CAPÍTULO 5
Casa Mò, Canglan.
Hay una sola casa en Canglan donde entro sin comprobar primero quién hay dentro, y es porque la elegí justo por eso.
Casa Mò no recibe. No tiene salón para impresionar ni mesa para cerrar tratos.
La compré para que mi hermana y yo tuviéramos un sitio en el mundo donde nadie nos deba nada y nadie nos cobre nada, que es el único lujo que de verdad no se hereda.
Es una casa baja, de muros encalados y un patio con un solo árbol, escondida en una calle que no figura en los mapas que importan.
Desde fuera no parece de nadie. Desde dentro huele a té y a piedra mojada, y el ruido de la ciudad llega filtrado, como una conversación en la habitación de al lado.
Aquí no se firma nada, no se decide nada que no sea entre nosotros dos, no entra nadie que pueda usar después lo que ha visto.
Tardé diez años y demasiado dinero en comprar este silencio.
Es la única compra de la que no me he arrepentido.
En Casa Mò no hay relojes a la vista, que en mi mundo es casi una declaración: aquí no le debemos el tiempo a nadie.
Es el único lugar donde Mo Zhi baja la guardia un milímetro y donde yo dejo de calcular dos segundos seguidos.
Fuera de estas paredes somos los Mò, que es media palabra y media advertencia.
Dentro somos dos críos de Gangxi que aprendieron a contar antes que a confiar, y que se quedaron con lo primero porque lo segundo no les dio nunca de comer.
El día que firmé la escritura, Mo Zhi recorrió las habitaciones vacías, se sentó en ese sillón junto a la ventana y dijo una sola palabra: «Aquí». Llevamos diez años dándole la razón.
Mo Zhi y yo salimos de Gangxi con once meses de diferencia y una sola certeza: que nadie iba a venir a sacarnos de allí, así que tendríamos que aprender a sacarnos el uno al otro.
Lo aprendimos. Ella calcula, yo ejecuto.
Ella ve tres movimientos por delante, yo me ocupo de que esos tres movimientos ocurran.
En veinte años no hemos firmado un solo papel que nos vincule, y no nos hace falta: la lealtad que se firma es la primera que se rompe.
La encuentro donde suele a esta hora, en el sillón junto a la ventana, con un expediente abierto que no necesita leer dos veces y un té que se le ha quedado frío porque le interesaba más el papel.
Cuatro años menor que yo y con el triple de paciencia para el cálculo en frío.
Si yo soy el martillo de esta familia, ella es el bisturí: más callada y más limpia, y a la que los socios temen más que a mí, aunque ninguno lo confesaría en voz alta.
Cuando Mo Zhi habla, en una sala callan todos, incluido yo.
No por miedo. Por la costumbre de que tenga razón.
No levanta la vista cuando entro. No le hace falta: reconoce mis pasos, mi hora, quizá mi humor por el peso del primer escalón.
Lleva toda la mañana con ese expediente, que sé, sin preguntar, que no es suyo: es de alguien que cree guardar un secreto y todavía no sabe que se lo está leyendo mi hermana en un sillón, a la luz de una ventana, con un té frío al lado.
Sirvo dos tés sin preguntar. Es lo único doméstico que hacemos el uno por el otro, y lo hacemos desde críos: el que llega segundo, sirve.
Le acerco la taza nueva, le retiro la fría, y ella lo permite sin darme las gracias, porque agradecérmelo sería convertir en favor lo que es costumbre, y las costumbres, entre nosotros, valen más que los favores.
Me siento enfrente. Espero a que decida que ya he esperado bastante.
—Hay un asunto con los Xie —empiezo, y me sirvo un té que tampoco voy a terminarme—. El padre, Xie Jingtang. Compré su deuda. Va según lo previsto.
—Eso no es un asunto. Eso es un martes —responde sin levantar la vista del expediente—. Has entrado con cara de asunto. Cuéntame el asunto.
Antes de contestar, ella zanja, de pasada, lo que tenía entre manos. Anota dos líneas al margen del expediente, lo cierra y lo deja a un lado.
—Dile a Tan que el contable de los Ruan lleva tres meses cobrando de dos sitios —comenta, como quien menciona el tiempo que hace—. No lo uses todavía. Guárdalo para cuando los Ruan crean que nos tienen. Lo creerán en primavera.
No le pregunto cómo lo sabe; hace mucho que dejé de preguntárselo. Lo anoto, igual que anoto todo lo que dice en ese tono, que es el tono con el que acierta.
No me molesto en discutirle la observación, porque discutirle a Mo Zhi una observación es regalarle la confirmación que busca. Hay una sola persona en el mundo capaz de leerme la cara, y tuve la mala suerte, o la buena, de criarme con ella. Le doy lo justo.
—La hija fue a verme. Al puerto. Sola.
Ahora sí cierra el expediente. Lo hace despacio, como quien aparta un plato para hacer sitio a otro mejor. Por fin me mira, y en sus ojos hay eso que solo le veo a ella: la curiosidad limpia del que disfruta de verdad con un problema a la altura de su tamaño.
—Cuéntamelo entero —pide—, y no te dejes la parte que has venido a no contarme.
Se lo cuento casi entero. Lo que dijo, cómo lo dijo, que descifró en diez minutos lo que a mis rivales les cuesta años no entender.
Le cuento incluso lo del portuario al que le moví el banco a la mañana siguiente, sin que me lo pidiera nadie y sin pensarlo, que es justo lo que no quería que ella supiese.
Me dejo, como ha previsto, la parte en la que reparé en que no bajaba los ojos.
Mo Zhi escucha sin interrumpir, que es su forma de interrogar, y cuando termino tarda lo que tarda en resolver cualquier cosa: nada.
—Estás siendo idiota, lo cual es nuevo —dictamina.
—A Xie Ci no se la compra —contesto.
—Nadie ha dicho que haya que comprarla. —Arquea una ceja, y en ese gesto cabe toda la ventaja que me lleva—. Aunque, viéndote la cara, empiezo a pensar que el problema es justo el contrario.
—No hay ningún problema.
—Hermano, llevas sin terminarte un té desde que has entrado, y tú no desperdicias nada. —Se recuesta, y por primera vez en semanas parece de veras entretenida—. Dios, qué interesante va a ser esto.
Dejo la taza en la mesa, que es lo más cerca que voy a estar de darle la razón.
Hay una verdad incómoda en lo que dice y los dos la rodeamos sin pisarla: en veinte años he tenido mujeres, alianzas, treguas; no he tenido nunca a nadie que entrara en una habitación mía y la cambiara sin proponérselo.
No sé qué se hace con eso. Mo Zhi sí lo sabe, y no piensa decírmelo hasta que yo lo pida, porque enseñarme a pedir es la única lección que lleva la vida entera intentando darme.
—¿Cómo era? —pregunta, y por el modo en que lo dice sé que no se refiere a la cara.
—Lista.
—Eso lo has contado ya con todo menos con la palabra. Te he preguntado cómo era, no qué hizo.
Me quedo callado más de lo que debería, que con Mo Zhi equivale a firmar una confesión.
Cómo era. Era alguien que entró en mi despacho y no me dejó, en media hora, un solo sitio cómodo donde ponerme.
Era la primera persona en años que me trató como a un igual al que aún no ha decidido respetar.
No pienso decirle nada de eso a mi hermana.
—De las que vuelven —respondo al fin.
Mo Zhi sonríe, apenas, y regresa a su expediente.
—Bien. Entonces no tendrás que ir a buscarla. Eso te habría sentado fatal.
Me escuece reconocer, aunque sea solo hacia dentro, que acierto al no contárselo: si le pusiera nombre a lo que sentí en aquel despacho, Mo Zhi lo guardaría, y mi hermana no guarda nada que no piense usar algún día por mi bien, que es la forma más incómoda de que te usen.
Prefiero deberle el silencio. Es la única deuda que llevo al día, y la única que no pienso saldar nunca.
—No la toques —añade luego, y ahora el tono es otro, el que usa cuando deja de jugar—.
La deuda del padre, muévela como teníamos pensado: despacio, sin huellas, hasta que Xie Jingtang venga solo a pedirte lo que aún cree que puede negociar.
A la hija, déjala en paz. Las personas como ella no se ganan presionándolas, se ganan dejando de ser, para ellas, una amenaza, y eso, hermano, no sé si sabes hacerlo.
La miro. Tiene razón, como casi siempre, y como casi siempre lo ha visto antes que yo.
La mitad de las jugadas que la ciudad me atribuye nacieron en este sillón, junto a esta ventana, en un té que se enfriaba mientras ella pensaba.
El golpe que me hizo dueño de medio Gangxi fue suyo.
La maniobra que dejó a los Shen debiéndome un favor que aún no han terminado de pagar fue suya.
Nadie lo sabe. Nos conviene a los dos que siga sin saberse: a una ciudad le cuesta más temer a dos personas que a una, y el miedo, cuando se reparte, rinde menos.
—Te lo digo como hermana y no como estratega, que es algo que hago una vez al año —añade, sin levantar la vista—.
Llevas veinte años construyendo un sitio donde nadie pueda volver a hacerte lo que nos hicieron de niños.
Lo has conseguido: eres el hombre al que esta ciudad no se atreve a tocar.
—Pasa una página—. Sería una pena que descubrieras, justo ahora, que levantar una fortaleza y levantar una jaula se parecen más de lo que cuentan.
No contesto. Hay frases de Mo Zhi que no piden respuesta, solo piden tiempo para resultar ciertas. Esta va a tardar poco.
—¿Algo más? —pregunto, que es mi manera de cerrar una conversación que se acerca a un sitio donde no quiero estar.
—Nada que vayas a reconocerme hoy. —Reabre el expediente, me devuelve a mi propio silencio sin esfuerzo—. Pero hazte un favor: la próxima vez que vengas con cara de asunto, no tardes tres días en llegar a Casa Mò. Cuanto más tardas en contarme algo, más claro me dejas cuánto te importa.
No le respondo. No hace falta. En esta casa, el silencio es lo único que no nos debemos.