CAPÍTULO 51
Casa de Mo Heng, sobre el puerto.
Es una noche sin nada, y me cuesta más de lo que esperaba acostumbrarme a las noches sin nada.
Estamos Mo Heng y yo solos, en su casa sobre el puerto, sin una crisis pendiente por primera vez desde que nos conocemos, y descubro que no sé del todo cómo se hace esto: estar con alguien sin que haya un problema que resolver, un enemigo del que defenderse, un plan que trazar.
Toda nuestra historia ha transcurrido en emergencia.
Nos conocimos en una, nos enamoramos en otra, nos declaramos al final de la última.
La urgencia fue el aire que respiramos todos estos meses, y ahora que la urgencia se ha ido, nos quedamos los dos en una calma rara, mirándonos, sin saber muy bien qué hacer con tanto tiempo y tan poco peligro.
Es él quien lo dice primero, lo que me sorprende, porque estas cosas suelo nombrarlas yo.
—No sé qué hacer ahora —me dice, sin dramatismo, como quien constata un hecho técnico—, y no me refiero a esta noche.
Me refiero a todo. Llevo diez años sabiendo muy bien qué hacer cada mañana, porque siempre había una amenaza que marcaba la prioridad.
Ahora no la hay. Tengo más poder del que puedo usar, una ciudad que me obedece, y por primera vez en mi vida, ningún enemigo, y me despierto sin saber para qué.
Es absurdo, lo sé. Debería ser el hombre más tranquilo de Canglan, y me paso el día con una inquietud que no sé nombrar.
Lo escucho, y no le doy una solución, porque he aprendido que Mo Heng no viene a mí a por soluciones cuando habla así; viene a decir en voz alta, ante la única persona que no lo juzga, cosas que no diría ante nadie más.
—Yo tampoco sé qué hacer ahora —le digo, cuando termina—, y he decidido que está bien no saberlo.
Toda mi vida he tenido un plan, Mo Heng.
Después de la galería, sobre todo: cada movimiento calculado, cada conversación con su objetivo, cada día una casilla más hacia recuperar lo que perdí.
El plan era mi manera de no volver a estar a merced de nadie, y funcionó.
Recuperé lo que perdí, y más. Pero ¿sabes qué he descubierto estos días, ahora que ya no me hace falta ningún plan?
Que vivir según un plan no es vivir. Es administrar el miedo.
Llevo cinco años administrando el miedo con una eficiencia admirable, y no me había dado cuenta, hasta que se acabó el peligro, de que se me había olvidado, por el camino, la parte de estar viva que no consiste en defenderse.
—¿Y esa parte cuál es? —pregunta, y hay en la pregunta una inocencia rara en un hombre así, la del que de verdad no lo sabe.
—No lo sé —le digo, y me río—. Esa es la cuestión.
Creo que consiste, justo, en no saberlo.
En dejar que pasen cosas que no has planeado.
Llevamos toda la vida los dos blindándonos contra lo inesperado, y resulta que lo inesperado era donde estaba lo bueno.
Tú y yo somos lo inesperado el uno del otro.
Ninguno de los dos entraba en el plan del otro, y mira.
Nos quedamos callados un rato, de esos silencios que ya no hay que llenar, y me doy cuenta, en ese silencio, de algo que no habíamos tenido nunca: estamos los dos, por primera vez, sin ningún sistema de defensa puesto.
No hay nada que ocultar, nadie de quien protegerse, ninguna carta que guardarse.
Toda mi vida adulta, y toda la suya, las hemos pasado con la guardia arriba, calculando qué mostrar y qué esconder, incluso —sobre todo— con la gente a la que queríamos, y esta noche, en esta casa, no hay guardia.
Es la sensación más desnuda y más incómoda y más buena que he sentido nunca: estar del todo sin armadura delante de otra persona, y que esa persona esté igual, y que ninguno de los dos aproveche la desnudez del otro, porque por fin, después de una vida entera de lo contrario, estamos con alguien que no va a usar en nuestra contra lo que le mostramos.
Pienso, en ese silencio sin guardia, en toda la energía que he gastado en la vida vigilando: vigilando lo que digo, lo que muestro, lo que siento delante de quién, con la disciplina de un centinela que no descansa.
Es agotador, aunque una se acostumbra tanto que deja de notar el cansancio, como no se nota el peso de la ropa.
Solo ahora, al quitármela, la ropa entera de la vigilancia, noto cuánto pesaba.
Con Mo Heng no tengo que vigilar nada, y el descanso que eso me da es de una profundidad que no había sentido nunca, ni siquiera sola, porque incluso a solas me vigilaba, ensayando para el mundo.
Aquí no ensayo. Aquí, por primera vez en la vida, soy sin más lo que soy, sin público, sin correcciones, y descubro que ser una misma, del todo, delante de alguien que lo acepta, es la forma más pura de descanso que existe.
Debería habérmelo imaginado, que el amor de verdad no se mide por lo que enciende, sino por lo que por fin te deja apagar.
Hablamos, esa noche, de lo que somos, y llegamos a la misma conclusión a la que llegamos aquella madrugada, solo que más tranquilos: que lo que hay entre nosotros no tiene un buen nombre en el vocabulario de Canglan.
No somos novios, que suena a poco. No somos, todavía, marido y mujer, y la palabra «matrimonio», con su carga de contratos y familias, se nos queda o grande o pequeña, nunca justa.
«Pareja» es tibio. «Amantes» es incompleto.
«Socios» dice una parte pero no el todo.
Ninguna de las etiquetas que la gente usa para lo que tienen dos personas nos sirve, porque todas describen relaciones más simples que la nuestra, más de una sola cosa.
Lo que tenemos Mo Heng y yo es de varias cosas a la vez: somos el refugio del otro y el rival más temible del otro, la debilidad de cada uno y su mayor fuerza, la persona ante la que nos desarmamos y el ejército con el que conquistamos.
No hay una palabra para eso, y en vez de agobiarnos, la falta de palabra nos alivia, porque significa que somos algo nuevo, algo que no viene con manual, algo que vamos a tener que inventar sobre la marcha, entre los dos, sin que nadie nos diga cómo.
En un momento le pregunto, medio en broma medio en serio, qué imagina que va a ser de nosotros dentro de diez años.
Es la clase de pregunta que la gente hace esperando una respuesta bonita, un proyecto, una promesa.
Mo Heng no me da ninguna de esas cosas, porque no sabe darlas y porque mentir no es lo suyo.
—No lo sé —dice—. No tengo ni idea. No sé hacer promesas sobre cosas que no controlo, y el futuro no lo controla nadie, por mucho que le vendan lo contrario.
No te voy a decir que seremos felices para siempre, porque no lo sé, y decírtelo sería tratarte como a alguien a quien hay que tranquilizar con cuentos.
Lo único que te puedo prometer es lo único que depende de mí: que, pase lo que pase en esos diez años, yo voy a elegirte cada mañana.
No porque sea fácil. Habrá mañanas en que no lo sea.
Porque he decidido que eres tú, y yo, cuando decido algo, no me vuelvo atrás.
Eso es lo único que tengo. No es elegante. Es verdad.
Es, descubro, justo lo que necesitaba oír, y lo contrario de lo que la gente cree que una quiere oír.
Porque las promesas bonitas, las de «felices para siempre», las he oído antes, en otra vida, de otra gente, y no valían nada: se hacen fáciles porque no cuestan nada, porque nadie puede exigir su cumplimiento a treinta años vista.
Lo que Mo Heng me acaba de dar es lo contrario de una promesa bonita: es una promesa fea y pequeña y del tamaño exacto de lo que un ser humano honesto puede cumplir.
No me promete el futuro, que no es suyo.
Me promete lo único que es suyo: la decisión, repetida, cada día, de elegirme, y yo, que desconfío por oficio de todo lo que suena demasiado bien, me fío de esto por lo modesto que suena.
Un hombre que te promete la luna miente.
Un hombre que te promete que va a levantarse cada mañana y elegirte otra vez, sabiendo que algunas mañanas costará, ese te está diciendo la única verdad sobre el amor que merece la pena creer: que no es un estado en el que caes, sino una decisión que tomas, todos los días, mientras quieras seguir tomándola.
Nos quedamos despiertos hasta muy tarde, esa noche sin nada, hablando de tonterías y de cosas grandes con la misma ligereza, que es un lujo que nunca nos habíamos permitido porque nunca habíamos tenido tiempo.
Me cuenta cosas de Gangxi que no son heridas, por primera vez: una buena, un amigo de la infancia, un día que no pasó hambre.
Le cuento cosas de mi antigua vida que no son la galería: un veraneo, una manía de mi padre cuando aún reía, un libro que me marcó.
Nos conocemos, esta noche, de la manera lenta y sin urgencia en que se conoce la gente que tiene por delante el tiempo que nosotros, hasta ahora, nunca tuvimos, y entiendo, mientras lo hago, que esto era lo que nos faltaba, lo que ninguna guerra ganada nos podía dar: no la victoria, sino lo que viene después de la victoria.
El espacio. La calma. Las horas sin peligro en las que dos personas, por fin, se dedican la una a la otra sin que nada más las reclame.
Amanece sobre el puerto sin que nos hayamos dormido, y no me importa.
Miro a Mo Heng, despeinado, sin la armadura del rey, contándome no sé qué de una gaviota que se posa siempre en la misma grúa, y pienso que nunca lo he visto tan guapo como ahora, que es cuando no está intentando ser nada.
Lo que tenemos no tiene nombre, ya lo he dicho, y esta noche he decidido que mejor así.
Los nombres son para las cosas que la gente ya conoce, que caben en una categoría, que vienen con instrucciones.
Nosotros no. Nosotros somos los primeros de nuestra especie, dos personas que se blindaron toda la vida y aprendieron, a destiempo y a la vez, a bajar la guardia sin morir en el intento.
No hay manual para eso. Vamos a escribirlo nosotros, día a día, decisión a decisión, mañana a mañana, y por primera vez desde que tengo memoria, el futuro sin plan no me da miedo. Me da ganas.