7 #2
Joder. Cierro los ojos con fuerza. Eso no va a pasar.
Mi miembro palpita en señal de protesta, y le agarro la cadera para que vuelva a moverse contra mí con la fuerza justa para que se balancee sobre mi dedo y sobre mi miembro hinchado al mismo tiempo.
Solo para aliviar la presión y permitirme recuperar algo de control.
Pronto, ella misma se hace cargo del movimiento.
Le suelto las caderas y, con una mano en su nuca para mantenerla en su sitio, la contemplo.
Es preciosa, joder, y parece casi borracha: los ojos entrecerrados, los labios entreabiertos…
Ahora que se ha relajado y ha encontrado su propio ritmo, deslizo otro dedo en su interior, lo muevo y pongo la palma de la mano sobre su clítoris.
Esos bonitos ojos azules que tiene se cierran por completo a modo de respuesta, y ella gime cuando acelero; arquea la espalda y pega su pecho a mí.
Más que feliz de satisfacer su petición silenciosa, le bajo el escote del vestido para dejar al descubierto un pecho perfecto, asegurándome de que es el menos visible para cualquier espectador.
Resisto el impulso de chuparle la piel lisa y suave, de marcarla con mis dientes, de darle un recuerdo para que se lo lleve a casa.
En su lugar, agacho la cabeza, tomo su pezón firmemente erguido entre mis labios y se lo muerdo.
—Dios mío. —Sus caderas se contonean de nuevo y mis dedos se hunden más profundamente.
Quiero más reacciones como esa. Quiero oír sus jadeos y gemidos.
Ver cómo se derrumba para mí. Le separo más las piernas para tener mejor acceso, y luego deslizo mi mano libre por la hendidura de su trasero, aparto el diminuto trozo de tela y acaricio en círculos el pequeño pliegue tenso entre sus nalgas.
Ella se queda paralizada, pero yo no. Sigo moviendo la mano entre sus piernas y, al cabo de unos instantes, ella se relaja de nuevo y recupera el ritmo.
La forma en que su cuerpo se ciñe a mi alrededor me indica que está a punto de llegar, así que curvo mis dedos hasta que presionan contra su pared frontal con cada vaivén, encuentro su clítoris con el pulgar y lo acaricio suavemente.
En cuanto aplique más presión ahí se correrá de golpe, pero aún no estoy listo para dejarla ir.
—Pon las manos a tu espalda, mariposa.
Ella duda solo un momento antes de obedecer.
Tras una última caricia entre las nalgas, uso esa mano para agarrarle las muñecas y sujetarla para mantenerla quieta.
Mi erección está tan dura debajo de ella que palpita de una forma que casi me hace daño.
Hasta mis testículos están tensos. Me muero por hundirme en ella para lo que está por llegar, pero, por desgracia, solo mis dedos van a experimentarlo.
Añado un tercer dedo, y ella inspira bruscamente al sentir cómo se estira.
—Relájate, puedes con ello. Te vas a sentir tan bien cuando te corras…
Le tiro de las muñecas, obligándola a arquear la espalda y a sacar pecho.
Entonces bajo la cabeza y me meto su duro pezón en la boca.
Dios mío. Su respiración es rápida y pesada, entrecortada por gemidos cada vez que chupo ese pequeño y tenso pezón.
La suelto con un chasquido y aflojo mi presa en sus muñecas lo justo para dejar que se mueva.
—Cabálgame los dedos.
Sus caderas se balancean sobre mi regazo.
Una fina capa de sudor recubre su pecho y las puntas de su cabello se pegan a su piel húmeda.
Aplico un poco más de presión sobre su clítoris con el pulgar y vuelvo a aferrarme a la punta tensa de su pezón para chuparlo con fuerza; su cuerpo se estremece a mi alrededor.
Está a punto de llegar. Esta bonita y pequeña mariposa lo ha hecho muy bien y se merece el orgasmo.
A estas alturas está tan perdida en el placer que ya no le importa dónde está ni quién pueda estar mirando.
No se puede decir lo mismo de mí. La idea de que alguien más —probablemente más de una persona— esté viendo cómo se derrite para mí me provoca un nudo de tensión en la nuca.
Debería haberla llevado a una sala privada y guardarme este momento solo para mí.
Las ideas retrospectivas son una puta mierda.
Ella mueve las caderas y restriega su sexo contra mis dedos.
Sus músculos se tensan aún más y vuelve a dejar caer la cabeza sobre mi hombro, como si ya no pudiera mantenerla erguida.
Joder. Inspiro hondo, obligándome a mantener la compostura.
Esta no es ni mucho menos la primera vez que me he follado con los dedos a una mujer, pero sí es la primera vez que he estado tan cerca de correrme sin tener al menos una mano acariciándome a cambio.
Ya he terminado de jugar con ella. Necesito que se corra ya.
Vuelvo la cabeza y le rozo la oreja con la boca.
—Tu clítoris está todo hinchado y mojado, mariposa. ¿Quieres correrte ya?
—Sí —gime ella—. Por favor, sí.
Sonrío y le paso los labios por la mandíbula.
—Vale, pero solo porque me lo has pedido amablemente.
—Entonces le acaricio el sensible manojo de nervios con el pulgar, con círculos rápidos y fuertes.
Sus piernas se tensan alrededor de mis caderas y hunde su cara en el hueco de mi cuello para ahogar los gemidos que escapan de sus labios cuando se desmorona.
Su sexo se contrae alrededor de mis dedos una y otra vez mientras se corre, y su excitación me resbala por la mano.
Voy a tener la prueba de su orgasmo en la parte delantera de mis pantalones, y eso solo me pone más duro—.
Buena chica. Me has dejado todo manchado.
Con un último espasmo, se desploma contra mi pecho.
Aún puedo sentir el lugar donde pegó sus labios a mi piel al llegar al clímax.
Mis dedos siguen hundidos dentro de ella.
Y aunque este momento era todo lo que pretendía disfrutar con ella, quedarme sin más que un aperitivo es absurdo.
Lo que mejor se me da es marcharme sin mirar atrás, pero incluso mientras me lo recuerdo a mí mismo, sé la verdad: esta noche no voy a pedirle nada más, pero aún no he terminado con ella.