Epílogo #2
Siento a Roman detrás de mí antes de oírlo. Ese cosquilleo de calor contra mi piel, la calidez que impregna mi cuerpo. Me echo hacia atrás antes de que él hable porque sé que ha venido para abrazarme.
Tiene el pecho desnudo, pero lleva pantalones de pijama.
—No quería despertarte —le digo, apoyando las manos en sus antebrazos.
—Me sorprende que estés despierta. Pensaba que te había dejado agotada.
Me río, aunque se me hace un nudo en el estómago al recordarlo.
—Y así fue.
—¿Te preocupa algo, entonces? —Apoya la barbilla en mi cabeza y los dos contemplamos cómo el nuevo día se despliega ante nosotros.
—Nada malo. Solo es… felicidad, creo. Siento tanta que me pone inquieta. Quizá necesite pintar un poco.
—Quizá… —Su voz suena pensativa.
Levanto la cara para ver su expresión. Sus ojos están oscuros cuando se encuentran con los míos.
—¿Eres feliz? —le pregunto en voz baja. Mi vida ha cambiado de muchas maneras durante el último año, pero la suya no. Sigue siendo el director general y sigue trabajando duro, aunque ni de lejos tanto como antes. Su relación con su familia sigue desarrollándose, sigue profundizándose.
Pero, en esencia, su vida es la misma, salvo por el hecho de tener una novia con la que convive.
—No estoy seguro de que «feliz» sea la palabra que usaría para describirlo.
—Mi corazón da un pequeño vuelco. ¿No es feliz?
— Me suelta y luego me pone las manos en los hombros y hace que me vuelva hasta que quedo de cara a él.
Con un roce tierno, me aparta el pelo de la cara—.
La primera vez que vi tu sonrisa, cuando estabas en ese ascensor junto a Lena —dice—, ya había una parte de mí que sabía que nunca querría dejar de verla.
Por eso me asusté tanto cuando te encontré frente a mi oficina, como si te hubieran puesto ahí solo para tentarme.
—Parpadeo, con los nervios a flor de piel, porque no entiendo qué tiene que ver nada de esto con el motivo por el que ya no es feliz.
Sus labios se curvan y me acaricia la boca con el pulgar—.
Eso resultó ser cierto, pero nunca me arrepentiré de haberme dejado tentar.
Me enseñaste que me estaba castigando a mí mismo por los errores de mi padre, que el amor no es una debilidad, que es lo que nos hace más fuertes.
Más tranquila, me pongo de puntillas y le doy un beso en la piel desnuda sobre su corazón.
—Eres tan fuerte porque tienes mucho amor dentro de ti. Lo único que pasaba era que no te habías dado cuenta.
—¿Recuerdas cuando te pregunté si lucharías conmigo?
Asiento lentamente.
—Te dije que lo haría si tú querías. —Su sonrisa ha desaparecido y sus ojos arden con una intensidad que enciende mi cuerpo. Con un movimiento rápido, se arrodilla y apoya la frente sobre mi vientre y a mí se me acelera el pulso—. ¿Roman?
Me mira, y yo le acaricio el pelo oscuro con los dedos, con la mente sumida en una confusa neblina.
Traga saliva.
—Feliz no es la palabra que usaría para describir cómo me siento, porque es mucho más que eso.
Mi vida cambió en el momento en que te conocí.
Derribaste los muros que había construido a mi alrededor y trajiste contigo calidez, luz y amor cuando yo estaba decidido a mantener todas esas cosas a distancia.
Se me hace un nudo en la garganta.
—Me alegro mucho.
Se mete la mano en el bolsillo de los pantalones del pijama y saca un anillo, uno que brilla intensamente bajo los rayos de sol que empiezan a colarse por la ventana. Con el corazón a mil, me tapo la boca con las manos y contemplo el enorme diamante rodeado de diminutas piedras turquesas.
—Te quiero a mi lado, luchando conmigo, Chloe.
—Su voz se ha vuelto ronca—. Y yo quiero estar a tu lado, luchando con la misma fuerza.
Me convencí a mí mismo de que estaba bien vivir la vida solo, pero estaba equivocado de cojones.
Tanto que parece un chiste. Mi corazón ha sido tuyo desde el momento en que te vi.
Sonreíste, y así, sin más, todo cambió. Cada puñetero día me enamoro más de ti, y eso nunca va a cambiar.
Así que, por favor, cariño, sé mi esposa.
Déjame mostrarle al mundo cuánto te amo.
—Siento el calor de las lágrimas en las mejillas; él se pone de pie y me abraza, y yo me pongo de puntillas y lo beso, poniendo en ello todo mi amor, toda mi pasión y todos mis sueños para nuestro futuro.
Cuando por fin me aparto, siento los labios hinchados de la mejor manera posible—.
¿Eso es un sí? —Sus ojos gris pálido me traspasan.
El corazón me late como si aleteara contra mi caja torácica, como si fuera un pájaro que quiere liberarse, pero solo para poder volar hacia él.
—Amarte me ayudó a volver a soñar. Amarte me recordó cómo arriesgarme. Tienes todo mi corazón, Roman. Siempre lo tendrás. Y nada me haría más feliz que casarme contigo.
Me coge de la mano y desliza el anillo en mi dedo; la delgada banda me queda perfecta.
No tengo tiempo de admirarlo antes de que sus labios vuelvan a posarse en los míos, y nos besamos frente a la ventana con vistas a Manhattan mientras el sol dora los edificios y las calles vacías bajo nosotros comienzan a llenarse.