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Tate
La madera pulida de la barra brilla bajo el resplandor de las lámparas de araña, y el ambiente resulta un poco pesado por la mezcla de aromas de colonia y perfume, cortesía de la élite de Nueva York que abarrota el salón de baile a mis espaldas.
—¿Estás intentando batir un récord, Tate? —bromea. Que ahora sea amigo del personal del bar es una prueba de a cuántos eventos de esta clase he asistido últimamente. Esta es la cuarta gala benéfica a la que acudo en un plazo de seis semanas.
—Solo intento batir mi marca personal. —Me llevo el vaso bajo a los labios e inhalo el aroma cálido a roble antes de beber. El ardor ahumado del whisky es un alivio bienvenido que me recorre la garganta.
He cumplido con mi deber de hacer contactos como jefe de marketing de la empresa de mi familia, King Group, y he estado socializando durante lo que parece una eternidad de monotonía, hablando de todas nuestras últimas promociones inmobiliarias.
Ahora me estoy tomando un merecido descanso en el bar. Al menos, creo que me lo he ganado.
La gala Blue Planet es un evento de alto nivel dedicado a la conservación del medio ambiente, lo que significa que el salón de baile está lleno de personas influyentes y de gente que busca ascender en la escala social mientras fingen preocuparse profundamente por la causa aunque en realidad estén más interesados en el patrimonio neto de los demás.
Y como mi patrimonio neto es uno de los más elevados, hay muchas miradas puestas en mí.
—¿Cuánto tiempo más tiene que pasar hasta que podamos irnos? —me pregunta mi hermano mayor, Cole, en voz baja, haciéndose eco de mis propios pensamientos.
Suelto un suspiro de alivio y me vuelvo hacia él, solo para descubrir que no me está hablando a mí: se está dirigiendo a la guapa mujer de cabello oscuro que tiene acurrucada a su lado.
Delilah, su prometida, lo mira con los ojos verdes relucientes de diversión.
—Solo llevamos aquí una hora.
Joder. Habría jurado que había pasado más tiempo.
A pesar de esa desagradable revelación, tengo que reprimir una sonrisa cuando Cole agacha la cabeza para acercar la boca a su oído y murmurarle que preferiría estar en casa haciendo que ella grite su nombre.
—¡Cole! —sisea ella, con un ligero rubor que le tiñe los pómulos, dándole una palmadita en el pecho enfundado en un esmoquin.
Me los quedo mirando un instante. Nunca pensé que vería a mi hermano enamorado, pero, por sorprendente que parezca, le sienta bien.
Desde que está con Delilah, sonríe con más facilidad y se ríe con más frecuencia.
Él la toca constantemente, o ella lo toca a él; desde sutiles caricias hasta la forma posesiva en que su brazo le rodea la cintura, Cole parece empaparse de todo, como si no pudiera saciarse. Como si no pudiera saciarse de ella.
—Tengo que quedarme al menos otra hora —afirma sin rodeos Roman, mi hermano mayor, interrumpiendo mis pensamientos—. Y si yo tengo que estar aquí, tú también.
No puedo resistirme a provocar al oso.
—No me digas que el malvado gran director ejecutivo de King Group necesita que lo cojan de la mano en una fiesta. Si ese es el caso, estoy seguro de que hay un montón de mujeres que se ofrecerían voluntarias para el trabajo. Aunque —ladeo la cabeza— quizá no sea tu mano lo que quieran cogerte…
Me clava sus fríos ojos grises y esta vez no puedo contener una sonrisa burlona.
—Lo que necesito de ti no es que me cojas de la mano —replica—.
Lo que necesito es que la dirección del Grupo King presente un frente unido.
Y eso no implica que mi jefe de operaciones se vaya a casa con su prometida ni que mi jefe de marketing desaparezca el resto de la noche en un rincón oscuro con la aburrida mujer de la alta sociedad que tenga más a mano.
Controlo mi expresión para evitar mostrar el repentino enfado que provocan sus palabras, le sostengo la mirada y le doy otro sorbo de whisky, aunque no puedo discutirle esa predicción.
Hasta hace poco, ese había sido mi procedimiento habitual en eventos como este, pero han pasado meses desde que hice mi último numerito, y él lo sabe, aunque no esté dispuesto a reconocerlo.
—No te preocupes. Las integrantes de la alta sociedad aburridas del mundo están a salvo de mí esta noche.
Con nada más que una mirada con los ojos entrecerrados y un gesto de asentimiento, vuelve a dirigirse al salón de baile, donde los más ricos y detestables de Nueva York están en pleno momento de ver y ser vistos.
Cuando Delilah se aparta de Cole para ponerse a mi lado, le echo un vistazo y sonrío ante la expresión sombría de su rostro.
Nuestra relación ha mejorado significativamente durante el último año y medio, pero no estoy convencido de que alguna vez vaya a perdonarme del todo por mi forma de ayudarla cuando estaba a punto de echar a perder lo mejor que le había pasado nunca.
Hablando de eso, me vuelvo hacia Delilah.
—¿Te he dicho ya lo guapa que estás esta noche? —Ignoro el gruñido que sale de mi hermano.
Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.
—Ya me lo has dicho, gracias. —Me toca el brazo—.
Cole me ha enseñado tus ideas de marketing para Genesis-1 y me encantan.
Destacas todas las características de sostenibilidad sin dejar de mostrar el lujoso estilo de vida de un rascacielos.
—No es un elogio vano viniendo de ella, ya que es una de las arquitectas que ha estado trabajando en el proyecto, el segundo de King Group.
Asiento en señal de agradecimiento por su halago.
Para ser sincero, Genesis-1 casi se vende solo: arquitectura de vanguardia, tecnología de última generación, lujo sin igual y una huella de carbono neutra; supondrá un punto de inflexión en el mercado inmobiliario de Nueva York una vez construido.
Aunque aún faltan meses para que comience la construcción.
Mientras tanto, es tarea de mi equipo, y mía, asegurarnos tantas preventas como sea posible y garantizar que el flujo de caja se mantenga estable y la confianza de los inversores siga siendo alta.
Mientras recorro con la mirada a la multitud, una rubia alta y esbelta capta mi atención, más que nada porque ella no aparta la vista de mí.
Esboza una sonrisa lenta y seductora, y en su expresión hay un destello de deseo que me resulta demasiado familiar cuando se lleva la copa de champán a los labios.
No es la primera mujer que intenta captar mi atención esta noche.
Y no hace mucho no habría dudado en aceptar su invitación tácita.
Tiene toda la pinta de ser una mujer a la que le gustaría follar contra una pared y disfrutar de un par de orgasmos para pasar la noche.
Pero las cosas han cambiado. La reputación que me he ganado a lo largo de los años no ha dado precisamente buena imagen a la empresa.
Y desde que mis hermanos y yo nos hicimos cargo de todo tras el arresto de mi padre hace dieciocho meses, lo último que quiero es poner en peligro su futuro.
Sobre todo ahora que mi relación con Cole, y en menor medida con Roman, está mejorando de nuevo.
A mis veintinueve años, por fin quiero estar a la altura de mis hermanos y saber que he contribuido tanto como ellos al negocio.
Por eso he estado haciendo todo lo posible por demostrar que me he reformado.
Aunque nadie lo diría, a juzgar por los artículos cada vez más absurdos que se han publicado sobre mí últimamente.
Es como si, a falta de cualquier comportamiento realmente escandaloso por mi parte, la prensa sensacionalista estuviera decidida a inventarse las historias más descabelladas que se le ocurran.
Como la de hace dos semanas: alguien me sacó una foto junto a una recién divorciada y su hija de veinte años y las dos me sonreían, lo que al parecer significaba que estábamos a punto de hacer un trío.
Puede que haya hecho algunas locuras en mi vida, pero hacer un trío con dos miembros de la misma familia no es una de ellas.
Así que me limito a dedicarle a la mujer una sonrisa cortés y sigo contemplando la escena de deslumbrante exceso que tengo ante mí.
Por desgracia, la siguiente rubia que entra en mi campo de visión se acerca a toda velocidad, y, de repente, desearía haberme escapado a un rincón oscuro con la primera cuando tenía la oportunidad.
Mi madre se frena de golpe frente a nosotros, obsequiándonos a todos con una sonrisa gélida. Va ataviada con un vestido de un azul tan frío como sus ojos… y probablemente como su corazón.
—Roman, Cole, Tate —dice, a modo de saludo—.
Delilah… —Vacila un instante y luego continúa—.
Me alegro de volver a verte, querida. —Es curioso que su futura nuera reciba siete palabras más de saludo que sus hijos.
Tampoco puedo culparla: probablemente Delilah vale más que los tres juntos.
Cole mencionó hace un tiempo que pensaba que no tener a nuestro padre cerca podría suavizarla un poco, y quizá sea así, pero yo no lo veo.
Doy otro sorbo de whisky mientras mi madre entabla una charla trivial con nosotros en la que incluso a ella le cuesta fingir interés. Su atención se centra en la multitud, e intenta asegurarse de que sus amigos de la alta sociedad nos vean.
En los círculos en los que nos movemos, la apariencia lo es todo.
Y a mi madre siempre le ha gustado que el mundo piense que la familia King está unida, incluso en los momentos en que hemos estado de todo menos eso, y esa actitud es más acusada desde que se divorció tras la condena por uso de información privilegiada.
Y lo entiendo: su matrimonio solo podía considerarse como tal de nombre.
Teniendo en cuenta las cuantas aventuras tuvo mi padre, me sorprende que esperara a que lo encarcelaran antes de firmar los papeles del divorcio.