8
Violet
Estoy sin fuerzas, desplomada contra él.
Una parte de mi cerebro, la pequeña parte que no está temblando por el primer orgasmo en más de un año que no me he provocado yo misma, se pregunta cómo puedo sentirme tan cómoda así, con gente a mi alrededor, los dedos de un desconocido dentro de mí y un bulto muy grande debajo de mi cuerpo.
¿Es por este lugar? ¿Es por el alivio tan necesario de haberme rascado la picazón? ¿O es él? ¿Hay algo en este hombre en lo que mi cuerpo confía instintivamente?
Parpadeo para disipar la excitación y la satisfacción que me nublan la mente y me incorporo. Al hacerlo, sus dedos rozan mi sensible carne y mi clítoris, aún palpitante. Me estremezco e inspiro bruscamente cuando una réplica de placer me recorre el cuerpo.
Retira sus dedos de mí y, con la mirada clavada en mis ojos, los levanta y se los lleva a la boca.
Cojo aire de golpe. Ninguno de los hombres con los que he estado ha hecho jamás algo tan erótico.
Ninguno de ellos me ha arrancado un orgasmo con una intensidad siquiera parecida a la que acabo de experimentar.
Pero el placer en su rostro cuando entrecierra los ojos y gime de placer, me hace mover las caderas contra la dura protuberancia que tengo debajo.
Con una mueca, me sujeta los muslos con las dos manos para que me quede quieta. Entonces, esos labios se curvan en una sonrisa tan peligrosa como la que podría esbozar el mismísimo diablo.
—A menos que quieras continuar con esto en una sala privada, te aconsejo que te quedes quieta. Hace mucho tiempo que no me avergüenzo delante de una mujer y preferiría no romper la racha esta noche.
Suelto una risa entrecortada. Me invade una sensación emocionante al saber que mi placer por sí solo es suficiente para llevarlo al límite.
Pero el humor se desvanece rápidamente, porque no estoy segura de cuál es el siguiente paso.
¿Quiere ir a una sala privada? No sé si estoy preparada para eso.
Pero tengo que ofrecerle algo a cambio. No sería justo que él me hubiera hecho llegar un orgasmo tan espectacular y yo me levantara y huyera sin devolverle el favor.
Alargo la mano hacia el botón de sus pantalones, e intento desabrocharlo con dedos torpes, pero, antes de conseguirlo, me agarra la mano con la suya y me mantiene quieta.
—No hace falta. —Confundida, me quedo paralizada y busco sus ojos, con el corazón aún latiéndome a mil por hora.
Lo que puedo ver de su expresión se suaviza, como si pudiera leerme la mente, y su pulgar traza lentos círculos sobre mi muñeca—.
No voy a pedirte más ahora mismo, preciosa.
No quiero decir que no fuera a disfrutar de tu mano…
O de cualquier otra parte de ti, pero esto no es un toma y daca.
Haber visto cómo te corrías para mí ha sido suficiente.
Pero está muy excitado. ¿Por qué no quiere que me encargue de ello?
Entonces me doy cuenta y un rápido pinchazo de dolor me atraviesa el pecho.
Por supuesto que no quiere que le haga una paja; no ha venido aquí esta noche para eso.
Hay muchas mujeres en este club que estarán encantadas de tomar el relevo una vez que me haya ido y de darle lo que busca, sea lo que sea: juegos con cuerdas, juegos de respiración o incluso otras actividades que suenan aún más aterradoras.
Me pongo la mano contra el estómago e intento acallar la vergüenza que se retuerce en mi interior, reprendiéndome a mí misma.
Apenas acabo de conocer a este tío y estamos en un club de sexo, por el amor de Dios.
Probablemente venga aquí a menudo para saciarse.
Aunque no voy a mirarlo mal por ello, y menos teniendo en cuenta lo que acaba de hacer por mí, tampoco es como si fuera a salir con él.
Entonces, ¿por qué debería importarme que, después de que me vaya, disfrute con otra mujer?
—Por supuesto. —Esbozo una sonrisa forzada y voy a levantarme cuando, una vez más, sus manos me rodean los muslos y me mantienen en mi sitio.
—¿Voy a volver a verte? ¿Aquí?
La aspereza de su voz me sorprende. Su pregunta me sorprende.
—¿Quieres volver a verme?
Me roza el labio inferior con el pulgar y acerca la cabeza.
—Diría que esto ha sido un anticipo, ¿no crees? Me gustaría experimentar más. Me gustaría saborearte.
¿Se refiere a besarme? ¿O a otra cosa? Cualquiera de las dos ideas hace que el pulso se me acelere y se me haga un nudo en la garganta. ¿Podría volver y hacer esto con él otra vez?
Mordiéndome el labio, busco su mirada, pero entonces caigo en la cuenta, y la decepción me inunda el pecho.
—No puedo volver. He venido porque me han invitado.
Él se encoge de hombros con indiferencia.
—Te conseguiré una membresía.
Lo miro sin comprender. Anna me ha dicho lo que cuestan las membresías, y son absurdamente caras.
Richard pagó la de ella, pero él es millonario, y, aunque no fuera así, llevaban meses saliendo.
Este hombre es un desconocido y…, bueno, supongo que debe de ser rico, ya que este lugar está dirigido específicamente a esa clase de gente, pero ¿pagar una cuota tan exorbitante por una mujer a la que ni siquiera conoce? No tiene sentido.
Niego con la cabeza.
—¿Por qué ibas a hacer algo así? Ni siquiera me conoces.
Una de las comisuras de su boca se curva en una sonrisa que roza la burla.
—Si vienes el próximo viernes, nos conoceremos mejor.
Mi mente le da vueltas a esa posibilidad.
—No estoy segura… Es decir… Puede que mi amiga no quiera venir, y yo no sé si debería…
—Mariposa. —Interrumpe mi divagación nerviosa—. Me gustaría verte aquí de nuevo la semana que viene. Estoy dispuesto a pagar una cuota de socio para que sea posible. Pero depende de ti si la usas o no.
¿Por qué? ¿Por qué iba a gastarse todo ese dinero por la remota posibilidad de que yo vuelva?
—Es un riesgo demasiado caro como para correrlo.
La sonrisa pecaminosa que se dibuja en su rostro hace que se me encoja el estómago.
—Algunos riesgos merecen la pena.
—Claro. —No sé qué más decir. No sé cómo gestionar esta situación.
Retira las manos de mis muslos y se recuesta contra el sofá.
Cuando me levanto de su regazo todavía me tiemblan las piernas, y, cohibida, me estiro la falda sobre los muslos, asegurándome de que me tapa bien, lo que probablemente no sirva de nada teniendo en cuenta lo que acabo de hacer en un lugar público, pero no voy a pensar en eso ahora mismo.
Doy un paso atrás cuando él se pone de pie y me recuerda una vez más lo alto que es; mucho más alto que yo.
Levanto la barbilla para calcular su altura y me encuentro deseando quitarle la máscara y ver cómo es debajo de ella.
Tampoco es que deba importarme, pero no puedo evitar querer ponerle una cara a su voz, a su cuerpo y a sus manos.
—Déjame ayudarte a encontrar a tu amiga —propone.
Niego con la cabeza, sintiendo de repente un nudo en el pecho. Necesito un momento para respirar, para asimilar lo que acabamos de hacer.
—No pasa nada. Debe de estar bailando o en la barra. No se marcharía sin decírmelo.
Sus labios se tensan, pero no discute.
—Vale.
Me quedo en blanco, porque ¿qué leches digo ahora? ¿Cómo se le da las gracias a alguien por provocarte un orgasmo en medio de un club sexual?
—Me ha gustado mucho… Quiero decir, ha sido agradable… eeeh…
Su risa, grave y profunda, hace que una oleada de calor me recorra todo el cuerpo.
—Ha sido un placer.
Asiento a trompicones y sé que mi sonrisa es un tanto enloquecida.
—Gracias —consigo decir por fin, con la esperanza de que pueda percibir la sinceridad en mi voz.
Suelto un suspiro, me doy media vuelta y me abro paso entre la multitud sin apenas notar los cuerpos que se mueven a mi alrededor mientras intento procesar todo lo que ha pasado esta noche.
De repente, Anna aparece delante de mí, lo que hace que mi corazón se acelere y me lleve una mano al pecho. Ella sonríe ampliamente enlaza su brazo con el mío.
—¿Y bien? ¿El Señor Alto, Musculoso y Diabólico te ha dejado sin aliento?
Me río, resistiendo la tentación de mirar por encima del hombro para ver si puedo volver a verlo.
—Se podría decir que sí.
Ella suelta un gritito, me abraza y me empuja hacia la salida.
—Me alegro mucho por ti. Te he estado vigilando al principio, para asegurarme de que estabas bien.
Pero en cuanto he visto que, ejem, empezabas a pasártelo bien…
—gimo y siento que mi piel vuelve a arder—, he disfrutado de una agradable y picante conversación en el bar con un hombre con un acento muy sexy.
—Me alegro de que te lo hayas pasado bien mientras yo…
también me lo pasaba bien. —La sigo por la puerta y a través del largo pasillo negro, deseando ya llegar a casa y quitarme esta máscara.
El cuero suave es cómodo, pero sigue resultando un poco sofocante, especialmente después de mis recientes… esfuerzos.
La mujer que nos ha dejado entrar sigue detrás del mostrador y nos sonríe cuando nos acercamos.
Al llegar junto a ella, Anna extiende el brazo y la mujer escanea su pulsera, se la quita y nos recuerda que las bebidas se cargarán en nuestras cuentas.
Cuando me toca a mí, escanea mi pulsera, pero cuando el ordenador emite un pitido como respuesta, frunce el ceño ante la pantalla, concentrada.
Un par de pulsaciones de teclas más tarde, se oye un zumbido procedente de debajo del mostrador.
Con una pequeña sonrisa dirigida a mí, se agacha, deja un objeto sobre el mostrador y lo empuja hacia mí.
—Debes de haberle causado una gran impresión —comenta.
Recojo la tarjeta negra, aún caliente por la máquina que acaba de imprimirla. Seguro que no puede ser lo que creo que es. En parte esperaba que lo que ha dicho fuera todo palabrería, y aunque no lo fuera, jamás se me habría ocurrido que fuera a actuar tan rápido.
—¿Te ha pagado la membresía? —Las cejas de Anna casi le llegan a la línea del cabello.
La mujer pone una pequeña máquina en el mostrador entre nosotras.
—Por favor, pon el pulgar en la pantalla —me indica. Hago lo que me pide y, cuando el escáner ha terminado, lo guarda de nuevo y vuelve a su ordenador. Pulsa un par de teclas y me dedica otra sonrisa—. Todo listo. Que pases una noche maravillosa.
—Gracias. Igualmente. Evitando la mirada de Anna, me doy media vuelta y me dirijo hacia la puerta por la que hemos entrado hace lo que parece una eternidad.
Me alcanza fuera y me coge del brazo.
—¿Quieres contarme qué acaba de pasar?
Cuando la miro, tiene en el rostro una sonrisa de oreja a oreja, pero yo no creo que pueda explicármelo ni a mí misma. Aunque quizá ella me ayude a encontrarle sentido. Y a decidir qué debo hacer con la tarjeta que se me quema en la mano.
—Te lo contaré de camino a casa.