CAPÍTULO 50
Dije que archivaría a Pei Yan en la carpeta de las cosas a las que volvería cuando la guerra acabara.
La guerra acabó. No he abierto la carpeta.
La he dejado ahí, cerrada, con la disciplina que aplico a todo lo que podría desordenarme, diciéndome que ya la abriría, que no había prisa, que un enigma sin resolver no se estropea por esperar.
Es mentira, y una mentira que me detecto a mí misma, lo cual es raro, porque a mí no suele engañarme nadie, y menos yo.
La verdad es que no he abierto la carpeta de Pei Yan porque abrirla significa mirar de frente una cosa que llevo semanas mirando de reojo, y mirarla de frente es el primer paso para tener que hacer algo al respecto.
Así que la evito. Yo, que no evito nada. Ese debería haber sido mi primer aviso.
Entonces, como si el universo tuviera un sentido del humor que yo no le conocía, Pei Yan aparece por tercera vez.
No en un almacén. No en una fiesta a la que se coló sin que nadie lo invitara.
Esta vez me busca. A mí. Sin rodeos. Averigua —no sé cómo, y me molesta no saberlo— dónde encontrarme, y se presenta, un mediodía, en el salón de té donde trabajo cuando necesito pensar lejos del ruido de mi hermano.
No trae libro. No hay librero tramposo que lo haya mandado al sitio equivocado.
No hay, esta vez, ninguna excusa que explique su presencia por accidente, porque no es un accidente: ha venido a propósito, sabiendo lo que hace, a buscar a la mujer que la mayoría de Canglan evita buscar, y eso, en mi experiencia, solo lo hace la gente muy valiente o inconsciente.
Con Pei Yan, sigo sin saber cuál de las dos.
Trae, eso sí, una excusa, porque hasta los valientes necesitan una manera de empezar.
La suya es de una torpeza que, en cualquier otra persona, me habría hecho darle la espalda: tiene, dice, unas preguntas sobre rutas de importación históricas.
Rutas antiguas, de hace un siglo, de cuando el puerto de Canglan movía otras mercancías por otros caminos.
Cree —lo dice con una seriedad que sería convincente si yo fuera tonta— que yo, por mi posición, por lo que sé de cómo se mueve todo en esta ciudad, podría ayudarlo a reconstruir esas rutas para no sé qué investigación erudita sobre no sé qué comercio antiguo.
Es una excusa. Lo sé en el primer segundo, con la misma certeza con que sé todo lo demás.
Nadie busca a Mo Zhi para hablar de rutas de importación del siglo pasado.
A Mo Zhi se la busca por miedo, por necesidad, o por error.
Pei Yan no encaja en ninguna de las tres, lo que significa que la ruta es un pretexto, y que ha venido por otra cosa que ni él, quizá, sabría nombrar.
Aquí hago algo que no hago nunca, algo tan impropio de mí que, mientras lo hago, una parte de mi cabeza lo observa con alarma clínica, como observaría un síntoma nuevo: lo dejo hablar.
No le corto la excusa. Casi siempre, en realidad, cuando alguien me trae un pretexto, se lo desmonto en la primera frase.
Es un reflejo, una economía: no tengo tiempo para las historias que la gente se inventa para acercarse a mí, así que voy al fondo, nombro lo que de verdad quieren, y les ahorro a los dos el teatro.
Lo habría hecho con cualquiera. Con Pei Yan no lo hago.
Lo dejo desplegar su excusa entera, sus rutas de importación, su investigación erudita, su seriedad de gafas, sin interrumpirlo, sin decirle «los dos sabemos que no ha venido por esto».
Lo escucho. Le sigo la corriente de una mentira que ninguno de los dos se cree, y descubro, con un asombro que disimulo bien, que hacerlo no me irrita. Que casi me gusta.
Me pregunto por qué, porque preguntarme por qué hago las cosas es lo único que me mantiene siendo yo, y la respuesta, cuando la encuentro, me incomoda: dejo que Pei Yan use su excusa porque cortársela sería terminar la conversación, y no quiero que la conversación termine.
Es así de simple y así de nuevo. Con todo el mundo, mi objetivo es que la conversación acabe cuanto antes, resuelta, archivada.
Con este hombre, por primera vez en años, mi objetivo secreto, el que no confesaría ni bajo tortura, es que dure.
Que siga hablando de sus rutas absurdas.
Que se equivoque de fecha para poder corregirlo.
Que me mire, mientras habla, con esa curiosidad tranquila que no me tiene miedo, como si yo fuera un texto difícil y no una amenaza.
La excusa de las rutas es mala, sí. Pero es lo que nos permite estar sentados a esta mesa, y por eso, por una vez, la dejo en pie.
Hay una cosa que Pei Yan hace, sin saber que la hace, que me desarma más que cualquier estrategia: me trata como a una persona.
No como a la hermana peligrosa de Mo Heng.
No como a la mujer que puede arruinarte con una llamada.
No como a una amenaza que hay que manejar con cuidado, que es como me trata, con razón, todo el que me conoce.
Pei Yan, sin más, no ha recibido el memorándum sobre lo que soy, o lo ha recibido y ha decidido ignorarlo, y me habla como le hablaría a cualquier persona interesante que se hubiera encontrado en un salón de té: con curiosidad, con respeto, sin miedo, sin agenda.
Llevo tantos años siendo temida que había olvidado lo que se siente al ser, sin más, mirada, y resulta que se siente bien.
Se siente como debe de sentirse, para los demás, algo tan banal como que alguien te caiga bien y quiera saber de ti.
Para mí no es banal. Para mí es casi exótico.
Hablamos, sobre las rutas y sobre otras cosas que las rutas van abriendo, casi dos horas.
Descubro cosas de Pei Yan que archivo con un cuidado que ya no finjo que es profesional.
Que es historiador de verdad, no una tapadera: le apasionan los caminos que la gente olvidó, las cosas que se movían por sitios que ya nadie recuerda.
Que ve el mundo como un texto lleno de notas al margen que casi nadie se molesta en leer, y que él lee.
Que no le tiene miedo a nada, no por valiente, sino porque, sospecho, ha vivido siempre tan metido en sus libros que el peligro, para él, es una abstracción que le pasa a otros; y que, por debajo de la torpeza y las gafas y la erudición, hay una inteligencia distinta de la mía y de la de mi hermano, no menos afilada, solo orientada hacia otro sitio: nosotros afilamos la nuestra para sobrevivir; él afiló la suya para entender.
Nunca había conocido a nadie que usara una mente así de buena en algo tan inútil como la verdad por la verdad.
Me fascina. Me fastidia que me fascine. Sigo sin cortarle la excusa.
En algún momento de esas dos horas, mientras me explica una ruta de la seda menor que ya nadie estudia con un entusiasmo que le ilumina la cara, entiendo lo que me está pasando, y me da el primer miedo de verdad que siento en años.
No es miedo a él. Pei Yan no representa ninguna amenaza que yo no pueda gestionar.
Es miedo a mí. A lo que se está moviendo dentro de mí, despacio, sin mi permiso, cada vez que este hombre aparece.
Llevo toda la vida siendo la que no necesita a nadie, la que planea, la que controla, la que se crio cuidando de mi hermano y no aprendió a que la cuidaran.
Vi de cerca lo que le pasó a Mo Heng cuando bajó la guardia con Xie Ci: lo vi hacerse más fuerte, sí, pero también lo vi quedar, por primera vez, a merced de otra persona, con un punto débil que antes no tenía, y yo, que le protegí la espalda toda la vida, no sé si quiero uno de esos para mí.
No sé si sé tener uno. Mi hermano tuvo el valor de arriesgarse.
Yo todavía no sé si lo tengo. Pero sé una cosa, y la sé con la misma certeza con que sé todo lo demás: que llevo tres apariciones fingiendo que este hombre es un dato menor, y que fingirlo cada vez me cuesta más.
Los datos menores no se te quedan en la cabeza dos horas después de que se vayan. Este sí.
Cuando por fin se va, ya de tarde, con sus rutas a medio reconstruir y la promesa mutua, no dicha pero clara, de que la reconstrucción va a necesitar más encuentros, se detiene en la puerta del salón de té, como se detuvo en la del almacén hace meses.
Empiezo a pensar que detenerse en las puertas es lo suyo, su manera de dejar una conversación abierta.
—Gracias por su tiempo —dice—. Sé que es valioso, y sé que las rutas de importación del siglo pasado no eran, me temo, lo más urgente de su agenda.
—No lo eran —le concedo.
—Lo sé. —Sonríe, esa sonrisa suya que no pide nada—. Aun así me ha escuchado dos horas, cosa que, viniendo de usted, me atrevo a interpretar como un dato. Usted, que lo archiva todo, sabrá dónde archivarlo mejor que yo.
Se va antes de que yo encuentre respuesta, que es la segunda vez que este hombre me deja sin una, y las dos veces en una puerta.
Me quedo sola en el salón de té, con dos tazas frías y unas rutas de importación que a ninguno de los dos nos importan, y hago, por fin, lo que llevo semanas evitando.
Abro la carpeta de Pei Yan. Ya no la titulo «enigma pendiente».
La renombro, con la honestidad que me exijo a mí misma aunque no se la dé a nadie más, con una etiqueta que me cuesta escribir hasta en la cabeza: «riesgo que quizá merezca la pena».
Es la primera vez en mi vida que archivo a una persona bajo esa categoría.
No sé qué voy a hacer con ella. No tengo un plan, y no tener un plan, en mí, es casi una emergencia.
Pero por primera vez la falta de plan no me da ganas de fabricar uno a toda prisa.
Me da ganas, en cambio, de esperar a la próxima puerta en la que Pei Yan se detenga, a ver qué dice, y a ver, sobre todo, qué contesto yo cuando por fin encuentre una respuesta.
Mi hermano encontró la suya en Xie Ci. A lo mejor, y esto no se lo digo a nadie todavía, ni a mí del todo, la mía tiene gafas y busca libros donde no están.