60
C hloe
Roman está callado mientras conduce de regreso a casa desde Westchester.
La comida ha sido estupenda cuando he conseguido serenar mis nervios. Todos han sido muy acogedores, incluso su madre, que era quien más me preocupaba.
Él también parecía relajado y feliz, y verlo así siempre me anima. La preciosa casa y los jardines me han dado ganas de coger un pincel. Es un impulso al que todavía me estoy acostumbrando después de haberlo reprimido durante años.
No fue hasta que Roman encendió mi pasión por él que mi pasión por el arte se reavivó. Ahora, aparte de pasar tiempo con él, con mi padre y con Carol, así como con Lola y Sophie, es lo que más ansío.
Últimamente, el sueño que antes consideraba imposible de convertirme en artista como mi padre parece mucho más cercano que antes.
Esa idea me lleva a otra. Esta semana ha sido un torbellino, y he estado tan distraída que ni siquiera se me había ocurrido preguntárselo hasta ahora.
—¿Por cuánto compraste el cuadro de mi padre?
Me echa un vistazo y luego vuelve rápidamente su atención a la carretera.
—¿No te lo ha dicho?
—No. Acababa de terminar de leer la entrevista de Forbes cuando me lo dijo. Iba de camino a verte, así que quizá tenía otras cosas en la cabeza.
Le sonrío, saboreando la curva ascendente de sus labios.
—Antes de decírtelo, quiero dejarlo muy claro: el precio que pagué no tuvo nada que ver con su relación contigo. Habría pagado exactamente lo mismo si lo hubiera visto colgado en una galería sin saber quién era el artista. Me encanta ese puñetero cuadro.
Se me acelera el pulso.
—Me estás volviendo loca. ¿Cuánto pagaste?
Carraspea, con un aire adorablemente nervioso, una expresión poco habitual en un hombre tan seguro de sí mismo.
—Seiscientos cincuenta mil.
Se me escapa todo el aire de los pulmones.
—¿Qué?
Se aferra con más fuerza al volante y me mira de reojo.
—Tu padre tiene un talento increíble. Primero alquilé el cuadro para asegurarme de que quedara bien en el vestíbulo y de que estuviera disponible para la sesión de fotos de Forbes . Pero, en cuanto confirmé lo increíble que quedaba ahí colgado, tuve que quedármelo para siempre.
Parpadeo, con el corazón latiéndome a toda velocidad en el pecho.
—Sabes que es una cantidad de dinero que te cambia la vida, ¿verdad?
—Soy consciente de ello. Se merece que su vida cambie.
Se merece no tener más preocupaciones por los costes del tratamiento, más preocupaciones porque su hija trabaje para pagar sus facturas ni más presión.
Puede volver a vivir su sueño. Y tú puedes descubrir cuál es el tuyo.
—Me recuesto contra el suave cuero del asiento del coche, concentrada en estabilizar mi respiración—. ¿Estás bien? — me pregunta.
—Solo estoy un poco en shock . Pero me siento feliz. Por él y por ti. —Sonrío para mis adentros. —Y además podré seguir viendo mi cuadro favorito todo el tiempo.
—Nunca me dijiste por qué es tu favorito.
Una sensación de calidez me invade por dentro, como cada vez que miro la obra.
—Cuando mi padre lo estaba pintando, me sentaba a mirarlo. Un día, cuando ya casi había terminado, me preguntó si quería añadirle mi propio toque personal.
Los ojos de Roman se posan en mí.
—¿Qué le añadiste?
Hago una mueca, con las manos entrelazadas en el regazo.
—No te rías. Recuerda que aún era pequeña.
Arquea una ceja y vuelve a centrar la vista en la carretera.
—No me voy a reír.
—Si miras con mucha atención una de las ventanas superiores de uno de los rascacielos más altos, verás a una pareja diminuta besándose.
—Se ríe, maldito sea y lo miro con los ojos entrecerrados—.
Me crie con las películas de Disney. Con príncipes y princesas y finales felices.
¿Qué otra cosa iba a pintar? Los rascacielos son lo más parecido que tenemos a castillos en Nueva York.
—Me encanta, joder —dice—. ¡Un príncipe y una princesa que encuentran el amor en un castillo de Manhattan! ¿Por eso eligió ese nombre?
—Ajá. —Sonrío al recordarlo—. Le dije que me preocupaba que se sintieran solos en su castillo sin nadie más a su alrededor. Me dijo que el reino del príncipe y la princesa podría parecer vacío, pero que, tan pronto como amaneciera un nuevo día, se llenaría de toda la gente a la que querían.
Se le levanta una comisura de los labios.
—No se me ocurre nada más apropiado para colgar en la pared de King Plaza. —Se me escapa una risa—. Es extrañamente perfecto.
Para cuando llegamos a su edificio de apartamentos, cualquier tensión que hubiera sentido al salir de casa de su madre se ha disipado.
Como vamos en su coche, aparcamos en el garaje del edificio, aunque no hay ni un atisbo de preocupación de que lo haga porque quiera esconderme, y menos después de que ya me haya acompañado por el vestíbulo de su edificio de la mano, a la vista de todos.
Incluso me besó abiertamente mientras esperábamos a que llegara el ascensor.
Ahora me besa de nuevo mientras subimos a su ático. Ya se ha acostumbrado a ponerme las manos encima tan a menudo como puede, y yo hago lo mismo. Y, como siempre, para cuando llegamos arriba, estoy lista para más caricias.
Me empuja por el salón, sin apartar nunca sus manos ni su boca de mí. Una vez que llegamos a su dormitorio, no pierde el tiempo en quitarme la ropa, y luego se quita la suya también.
—Túmbate. —La intensidad con la que me mira no se parece a nada que le haya visto antes.
Me recorre un escalofrío de los buenos. En cuanto estoy tumbada de espaldas en su gran cama, coge los pantalones que se ha quitado y saca el cinturón de cuero de las presillas.
El corazón me da un vuelco y me quedo sin aliento.
No va a usarlo conmigo, ¿verdad? No soporto muy bien el dolor.
Como si pudiera leerme la mente, su expresión se suaviza—.
No te preocupes, cariño. No tengo intención de marcar tu bonita piel con nada más que mi boca.
—Levanta el cinturón—. Pero ¿me dejas atarte?
Solo las muñecas, nada más. Y te desataré en cuanto me lo pidas.
Dios mío. Contoneo las caderas ante la idea de estar atada y quedar a merced de Roman. Ni siquiera tengo que pensarlo. Sé que estoy a salvo con él.
—De acuerdo.
Esboza una sonrisa, se echa sobre mí, me coge las manos entre las suyas y envuelve mis muñecas con su cinturón.
—Mantenlas por encima de la cabeza. —El pulso me late con fuerza en la base del cuello cuando obedezco. Una vez que me las ha atado, da un paso atrás y me contempla—. Qué hermosa.
Arqueo la espalda ante el tono admirado é su voz.
Se agacha y me besa una, dos veces antes de profundizar más. Su beso me abrasa por dentro, y cuando gimo, él gruñe en señal de aprobación.
Su boca se desplaza hacia mi mandíbula y luego hacia mi cuello, y su mano se desliza entre mis piernas.
Jadeo ante la sensación, y él se centra en mi rostro para ver mi reacción mientras recorre mi cuerpo con los dedos.
Los pasa suavemente por la cara interna de mis muslos y se adentra en mi calor húmedo, rodeando mi entrada, antes de moverlos lentamente arriba y abajo, pero nunca con la presión que necesito.
Muevo las caderas, desesperada por más, pero él se aparta.
—Roman.
—No te muevas y te prometo que te haré sentir bien.
— Entrelazo los dedos, los clavo en el colchón y espero conteniendo el aliento a que vuelva a penetrarme—.
Estás chorreando, cariño. —Cuando vuelve a acariciarme con el dedo, me tiemblan los muslos—.
Quieres follar con ganas, ¿verdad? —Cierro los ojos con fuerza y reprimo otro gemido.
Me separa los muslos con sus cálidas en la cara interna, y me abre bien las piernas—.
Mmm. ¿Por dónde deberíamos follar esta noche?
—Abro mucho los ojos y me pierdo en su mirada oscura—.
¿Te asusta la idea de hacerlo por detrás?
Con el corazón acelerado, me humedezco los labios. ¿Me da miedo? Quizás, pero no tanto como pensaba, y menos cuando se trata de Roman.
—No —susurro.
Tensa la mandíbula.
—Joder, Chloe . —Me da un beso en los labios que hace que mi cuerpo estalle en llamas. Es un beso que promete tanto… Placer, pasión, ternura—. Pronto —gruñe—. Pronto me haré con ese culito. Pero esta noche quiero algo más de ti.
Desciende por mi cuerpo, desliza las manos bajo mis muslos y pone su lengua contra mi entrada, introduciendo la punta antes de lamer lentamente hacia arriba y chuparme el clítoris.
Intento sin éxito reprimir un gemido sordo.
Lo hace una y otra vez hasta que me retuerzo debajo de él. Cuando me encuentro peligrosamente cerca del límite, se detiene, se incorpora y busca algo en su mesita de noche.
Mi cuerpo se estremece ante la pérdida de su contacto, y cuando saca un objeto, lo único que puedo hacer es mirarlo fijamente.
Es largo, ligeramente curvado y parece estar hecho de esferas de cristal que se estrechan gradualmente de un extremo al otro. Su tamaño y forma no dejan lugar a dudas sobre su finalidad.
Trago saliva.
—¿Eso es…? ¿Es de cristal? Parece un poco… peligroso.
Él se ríe entre dientes.
—Es cristal templado. No se romperá. Pero te va a sentar muy muy bien.
Pasa la punta fría por mi piel ardiente, provocándome un escalofrío que me recorre la espalda. Cuando lo hace girar alrededor de mi entrada, se me escapa un gemido. Pero cuando la empuja lentamente hacia dentro, jadeo ante la sensación de su extremo liso, duro y redondeado abriéndome.
Si Roman no se hubiera puesto entre mis muslos, mi reacción natural habría sido cerrarlos de golpe. Pero como confío en él, inspiro hondo y me relajo. Al instante, mi cuerpo empieza a adaptarse mientras mis terminaciones nerviosas vuelven a cobrar vida.
Con su atención fija en mi sexo, saca el juguete de cristal lentamente y luego lo vuelve a meter, y sus frías estrías me rozan deliciosamente el interior.
Pongo los ojos en blanco. Dios, voy a perder la cabeza.
—¿Por qué no me dijiste que pensabas mudarte?