El rey salvaje (Empty Kingdom 2) 3
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Violet

Contemplo mi reflejo mientras me retoco el pintalabios rojo. ¿Cuándo fue la última vez que me arreglé así? Solo el tener que hacerme esa pregunta garantiza que ha pasado demasiado tiempo. Pero no es salir por primera vez en mucho tiempo lo que me pone nerviosa esta noche: es el lugar al que voy.

Desde el momento en que acepté ir con Anna hasta ahora, he evitado pensar de verdad en todo el concepto de visitar un club de sexo.

Era más fácil dejarlo como una idea abstracta.

Ahora que me han aceptado como invitada y que me estoy preparando para salir de mi zona de confort, los nervios me recorren todo el cuerpo.

Anna, sin embargo, está tranquila. Se acerca bailando con dos copas de vino blanco en las manos y me pasa una. Su expresión es tierna cuando cruza su mirada con la mía en el espejo.

—Estás preciosa.

Sonrío.

—Tú también. —Sus brillantes rizos oscuros y sus ojos color café contrastan vivamente con mi cabello ondulado rubio tirando a castaño y mis ojos azules.

Mi complexión es un reflejo de la de mi madre.

No la recuerdo, ya que murió cuando yo era muy pequeña, pero es obvio que me parezco a ella a juzgar por las fotos familiares que mi padre tenía colgadas en la pared, y por la que yo tengo ahora en mi mesita de noche.

Echo un vistazo al atuendo de Anna, que es de lo más sexy.

Lleva un top rojo escotado con cuello halter y unos pantalones de cuero ceñidos que resaltan todas sus curvas.

Arqueo una ceja al ver los pantalones—. No sé mucho de clubes de sexo, pero supongo que cuanto más fácil sea el acceso, mejor.

Ella se echa a reír.

—Cierto. Pero no pienso dejar que nadie se acerque esta noche.

Me doy la vuelta para mirarla.

—Pensaba que ibas a…, ya sabes, a hacer algo. Es tu última oportunidad, ¿no?

Se encoge de hombros.

—Esta noche se trata de ti. No pienso hacer nada más que beber, coquetear y bailar.

—¿Y la gente se comporta así ahí? ¿Solo eso?

—Por supuesto. Sigue siendo un lugar para relacionarse con los demás y divertirse. Pero esa diversión puede derivar en algo para adultos si quieres. Ya sabes, para liberar el estrés. — Me dedica una sonrisa.

La rodeo abrazo e inhalo el ligero perfume floral que siempre le gusta llevar.

—Gracias por ser tan buena amiga. —Se me nubla la vista cuando corresponde a mi abrazo. Puede que esté un poco sensible, pero son momentos como estos los que me hacen sentir más que agradecida de que Anna decidiera sentarse a mi lado en nuestro primer día de secundaria.

—Tú harías lo mismo por mí —dice; da un paso atrás y me aparta un poco—.

Quiero que vuelvas a sentirte bien contigo misma.

Ese cabrón infiel no tenía derecho a hacerte sentir menos de lo que eres: una mujer increíble.

No estuve ahí para apoyarte entonces, así que lo menos que puedo hacer es ayudarte a dejarlo atrás ahora mismo.

¿Y qué mejor manera de hacerlo que dándote un buen revolcón con un hombre guapo y rico al que nunca volverás a ver?

—Me suelta y luego me da una palmada en el trasero, lo que me hace soltar un gritito—.

Venga. Acabemos estas copas y vámonos. Una vez allí, te sentirás mucho más relajada.

—Vale. —Levanto la copa de vino y le doy un gran trago.

Un poco de valor extra nunca le ha hecho daño a nadie, ¿verdad?

Tras pasarme los dedos por el pelo una última vez, me vuelvo hacia la cama, donde me espera la máscara que Anna ha encargado para mí.

Según ella, las máscaras que llevan en este club no son de esas con volantes y encajes que apenas ocultan nada.

La que ha elegido para mí hace juego con el pequeño tatuaje de una mariposa que tengo en la espalda.

Fue el resultado de una decisión impulsiva tras romper con Eric y darme cuenta de lo libre que me sentía de repente.

Un cliché, lo sé, pero me encanta de todos modos.

La máscara en sí ha sido hábilmente moldeada a partir de una fina capa de cuero flexible y está pintada en vibrantes tonos de azul, morado y negro.

Cuando me la pongo, me tapa la cara desde la parte inferior de las mejillas hasta la parte superior de la frente; los bordes se elevan desde la línea de los ojos para imitar unas alas salpicadas de diminutos cristales que reflejan la luz y brillan con un resplandor iridiscente.

Las únicas partes de mi cara que quedarán visibles una vez que me la ponga serán la mandíbula, la boca y los ojos.

Anna me quita la máscara de las manos con delicadeza.

—Te ayudo. Tenemos que llevarlas puestas cuando lleguemos.

Otra oleada de nerviosismo me invade. Me humedezco los labios, que de repente se han secado, le hago un gesto de asentimiento y me doy la vuelta para que pueda atar las cintas de seda.

Después hago lo mismo con su máscara, diseñada para parecerse a las plumas de un pavo real.

El cuero está teñido en un precioso degradado de azules, verdes y dorados.

Al igual que la mía, está adornada con cristales para darle más brillo.

Cuando termino, nos ponemos una al lado de la otra frente al espejo.

—Vaya —suspiro. El resultado es impresionante…

y extrañamente embriagador. El anonimato que proporcionan las máscaras alivia parte de la tensión que me ha estado atormentando durante los últimos días.

Puedo ser quien quiera con ella puesta. Y mientras estudio mi imagen en el espejo, creo que tal vez voy a ser una mujer que por fin está lista para devolver la vida a las chispas reprimidas de su deseo.

El Uber se detiene frente a una entrada discreta situada entre dos edificios sin pretensiones en una zona tranquila de Manhattan.

No hay ningún indicio de que se trate de un club, salvo por un hombre con un traje negro a medida que está frente a una sencilla puerta negra.

En lugar del típico portero grande y fornido, este tipo es compacto y tiene un aspecto pulcro.

Sin embargo, la intensidad con la que nos escudriña a Anna y a mí al acercarnos deja claro que sabe cómo lidiar con los líos.

Anna le tiende una tarjeta negra mate, que él escanea con un pequeño dispositivo que se saca del bolsillo. Cuando se lo pone delante, ella pone el pulgar sobre la pantalla. Enarco las cejas, molesta por todo este asunto del secretismo. Por no hablar de la idea de que mi amiga forme parte de ello.

El aparato emite un pitido y él le devuelve la tarjeta. Mira fijamente la pantalla y luego a mí, probablemente para confirmar mi identidad con la foto de identificación que tuve que proporcionar junto con mis datos.

Con un pequeño gesto de asentimiento, vuelve a guardarse el dispositivo en el bolsillo.

—Disfruten del Onyx, señoritas.

La puerta se abre con un clic y sigo a Anna al interior.

La escena con la que me encuentro no es en absoluto lo que esperaba, aunque tampoco es que sepa cómo es un club de sexo de lujo.

Pero el pasillo largo, oscuro y silencioso en el que nos encontramos me desconcierta, así como hermosa mujer pelirroja que está al fondo, con una sonrisa serena.

—Buenas noches, chicas —dice mientras Anna me lleva hacia ella—. Si queréis dejar aquí los bolsos, podéis pasar directamente.

—¿No los necesitamos para pagar las copas? —le susurro al oído a Anna.

—No. —Niega con la cabeza—. Nos abren una cuenta y, antes de irnos, pagamos todo lo que hayamos consumido.

Una vez que nuestros bolsos están a buen recaudo tras un panel cerrado con un teclado numérico, la mujer nos entrega unas pulseras negras con un número de cuatro dígitos dibujado en plata.

Me pongo la mía con el ceño fruncido y le dedico una mirada a Anna y luego a la mujer, que, al parecer, intuye mi confusión y se dirige a mí.

—Si quieres pedir una copa o contratar ciertas actividades, solo tienes que escanear tu pulsera.

Está codificada con tus datos, y todo lo que compres se cargará a tu cuenta.

Así no tendrás que preocuparte por tus pertenencias mientras disfrutas del lugar.

Además, ten en cuenta que hay un límite de tres bebidas alcohólicas por persona durante la estancia en Onyx, para garantizar que tengas plena capacidad de consentimiento.

—Ah, sí, por supuesto. —Esbozo una sonrisa radiante para ocultar lo fuera de mi elemento que me siento.

Ella corresponde a mi gesto con una sonrisa tranquilizadora, como si pudiera ver más allá de mi fingimiento.

—La primera vez en el club siempre resulta un poco intimidante. Pero dale una oportunidad y creo que disfrutarás de la velada. Cómo se desarrolle todo depende completamente de ti. Por favor, recuérdalo.

Trago saliva para aliviar la sequedad de mi garganta y asiento.

—Gracias.

Tras eso, ella pulsa un botón y se abre una puerta.

Anna me guía al interior y, un momento después, entramos en el club.

Me detengo justo al pasar la entrada y echo un vistazo al local.

A primera vista, parece un club nocturno superexclusivo.

O al menos así es como me imagino que sería un club nocturno superexclusivo, ya que nunca he estado en ninguno.

Aparte de las luces parpadeantes sobre la abarrotada pista de baile, la iluminación es tenue.

Una barra larga y curvada se extiende a lo largo de un lado de la sala, y en los rincones más oscuros hay varios reservados con asientos.