El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 7
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Tate

La incertidumbre en sus bonitos ojos azules se transforma en deseo.

Está nerviosa y es comprensible: está claro que este no es su ambiente.

Pero ha venido aquí esta noche por una razón, y desde el momento en que ha entrado he querido ser yo quien le diera lo que necesita.

Hace mucho tiempo que no deseaba tanto a una mujer, y ni siquiera alcanzo a comprender por qué.

Por lo poco que puedo ver de su rostro, es guapa, probablemente incluso hermosa, y su cuerpo con ese vestidito es para chuparse los dedos, pero no se trata solo de eso.

He estado con muchas mujeres preciosas que no han despertado mi interés como lo ha hecho ella.

La mayoría de las mujeres con las que me acuesto saben muy bien lo que soy capaz de darles y no tienen miedo de pedírmelo.

Eso siempre ha facilitado las cosas. Les doy lo que quieren, cojo lo que quiero, y los dos nos vamos satisfechos, sin buscar una conexión, sin mirar atrás.

Así ha sido siempre. Así es como siempre he necesitado que fuera.

Pero la gratificación fácil que solía buscar ha perdido su atractivo.

Quizá por eso ella me está causando tanto efecto.

Porque esto no tiene que ver con mi gratificación: esto tiene que ver ella.

Con el obstinado ángulo de su barbilla y con la llama que brillaba en sus ojos cuando intentaba convencerme de que sabía lo que quería; con cómo casi se olvida de respirar cuando la toco y con la confianza que está depositando en mí solo con sentarse a mi lado.

Quizá eso sea lo que más ansío: su confianza.

Se está permitiendo mostrarse vulnerable conmigo, vulnerable de verdad.

Es algo poco común en el mundo en el que vivo, donde todas las personas con las que me cruzo compiten por tener más poder, incluso cuando se trata de sexo.

La confianza puede ser una parte esencial de lo que ocurre en este club, pero incluso esa se otorga dentro de unos límites, adaptada a las normas establecidas para garantizar que no se abuse de ella.

Las personas que vienen aquí para liberarse de sus inhibiciones saben a lo que se comprometen cuando atraviesan la puerta.

¿Pero esta mujer? Ella no sabe lo que quiere ni lo que necesita, así que no tiene ni idea de qué normas y límites establecer, y quiero ser yo con quien dé ese salto de fe; quiero ser yo a quien le confíe su cuerpo y sus súplicas.

Quiero que confíe en que la llevaré al límite de su zona de confort, pero no más allá.

Al menos esta vez.

Aparto ese extraño pensamiento de mi mente. Porque solo habrá una única vez. La mantendré segura y le daré lo que necesita, y luego la dejaré seguir su camino. Eso será todo. Ninguno de los dos mirará atrás.

—¿Sí o no, mariposa? —pregunto de nuevo, con ganas de tocarla. Pero no lo haré hasta que ella se decida.

Traga saliva y, a continuación, levanta esa barbilla tan testaruda.

—Sí.

Sus bonitos labios apenas han dejado de moverse cuando deslizo mi mano hacia su nuca y mi boca se posa sobre la suya.

Ella ladea la cabeza y, con solo una mínima vacilación, se abre para mí.

Gimo al saborearla —dulce y ácida, como el cóctel que estaba bebiendo—, le muerdo el labio inferior y mi lengua se adentra profundamente en su boca, poseyéndola, tomándola, reclamándola —aunque solo sea por esta noche—.

Y luego deslizo mis labios por su mandíbula hasta llegar a esa zona sensible de piel que hay debajo de su oreja. Huele a melocotones y nata, joder.

—¿Cuánto tiempo hace que nadie te toca? —pregunto.

—Demasiado tiempo —suspira.

Le rozo con los dientes la piel sensible del cuello.

—¿Cuánto tiempo, preciosa? Quiero saber cómo necesitas que sea de tierno.

Ella se estremece y pega sus suaves pechos a mí.

—Más de un año.

—Tienes razón —murmuro—. Es demasiado tiempo para que una mujer como tú esté sin que la toquen.

Le tiro del pelo, lo justo para que eche la cabeza hacia un lado y me dé acceso a su cuello. Emite pequeños gemidos entrecortados cuando la beso y le lamo la esbelta columna, pero esos sonidos se convierten en un jadeo cuando paso la lengua por el rápido latido de su pulso.

—No… No seas tan delicado. Me detengo y la miro.

Sus ojos, velados por la vulnerabilidad, se clavan en los míos—.

Es solo que… —Suelta un suspiro tembloroso—.

Quiero sentirlo. Lo que me haces. Sentirlo de verdad.

Dudo que vuelva a hacer algo así nunca más, así que…

—Se muerde el labio inferior, como si lo que me está pidiendo estuviera mal.

Joder. Me está matando.

—Me aseguraré de que lo sientas, preciosa. Cada segundo. —Entonces mi boca vuelve a apoderarse de la suya, y hundo las manos en su cabello para tomar el control del beso; le inclino la cabeza para saborearla y ella se aferra a mi camisa e intenta acercarse más.

Le suelto el pelo y la agarro de las caderas.

Ella jadea cuando hago que se levante y se siente a horcajadas sobre mí, con su sexo sobre mi erección.

Cierra los ojos y se aferra a mis hombros mientras la balanceo contra mí.

A pesar de la tela de mis pantalones y de la escasa ropa interior que lleva siento su calor en mi cuerpo.

Reprimo las visión que aparece en mi mente: bajarme los pantalones y apartarle las bragas para penetrarla.

Quiero hacerlo. Joder, quiero sentirla a mi alrededor, pero esto va de su gratificación, no de la mía, y aunque estoy seguro de que podría hacerla gritar mientras se corre conmigo dentro, eso no es lo que ella necesita.

Tras el subidón del orgasmo recordaría dónde estamos y se sentiría avergonzada, y eso es lo último que quiero.

Así que no voy a follar con ella. Le daré lo que necesita, lo que me ha pedido, pero no voy a ir más allá.

Poso mis labios sobre su cuello una vez más, deslizo la boca por su piel suave como el satén y luego chupo ligeramente el punto donde ahora el pulso le late con fuerza.

Dejo una mano en su cadera y deslizo la otra bajo el corpiño de su vestido para acariciarle un pecho.

No lleva sujetador, y la punta dura de su pezón se clava en mi palma.

—Ah, Dios —susurra cuando le pellizco esa pequeña y tensa protuberancia entre mis dedos.

Cuando doy un tironcito, se arquea contra mí, y sus labios se entreabren con un gemido.

Por primera vez, el anonimato del club me molesta.

Quiero ver su rostro. Quiero ver el placer reflejado en él mientras la toco.

Podría llevarla a una sala privada. Podríamos quitarnos las máscaras.

Joder, incluso podría preguntarle su nombre y darle el mío para asegurarme de que esa sea la única palabra que salga de sus labios cuando se corra para mí.

Pero nunca he hecho nada parecido y menos aquí.

Este lugar no va de eso. Así que reprimo ese impulso y le doy un último pellizco en el pezón, disfrutando de su jadeo agudo y de cómo se contonea.

Bajo la mano hasta su trasero y le subo la falda, solo un poco, lo suficiente para no exponerla a la mirada de la gente que está cerca, que debe de estar mirándonos; solo lo suficiente como para deslizar mi mano por debajo de la tela y acariciarle las nalgas que deja al descubierto su diminuto tanga.

Le clavo los dedos, pero, por increíble que sea su trasero, no me quedo ahí mucho tiempo; sigo la línea de la tela sobre la curva de su cadera y me hundo en el calor entre sus piernas. Una aguda oleada de lujuria me recorre la columna cuando encuentro su humedad y la acaricio con el pulgar.

—Joder, estás empapada, mariposa —mascullo—.

Tienes esas bragas diminutas mojadas por mí.

—Ella deja caer la cabeza sobre mi hombro como si se sintiera avergonzada, pero le agarro el pelo con mi mano libre y hago que levante la cara—.

¿Quieres que te toque ese precioso clítoris?

¿Que hunda los dedos en ti? ¿Que te alivie un poco?

—Traga saliva con dificultad y mira por encima de mi hombro, probablemente para ver si alguien se está fijando en nosotros, y yo le acaricio la mandíbula para centrar su atención de nuevo en mí—.

Olvídate de ellos. No importan. Lo único que importa es para qué has venido aquí.

Voy a relajarte, preciosa, a quitarte parte de ese estrés que te agobia.

Y tú me lo vas a permitir. Los dos sabemos que eso es lo que necesitas.

—Le acaricio con los labios la comisura de su boca y luego el punto justo debajo de su oreja—.

Si me dices que sí, haré que te corras tan fuerte que sentirás el eco durante días.

El aliento se le escapa de golpe.

—Sí. Dios, sí. Por favor.

—Buena chica. —Vuelvo a apoderarme de su boca y deslizo mis dedos bajo su tanga. Su respiración se entrecorta cuando desciendo más y encuentro piel suave y tersa y luego calor resbaladizo. No puedo evitar gemir al rozarle el clítoris, ya hinchado.

Le muerdo el labio inferior y saboreo la forma en que jadea mientras bajo la mano, le rozo la entrada y la acaricio en círculos.

Está la hostia de empapada, más que lista para recibirme.

Se estremece al sentirme y yo me trago el grito ahogado que deja escapar cuando deslizo un dedo dentro de ella.

Su sexo caliente y húmedo se ciñe a alrededor mientras entro y salgo suavemente, deseando que sus músculos se relajen lo suficiente como para poder meter un segundo dedo.

Una vez más, me domina el impulso de sacarme el pene y llevarla sobre él.

Es estrecha de cojones, así que tendría que ayudarla a bajar; aunque a ella le gustaría; me aseguraría de ello.

Le sujetaría las muñecas a la espalda, la obligaría a tomar…