9 #2
Intenté volver a ganarme su favor, teniendo en cuenta que era la hermana de mi amigo, pero ella se mostró inmune a mis encantos.
Y al cabo de un tiempo, me di cuenta de que me gustaba cómo me miraba por encima del hombro.
Tanto es así que, tras ese descubrimiento, me propuse ser aún más arrogante cuando ella venía de visita, solo para poder ver las chispas brillar en sus ojos cuando la sacaba de quicio.
Inmaduro, tal vez, pero extrañamente adictivo.
Después de todos estos años, ¿seguirá mirándome de la misma manera? La posibilidad es más tentadora de lo que debería.
—¿Cómo le va a la cafetería? —pregunto cuando nos dirigimos al ascensor.
Duda un momento, frunciendo el ceño.
—Violet sigue trabajando para recuperar a la clientela. Espero que las cosas estén mejorando. Ahora mismo está al límite, tanto física como financieramente.
Me freno en seco y lo miro, sorprendido.
—¿Esperas? Pensaba que la estarías vigilando de cerca.
Hace una mueca y tensa los hombros.
—Estoy intentando con todas mis fuerzas no ser esa clase de figura paterna. Creo que parte de los motivos por los que fue a una universidad de fuera del estado fue porque mi padre y yo éramos un poco sobreprotectores. Ahora que está aquí de nuevo, no quiero que piense que la considero una inútil.
—Entonces, ¿no la estás ayudando en nada?
El suspiro que deja escapar es de derrota.
—Está decidida a hacerlo todo por su cuenta.
Está empeñada en demostrar que puede arreglárselas sin que su hermano mayor esté esperando entre bastidores para sacarla del apuro.
—Hace una mueca—. Tampoco es como si yo pudiera hacer gran cosa, de todos modos.
El siguiente paso probablemente sea vender el local o un desahucio.
—Si las finanzas están tan mal, ¿no ha pensado en pedir un préstamo?
—Lo hablamos. Pero aunque pudiéramos conseguir un préstamo, Violet no quiere cargarse con más deudas.
Dijo que sería como intentar apagar un fuego con gasolina.
Pero es inteligente y decidida, y muy trabajadora.
—En su rostro se mezcla el orgullo con la preocupación—.
No veo ninguna razón por la que no pueda devolverle a la cafetería su antigua gloria ella sola.
Asiento y dejo el tema ahí. Es sobreprotector, tal y como él mismo ha dicho; lo sé desde la primera vez que mencionó a su hermana. Pero, por lo que recuerdo, su padre les dejó el local a los dos. Me parece extraño que ni siquiera echara un vistazo a las cuentas de la cafetería.
Sacudo la cabeza para apartar esos pensamientos. No sé lo que es tener una hermana, y nunca he tenido tanta confianza con otra persona como para sentir la necesidad de protegerla, al menos como adulto. Soy la última persona que debería estar cuestionándolo.
Una vez instalados en mi coche, Mark le da dirección a mi chófer, Jeremy. Veinte minutos más tarde, nos deja frente a una pequeña cafetería en Brooklyn. La mayor parte del escaparate está cubierto por un cartel que anuncia «True Brew» escrito con unas enormes letras azules y anticuadas.
Dos chicas con unos vasos para llevar están saliendo cuando Mark y yo nos acercamos. Abren mucho los ojos al pasar, luego se acercan la una a la otra, susurrando y riéndose mientras se alejan corriendo por la acera.
Mark me lanza una sonrisa burlona por encima del hombro.
—Todavía tienes lo que hay que tener, vejestorio —dice.
Niego con la cabeza.
—Eres dos meses mayor que yo, capullo.
La campanilla que hay sobre la puerta tintinea cuando la abre, y yo lo sigo al interior.
Me lleva un momento acostumbrarme a la luz tenue, pero cuando lo hago, echo un vistazo al local.
Se oye un murmullo de conversaciones, pero, aunque hay algunas personas sentadas en el reducido espacio, hay más mesas vacías que ocupadas.
Detrás del mostrador hay un joven de pelo oscuro, sonriente.
—Hola, Mark. Me alegro de verte.
—Hola, Jarrod. —Mark se acerca y charla con él, pero yo ignoro su conversación trivial y examino el interior de la cafetería con más detenimiento.
La cafetería no está sucia ni deteriorada.
En absoluto. De hecho, está impecable. Es obvio que Violet y su personal se afanan en mantenerlo todo limpio.
Pero los carteles están descoloridos y son anticuados.
Las mesas y sillas no combinan, y no de esa forma peculiar que a algunos sitios les queda bien.
Incluso la vitrina de los pasteles parece un poco vacía y triste.
—Violet está ahí atrás —dice Jarrod, captando mi atención hacia su conversación—. Voy a buscarla. ¿Quieres algo mientras esperas?
Los dos pedimos un café, y luego Jarrod desaparece por la puerta que, supongo, da a la cocina, mientras Mark y yo nos sentamos a una mesa al fondo del local.
Antes de que tenga tiempo de hacer nada más que coger la carta, la puerta se abre de nuevo y Violet sale corriendo, con una amplia sonrisa en el rostro dirigida a Mark.
Me tomo un momento para estudiarla, desde el pelo recogido en lo alto de la cabeza en un moño medio deshecho —el tono castaño miel es un poco más oscuro que la última vez que la vi, si no me equivoco— hasta su camiseta sin mangas negra y sus pantalones vaqueros negros y cortos.
Hasta las deportivas y el pequeño delantal atado a su esbelta cintura son negros.
Con esos pantalones cortos, sus piernas firmes y bronceadas parecen no tener fin.
La guapa y ligeramente torpe joven de veintiún años que recuerdo se ha transformado en una mujer la hostia de guapa.
Al salir de detrás del mostrador se fija en mí y su sonrisa se congela por una fracción de segundo antes de que aparte la mirada. Vuelve a aparecer con todo su esplendor cuando se acerca y le da un abrazo a su hermano.
Me paso la mano por la boca para ocultar mi sonrisa. Al parecer, todavía no me ha perdonado ni me ha olvidado.
Me pongo de pie y la obligo a reconocer mi presencia.
Esos ojos azules y claros finalmente se vuelven hacia mí y hacen que se me acelere extrañamente el pulso.
—Tate.
—Violet —digo—. Ha pasado mucho tiempo.
Aprieta sus labios carnosos, luego ladea la cabeza y me dedica una sonrisa demasiado dulce.
—¿De verdad? No me había dado cuenta.
Esa actitud me provoca la familiar oleada de emoción y me río entre dientes.
—Entonces, ¿no es cierto que la ausencia hace que el corazón se encariñe más?
Arruga la nariz y vuelve a mirar a su hermano, ignorándome a mí y a mi broma.
—¿Vienes a comer o solo a ver cómo estoy?
Las palabras son desenfadadas. Incluso su tono, en su mayor parte. Pero hay un hilo de tensión subyacente entre los dos. Interesante. Quizás es cierto que quiere que Mark la deje a su aire.
—Tate quería ir a comer, y hacía semanas que no te veía —responde él—. Y he pensado en matar dos pájaros de un tiro.
El atisbo de tensión que juraría haber percibido se desvanece. Ahora solo parece culpable.
—Siento no haberte visitado más. Para cuando llego a casa estoy tan cansada que solo quiero quedarme ahí, leer un buen libro y tomarme una copa de vino.
Me he ido a la cama temprano casi todas las noches.
Pero me esforzaré más, lo prometo. —Le rodea la cintura con los brazos y le da un apretón.
Ese cariño tan natural me provoca un nudo en el pecho.
Jamás he tenido esa clase de relación con nadie.
Mierda. Ni siquiera recuerdo la última vez que abracé a alguien.
Violet suelta a su hermano y le sonríe—.
¿Quieres lo de siempre? —Cuando él asiente, ella se vuelve en mi dirección, aunque clava la vista en algún punto alrededor del nudo de mi corbata en lugar de en mis ojos—.
¿Tú también vas a comer? —Es imposible no notar cómo su tono se vuelve más plano cuando se dirige a mí.
—Estoy deseando probar lo que quiera que vayas a servirnos. —Eso hace que se fije en mi cara. Sonrío y, como respuesta, ella entrecierra los ojos, probablemente analizando mis palabras para encontrar un significado oculto—. ¿Qué me recomiendas? —le pregunto.
Aprieta los labios y luego suelta un suspiro.
—Ahora mismo no tenemos una carta muy amplia…
—Sus ojos destellan con lo que podría ser vergüenza.
Tampoco es que tenga motivos para avergonzarse.
Teniendo en cuenta lo que ha dicho Mark sobre su esfuerzo por reflotar este local, tener una carta reducida tiene sentido desde el punto de vista empresarial—.
Pero el burrito de pollo a la parrilla con aguacate está muy bueno —continúa—.
Y el panini de jamón y queso tiene mucho éxito.
—Tomaré el pollo, gracias.
Ella asiente de nuevo y luego se da media vuelta y regresa a la cocina. Algo me llama la atención mientras se aleja, y esa imagen hace que se me hiele la sangre en las venas, porque ahí, en uno de sus omóplatos, hay un pequeño tatuaje de una mariposa azul.
Inspiro profundamente por la nariz. Debe de ser una coincidencia; los tatuajes de mariposas es no son precisamente raros.
Se ha ido demasiado rápido para que pudiera verlo bien, pero aun así el corazón me late con fuerza contra las costillas, porque mi cuerpo, si no mi cabeza, está seguro de lo que acabo de ver.
Hace solo unas noches recorrí con los dedos esas delicadas alas azules.
Aún puedo sentir su piel sedosa bajo mis dedos, los mismos que se hundieron en su interior hasta que se corrió sobre ellos.
Me atraviesa una punzada de culpabilidad y miro a Mark, que luce una sonrisa de orgullo en el rostro. Mierda. Tengo que luchar contra el impulso de hacer una mueca al imaginar cómo reaccionaría si supiera lo que puede que le haya hecho a su hermana.
Pero quizá me equivoque; no tiene sentido adelantarme a los acontecimientos. Tengo que ver ese tatuaje más de cerca.