana que da al pasillo y el cristal inteligente se vuelve opaco para darnos intimidad; luego me dirijo hacia Violet.
—Tenemos que cerrar la puerta si queremos quitarnos las máscaras.
—La decisión es suya. Si se siente más cómoda con la puerta abierta, nos dejaremos las máscaras puestas.
Pero yo preferiría que nos viéramos las caras para mantener esta conversación.
Y esta máscara en particular no me va a ayudar nada a la hora de convencerla de que soy inocente.
Tampoco es que «inocente» sea una palabra que se utilice a menudo para describirme. Pero en este caso, al menos, es cierto.
Para mi alivio, Violet asiente y se da la vuelta para cerrar la puerta ella misma. En cuanto se oye el clic, me quito la máscara. Por un momento, ella se queda observándome desde el otro lado de la estancia, pero al final también se quita la suya.