El rey distante (Empty Kingdom 3) Epílogo
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Epílogo

C hloe

Roman me pone una mano en la espalda y me guía a través de las grandes puertas de cristal.

La galería está llena de gente con copas de champán en la mano, admirando los cuadros que cuelgan por todo el espacio.

Un cosquilleo de emoción me recorre la piel. No puedo creer que haya llegado este momento. Han cambiado tantas cosas en el año que ha pasado desde que me mudé con Roman…

Si antes pensaba que mi corazón estaba lleno, ahora está a punto de estallar.

Alzo la vista hacia el hermoso rostro de Roman.

—Vamos a buscar a mi padre y a Carol.

Con una sonrisa en los labios, señala hacia el bar.

—Están ahí. —Me toma de la mano y me lleva hacia el pequeño grupo que se ha encontrado alrededor del invitado de honor.

—Chloe —me llama mi padre al verme, con una amplia sonrisa que le arruga los ojos.

La gente que lo rodea se aparta y yo lo abrazo con fuerza. Al inhalar los aromas familiares de la pintura y la trementina, la alegría me inunda por completo.

—Estoy muy orgullosa de ti —le susurro al oído.

Me estrecha con fuerza.

—Te lo debo a ti, cariño. Tú me cuidaste cuando yo no podía cuidar de mí mismo. Ahora no dejaría de mimarte si no tuvieras ya a alguien haciendo ese trabajo por mí.

Me suelta cuando Roman se acerca a mi lado.

El apuesto hombre que me ha acompañado esta noche le tiende una mano.

—Enhorabuena, Rick. Parece que la noche del estreno ha sido todo un éxito.

—Más de lo que habría llegado a imaginar.

Carol me abraza, da un paso atrás y me sujeta por los brazos.

—Estás absolutamente deslumbrante.

Se me enrojecen las mejillas y bajo la vista, estirándome el vestido tubo de satén azul.

—¿Lo dices por este trapo viejo?

Ella se ríe.

—Haces que ese trapo viejo parezca nuevo. —Suelta un suspiro y le sonríe a mi padre—. ¿A que hacen una pareja preciosa?

Sus ojos brillan de felicidad y cariño.

—Ya lo creo que sí.

Roman me rodea la cintura con el brazo y me pega a él. No escucho lo que me responde, porque, aunque llevamos doce meses juntos de forma oficial, la suave posesividad de ese gesto sigue teniendo el poder de hacer que el mundo a mi alrededor se desvanezca.

Pero no quiero perderme nada de esta noche. Contemplo las paredes de la galería, los cuadros de Nueva York expuestos en las distintas superficies. La exposición es más bien pequeña, ya que mi padre todavía tiene sus limitaciones. Pero la oferta parece aumentar la demanda.

Desde que su obra Empty Kingdom apareció en Forbes, el interés por su trabajo ha aumentado mucho. Como tuvo que empezar de cero, se vio obligado a establecer una lista de espera. Eso, a su vez, consiguió que la gente estuviera aún más ansiosa por comprar sus cuadros.

Cuando esta galería se puso en contacto con él para preguntarle si podían organizar una exposición de su obra, no lo dudó ni un segundo.

Muchas de estas pinturas ya tienen comprador, y por el murmullo que se oye en la sala, tengo la sensación de que las que quedan se venderán antes de que acabe la noche.

—¿Damos una vuelta? —pregunta Roman un momento después.

Asiento.

—Estoy deseando verlo todo.

Coge una copa de champán de un camarero que pasa y me la pasa antes de hacerse con una para él.

—Volveremos enseguida —les digo a mi padre y a Carol, que están bebiendo de sus copas y sonriendo felices mientras aparecen más invitados.

Roman envuelve mi mano con la suya, cálida y segura, y me lleva hacia la multitud.

No sé si alguna vez me acostumbraré a esto: a la sensación de que los sueños se hacen realidad. A lo que se siente al perseguirlos en lugar de alejarlos porque estaba demasiado asustada por si me dejan a la deriva y sola.

Ahora estoy junto al hombre al que amo mientras contemplo las obras de arte de mi padre expuestas en las paredes de una de las galerías más prestigiosas de Manhattan. Este es un sueño que ni siquiera sabía que tenía.

Todavía estoy tanteando el terreno en lo que respecta a mi propio arte. Hace un año, Roman me dio a elegir: volver a trabajar para él, quedarme en Wright Construction como enlace o buscar otro trabajo. Cada opción venía con una condición: esperaba que persiguiera mis propios sueños al mismo tiempo.

Decidí quedarme en mi puesto de enlace. No estoy segura de lo productivos que seríamos Roman o yo si volviera a trabajar para él, teniendo en cuenta lo difícil que nos resulta mantenernos alejados el uno del otro. Quedarme en Wright Construction parecía la opción más segura.

También me ofreció la opción de dejar el trabajo y dedicarme al arte a tiempo completo con su apoyo, pero descarté rápidamente esa opción. Por mucho que lo quiera, por mucho que sepa que él me quiere, necesito mi independencia. Necesito saber que puedo valerme por mí misma.

Y él lo entiende.

Por eso me demuestra su amor estando a mi lado en todo momento. No me frena ni me marca el camino para que yo lo siga. Me coge de la mano cuando salgo de mi zona de confort o decido salirme de los límites que una vez tracé en mi vida.

Algunas de mis pinturas cuelgan ahora de la pared de True Brew, tanto en la tienda original de Brooklyn como en la nueva, situada en el vestíbulo de Genesis-1.

Incluso he vendido unas cuantas. He encontrado mi nicho en los retratos de la gente que llena las calles de Nueva York. Nada nos une más que la conexión humana; ese momento en el que miramos el rostro de otra persona y vemos reflejada allí nuestra propia existencia.

Roman cree que me encanta pintar a la gente porque, inconscientemente, quiero poblar las calles vacías de mi cuadro favorito de mi padre, el que todavía adorna el vestíbulo de King Plaza.

Quizá tenga razón. Mi padre pinta la belleza de la ciudad y yo pinto la belleza de las personas que la consideran su hogar.

Mi retrato de Roman cuelga en mi estudio de arte, que se encuentra dentro de su ático.

Me sorprendió antes de que me mudara haciendo que reformaran una de las estancias vacías.

Tenía pensado colgar junto a él el cuadro que pinté del niño, mitad Roman, mitad yo.

Pero cuando se lo enseñé, insistió en ponerlo en el salón.

Un recuerdo de un sueño que compartimos. Un sueño sobre nosotros.

Ahora, mientras me acurruco a su lado y sonrío al contemplar un cuadro de Central Park al atardecer, con las sombras del crepúsculo extendiéndose sobre la hierba y el horizonte teñido por el suave resplandor de la luz del sol que se desvanece, toda mi vida me parece un sueño hecho realidad.

—Chloe. —Lola se acerca corriendo y me abraza. Jamie, con Christopher en brazos, que no para de moverse, me sonríe a su espalda.

Me río mientras me libero de su abrazo.

—Me alegro mucho de que hayáis podido venir.

—Como si fuéramos a perdérnoslo. Dios mío, los cuadros de tu padre son increíbles. ¿Dónde está? Tengo que saludarlo. Luego te busco.

Les indico la dirección correcta y, mientras Lola se aleja a toda prisa con su marido y su hijo a cuestas, sonrío a Roman.

Apenas tenemos un minuto para nosotros antes de que aparezca un flujo constante de amigos y familiares.

Sophie y su novio, Marco, han venido a apoyar a mi padre.

Ethan, que se ha convertido en un buen amigo, y su flamante prometida, Caitlyn, también están aquí.

Junto con Cole y Delilah con Lottie, Tate y Violet, que se casaron hace seis meses, y Beverly y Miles, que ya han empezado a hablar de irse a vivir juntos.

Es suficiente para que se me haga un nudo en la garganta y me piquen los ojos.

Al final de la noche, estoy emocionalmente destrozada, pero en el mejor sentido posible.

Ahora estamos en el asiento trasero del coche, mientras Phillip nos lleva a casa entre el tráfico nocturno, y yo estoy acurrucada contra Roman y nunca me he sentido más feliz.

—¿Feliz? —Su voz es un profundo murmullo contra mi oído, que tengo pegado a su pecho.

Dejo escapar un suave suspiro.

—No creo que nada pudiera hacerme más feliz.

La risita que suelta me hace vibrar.

—¿Es eso un desafío?

Echo la cabeza hacia atrás y me encuentro con su mirada. Lo que veo en su expresión me hace latir el corazón con fuerza. Está llena de amor, de calor y de una posesividad que me acelera el pulso.

Le dedico una sonrisa tímida.

—Solo hay una cosa que podría hacerme más feliz ahora mismo.

Su mirada se oscurece cuando desliza el pulgar sobre mi labio inferior.

—¿De qué se trata, cariño?

Mi lengua se asoma para saborear su piel y, cuando se le corta la respiración, un escalofrío de emoción me recorre el cuerpo.

—Lo único que podría hacerme más feliz ahora mismo es… un gran bol de helado.

Chillo cuando tira de mí y hace que me siente a horcajadas sobre él, con las rodillas a los lados de sus muslos y mi centro sobre el duro bulto de sus pantalones.

—Te daré algo que chupar, pero no estará frío. Estará muy caliente, pero podrás tomar todo lo que quieras.

La forma en que se le curvan las comisuras de los labios y se acentúan las arrugas de expresión alrededor de los ojos me hace aún más feliz. Sin embargo, no tengo tiempo de admirar mucho esa expresión, porque al instante siguiente me está besando y me veo envuelta en su sabor.

Cuando abro los ojos la habitación está a oscuras y los dígitos luminosos del reloj de la mesilla me indican que está a punto de amanecer.

Mi cuerpo está agradablemente dolorido por el esfuerzo; Roman fue aún más intenso de lo habitual e hizo que me corriera una y otra vez antes de dejarse llevar por fin.

Debería haber dormido unas horas más. En cambio, siento la necesidad de levantarme y ver salir el sol sobre la ciudad.

Hago todo lo posible por no molestar al hombre que duerme a mi lado, me deslizo fuera de la cama, me envuelvo en una bata y salgo en silencio de la habitación.

Fuera, a través de los ventanales del salón, un tenue resplandor rosado y dorado ilumina el horizonte. No puedo evitar sonreír cuando los primeros rayos de sol rozan las cimas de los edificios, mientras que las calles de abajo y Central Park permanecen envueltas en la sombra.