CAPÍTULO 30
He decidido, con el rigor de quien se enfrenta a un problema serio, hacer un inventario.
Es lo que hago cuando algo se me descontrola: lo convierto en lista, porque las listas se dominan y los sentimientos no.
Llevo una semana descubriéndome sonriendo a destiempo, revisando el móvil más de lo decente y perdiendo el hilo de conversaciones importantes porque una parte de mi cabeza se ha ido, sin mi permiso, a un piso sobre el puerto.
El diagnóstico es evidente y me niego a aceptarlo sin pruebas.
Así que, como haría con cualquier expediente, abro el caso: ¿qué es, con precisión, lo que me gusta de Mo Heng?
Voy a enumerarlo. Voy a mirarlo de frente, y voy, casi seguro, a encontrar que es menos de lo que temo y que esto tiene arreglo.
El inventario sale mal desde la primera entrada.
Me gusta cómo se sienta siempre de cara a la puerta, una manía de crío de Gangxi que él cree que no se le nota y que a mí me parece, contra toda lógica, lo más tierno que hace un hombre que da miedo a media ciudad.
Me gusta que cuente. Los segundos, las traiciones, las cosas: cuenta como yo, y hay un consuelo enorme en encontrar a otra persona que le tiene el mismo miedo que tú al caos.
Me gusta que huela a cedro y a té negro y a tabaco que no enciende nunca, porque lo dejó y no lo dice, y esa disciplina callada me cuenta de él más que cualquier discurso.
Me gusta que no me explique nunca lo que ya he entendido.
Me gusta —esta es grave— que me sirviera un vaso de agua en el momento exacto en que yo no podía ni pedirlo.
Sigo. Me gusta que, cuando algo le importa de verdad, baje la voz en vez de subirla, al revés que todo el mundo.
Me gusta que trate a Mo Zhi con un respeto que raya en el miedo, porque un hombre que respeta así a su hermana es un hombre incapaz de despreciar a una mujer.
Me gusta que no me haya mentido ni una vez, ni siquiera cuando la verdad le costaba, ni siquiera cuando yo habría preferido una mentira amable.
Me gusta que sepa perder un juego de mesa —lo comprobé una noche— con una elegancia que no tiene cuando gana en la vida real.
Me gusta, y esta debería avergonzarme, cómo se le tensa la mandíbula cuando alguien me mira demasiado tiempo, esa posesividad que en teoría debería ofenderme y que en la práctica me calienta por dentro como un secreto bueno.
Llevo doce entradas y ninguna es sensata.
No hay una sola en la lista que aprobaría mi madre.
No me gusta de Mo Heng nada de lo que se supone que debe gustarle a una Xie de un pretendiente: ni su apellido, que no tiene; ni su familia, que es él y una hermana que da más miedo que él; ni su posición social, que consiste, si la miro de frente, en que nadie en Canglan se atreve a llevarle la contraria.
Esa es, ni más ni menos, su mejor carta de presentación en sociedad: no que lo respeten, sino que lo teman.
Cualquier madre de Yunlu se desmayaría, y a mí, que debería desmayarme con ellas, resulta que me gusta también eso, me gusta que sea justo lo que no debo querer, porque llevo toda la vida queriendo lo correcto y mira de qué me ha servido.
Cierro el inventario en la entrada número diecisiete, no porque se acabe, sino porque ya no hace falta seguir.
La conclusión es tan clara como inaceptable, y llevo una semana rodeándola sin atreverme a escribirla, y ahora, con la lista delante, ya no puedo fingir que no la veo: estoy enamorada.
De Mo Heng. Del hombre que compró mi ruina, que ordena la ciudad por miedo, que guarda en una habitación cerrada el poder de hundir a media Canglan y que me sirvió un vaso de agua.
No es un capricho, no es una atracción, no es la gratitud confundida de una mujer a la que han rescatado.
Es lo otro. Es lo grande. Es la palabra que llevo cinco años sin usar en primera persona y que mi propio inventario, hecho para desmentirla, acaba de demostrar sin margen de duda.
Odio los datos cuando dan la razón al miedo.
Los odio todavía más cuando le dan la razón al corazón, que es mucho peor consejero y que esta vez, para mi desgracia, coincide con los datos.
Lo peor —o lo mejor, ya no sé cómo llamarlo— es que sospecho que él está haciendo su propia versión de esta lista, en su casa sobre el puerto, con el mismo horror metódico.
Lo sospecho porque estos días lo pillo mirándome cuando cree que no lo veo, con la cara de un hombre que revisa una cuenta que no le cuadra y no encuentra el error.
Lo sospecho porque ha empezado a hacer cosas mínimas que se le escapan: guardarme el sitio de cara a la pared para quedarse él de cara a la puerta, aprenderse cómo tomo el té sin preguntarlo, quedarse callado a media frase mirándome como si yo fuera un problema fascinante que no quiere resolver por miedo a que, resuelto, deje de ser fascinante.
Dos personas que se han pasado la vida sin necesitar a nadie, cada una en su casa, haciendo a la vez el mismo inventario aterrador y llegando al mismo total imposible, y ninguna dispuesta a enseñarle la lista a la otra.
Si esto lo leyera desde fuera, me daría una pena tremenda.
Desde dentro, me da un vértigo que se parece bastante a la felicidad.
He fantaseado, lo confieso, con lo que pondría él en su lista si la hiciera.
Nada romántico, seguro; Mo Heng no piensa en adjetivos.
Pondría, quizá, que soy la única persona que le ha resuelto un problema que su ejército de espías no supo resolver.
Que no le tengo miedo, o que se lo tengo en la dosis justa, la que respeta sin paralizar.
Que sé estar callada sin llenar el silencio de tonterías.
Cosas útiles, medidas, de hombre práctico; y en algún punto de esa lista de utilidades, sin que él sepa cómo ha llegado ahí, aparecería una entrada que no encaja con las demás, una que no sirve para nada, una que dice, con su letra apretada de rabia contenida, algo tan poco rentable y tan verdadero como «me gusta cómo se ríe cuando cree que nadie la ve».
Esa entrada le arruinaría el inventario, como la del vaso de agua me arruinó el mío.
Mi padre lo ha notado. Claro que lo ha notado; mi padre no ve casi nada, pero lo poco que ve, lo ve entero.
Estos días me observa con una expresión nueva, que he tardado en identificar porque no se la había visto nunca: resignación.
No la resignación amarga del que pierde, sino otra, más rara, casi luminosa.
La otra tarde me pilló sonriéndole al móvil —a un mensaje sin remite claro, de esos que Mo Heng manda sin firmar, como firma él todo, borrándose— y en lugar de preguntar, en lugar de preocuparse, en lugar de recordarme lo que diría la ciudad, se me quedó mirando un momento, suspiró, y volvió a su periódico con la cara de un hombre que ha renunciado por fin a entender a su hija y ha descubierto, en la rendición, una paz que llevaba años buscando en la botella.
—¿Es feliz? —me pregunta esa noche, sin levantar la vista del crucigrama que no rellena, con el tono de quien pregunta por el tiempo para no preguntar lo que de verdad quiere saber.
No me pregunta quién es. No me pregunta si conviene.
No me pregunta nada de lo que un padre de Yunlu preguntaría.
Me pregunta si soy feliz, que es la única pregunta que importa y la única que mi padre, en su torpeza luminosa, ha sabido siempre cuál era, aunque nunca hasta ahora se hubiera atrevido a hacerla.
—Sí —le digo, y es la primera vez en cinco años que respondo esa palabra sin mentir.
Asiente despacio. Vuelve al crucigrama, y en ese asentimiento hay más aprobación paterna que en cualquier discurso, porque mi padre acaba de decidir, con una sola sílaba callada, que mi felicidad le importa más que las reglas de un mundo que a los dos, en el fondo, hace tiempo que nos queda pequeño.
Así que aquí estamos todos. Yo, enamorada y sin decirlo.
Él, enamorado y sin decirlo. Mi padre, resignado y en paz.
Mo Zhi, que sin duda ya lo sabe todo porque Mo Zhi siempre lo sabe todo, y entre Mo Heng y yo, un silencio que ya no es de miedo, sino de esa cobardía específica y absurda de dos personas valientes para todo menos para lo único que importa: decir en voz alta lo que las dos saben.
Podríamos seguir así meses. Años, quizá.
Somos lo bastante buenos fingiendo como para envejecer juntos sin confesarlo, salvándonos por turnos, protegiéndonos en silencio, y llamando a eso, con una mentira piadosa, amistad, o costumbre, o cualquier cosa que no dé tanto miedo como la verdad.
Lo he pensado mil veces esta semana, y siempre me atasco en el mismo sitio: ¿por qué es tan difícil decir tres palabras?
No es que no las sepa. Las he dicho antes, hace años, a quien no las merecía, con una facilidad que ahora me da vergüenza.
El problema no es decirlas. El problema es a quién.
A un hombre que no las merece, «te quiero» sale gratis, porque no arriesgas nada verdadero: si te falla, pierdes a alguien que nunca tuviste del todo.
A este hombre, decírselas es apostar la única parte de mí que llevo cinco años sin enseñarle a nadie, la que se rompió en una galería y tardé un lustro en recomponer.
Si le digo a Mo Heng que lo quiero y me equivoco, no pierdo a un novio: me pierdo la última versión a salvo de mí misma.
Por eso cuesta tanto. Por eso, y porque, en el fondo, lo que me da miedo no es que no me quiera. Es que sí.
Pero yo ya no quiero seguir así. Hacer el inventario tenía que servirme para desmentir el diagnóstico, y ha servido para lo contrario: para dejarme sin excusas.
Sé lo que siento. Sé, con una certeza que no me deja escapatoria, lo que siente él, y sé que ninguno de los dos va a dar el paso desde el miedo, porque el miedo, en gente como nosotros, es paciente y sabe esperar toda una vida.
Alguien tiene que romper el empate. Alguien tiene que ser, por una vez, más valiente que prudente, y mientras cierro mi inventario inconveniente y guardo la lista donde nadie la encuentre, tomo la decisión más arriesgada de mi vida, más que aceptar un trato con un rey sin corona, más que besarlo en un pasillo: voy a ser yo quien lo diga primero.
Que tiemble el que quiera. Esta vez, la primera en cruzar la línea voy a ser yo.