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C hloe
Abro la puerta principal y, cuando me llega el delicioso aroma de los espaguetis a la boloñesa de Carol, que se han convertido rápidamente en la comida favorita de mi padre, no puedo evitar sonreír.
Paso junto al hueco vacío de la pared. Todavía me resulta extraño no ver su cuadro colgado ahí cuando llego a casa cada día.
En la cocina, Carol está moviendo el esqueleto delante de los fogones mientras mi padre habla por teléfono.
Cuando cuelga, se vuelve hacia mí con los ojos brillantes.
—Ha llamado la galería. Alguien ha alquilado mi cuadro, con opción a compra.
Me invaden emociones contradictorias: alegría por él y un poco de tristeza por mí. Por maravilloso que sea, esto significa que quizá vaya a perder una parte importante de mi historia.
Niego con la cabeza y alejo ese pensamiento, decidida a concentrarme en el lado positivo. Le doy un abrazo y un beso en la mejilla.
—Es maravilloso. ¿Por cuánto lo alquilan?
—Aún no lo sé. Me enviarán los detalles en breve. Pero el dueño de la galería dice que es una cantidad considerable.
—Entonces, quizá deberíamos celebrarlo con una comida deliciosa y una copa de vino.
La noticia y la increíble cena son casi suficientes para aliviar el sordo dolor en mi pecho durante una hora más o menos.
Después de recoger, me retiro a mi habitación y preparo un lienzo nuevo. Además de comprar algunos propios, he repuesto los dos que le quité a mi padre. Ha vuelto a dibujar y, con un poco de suerte, no tardará mucho en estar listo para pintar.
Mis retratos terminados están apoyados contra la pared. Tengo que llevarle el de Christopher a Lola, pero no sé muy bien qué hacer con el de Roman. Me hace daño mirarlo, pero al mismo tiempo, la felicidad de su expresión me llena de calidez.
¿Qué estará haciendo ahora mismo? ¿Piensa en mí tan a menudo como yo pienso en él? ¿Cómo va la adquisición de EcoTech? Espero que esté sonriendo, esté donde esté y haga lo que haga.
Pongo una selección de pinturas sobre mi paleta y cojo el pincel. Más que pintar a alguien en concreto, me centro en relajarme. Por ahora, quiero perderme en la pasión a la que renuncié hace tantos años.
Remolinos de plata y amarillo, rosa pálido y gris claro se abren paso sobre el lienzo. Cuanto más pinto, más fácil se vuelve. A medida que la imagen toma forma, mi mano vacila y se me hace un nudo en la garganta.
Dejo el pincel y me quedo mirando el rostro que tengo delante. Es el rostro de un niño, de un chico. Uno con el pelo rubio claro y los ojos del color de los de un lobo. Una mezcla de mi rostro y el de Roman. Un nuevo sueño que no sustituye al antiguo: solo se suma a él.
Me siento en la cama; una lágrima brota de mis ojos y siento su calor cuando se desliza por mi mejilla.
Dios, quiero este nuevo sueño. Amar a Roman y ser amada por él.
La alegría de pintar. Un día, quizá incluso la alegría de crear una nueva vida, una cuyos días estén llenos de amor y felicidad y de toda la seguridad que podamos proporcionarle.
Cojo el teléfono y busco el número de Roman. Mi pulgar se cierne sobre el botón verde para iniciar la llamada, pero, cuando derramo más lágrimas, bloqueo la pantalla y tiro el teléfono sobre la cama.
¿Por qué el amor tiene que hacer tanto daño? ¿Por qué no puedo tenderle la mano y acortar la distancia que nos separa?
Me desplomo sobre la cama, fijándome en el rostro que acabo de pintar. En este momento, todo se aclara.
No quiero un amor que se esconda en las sombras. Y no estoy segura de si Roman estará alguna vez dispuesto a amarme a la luz del día.
Vuelve a llover. El paraguas ayuda, pero a mitad de camino de la parada de autobús a casa, tengo los zapatos empapados.
Al acercarme a nuestro bloque de apartamentos, veo a alguien sentado en los escalones de la entrada.
Un hombre. Frunzo el ceño, confundida, y entonces mi pulso se acelera.
¿Se habrá quedado mi padre fuera de casa?
Acelero el paso, pero enseguida me doy cuenta de que la persona que espera es demasiado grande para ser él.
Cuanto más me acerco, más rápido me late el corazón. El pelo oscuro de Roman está mojado y lo tiene sobre los ojos; la camisa blanca se le pega al pecho y transparenta todo. Está sentado con las piernas dobladas, los antebrazos apoyados en las rodillas y la cabeza gacha.
—¿Roman? —Al oír mi voz, levanta la cabeza de golpe y se pone de pie. Tener sus ojos fijos en mí por primera vez en cuatro semanas hace que regrese el cosquilleo en el vientre. Doy un paso vacilante hacia él, incapaz de no devorarlo con la vista—. ¿Qué haces aquí?
Parece ser que él tiene el mismo problema que yo; recorre lentamente mis rasgos con la mirada, como si estuviera memorizando cada detalle.
—Tengo algo para ti.
Con esas palabras, se desvanece la esperanza de que esté aquí para confesarme su amor eterno y suplicarme que vuelva.
Inspiro hondo, armándome de valor.
—¿Qué es?
Coge un paquete envuelto en plástico de los escalones y se acerca para tendérmelo. Cuando alargo la mano para cogerlo, sus dedos rozan los míos y un cosquilleo de calor me recorre el brazo.
—Es mi entrevista en Forbes —dice. Por fin miro el paquete y veo una revista bajo el plástico transparente. Levanto la cabeza hacia él, confundida—. Me gustaría que la leyeras. —Sin esperar mi respuesta, pasa a mi lado.
Lo detengo poniendo una mano en su brazo y mis dedos se cierran sobre la tela húmeda. Su piel está caliente; puedo notarlo incluso a través de la camisa mojada.
—¿Cómo estás? —le pregunto en voz baja.
—Espero estar mejor pronto.
Pensaba que tal vez me diría que se ha sentido muy mal sin mí, igual que yo me siento muy mal sin él. Pero ante su respuesta, el corazón se me encoge en el pecho. ¿Es su forma de hacerme saber que ha pasado página?
Trago saliva y asiento, haciendo todo lo posible por ocultar la punzada de dolor que me atraviesa.
—Eso está… bien.
Me observa un instante y luego me aparta un mechón de pelo de la mejilla. El gesto me resulta tan familiar, tan íntimo, que siento cómo se calienta mi piel.
—Lee la entrevista, Chloe —murmura—. Espero que te guste.
Y entonces, con la leve sombra de una sonrisa, se marcha a zancadas por la calle hacia su coche. Hasta ahora no me había dado cuenta de que estaba aparcado allí. Podría haberse quedado dentro, al calor y seco, mientras me esperaba. En cambio, se ha sentado aquí fuera, bajo la lluvia.
Me invade una sensación de calidez aún mayor.
Me aferro al envoltorio de plástico húmedo que protege la revista y entro en el edificio.
Me resulta imposible ignorar la necesidad de saber por qué Roman ha insistido en que leyera su entrevista para Forbes .
Yo estaba allí cuando se la hicieron; ¿qué quiere que vea?
Tras abrir la puerta del apartamento, llamo a mi padre y a Carol, pero no hay respuesta.
Cojo una toalla de papel para secar el plástico empapado y luego me apresuro a ir a mi dormitorio. Después de cambiarme la ropa de trabajo por unos pantalones de yoga y una camiseta, me siento con las piernas cruzadas sobre la cama y saco la revista del plástico con el corazón acelerado.
Siento una dolorosa opresión en el pecho mientras estudio el primer plano del rostro de Roman en la portada. Dios, es increíblemente guapo: esos ojos penetrantes que miran directamente a la cámara, la línea marcada de su mandíbula, la curva seductoramente masculina de sus labios.
Es tan perfecto que hace daño contemplarlo.
Hojeo la revista y localizo el artículo. Pero cuando veo la serie de fotos que la acompañan, se me corta la respiración.
Ahí está, de espaldas a la pared, en el vestíbulo del King Plaza.
Con las manos descansando con naturalidad en los bolsillos del pantalón de su traje gris carbón impecablemente confeccionado, irradia una confianza sin esfuerzo.
Y detrás de él, colgado en un lugar de honor, está el cuadro de mi padre.
La visión de mi padre de Manhattan despertando a un nuevo día.
Con las manos temblorosas, empiezo a leer.
El artículo —«Rompiendo moldes: cómo Roman King está redefiniendo el éxito»—comienza con una visión general del ascenso de Roman a director ejecutivo y del controvertido legado de su padre. Le echo un vistazo rápido a la entrevista, ya que conozco las preguntas y las respuestas.
Pero hacia el final de la página, mis ojos se clavan en una nota en cursiva.
«La siguiente sección de la entrevista se realizó en una fecha posterior, tras unos acontecimientos que han tenido un impacto significativo en Roman King y su liderazgo en el King Group. Retomamos nuestra conversación para plasmar sus ideas y reflexiones durante este tiempo».
Se me seca la garganta mientras sigo leyendo.
«Entrevistador : Gracias por hablar con nosotros de nuevo, Roman. Tras el fallecimiento de tu padre, ¿cómo ves el renovado escrutinio en torno a su legado y su impacto en tu liderazgo?
Roman: No hay duda de que el legado de mi padre es complicado.
Me ha enseñado valiosas lecciones, algunas a través de sus éxitos, pero sobre todo a través de sus errores.
Ahora me centro en construir algo nuevo: una empresa que valore la integridad y la innovación tanto como los beneficios.
No estamos borrando el pasado, sino utilizándolo para forjar un futuro mejor».
Trago saliva con dificultad y agarro con fuerza la revista mientras la tensión en mi pecho se intensifica.
«Entr evistador : Los medios de comunicación siguen estableciendo paralelismos entre usted y su padre. ¿Cómo responde a eso?
Roman: Las comparaciones son inevitables, pero poco acertadas.
He aprendido de los errores de mi padre y ahora estoy forjando mi propio camino.
La transparencia no se limita a los negocios: se trata de ser honrado en todos los ámbitos de la vida.
Así es como se construye la confianza, y eso es lo que más me importa.
El éxito en los negocios no tiene por qué conseguirse a costa de los valores personales.
Entrevistador : Últimamente se ha especulado mucho en los medios sobre su vida personal. ¿Cómo responde a ese escrutinio y cómo concilia los asuntos personales con su papel de liderazgo?
Roman: Las relaciones, especialmente las significativas, nos definen como personas.
He aprendido que intentar separar la integridad personal del liderazgo profesional es un error.
Las personas que elegimos tener a nuestro lado influyen de manera poderosa en nuestros valores y decisiones.
Sí, tengo una relación. Aunque prefiero mantener los detalles en privado, por razones obvias, no quiero negarla —o a negar su importancia en mi vida—.
Es una conexión basada en el respeto y el entendimiento mutuos, y es algo por lo que estoy profundamente agradecido».
Un escalofrío me recorre el cuerpo. No solo ha reconocido nuestra relación, sino que la ha reivindicado públicamente.
«Entrevistador : El cuadro que hay detrás de usted llama la atención. ¿Por qué lo ha elegido como fondo para esta entrevista?
Roman: Porque es más que una simple obra de arte.
Simboliza los nuevos comienzos y las posibilidades que estos ofrecen.
Cada nuevo día es una oportunidad para redefinirnos, independientemente de los errores y los retos que hayamos afrontado anteriormente.
Este cuadro encarna el potencial de transformación, un tema que espero que tanto yo como el King Group sigamos demostrando.
Entr e vistador : ¿Qué les depara el futuro a usted y al Grupo King?
Roman: En el aspecto profesional mi objetivo es conducir a nuestra empresa hacia un futuro en el que demos ejemplo en materia de sostenibilidad y ética.
En el plano personal, las experiencias recientes me han enseñado el inestimable papel que desempeñan las conexiones humanas genuinas.
Ser fiel a mí mismo y valorar a quienes me rodean: me gusta pensar que ahí radica la verdadera diferencia entre mi padre y yo».
Dios mío.
La revista cae sobre mi regazo y el corazón casi me estalla en el pecho. Le ha contado al mundo lo nuestro, ha sacado a la luz nuestra relación para que todos la vean. Y ha alquilado el cuadro de mi padre y le ha dado un lugar de honor en la sede del King Group.
Tengo la cabeza y el corazón tan acelerados que apenas puedo pensar. Lo único que sé es que tengo que verlo.
Ahora mismo.
Salto de la cama, me pongo unas zapatillas y cojo la revista. La puerta principal se abre justo cuando salgo de mi habitación, y entran Carol y mi padre.
La cara de mi padre se ilumina al verme.
—Hoy he descubierto quién ha alquilado mi cuadro. Bueno, en realidad ya lo ha comprado. Nunca adivinarás quién ha sido.
—Roman.
Parpadea y no puedo evitar soltar una risa un poco histérica. — Le tiendo la revista—. Tengo que irme, pero deberías leer esto. —Abraza rápidamente a Carol, que tiene un aspecto muy alegre, y le doy un beso en la mejilla—. Volveré pronto.
—No te apresures. —Me guiña un ojo con complicidad.
Solo cuando la lluvia me moja la cara me doy cuenta de que no he cogido el paraguas. Pero no voy a ir a por él. Mis ganas de ver a Roman, de volver a tocarlo, son demasiado fuertes. Solo espero no perder el autobús.