El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 9
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Tate

Entro con paso firme en la oficina de Cole y me acomodo en uno de los dos sillones de cuero mullidos que hay frente a su escritorio.

—Bien —dice, levantando la vista del ordenador—. Roman debe de estar al caer.

Esta es nuestra reunión habitual de los lunes por la mañana para ponernos al día. Normalmente la celebramos en la oficina de Roman, pero como le están haciendo unas mejoras en el sistema informático, Cole se ha ofrecido a celebrarla en su despacho.

Tarareo para mis adentros y tamborileo con los dedos en el reposabrazos de la silla, contemplando el paisaje urbano de Nueva York a través de los ventanales de suelo al techo del despacho de Cole.

Cuando vuelvo a mirarlo, tiene arqueadas las cejas oscuras.

—Esta mañana estás de buen humor.

—No sé de qué me estás hablando. Siempre estoy de buen humor.

—Mmm. —Entrecierra los ojos azules.

Por suerte, Roman entra justo a tiempo para distraerlo y evitar que siga indagando.

Mi hermano mayor se sienta en el sillón que está junto al mío, apoya los codos en las rodillas y se echa hacia delante.

—Bueno, ¿qué nos dicen las cifras? —No hay preámbulos. Como siempre, va directo al grano.

—Vamos por buen camino —respondo—. Ya se ha vendido casi el cincuenta por cien de los apartamentos.

—¿Y los áticos?

—Se ha vendido uno y hay mucho interés por el segundo. Creo que se cerrará el trato en breve.

Cole da unos golpecitos con el bolígrafo sobre el escritorio, con el ceño fruncido.

—Estaría bien que pudiéramos vender dos o incluso tres antes de empezar la obra.

Podemos esperar por el último para capitalizar el mayor valor de mercado cuando la construcción esté casi terminada.

Pero tener un mínimo de dos ventas confirmadas nos proporcionará la prueba de concepto que necesitamos.

Asiento. Lo ideal sería que los inversores se peleasen por subirse al carro cuando finalmente llevemos el concepto de Genesis-1 a nivel mundial.

Tenemos la oportunidad de acaparar un nicho en un mercado internacional en crecimiento, especialmente en Europa, donde los rascacielos de suelen estar dominados por los inquilinos.

Si nos movemos pronto, King Group puede consolidarse como líder en el sector de los rascacielos de lujo.

Nuestra oficina del Reino Unido está a punto de concluir un estudio de viabilidad para la construcción de un Genesis-1 en Londres.

—El equipo está trabajando en ello. Ya estamos estudiando la posibilidad de ampliar nuestros canales de comercialización habituales.

—Bien. —Roman sigue con los codos apoyados en las rodillas, con la vista clavada en la alfombra que tiene delante—. ¿Tendrás pronto disponible el plan de marketing por fases actualizado?

—A finales de semana.

Él gruñe en señal de asentimiento y pasamos a otros asuntos, entre ellos un pequeño cambio debido a un retraso en uno de los permisos de obra.

Mientras hablamos, voy prácticamente en piloto automático, pensando en lo que me ha dicho Cole cuando he entrado.

Tiene razón. Estoy de buen humor; lo estoy desde el viernes por la noche.

Y si me preguntaran por qué, no sé si sabría explicarlo.

Probar inesperadamente a una mujer preciosa y luego marcharme con los testículos a punto de estallar no es algo que jamás pensara que me iba a hacerme sonreír.

Pero verla derretirse en mi regazo de esa manera, con los ojos muy abiertos tras la máscara, los labios carnosos entreabiertos mientras emitía esos pequeños jadeos y gemidos sensuales, fue increíblemente satisfactorio.

Joder. Incluso ahora, el recuerdo me provoca una erección —una reacción que no suele ocurrir cuando estoy sentado en el despacho de mi hermano ce.

En cuanto se marchó aquella noche, busqué a Matt, el gerente del bar, y le di el número de su pulsera.

Solo hizo falta un par de toques en la pantalla de su tableta y se alertó a la conserje de su cambio de estado.

Teniendo en cuenta que ni siquiera tenía pensado estar con nadie en el club esa noche, estoy mucho más interesado en volver a verla de lo que debería.

Sin embargo, me niego a pasar demasiado tiempo dándole vueltas.

Una noche más con ella, solo para saciar mi curiosidad, y me marcharé, como siempre hago.

Entonces ella tendrá su membresía y podrá hacer lo que quiera —con quien quiera— durante todo un año.

—¿Me estás escuchando siquiera? —pregunta Roman.

No. Pero le dedico una sonrisa perezosa.

—Por supuesto. Me estabas diciendo lo increíblemente bien que lo estoy haciendo.

Detrás de su escritorio, Cole resopla.

—Algo así. —Ladea la cabeza y me estudia con el ceño fruncido—. ¿Qué te pasa?

Niego con la cabeza.

—Nada. No me pasa nada. —Pero Cole tiene razón. Estoy distraído, y eso no es bueno para ninguno de nosotros en este momento. Me echo hacia delante en mi asiento, imito a Roman y apoyo los codos en las rodillas—. Estoy aquí. Vamos a terminar con esto.

Con una mirada escéptica más, Cole da unos toques en su ordenador y se concentra en la pantalla.

—Bien, hablemos de las instalaciones.

Cuando terminamos, sesenta minutos más tarde, ya ha pasado la hora de comer.

Podría pedirle a mi asistente personal, Sophie, que encargue la comida o que vaya a buscar algo, pero como tengo un raro descanso entre reuniones este me parece un momento tan bueno como cualquier otro para ponerme al día con mi amigo de la universidad.

Bajo en ascensor hasta la planta cuarenta, donde se encuentran las oficinas de los abogados.

Conociendo a Mark, seguro que él tampoco ha almorzado todavía.

Hace mucho que no pasamos el rato juntos porque nuestros respectivos trabajos nos mantienen muy ocupados a los dos.

Por no mencionar que él lleva un año con la misma mujer, así que nuestras ocasionales quedadas después del trabajo, animadas por el alcohol, se han reducido.

Lo encuentro en su despacho, como de costumbre. Tiene la puerta abierta y, cuando entro, su expresión seria se suaviza y se convierte en una sonrisa.

—¿A qué debo el placer de recibir una visita de tan alto rango?

—Todos sabemos que el placer es, como mínimo, dudoso —replico, dejándome caer en el pequeño sofá que hay en un rincón—. ¿Te apetece ir a comer?

Gira en su silla y enarca las cejas.

—¿Vas a tomarte un descanso?

—Oye, un hombre tiene que comer de vez en cuando.

Con una sonrisa burlona, se recuesta y cruza el tobillo sobre la rodilla.

—Eso me han dicho, aunque no termino de creérmelo.

Me echo a reír. Mark es casi tan adicto al trabajo como Roman.

Lo conozco desde que fuimos compañeros de habitación en Harvard.

Él estaba allí con una beca y se mataba a trabajar todos los días.

Yo lo respetaba por eso, aunque yo fuera más de disfrutar de todas las experiencias que ofrece la universidad.

Pero, de vez en cuando, se tomaba un descanso de los estudios y nos emborrachábamos juntos.

Confío en Mark como no lo hago en nadie más.

Compartíamos una botella de whisky y él me hablaba de cómo había perdido a su madre cuando él y su hermana eran niños y de lo duro que había trabajado su padre para criarlos él solo.

Yo le contaba cosas de mi familia, de que era parte de ella, pero sin serlo en realidad.

Ya entonces eludía la verdad, pero él sabía lo suficiente sobre lo disfuncional que era mi familia como para que yo bromease diciendo que tendría que contratarlo como abogado para que todas mis historias quedasen amparadas por el secreto profesional.

Y tan pronto como aprobó el examen de colegiación, lo contraté para trabajar en King Group.

—Tenía pensado ir a la cafetería a ver a Violet —dice, echando un vistazo a su reloj—. ¿Quieres venir conmigo y tomar algo?

—¿Violet ha regresado a Nueva York? —Lo último que supe era que la hermana pequeña de Mark vivía en Maine. Aunque eso fue hace más o menos un año.

Se levanta y coge la chaqueta de traje de la percha que hay detrás de la puerta.

—Sí. ¿No te lo había dicho?

Yo también me levanto.

—No. ¿A qué se dedica ahora?

—Ha venido a hacerse cargo de la gestión de True Brew después de que el anterior gerente lo echara todo a perder.

Sonrío y en mi mente aparece la imagen de Violet.

Hace años que no la veo, al menos desde que Mark y yo nos graduamos.

Cuando estábamos en la universidad, ella lo visitaba de vez en cuando y se quedaba a dormir en el apartamento que compartíamos.

Lo que más recuerdo de ella —aparte de su belleza juvenil, que era difícil de pasar por alto, aunque fuera la hermana pequeña de mi compañero de piso— era que yo no le causaba muy buena impresión.

Es cierto que nuestro primer encuentro no salió como estaba previsto.

Se me había olvidado que iba a venir de visita y llegué tarde después de una noche de fiesta… y no estaba solo.

Mark, como buen hermano mayor que es, le había cedido su habitación a su hermana mientras él dormía en el sofá.

Por desgracia, su habitación compartía pared con la mía.

Así que, antes incluso de conocerme, Violet tuvo que soportar los chillidos agudos que me suplicaban que folláramos con más fuerza.

No fue mi mejor momento, lo admito. Y la expresión horrorizada que no pudo ocultar cuando entré en la cocina a la mañana siguiente, semidesnudo, con una no, sino con dos mujeres a cuestas, me dejó claro exactamente lo que pensaba de mí.

Por supuesto, la única razón por la que había estado tan borracho como para olvidarme de su visita y para acabar con dos mujeres en mi cama era por la noticia que había recibido esa mañana.

Pero como no se lo había contado a nadie —ni a Mark ni a mis hermanos ni, desde luego, tampoco a mis padres—, no iba a usarla para justificarme ante una mujer a la que ni siquiera conocía.