El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 5 #2
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Escucho a mi lado un ruido confuso, algo como un «Mmm».

He estado tan absorta en este chico que casi se me olvida que no estamos solos.

Pero cuando me vuelvo hacia Anna, no parece molesta en absoluto.

De hecho, por la sonrisa cursi que luce y la forma en que su mirada va de mí al hombre que está a mi lado y viceversa, diría que solo le falta un bol de palomitas.

Le hago un gesto de disgusto con la nariz y, aunque dudo que haya podido verlo bajo la máscara, responde guiñándome un ojo.

—¿En serio? —dice el hombre. La incredulidad en su tono deja claro que sabe que estoy mintiendo—. ¿Te interesa el taller de shibari, entonces? ¿Qué es lo que te atrae de eso?

Debo admitir que no tengo ni idea de lo que es el shibari y que no tengo intención de marcharme del espacio relativamente seguro de esta zona abierta, pero su actitud arrogante me está sacando de quicio.

Normalmente no me enfado con facilidad, pero este hombre que ni siquiera me conoce ha descubierto cómo pulsar botones que llevan años intactos.

No puedo evitar aceptar el reto. Así que obligo a mis hombros a relajarse y sonrío.

—No, el shibari no me interesa. Me gustaría ver qué más hay…

Su mano, que ha estado descansando distraídamente en la barra junto a mi hombro, se mueve, y su dedo índice me roza la piel con una ligereza de pluma, lo que me hace contener el aliento.

—¿No te gustan los juegos con cuerdas?

¿Juegos con cuerdas? ¿Eso es el shibar i ?

¿Juegos con cuerdas como estar atada o algo así?

Puede que haya tenido alguna que otra fantasía en mi vida sobre estar atada durante el sexo, pero ¿quién no las ha tenido?

Niego con la cabeza, tras decidir no demostrar ignorancia al indagar en busca de más información.

—Los juegos con cuerdas son un poco insulsos para mi gusto.

Esta vez Anna se atraganta, y los dos nos volvemos hacia ella. Se da un puñetazo en el pecho.

—Lo siento, se me ha ido la bebida por otro lado.

La miro con el ceño fruncido, pero ella se limita a sonreírme.

—Así que buscas algo un poco más salvaje que el shibari —reflexiona el hombre, rascándose la mandíbula—. Voy a intentar adivinarlo. Dime si acierto o no, ¿vale?

Me trago el nerviosismo que me invade y asiento. Voy a meterme en un lío con esta conversación, pero ahora no voy a echarme atrás.

Él sonríe y sus dientes blancos brillan en la penumbra. El gesto, junto con la máscara, le da un aspecto depredador. Se me acerca más y lleva sus labios a mi oído.

—¿Qué tal unos azotes? ¿Te interesa? ¿Quieres que te dejen el trasero rojo? —Cuando se aparta, hay un brillo diabólico en sus ojos.

Mis mejillas se enrojecen, pero confío en que la máscara y la oscuridad le oculten mi reacción. Niego con la cabeza.

—No soy una niña. No necesito que me castiguen.

Ahora es su pulgar el que traza pequeños círculos hipnóticos sobre mi brazo. El contacto está nublando mi mente más de lo que debería.

—Tengo clarísimo que no eres una niña, pero los azotes son mucho más que disciplina —replica—. Pero sigamos. ¿Y el voyeurismo? ¿Te gustaría ver a gente follando? ¿Quieres estar entre el público y ver cómo alguien se corre para tu disfrute?

Se me corta el aliento y tengo que resistir el impulso de retorcerme ante sus palabras. Ninguno de mis novios me ha hablado así jamás, y mucho menos un desconocido. Pero me niego a darle la satisfacción de saber que ha conseguido provocarme una reacción.

—Prefiero hacer antes que mirar —digo, manteniendo un tono tan frío como puedo.

—¿En serio? —ronronea—. Entonces, ¿eres una exhibicionista?

¿Quieres que te miren mientras te hacen llegar al orgasmo una y otra vez?

—Siento un latido entre las piernas que intento ignorar por todos los medios, aunque se vuelve cada vez más insistente.

Solo puedo negar con la cabeza—. ¿No? Bueno, no es para todo el mundo.

—Se pasa un dedo por el carnoso labio inferior y ladea la cabeza como si estuviera meditándolo—.

¿Y qué tal los juegos de respiración? —¿Qué leches es eso?

Lo único que puedo hacer es parpadear, y a él se le levanta una de las comisuras de los labios—.

¿Te gusta la idea de ceder el control de tu respiración a otra persona mientras folláis?

¿Permitirle que te corte el oxígeno hasta que te marees de placer y necesidad? ¿Es eso lo que buscas, mariposa?

Se me seca la boca. Voy a tener que rendirme. No sé en qué estaba pensando al participar en este juego. Porque por supuesto que es un juego: sabe que no tengo ni idea de lo que estoy hablando y se está burlando de mí.

Suelto un suspiro entrecortado.

—Está bien —admito—. No pienso participar en nada de eso.

Solo quería tomarme un descanso de la vida real por una noche.

Quería escapar de mí misma, y esto me parecía una buena forma de hacerlo.

Pero dudo que me sintiera cómoda con las cosas que pasan ahí atrás.

No tengo ni idea de lo que es el shibari ni los juegos de respiración.

Y probablemente sea increíblemente ingenua en comparación contigo y con todos los demás que hay aquí.

¿Contento? —Me cruzo de brazos, molesta por haberme dejado pillar tan fácilmente y por mi reacción molesta ante eso.

¿Qué tiene este tío que hace que mi temperamento y mi libido se disparen al mismo tiempo?

Sigue con los ojos clavados en los míos y una chispa de excitación se enciende en mi vientre.

Anna es quien rompe la tensión latente.

—¿Sabéis?, creo que me voy a ir a bailar.

—Una confusa mezcla de alivio y decepción se arremolina en mi interior mientras me vuelvo hacia ella, dispuesta a acompañarla a la pista de baile.

Pero ella me detiene poniéndome una mano alrededor de la muñeca—.

Sola. —Cuando abro la boca para protestar, una enorme sonrisa burlona se dibuja en su rostro—.

No te olvides de lo de liberarte del estrés, cariño.

Esa es la otra razón por la que has venido, ¿no?

—Me da un rápido abrazo y baja la voz para que solo yo pueda oírla—.

Déjalo plantado y ven a buscarme si resulta ser un capullo, ¿vale?

Si no, diviértete. Recuerda, solo es una noche.

—Me guiña un ojo y empieza a marcharse—.

Voy a buscar a alguien con quien mover el esqueleto.

La veo alejarse y, casi a regañadientes, me vuelvo hacia el hombre de la máscara de demonio.

No lo hago porque desee haberme ido con Anna, sino porque el pulso me late con fuerza en la garganta y sigo sintiendo ese cosquilleo desconocido en las venas.

Aunque esta interacción me tiene en vilo, en realidad me siento viva por primera vez en mucho tiempo.

Y hay una parte de mí que quiere averiguar hasta dónde puede llevar esto, ya sea a otra copa, a un beso o a… algo más.

Él sigue mirándome. Cuando me humedezco los labios, baja la vista y sigue el movimiento con los ojos.

—¿Para aliviar el estrés? —pregunta, con voz más suave—. ¿Estás estresada, mariposa?

Suelto una risita, sin saber muy bien si resulta convincente.

—Los últimos meses han sido un poco duros, eso es todo. —Han sido bastante más que eso, pero dudo que le interesen los detalles.

—¿Así que por eso estás aquí? ¿Para aliviar un poco ese estrés?

Frunzo los labios y pienso en cómo responder a esa pregunta.

—Ya te lo he dicho. He venido porque a mi amiga se le acaba la suscripción y porque necesitaba un descanso, divertirme una noche.

—Suspiro y me concentro en ese pequeño triángulo de piel en la base de su cuello en lugar de en sus ojos cuando me rindo por fin—.

Y sí, para aliviar un poco el estrés, si es lo que acaba pasando.

Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba y atraen mi atención de nuevo hacia su rostro.

—Siempre me dicen que se me da genial aliviar el estrés.

Un pequeño escalofrío de excitación me recorre la espalda.

—Ah, ¿sí?

Baja la barbilla sin dejar de sonreír y me encuentro mirándolo a los labios y preguntándome cómo me sentiría al tenerlos sobre los míos.

Dios mío, ¿estoy loca por plantearme hacer algo así?

¿Y él está decidido a hacer lo que yo creo o me estoy adelantando?

No sé cómo preguntarlo ni cómo seguir adelante a partir de aquí.

Levanto la copa, desesperada por aliviar el ardor de mi garganta, que de repente siento muy seca, solo para descubrir que está casi vacía. La apuro con demasiado entusiasmo y luego me lamo los restos del líquido deliciosamente ácido de los labios.

Incluso en la penumbra puedo ver cómo su mirada se calienta.

Me quita el vaso vacío y lo deja en la barra.

Luego desliza suavemente su enorme mano bajo mi barbilla y me hace levantar la cara.

Estudia lo que puede ver de ella, con el pulgar recorriéndome la mandíbula.

Siento un cosquilleo por todo el cuerpo.

—Ven a sentarte conmigo —sugiere.

Se me hace un nudo en el estómago por culpa de la decepción.

—¿Quieres sentarte y ya?

La sonrisa que me dedica esta vez es maliciosa.

—Quiero conocerte mejor.

—Pero ¿el objetivo de este lugar no es precisamente no conocerse?

—No necesito saber cómo te llamas ni dónde trabajas.

Ni siquiera necesito saber cuántos años tienes, ya que no estarías aquí si fueras menor de edad.

Lo único que quiero saber es cómo puedo ayudar a que te relajes, qué hará que esos preciosos labios se abran para mí, qué conseguirá que se te acelere el pulso y…

—se echa hacia delante hasta que su boca se cierne justo sobre la mía— qué va a hacer que te mojes.

Me quedo sin aliento y sus palabras me inundan de deseo. Dios, no sé cómo ha pasado esto tan rápido. Pero no puedo negar que su seguridad en sí mismo es increíblemente atractiva. Y me intriga lo que me está ofreciendo. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me tocaron íntimamente.

—Vale —digo antes de poder pensármelo mejor.

—¿Vale?

Suelto un suspiro.

—Vale, sentémonos.