EL REY NO PIDE PERMISO CAPÍTULO 31
60%

CAPÍTULO 31

Cometí un error con Gu Chengze, y en mi oficio los errores con la gente que subestimas son los que te matan.

Lo archivé, hace semanas, como lo que parecía: un pretendiente aburrido con dinero nuevo y buenas intenciones, un rival de salón sin colmillos, el tipo de hombre al que se le quita del camino con un gestor de patrimonio que cambia de trabajo.

Le hice un favor sin saberlo: lo dejé creerse inofensivo, que es justo lo que necesita creer de sí mismo un hombre que trabaja para otro más peligroso.

Porque resulta —y esto me lo trae Xie Ci esta tarde, con la cara de quien ha encontrado una serpiente en un cajón— que Gu Chengze no es lo que parece. Nunca lo fue.

—No lo buscaba —me dice, todavía de pie, sin sentarse, como si sentarse fuera admitir que la noticia no es urgente—.

Buscaba unos papeles del seguro de la casa, y me encontré con esto, doblado dentro de una carpeta que mi padre no ha abierto en años.

Al principio no le di importancia; un nombre, una sociedad, cosas de negocios viejos.

Luego reconocí uno de los nombres. Es un hombre que trabaja para Ji Yuan; lo sé porque su mujer presume de ello en los tés, sin darse cuenta de lo que presume.

—Me deja los papeles delante, con dos dedos, como quien deja una prueba en una mesa de despacho—.

Mi padre no sabe lo que tiene. No sabe que Gu Chengze no vino a esta casa por mí, y prefiero que siga sin saberlo, porque si lo supiera, del susto haría una tontería. Así que te lo traigo a ti.

Lo ha encontrado por accidente, que es como se encuentran las cosas que alguien se ha esforzado en esconder bien.

Revisando la correspondencia de su padre —papeles viejos, cartas de negocios, la clase de archivo que Xie Jingtang guarda por costumbre y no por orden—, ha dado con un rastro que no debería estar ahí: nombres cruzados, una sociedad pantalla, un puente de dinero pequeño pero inequívoco entre los intereses de Gu Chengze y los de Ji Yuan.

No socios declarados. Algo más discreto y más feo: Gu Chengze le debe favores a Ji Yuan, o Ji Yuan le paga los suyos, que en este mundo es la misma cosa vista desde los dos lados de la mesa.

El pretendiente aburrido de los Xie no cortejaba a Xie Ci por amor ni por apellido. La cortejaba por encargo.

Ahí, de golpe, se me ordena un mapa que llevaba semanas viendo en trozos sueltos.

Gu Chengze no era un frente aparte. Era el mismo frente.

Mientras Ji Yuan me atacaba por fuera —los espías, la columna, el fuego social contra Xie Ci—, metía a la vez, por dentro, un hombre en la casa de los Xie disfrazado de solución matrimonial.

Un yerno que él controla, casado con Xie Ci, le da a Ji Yuan lo que ningún ataque frontal le daría: un pie permanente dentro de mi punto débil.

Acceso. Oídos en la almohada. La posibilidad de hacerle a Xie Ci, desde dentro, en años, un daño lento que ninguna columna consigue.

Gu Chengze no es un rival. Es un caballo de Troya con buenos modales, y yo estuve a punto de dejarlo entrar por creerlo inofensivo.

Se lo cuento a Mo Zhi esa noche, en Casa Mò, con los planos de la ciudad que solo entendemos nosotros extendidos entre los dos.

—Lo vi venir a medias —dice ella, sin ninguna satisfacción—.

Sabía que Gu Chengze era demasiado insistente para ser solo un enamorado.

Los enamorados se rinden; los empleados, no.

Lo que no até fue el hilo con Ji Yuan. —Mira el punto del plano donde vive el apellido Gu—.

Es una jugada elegante, hermano. Le reconozco el mérito.

Atacar por fuera para que mires hacia fuera, mientras metes al enemigo por dentro vestido de novio.

Si Xie Ci no revisa por casualidad unos papeles viejos, dentro de un año Ji Yuan tiene a su hombre desayunando en casa de tu mujer.

—No es mi mujer.

—Todavía —dice Mo Zhi, y vuelve al plano antes de que yo encuentre qué contestar.

El problema tiene dos capas, y las dos hay que tratarlas distinto.

La de fuera es Gu Chengze, el instrumento, y a los instrumentos se los desactiva.

La de dentro es Ji Yuan, la mano, y con la mano hay una guerra que aún no está lista para librarse del todo.

Con Gu puedo actuar ya, y voy a hacerlo, pero con cuidado, porque un movimiento demasiado brusco contra Gu Chengze le avisa a Ji Yuan de que hemos visto el hilo, y prefiero que Ji Yuan siga creyendo que su caballo de Troya sigue en pie.

Así que no lo destruyo. Lo vacío. Despacio.

Le quito, una a una, las patas sobre las que se sostiene su utilidad, hasta que Ji Yuan descubra que el hombre que metió en la casa de los Xie ya no sirve para entrar en ningún sitio, y no sepa bien cuándo dejó de servir.

Hay una satisfacción particular en esta clase de trabajo, y tiene que ver con el tiempo.

La fuerza es impaciente: quiere el resultado hoy, y por eso hace ruido.

La paciencia es de ricos, decía mi madre, aunque ella nunca tuvo ni una cosa ni la otra.

Yo aprendí a ser paciente cuando no tenía nada, esperando años el momento de cobrar una deuda que podría haber cobrado en un día, porque cobrarla pronto me habría delatado y cobrarla tarde me hacía invisible.

Con Gu Chengze aplico la misma lección. No tengo prisa por verlo caer.

Tengo toda la vida, y la paciencia, a estas alturas, es lo único que Ji Yuan y yo compartimos y que ninguno de los dos ha perdido nunca.

Esa semana, el gestor de patrimonio de Gu Chengze —el sustituto que entró cuando el anterior se marchó al norte— tiene una semana difícil.

Tres problemas administrativos, urgentes, sin relación aparente entre ellos, aparecen a la vez sobre su mesa: una inspección inesperada, un socio que retira de golpe su confianza, un préstamo que un banco decide, de pronto, no renovar.

Nada catastrófico. Nada que hunda a Gu Chengze.

Solo lo suficiente para que pase las próximas semanas apagando fuegos en su propia casa en vez de cortejando en la ajena, y para que Ji Yuan, si mira, vea a su instrumento distraído y torpe, y se pregunte si el chico sirve para lo que lo compró.

La duda sembrada en el enemigo cunde más que el golpe dado.

Ji Yuan me lo enseñó, sin querer, hace veinte años, y a mí siempre se me dio mejor que a él aprender.

Xie Ci, por su lado, hace lo suyo, que es más limpio y cruel que lo mío.

Gu Chengze espera de ella, desde hace semanas, una invitación a un café.

Una señal. La cortesía mínima que una señorita de buena cuna le debe a un pretendiente que no ha hecho nada malo a ojos del mundo.

Esa invitación no llega. No hay desaire, no hay portazo, nada que Gu pueda contarle a nadie como un agravio.

Solo un silencio educado que se alarga hasta volverse respuesta, la clase de «no» que las mujeres de Yunlu llevan siglos perfeccionando y que no deja huella ni permite réplica.

Entre los dos, sin planearlo juntos, Gu Chengze se encuentra de pronto sin utilidad para Ji Yuan y sin puerta abierta en casa de los Xie, y ni siquiera sabe por qué.

Me gusta, y no me detengo a examinar cuánto, que lo hayamos resuelto así: cada uno por su lado, en su terreno, sin repartirnos las tareas ni pedirnos permiso, y encajando el resultado como si lo hubiéramos coreografiado.

Yo le quité a Gu las patas de su mundo; ella le cerró la puerta del suyo.

Ni ella podría haber hecho lo mío, ni yo lo suyo.

Empiezo a sospechar que esto —dos personas que atacan el mismo problema desde dos flancos que no se solapan— es lo más parecido que existe a lo que la gente normal llama, con una palabra que a mí me sigue costando, un matrimonio.

No el de los Gu, el de conveniencia. El otro.

El de dos personas que juntas cubren un terreno que ninguna cubriría sola.

La palabra me sigue incomodando cuando la pienso, matrimonio, con su carga de contratos y de familias y de todo lo que yo no tengo y no me interesa; y sin embargo, la cosa que nombra, despojada de la palabra, es justo lo que ha pasado esta semana con Gu Chengze: dos personas cubriendo, sin hablarlo, un terreno que a una sola se le habría escapado.

Si eso es un matrimonio, entonces llevo casado con Xie Ci, sin ceremonia y sin saberlo, desde bastante antes de que ninguno de los dos se atreva a decirlo.

—Hay algo que me molesta más que la jugada —añade Mo Zhi, cuando ya doy el tema por cerrado, con ese tono suyo de dejar lo importante para el final—.

Que Ji Yuan haya elegido a Gu Chengze como caballo de Troya significa que ha estudiado a los Xie tan bien como te ha estudiado a ti.

Sabe que la familia está débil, sabe que la madre empujaría un buen partido, sabe hasta qué punto de la ruina llegaron.

Esa información no está en ningún registro, hermano.

Está en los salones. Ji Yuan tiene oídos en el mundo de Xie Ci, igual que los tiene en el tuyo.

—Me sostiene la mirada—. No estamos peleando contra un hombre que ataca por un flanco.

Estamos peleando contra uno que ha aprendido a atacar por los dos a la vez.

Como tú. Solo que sin nada que perder, que lo hace peor.

Pero no me hago ilusiones. Desactivar a Gu Chengze no es ganar; es solo cerrar una puerta que Ji Yuan había dejado entreabierta.

Ji Yuan tiene cien puertas. Que le hayamos tapiado esta, y encima a dos manos, le dice algo que quizá habría preferido no saber todavía: que ya no ataca a un hombre solo con un punto débil, sino a dos personas que se cubren la espalda tan bien que empiezan a ser una sola defensa.

Un enemigo inteligente, ante ese descubrimiento, no se retira.

Deja de jugar fino, y cuando un hombre como Ji Yuan deja de jugar fino, es porque ha decidido que la sutileza ya no le sirve y va a pasar a lo que no deja dudas: la fuerza.

Miro el plano del puerto extendido sobre la mesa de Casa Mò, mis tres instalaciones grandes marcadas en rojo, y por primera vez en semanas duermo mal no por Xie Ci, sino por ellas.