6
Violet
Espero que esboce una sonrisa satisfecha, pero no lo hace; al contrario: su corpulento cuerpo casi parece tensarse. Se acerca a mí y me desliza la mano por la nuca. Ese gesto posesivo me hace contener el aliento; se me endurecen los pezones y me rozan contra el fino tejido de mi vestido.
Se da cuenta de mi reacción, por supuesto que sí, y es entonces cuando por fin sonríe —aunque es más un gesto primitivo de mostrar los dientes que otra cosa— y eso hace que me recorra una oleada de deseo.
—Vamos, preciosa. —Desliza la mano por mi columna vertebral y la posa en la parte baja de mi espalda para guiarme a través del club hasta un sofá en uno de los rincones más oscuros.
Me hace ponerme frente a él para que me siente junto a la pared, pero antes de que pueda hacerlo, me agarra suavemente la muñeca para detenerme y me aparta el pelo que llevo suelto y, cuando miro por encima del hombro, veo que está concentrado en mi espalda.
Con una leve sonrisa, traza suavemente mi tatuaje de la mariposa con su dedo, y todas mis terminaciones nerviosas se despiertan.
Sin decir palabra, me suelta; yo recorro el paso que me separa del sillón con las piernas temblorosas y consigo sentarme sin que se me doblen. Se acomoda a mi lado y pega su rodilla a la mía.
Aquí, en este rincón en penumbra, solo los dos, no hay nada que me distraiga de él: del ángulo de su mandíbula, de la seductora curva de sus labios.
Incluso su aroma invade mis sentidos. Huele demasiado bien: fresco, como imagino que debe de oler un bosque por la noche.
Tiene mi absoluta atención y eso desencadena un impulso salvaje en mi interior y siento la tentación de sentarme en su regazo y de sentir su boca sobre la mía.
Quizá sea por la máscara, por el anonimato que proporciona.
O quizá sea la oscuridad y el ritmo lento y palpitante de la música.
Sea cual sea la razón, nunca me había excitado tanto con tan poco contacto físico.
No me cabe duda de que este hombre, quienquiera que sea, sabe muy bien cómo hacer que una mujer se sienta bien.
Irradia confianza en sí mismo; se nota en cada trazo de su cuerpo, en su forma de hablar, en su forma de moverse.
Y yo no estoy en absoluto preparada para lidiar con él.
Se recuesta y estira el brazo a lo largo del respaldo del asiento, de modo que me roza los hombros.
—¿Por qué han sido tan difíciles estos últimos meses?
Frunzo el ceño, con un atisbo de esa preocupación que últimamente no consigo sacarme de encima y siempre llevo clavada en el pecho.
—¿De verdad quieres saberlo?
Sus labios esbozan una sonrisa.
—Por eso pregunto.
Me muerdo el labio inferior y pienso en la mejor manera de resumir los acontecimientos de los últimos meses.
—El trabajo ha sido… complicado. —Le dedico una leve sonrisa—. Y antes de eso, pasé por una ruptura horrible. —No menciono la muerte de mi padre. Me parece inapropiado hablar de eso en un sitio como este.
Me pasa el pelo por encima del hombro, y sus dedos es me rozan el cuello.
—Lamento oírlo. ¿Puedes dejar tu trabajo? ¿Encontrar uno mejor?
—Soy copropietaria de un negocio, así que no, dejarlo no es una opción.
Asiente, y me pasa las yemas de los dedos una y otra vez por la piel, con suavidad, lo que me dificulta pensar.
—¿Y la ruptura?
Tragué saliva para deshacer el nudo de ansiedad que siempre me invade cuando pienso en Eric y luego me encojo de hombros con la mayor naturalidad posible.
—Digamos que él no era como yo creía.
Sus ojos se oscurecen mientras y me invade una repentina sensación de déjà vu, como si alguien me hubiera mirado así antes. Parpadeo y esa sensación se disipa.
—¿Te rompió el corazón? —inquiere con voz grave.
Eso es lo último que esperaba que me preguntara. Tenía la impresión de que esta conversación iba a derivar en algo físico, ¿y ahora quiere saber si Eric me rompió el corazón?
A pesar de mi confusión, le respondo.
—Creo que en el fondo no estaba enamorada de él, así que no puedo decir que me rompiera el corazón en ese sentido.
Pero me hizo daño, me hizo sentir mal conmigo misma.
—Cuando descubrí que me estaba engañando, fue un despertar más que otra cosa, pero no quiero pensar en que Eric me engañó.
No quiero pensar en eso para nada, así que inspiro hondo y yergo los hombros—.
No estoy aquí para intentar superar un desengaño amoroso, si es por eso por lo que me lo preguntas.
Ya te he dicho que hay muchas razones por las que he venido, pero esa no es una de ellas.
Se hace un largo silencio e incluso el hipnótico latido de la música parece desvanecerse en el fondo.
Un músculo le tiembla en la mandíbula, y yo me muevo en el sofá, con los nervios revoloteando en mi estómago bajo la intensidad de su mirada.
Quizá no se esperaba una respuesta tan detallada.
Pensándolo bien, debería haber dicho que no y dejarlo ahí.
Echo un vistazo hacia la pista de baile. ¿Debería considerar mi primer intento de salir de mi zona de confort como un fracaso y perderme entre la multitud con Anna?
Me sorprende cuando desliza sus dedos por mi cabello, captando de nuevo mi atención.
La sonrisa que se dibuja en sus labios es tan diabólica como su máscara.
—Eso está bien. Porque si esta noche voy a aliviar parte de tu estrés, no quiero que estés pensando en otra persona.
De repente, se me seca la boca otra vez. Este hombre me tiene completamente desorientada, y es emocionante. Puede que esté atenazada por los nervios, pero no puedo ignorar el deseo y la expectación que se han despertado en mi interior.
Me humedezco los labios y, como respuesta, sus dedos se aferran con más fuerza a mi cabello.
—¿Vamos a entrar ahí? —susurro, echando un vistazo a las puertas dobles y al pasillo en penumbra que hay más allá de la pista de baile.
Ladea la cabeza y yo hago todo lo posible por seguir respirando a pesar de la aprensión que me invade ante la idea de participar en algún juego con cuerdas o azotes. O ante la posibilidad de que él quiera algo diferente, algo aún más intimidante.
—No creo que estés preparada para eso —dice.
Parte de la tensión abandona mis músculos.
—Entonces, ¿qué?
—Voy a ocuparme de ti aquí mismo.
Se me acelera el pulso se acelera y echo una ojeada al club en penumbra.
—¿Aquí?
Me tira un poco del pelo para hacer que le preste atención.
—Si alguien mira, es porque le gusta lo que ve. Pero me aseguraré de que no vean demasiado, te lo prometo.
Tengo el corazón a punto de escapárseme del pecho.
Me invaden imágenes fugaces de las escenas que he presenciado cuando Anna y yo hemos llegado.
Aunque era obvio lo que esas parejas estaban haciendo, en realidad no he llegado a ver gran cosa.
Y, de todos modos, no había forma de saber quiénes eran las personas implicadas, como no se puede saber quién soy yo.
Y escondida en un rincón como este, bueno…
Mi mente trabaja a toda máquina y la incertidumbre lucha con la excitación en mi interior.
Me observa un momento y luego se echa hacia mí.
—Quiero cuidar de ti esta noche, mariposa. Solo tienes que decir sí o no.