10
Violet
—Estoy muy orgullosa de ti. —Anna está tumbada boca abajo en mi cama, con las rodillas dobladas y los pies desnudos moviéndose de un lado a otro en el aire por encima de su trasero.
Niego con la cabeza y reprimo una sonrisa, estirándome el vestido de color azul eléctrico.
—¿Orgullosa de qué? ¿De que, al parecer, estoy demasiado cachonda para mi propio bien, así que espero llegar a mi segundo orgasmo con un hombre en más de un año gracias a un desconocido enmascarado?
—Eeeh, sí. Justo por eso. —Se incorpora hasta sentarse y dejar colgando las piernas por el borde de la cama—.
Eric era un capullo que te manipuló y abusó de tu confianza.
Necesitabas tiempo para superarlo. Pero ahora estás lista para recuperar el control de tu vida.
¿Qué mejor manera que disfrutar del sexo anónimo con un desconocido guapo y rico?
Sin presiones, sin expectativas, solo diversión y, con suerte, muchos muchos orgasmos.
Esta vez, no puedo evitar la sonrisa que se dibuja en mis labios.
—Bueno, si lo pones así…
—Entonces, ¿estás lista?
De repente, los nervios me atenazan el estómago, pero asiento de todos modos.
—Creo que sí.
—Genial. Vamos. —Anna se pone de pie de un salto y se calza los tacones que ha dejado junto a la cama.
Inspiro hondo para tranquilizarme. No tengo ni idea de si esta es la decisión correcta.
¿Seré capaz siquiera de llegar más lejos que la semana pasada?
¿Y si yo aparezco y él no? Peor aún, ¿y si aparezco y él está con otra persona?
—. No te eches atrás ahora, Vi. —Anna me rodea con los brazos por detrás y apoya la barbilla en mi hombro, estudiando mi reflejo en el espejo—.
Pase lo que pase por esa cabecita tan bonita que tienes, ignóralo.
Si no está allí, o lo que sea, que le den.
Tú y yo podemos pasarlo genial en la pista de baile.
O podemos encontrar a otro Señor Sexy con el que puedas dar rienda suelta a tu lado más salvaje.
Me echo a reír. Incluso aunque esté pasando por mi peor momento, Anna sabe cómo animarme.
Por eso es la única persona a la que le conté lo de Eric.
Cuando ocurrió, me sentía muy mal y sabía que confiar en ella me ayudaría a salir del agujero en el que me había estado revolcando.
Si se lo hubiera contado todo a Mark, habría entrado en modo protector y se habría vuelto loco, y en el proceso lo más probable es que se hubiera metido en un lío, sobre todo porque el jefe de Eric, y su tío, es senador.
De ninguna manera iba a dejar que mi hermano mayor pusiera en riesgo su carrera por mí.
Anna tiene razón. Esta noche no se trata de un hombre, en realidad no. Se trata de recordar lo que es disfrutar, de redescubrir a mi antigua yo, la mujer que ha estado un poco perdida estos veinte últimos meses.
Asiento hacia mi amiga, con firmeza.
—Sí, vamos a divertirnos.
Media hora más tarde, nos detenemos frente al familiar y discreto edificio. Las dos nos hemos puesto las mismas máscaras que llevamos la semana pasada, pero esta vez soy yo la que pasa la tarjeta de socia. Sigue pareciéndome muy extraño.
Dentro, paramos para dejar los bolsos. La mujer que está en el mostrador no es la misma que la última vez, pero es igual de amable y profesional.
Una vez completado el proceso de registro, entramos en el club.
Ahora ya sé lo que me espera, pero ver a todos esos hombres y mujeres enmascarados mezclándose en la penumbra sigue pareciéndome irreal.
Conteniendo los nervios, busco entre la multitud una máscara de diablo. Al no verla, me digo a mí misma que no estoy desilusionada. Al fin y al cabo, puede que aún no haya llegado, o que esté en una zona del club que no puedo ver. Le sonrío a Anna.
—Vamos a por una copa.
Un cosmopolitan —que bebo lentamente— más tarde, la decepción empieza a ganar terreno y tras el segundo ya he decidido que me he hecho ilusiones para nada.
Anna me lleva a rastras a la pista de baile y estoy a punto de pensar que ya me reiré más tarde de todo esto —mucho más tarde, cuando el filo de la de decepción se haya atenuado un poco— cuando se acerca un hombre con una máscara de soldado romano.
—Señoras —dice, con voz grave, pero no tan grave como la del hombre de la semana pasada—. ¿Puedo unirme a ustedes?
Insegura, miro a Anna, que me sonríe.
—Eeeh… Claro… —No siento ningún cosquilleo en el vientre cuando clava los ojos oscuros en mí, pero dejo que me rodee la cintura con su musculoso brazo y me pegue a su pecho.
Hago todo lo posible por no comparar la sensación de su cuerpo con el recuerdo que tengo de otro. Ese hombre me invitó a regresar esta noche y, tal y como temía, me ha dejado colgada. ¿Por qué debería echarlo de menos? Al fin y al cabo, es prácticamente un desconocido.
Un desconocido que metió sus dedos dentro de mí. Un desconocido que, solo con esos dedos, hizo que me corriera más fuerte que con ningún otro hombre antes que él.
Eso no significa, sin embargo, que me deba nada ni que yo le deba nada a él. Aunque me comprara una membresía muy cara, fue su elección. Y no puso la condición de que solo pudiera usarla para volver a verlo.
Me obligo a relajarme contra el cuerpo que tengo detrás, a pesar de que no me parece del todo bien.
Anna me mira, ladeando la cabeza en un gesto sutil para comprobar que estoy bien.
Cuando asiento, sonríe y centra su atención en otro hombre enmascarado que merodea a nuestro lado.
Sin necesidad de que lo animen, el tío empieza a restregarse contra su espalda.
El hombre detrás de mí me agarra las caderas con sus grandes manos y me pega más a él. Intento no tensarme cuando siento su miembro duro contra mi trasero. Tampoco se anda con rodeo, y supongo que es lógico, teniendo en cuenta dónde estamos.
El ambiente de esta parte del club hace que sea fácil olvidarse de su propósito oculto.
Obviamente, eso es deliberado. Al fin y al cabo, el lugar está pensado para satisfacer casi todas las actividades que interesan a los ricos y famosos, ya sea disfrutar de una copa informal, un baile sensual o una fantasía con total seguridad, y todo ello con la garantía del anonimato.
No puedo evitar echar un vistazo a la puerta que, según Anna, conduce a las salas privadas —y no tan privadas—, y me da un vuelco el estómago.
Cuando me imaginé volver aquí esta noche, me pregunté si sería lo bastante atrevida como para cruzar esa puerta y puede que incluso me excitara un poco solo de pensarlo.
Sin embargo, de ninguna manera voy a hacerlo con otro desconocido cualquiera.
Por la forma entrecortada en que este tipo respira, puedo intuir que la pregunta está al caer.
Y yo no sé si puedo llegar siquiera a planteármelo.
Mi respuesta llega un instante después, cuando el hombre me da un beso húmedo y con la boca abierta en el cuello. El corazón se me sube a la garganta y me estremezco de forma instintiva.
No.
No me apetece en absoluto. Intento apartarme, pero me sujeta con demasiada fuerza.
Miro a Anna con la esperanza de que ella sepa qué hacer, pero no me ve. Está concentrada en algo que hay a mi espalda, con los ojos como platos y los labios entreabiertos.
Un segundo después, descubro por qué. Las manos que me sujetaban por las caderas me sueltan tan rápido que casi me caigo hacia delante.
Con un grito ahogado, me doy la vuelta para encontrarme una figura alta con una máscara de diablo familiar que se cierne sobre el hombre con el que he estado bailando.
Se agacha hasta que están casi nariz con nariz, y desde donde estoy es imposible no oír su gruñido.
—Es mía.
Esas dos palabras, pronunciadas con ese tono grave y ronco, me provocan un escalofrío que me sorprende. Después de Eric, no imaginaba que iba a encontrar excitante ningún tipo de actitud posesiva. Supongo que estaba equivocada, al menos en lo que respecta a este tío.
El hombre con la máscara de soldado romano levanta las manos.
—Lo siento, lo siento. No sabía que llevara collar.
Casi se me salen los ojos de las órbitas. ¿Llevar collar?
—No es una sumisa. Pero eso no significa que no sea mía. —Su tono es inflexible.
Anna está ahora a mi lado, agarrándome del brazo. El chico con el que estaba bailando ha desaparecido, aunque la sonrisa que se dibuja en su rostro bajo la máscara deja claro que no le importa.
—Eso es tremendamente sexy —me susurra al oído.
Estoy demasiado atónita para articular una respuesta coherente.
Al instante siguiente, un fornido portero vestido con un traje negro aparece a nuestro lado.
—¿Hay algún problema?
El soldado romano niega con la cabeza.
—No hay ningún problema. Solo ha sido un malentendido.
El portero se queda mirándolos fijamente. Se fija en el hombre de la máscara de diablo.
—Mis disculpas, señor. ¿Va todo bien?
Me invade una oleada de confusión. En este lugar, que está literalmente lleno de vips, ¿por qué este tío recibe un trato especial?
Él asiente.
—Todo va bien. Este caballero ya se iba a otro lado.
Con un asentimiento, el tipo vestido de soldado romano desaparece entre la multitud. No me doy cuenta de si el portero también se desvanece, porque estoy demasiado ocupada escrutando las partes visibles del hombre que tengo delante, tratando de averiguar quién es.
La inquietud se apodera de mi pecho mientras lo examino.
La línea de su mandíbula y la forma de su boca desencadenan una punzada de reconocimiento que no recuerdo de la semana pasada.
Me acerco y levanto la cara hacia él. Si consigo verle mejor los ojos, quizá eso disipe esa molesta sensación de familiaridad.
Tengo la solución en la punta de la lengua.
Sin pensarlo, alzo la mano y deslizo las yemas de mis dedos con delicadeza a lo largo de su mandíbula; el leve roce de la barba incipiente me provoca un cosquilleo en el brazo.
Un músculo se contrae bajo mis dedos, y él me toma suavemente la muñeca y la aleja de su rostro.
—Violet —dice, en un tono grave, casi como una advertencia.
Con un grito ahogado, retiro la mano de un tirón y me la llevo al pecho, pero no es porque él no deba saber mi nombre, sino porque, en el momento en que ha salido de sus labios, la última pieza del puzle ha encajado en su sitio. ¿Cómo no lo había visto antes?
—¿Tate? —susurro. Ladea la cabeza y se me hunde el corazón en el pecho.
¿Cómo ha podido pasar esto? Tate King, ese bastardo arrogante, ese playboy …
Y la semana pasada le dejé meterme los dedos…
Me pongo la mano sobre el vientre—. ¿Lo sabías?
—Me embarga una oleada de humillación y traición, y enrojezco.
Voy a apartarme de él, pero me detiene agarrándome del brazo, con firmeza pero sin hacerme daño.
—No lo sabía —responde—. Al menos, en ese momento no.
Me tenso bajo la presa de su mano y niego con la cabeza. Aunque esté diciendo la verdad…
—Pero has venido esta noche. ¿Qué esperabas? ¿Llegar aún más lejos? ¿Acostarte conmigo?
Anna se acerca a mí.
—¿Qué está pasando? ¿Quieres que llame a seguridad otra vez?
Por lo que he visto hace un momento, los de seguridad saben perfectamente quién es, así que no estoy segura de que eso vaya a servir de algo.
Tate tensa la mandíbula.
—Deja que te lo explique, Violet.
Ahora sé por qué esa irritación punzante que me invadió el fin de semana pasado me resultaba tan familiar.
Es la misma reacción que solía tener cuando visitaba a Mark en la universidad y tenía que pasar tiempo con su exasperante compañero de habitación —una de las pocas personas que conseguía sacarme de quicio y que, por lo que parecía, disfrutaba demasiado con ello—.
Me cruzo de brazos y entrecierro los ojos.
—Adelante. Explícamelo.