El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 5
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Violet

Me aparto del hombre con la máscara del Fantasma de la Ópera que tiene el brazo apoyado en la barra detrás de mí.

Está tan cerca que la tela de su camisa me roza el omóplato desnudo.

Intento no darle importancia porque, en realidad, no ha hecho nada malo aparte de estar demasiado cerca.

Y, por muy normal que parezca este lugar, sigue siendo un club de sexo.

Probablemente sea normal aquí llegar rápidamente al contacto físico y lo único que ocurre es que no es normal para mí.

—¿Es tu primera vez? —Se acerca otro centímetro; está claro que no entiende mi lenguaje corporal.

Esbozo una pequeña sonrisa de cortesía.

—¿Tanto se nota?

Se ríe.

—La carne fresca es fácil de reconocer. —Me echo hacia atrás ante sus palabras y esta vez sí se da cuenta—.

Lo siento, solo era un mal chiste. Solo quería decir que tienes ese aire de cervatillo asustado.

Si me dejas que te invite a una copa, puedo ayudarte a superarlo.

—Agacha la cabeza y se pasa la lengua por el labio inferior, recorriéndome el cuerpo con la mirada.

Y esta vez, lo que también me recorre el cuerpo es un escalofrío.

Comprendo que aquí ser directo es lo normal, pero tiene que haber una forma mejor de hacerlo que esta.

Su actitud no es intensa ni agresiva, pero sea quien sea —y suponiendo que es socio de este club, hay muchas posibilidades de que sea alguien importante—, tiene todo el encanto y el tacto de un gorila.

Anna interviene, poniéndome una mano en el antebrazo.

—En realidad solo vamos a tomar un par de copas y a bailar, a relajarnos y a divertirnos un rato, ¿entiendes?

El amigo del Fantasma de la Ópera levanta la barbilla; él sí ha captado la indirecta

—Venga, tío… Vamos a la parte de atrás a ver algo de acción. Creo que hay un taller de shibari en una de las salas.

No tengo ni idea de lo que es el shibari, pero agradezco que se vayan. No quiero ser grosera, así que le sonrío a Fantasma.

—Gracias de todos modos. Disfrutad del… —Intento recordar cómo lo ha llamado el otro tío—. Del taller —termino por fin, con un poco de torpeza.

En lugar de alejarse, se acerca un poco más, lo que me pone los pelos de punta.

—Podrías venir con nosotros. El shibari es…

No llega a terminar la frase, porque un hombre con una máscara de diablo aparece de la nada y se detiene junto al Fantasma, prácticamente cerniéndose sobre él, ya que es varios centímetros más alto.

—Creo que las chicas se han expresado con claridad. —Su voz es grave y acerada.

Mi mirada va de él a los hombres a los que hemos estado intentando rechazar con delicadeza.

Fantasma frunce el ceño.

—Solo intentaba ser amable.

—En ese caso, quizá deberías practicar cómo ser amable delante del espejo, porque lo que estás haciendo no lo es. Acepta la indirecta tan educada que te han lanzado y vete.

Fantasma mira a su amigo y luego niega con la cabeza.

—No hay problema. Nos vamos.

Y sin decir nada más, se marchan. Ahora solo estamos Anna, yo y el hombre de la máscara de diablo.

Es alto, como ya había notado, y está bien formado.

La forma en que su camisa blanca, de corte impecable, se ciñe a sus anchos hombros y a su pecho no deja lugar a dudas sobre los músculos que hay debajo.

No lleva corbata y tiene el botón superior desabrochado, dejando al descubierto una pequeña uve de piel bronceada y suave.

De la nada aparece en mi mente una imagen de mí, besándolo, y una oleada de calor me recorre todo el cuerpo.

Aparto ese pensamiento y centro mi atención en su rostro.

O, al menos, en lo que puedo ver de él. Una mandíbula fuerte y bien afeitada y unos labios carnosos con una curva seductora.

Bajo la tenue luz, el pelo que se le riza sobre las orejas parece rubio oscuro, y sus ojos, ensombrecidos por la máscara, parecen ser de color marrón claro.

Es difícil de decir. Independientemente del color, el brillo de diversión que hay en ellos es inconfundible.

Y, sin duda, esa diversión se debe a que acaba de pillarme mirándolo descaradamente. Me sonrojo y aparto la vista.

—Gracias —dice Anna.

Inspiro hondo para tranquilizarme y me vuelvo hacia ella para distraerme del hombre que está frente a nosotras y de cómo mi pulso ha empezado a acelerarse.

Ella me mira con los ojos muy abiertos, instándome en silencio a que hable con él. Supongo que cree que este tipo es mejor opción que los dos a los que acaba de ahuyentar. Aunque una parte de mí se pregunta si no será más peligroso.

Aun así, ser educada no tiene por qué llevar a nada más… A menos que yo quiera que así sea.

Carraspeo y me devano los sesos para encontrar algo que decir.

—¿Vienes mucho por aquí? —Hago una mueca en cuanto esas palabras salen de mis labios. ¿Podría haber hecho una pregunta más cliché? Además, creo que no me apetece saber si asiste mucho a clubes de sexo. Levanto la mano—. Lo siento, no hace falta que respondas.

Su risa es grave, seductora. ¿Cómo es posible que una risa sea seductora?

—Digamos que no soy precisamente carne fresca.

Arrugo la nariz bajo la mascarilla.

—Lo has oído…

—Por desgracia, Onyx puede garantizar tu seguridad física mientras estés aquí, pero no puede protegerte de todos los idiotas que hay en el mundo.

—Estábamos a punto de tomarnos otra copa —interviene Anna—. ¿Te apetece unirte a nosotras?

Uf, a ella se le da mucho mejor que a mí.

Estoy oxidada en cuestiones de coqueteo.

El hombre de la máscara de diablo desvía su intensa mirada de mí hacia ella, y al instante me invade una punzada de celos desconocida y absurda.

No conozco de nada a ese tío, y puede considerarse afortunado si mi mejor amiga quiere pasar el rato con él.

—Solo si me dejáis invitaros —dice él.

La sonrisa de Anna hace que el gusanillo de los celos se me clave aún más hondo.

Me vuelvo hacia la barra para espantar esa sensación.

Ella no está intentando captar su atención, se limita a ser ella misma, simpática y abierta.

Pero es muy guapa. ¿Qué hombre no se dejaría conquistar por su sonrisa?

Además, aquí hay muchos otros hombres. Si quiero coquetear —o ir más allá—, estoy segura de que no me costará encontrar a alguien.

Una mano me roza la parte baja de la espalda y me arranca del curso de mis pensamientos y, de repente, él está a mi lado. Agacha la cabeza y me habla al oído; su cálido aliento en mi cuello me pone la piel de gallina por todo el cuerpo.

—¿Qué quieres tomar?

¿Se da cuenta de cómo reacciona mi cuerpo ante su proximidad? De alguna manera, la idea de que pueda darse cuenta me hace sentir extrañamente expuesta.

—Un cosmopolitan, gracias.

Asiente y se dirige al camarero, que ha aparecido de pronto delante de nosotros.

Anna se pega a mí por el otro lado.

—Dios mío —susurra—. Este chico está buenísimo. Tienes que lanzarte. Si por lo menos no lo besas, me voy a poner a llorar.

—Si te gusta, podrías…

Sacude con tanta energía la cabeza que me deja clavada en el sitio.

—Aunque quisiera, no serviría de nada. No ha apartado la vista de ti desde que ha llegado.

Siento un nudo en el estómago. Un hombre como este, miembro de este club, probablemente espera una mujer que esté dispuesta a tirar la precaución por la borda y a pasar a la acción en una de las salas traseras. Y por muy guapo que sea, no creo estar preparada para eso.

Cuando una mano grande aparece delante de mí sosteniendo mi cosmo, cojo la copa y le sonrío en señal de agradecimiento. Le pasa un Manhattan a Anna deslizándolo por la barra y luego coge su propio vaso con lo que parece un whisky caro.

Da un sorbo y me estudia por encima del borde de la copa, y yo busco frenéticamente un tema interesante de conversación. El anonimato hace que sea mucho más difícil mantener una conversación. No podemos preguntar cómo nos llamamos ni a qué nos dedicamos. ¿De qué leches vamos a hablar?

Él no parece tener las mismas preocupaciones; apoya el codo en la barra y me mira con una leve sonrisa en los labios.

—¿Qué te ha traído aquí esta noche? Si es tu primera vez, algo debe de haberte empujado a venir.

—Eeeh, bueno, a Ann… eeeh, a mi amiga le va a caducar la suscripción y me ha preguntado si quería acompañarla en su última visita.

Su sonrisa se amplía lentamente.

—¿Así que solo le estás haciendo un favor a tu amiga?

—No. Quiero decir, esa no es la única razón.

—Entonces, ¿cuáles son las demás razones? Porque no me pareces la clase de mujer que decide espontáneamente visitar un club como el Onyx solo porque una amiga necesita compañía.

Se me tensan los hombros. ¿Qué clase de mujer se cree que soy?

¿Una aburrida que se pasa todo el tiempo trabajando en una cafetería y preocupándose por las máquinas de expreso que no funcionan?

Vale, sí, eso es cierto, pero esa no es la persona que quiero ser esta noche.

Levanto la barbilla y lo miro a los ojos.

—Es para tacharlo de mi lista de cosas que hacer antes de morir.

La máscara oculta la mayor parte de su expresión, pero la forma en que frunce los labios me hace pensar que le ha hecho gracia.

—¿Y qué aparece en esa lista? ¿Se trata solo de venir o también de participar de verdad? —Su boca se contrae en una sonrisa; su diversión es más evidente.

Irritada por su reacción, me veo obligada a responder.

—Iba a esperar a ver cómo me sentía al llegar.

Quería echar antes un vistazo a algunos de los, eeeh…

—Le doy vueltas en la cabeza hasta que recuerdo lo que han mencionado el Fantasma y su amigo—.

Los talleres. —Me encojo de hombros, intentando parecer despreocupada—. A ver si algo me llama la atención.