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Pero al fijarme mejor, capto todos los detalles que distinguen a este club de los demás.
El más evidente es que todo el mundo lleva máscara, incluso los camareros.
Mientras que la mayoría de los clientes lucen unas con muchos detalles y muy elaboradas, las del personal son negras y sencillas.
El anonimato le da un toque especial a la escena que, como decía Anna, hace que el ambiente sea más misterioso y un poco más sexy.
La música no es actual, por lo que puedo apreciar, pero tiene un ritmo grave y seductor que late detrás de mi esternón.
El ritmo atrae mi atención hacia la pista de baile y, al contemplar a la multitud, me doy cuenta de que no solo bailan solteros y parejas, sino grupos de tres, cuatro o incluso más personas de todos los sexos restregándose unas contra otras.
Me muerdo el labio y sigo curioseando. Es entonces cuando me doy cuenta de lo que está pasando en la zona de mesas. En una de las cabinas, un hombre le ha bajado la parte de arriba del vestido a una mujer y se está echando sobre ella para poder… Ay, vaya.
Me invade una oleada de calor y aparto la mirada, solo para darme cuenta de que me he vuelto hacia un sofá donde otra mujer está a horcajadas sobre el regazo de un hombre.
Está vestida, pero él le está amasando el trasero.
No sé si la está moviendo o si ella se mueve por su cuenta, pero por la forma en que tiene la cabeza echada hacia atrás, está claro que allí está pasando algo más que un simple beso.
Trago saliva y me vuelvo hacia Anna, que muestra una divertida sonrisa.
—Estoy convencida de que yo tenía esa misma expresión en la cara cuando Rich me trajo aquí.
—Eeeh, sí. Hay mucho a lo que acostumbrarse. —Suelto una risita nerviosa y me abanico con la mano—. Aunque, en realidad, esperaba que fuera más… —Vacilo, demasiado confusa como para encontrar la palabra que busco.
Ella arquea una ceja.
—¿Depravado?
—Supongo. Pero no lo digo en el mal sentido —me apresuro a aclarar—. Como…, no sé, gente atada y a la que azotan, o algo por el estilo.
Ella sonríe y señala un punto detrás de mí.
—¿Ves esa puerta de ahí?
Al otro lado de la sala hay una abertura en la pared pintada de negro y, a través de ella, se distingue otro pasillo oscuro.
—Sí.
—Eso lleva a la zona trasera. Hay un montón de espacios más pequeños para diferentes actividades. —Utiliza la misma palabra que la mujer de la entrada—. También hay salas privadas, con todo tipo de equipamiento. Ahí es donde ocurre la mayor parte de lo que estás imaginando.
—Ah. —Mis hombros se relajan un poco. No estaba segura de qué esperar, pero la posibilidad de toparme con una orgía se me ha pasado por la cabeza un par de veces. Sin embargo, aparte de lo que ocurre en algunos de los rincones más oscuros, es fácil fingir que esto es solo un club normal.
—¿Quieres una copa? —pregunta Anna.
Tras inspirar hondo, asiento con entusiasmo.
—Dios, sí.
Nos dirigimos a la barra, que, como corresponde, parece estar hecha de ónix retroiluminado.
Su ligera curva cóncava hace que todos los que están junto a ella puedan ver y ser vistos.
Pronto se acerca un camarero y escanea nuestras pulseras, y tras eso pedimos: un Manhattan para Anna y un Cosmopolitan para mí.
En cuanto tengo la copa en la mano, doy un largo sorbo para calmar los nervios que me quedan.
Luego me vuelvo para poder ver mejor lo que me rodea.
Todo el local rezuma exquisitez: puede notarse en las luces tenues que se reflejan en los paneles de cristal negro que recubren la pared que está detrás de la barra, en las botellas de licor dispuestas en las estanterías adyacentes y en las lámparas de araña de cristal que cuelgan del techo.
Las máscaras que llevan los demás invitados son similares a la mía y a la de Anna, aunque con una gran variedad de diseños.
Hay máscaras de animales, de demonios, máscaras monas, máscaras bonitas, máscaras destinadas a asustar o intimidar…
Las mujeres van vestidas de formas muy diversas, desde casi desnudas hasta con trajes ceñidos.
Pensaba que iba atrevida cuando me he puesto mi conjunto más sexy y más adecuado para la ocasión: un vestidito negro con un escote pronunciado, una espalda aún más escotada y una falda que se ensancha en las caderas y me roza los muslos.
Pero Anna y yo estamos entre las mujeres más conservadoras del lugar.
En cambio, muchos de los hombres llevan traje, lo que me desconcierta un poco. Suponía que habría más piel al descubierto. Pero quizá esa sea la clave. Quizá para mucha gente sea el desequilibrio de poder, o al menos la ilusión de este lo que los excita.
—¿Ves a alguien que te guste? —pregunta Anna.
Parpadeo y vuelvo a centrarme en ella.
—No estoy muy segura de lo que busco. Ni de lo que quiero. Ni siquiera de si quiero.
—No pasa nada, no hay prisa. Vamos a terminarnos las copas y luego a bailar. Y Violet… —Me toca la mano con una expresión que, por lo que puedo ver, es sincera—. Recuerda lo que te digo: no hay presión. Si lo único que hacemos es bailar toda la noche, perfecto, ¿lo entiendes?
Hace demasiado tiempo que no me concedo una noche para olvidarme de todas mis preocupaciones y bailar y divertirme, así que me doy cuenta de que tiene razón. Inspiro hondo y hago que desaparezca el último vestigio de nerviosismo. Por fin, la tensión abandona por completo mi cuerpo y le sonrío.
—Claro.