55
C hloe
Doy unas pinceladas de color oscuro sobre el lienzo; en él, un mechón de pelo se desliza sobre unos ojos de color gris pálido, enmarcados por arrugas de expresión. Al echarme hacia atrás para inspeccionar mi obra, el corazón me late con fuerza en el pecho, angustiado.
Ha pasado una semana desde que me fui de King Plaza.
Desde que me alejé de Roman. Me envió un mensaje esa primera noche, pero yo estaba demasiado confundida y sentía demasiadas emociones contradictorias como para hablar.
Le volví a decir que deberíamos tomarnos un tiempo separados y parece que se ha tomado mis palabras en serio. Y lo odio.
Odio no hablar con él, odio no verlo todos los días y odio la distancia que nos separa. Pero más que todo eso, odio ser un secreto que él tiene que proteger. No quiero ser un riesgo para sus objetivos, y ya no puedo seguir esperando, confiando en que sus prioridades cambien.
Sí, puedo encontrar otro trabajo. Si lo hago, entonces, quizá, tras un tiempo para que el mundo olvide que alguna vez fui su asistente, él estaría de acuerdo en sacar a la luz nuestra relación.
Pero no sé si alguna vez me sentiría completamente segura de su solidez, sabiendo que él siempre pondrá al King Group en primer lugar.
Trabajar en Wright Construction ha sido…
diferente. Desempeño un puesto similar, pero a las órdenes de uno de sus vicepresidentes.
Cuando Ethan se pasó por allí el primer día, nuestra conversación fue un poco incómoda, teniendo en cuenta cómo terminó nuestra única cita.
Pero, al parecer, tiene una nueva relación y es feliz, así que lo superamos bastante rápido.
También echo de menos ver a Sophie. La última vez que hablamos me dijo que la versión oficial es que me trasladaron para que una persona del King Group que estuviera familiarizada con el proyecto conjunto pudiera estar disponible para servir de apoyo.
No estoy segura de cuánta gente se lo cree en realidad.
Limpio el pincel en un trapo viejo, lo dejo a un lado y salgo de mi habitación.
Cuando entro en la cocina, me encuentro a mi padre y a Carol enlazados en un abrazo y me freno en seco.
No se dan cuenta de mi presencia al principio, pero cuando carraspeo, se separan de un salto. Casi me echo a reír al ver la expresión de mi padre. Parece un adolescente al que su madre ha pillado in fraganti.
Y me cruzo de brazos para interpretar ese papel.
—¿Os importaría darme una explicación?
—No es lo que parece —dice él.
Eso me saca de quicio y se me escapa una risita.
Carol se tapa la cara con las manos y estalla en una carcajada.
—¡Por favor, no nos castigues!
Su risa es tan contagiosa que me hace reír a mí también. A pesar del dolor que siento en el pecho, verlos a los dos juntos me hace feliz.
Él nos mira a las dos con el ceño fruncido.
—¿No estás enfadada?
Recupero el aliento.
—¿Por qué iba a estarlo?
—Porque hemos estado solos los dos durante mucho tiempo. —Inspira hondo y suelta el aire—. Esperaba que no fuera un shock tan grande porque parecías ir muy en serio con tu misterioso novio.
Se me encoge el corazón.
—La verdad es que… —titubeo—. No sé cómo va a terminar todo eso. —Las caras de mi padre y de Carol se ensombrecen.
—¿Qué ha pasado, cariño? —pregunta él.
No puedo entrar en detalles ahora mismo, al menos, si pretendo no derrumbarme.
—Ya sabes… Tenemos prioridades diferentes.
—¿Tiene esto algo que ver con tu nuevo trabajo?
No puedo disimular mi cara de susto.
Ellos se miran y Carol me dedica una sonrisa comprensiva.
—Voy a poner la tetera.
Cuando se va a la cocina, mi padre se acerca y me abraza.
—Vi cómo os mirabais. No era difícil adivinar quién te hacía brillar.
Me pican los ojos.
—¿Estás enfadado?
Enarca las cejas.
—No. ¿Por qué iba a estarlo?
—Porque me he liado con mi jefe. Porque he puesto en riesgo mi trabajo. He puesto en riesgo mi capacidad para pagar tu tratamiento.
—Ay, cariño… —Suspira, me coge de la mano y me lleva hasta la mesa—.
Ya era hora de que empezaras a arriesgarte.
Es culpa mía que hasta ahora te hayas mostrado reacia a hacerlo.
—Niego con la cabeza, pero él levanta la mano para detenerme—.
Lo es. Confié en ti cuando eras demasiado joven para esa responsabilidad.
Y lo he seguido haciendo desde entonces.
Es hora de que te arriesgues, de que abras tus alas y vueles alto.
Quiero que sigas tus sueños, sean cuales sean, o con quienquiera que sea.
Un nudo de emoción me estrangula la garganta.
—¿Cómo sabes si vale la pena correr un riesgo?
Su mirada se desenfoca por un momento antes de posarse en Carol, que se mueve por la cocina.
—Yo diría que, si hay siquiera una pequeña posibilidad de alcanzar la verdadera felicidad, debes ir a por ella.
La vida es demasiado corta para dejar escapar algo tan valioso.
—Cuando vuelve a mirarme, no puedo evitar dedicarle una sonrisa temblorosa.
A pesar de lo angustiosos que son mis días, me reconforta verlo tan satisfecho—. ¿Te hace feliz?
—Sí —suspiro—. Pero no estoy segura de si a él le ocurre lo mismo conmigo. O, al menos, si es bastante.
Frunce el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Por un momento, me quedo en silencio, ordenando mis pensamientos y observando cómo Carol coloca una bandeja con tres tazas de té sobre la mesa y pone una delante de mí, para luego sentarse junto a mi padre.
—Gracias. —Le doy un sorbo para tranquilizarme, aún sin saber cómo expresar todas las emociones que se remueven en mi interior.
—¿Por qué crees que no le haces lo bastante feliz, cariño? — pregunta Carol.
La imagen de su expresión cuando lo dibujé se me graba en la mente, y me duele el corazón.
—Porque nuestras prioridades no son las mismas. El amor no es lo que más quiere en la vida.
Mi padre tensa la mandíbula.
—Si no está dispuesto a convertirte en su prioridad, no te merece.
Me pican los ojos. No debería sorprenderme su apoyo, pero me emociono de todos modos.
—Tiene sus razones, y son buenas. Es solo que no sé si son compatibles con las mías.
Me aprieta la mano.
—Siempre me tendrás a mí. Pase lo que pase. Igual que yo siempre te he tenido a ti. Y algún día conocerás a un hombre que se dará cuenta de que su mundo no gira alrededor del sol, sino al tuyo.
Le aprieto la mano a mi vez.
—Te quiero, papá. —Reclinándome en la silla, esbozo una débil sonrisa—. Entonces, ¿tengo que empezar a buscar un piso para mí sola?
Carol abre mucho los ojos y niega con la cabeza.
—Esta es tu casa, no la mía.
—Este siempre será tu hogar —dice mi padre—.
Pero ya has sacrificado demasiado por mí, cariño.
Es hora de que te pongas a ti misma en primer lugar.
Si deseas quedarte, quiero que estés aquí sin lugar a dudas.
Si quieres volver a disfrutar de ser joven y libre, te apoyaré al cien por cien.
Hagas lo que hagas, espero que sigas pintando.
Porque en las últimas semanas te he visto más feliz de lo que te había visto en mucho tiempo.
Asiento, aunque la verdad me oprime, pesada e ineludible. He vuelto a amar la pintura, pero mi felicidad tenía tanto que ver con Roman como con el arte. Y no sé muy bien cómo separar las dos cosas.
Le doy un sorbo a mi café y dejo escapar un suspiro de satisfacción.
Lola sonríe.
—Parece que era justo lo que necesitabas.
—De verdad que lo era.
—Me alegro mucho de que me hayas llamado. —Sophie se sienta frente a mí ante la pequeña mesa de madera, degustando su propio café.
La sonrisa que le dedico es diminuta pero sincera.
—Yo también.
Ya era hora de que mis dos mejores amigas se conocieran.
Cuando Lola me llamó y me dijo que Jamie se había ofrecido a cuidar de Christopher por la mañana para que pudiéramos ponernos al día en un brunch de chicas, le pregunté si podía invitar también a Sophie, sabiendo que se llevarían bien.
Sophie da otro sorbo y examina los pasteles de la mesa antes de elegir uno.
—Echo de menos ponernos al día durante el almuerzo. El otro día estaba tan desesperada por tener compañía que le pedí a Samson que me acompañara. Nunca más. Ese chico se pasó todo el rato hablando de lo increíble que es Cole y de que quiere ser como él algún día. Está locamente enamorado de él.
Lola y yo nos reímos, pero la expresión de Sophie se vuelve seria.
—¿Y tú cómo estás con todo esto? ¿Habéis hablado Roman y tú?
Aunque aún me hace daño hablar de él, poder abrirme a mis amigas es un alivio.
—Estoy bien. Y no, no hemos hablado. Necesitaba tiempo para ver las cosas en perspectiva.
—Tiene sentido —dice Lola.
—Pero no es fácil. —Trago saliva, deseando que el dolor que siento por dentro se calme—. Darte cuenta de que quizá no significabas tanto como creías para alguien es muy doloroso.
—¿De verdad crees que es así? —pregunta Sophie; apoya los codos en la mesa y se acerca más—. Sinceramente, al principio me sorprendió que Roman se lanzara a por ti. Para él, eso es toda una declaración de intenciones. No me puedo creer que no seas importante para él.
Recorro con el dedo la superficie lisa de mi taza, sin levantar la vista.
—Es solo que… No sé. Dejó claro que el King Group tiene que ser lo primero.
Entiendo su postura y por qué es tan importante para él, pero arriesgar mi corazón y mi sustento, esperando que eso cambie, que alguna vez anteponga el amor al trabajo…
—Niego con la cabeza—. En cualquier caso, él necesita centrarse en superar todo esto y no quiero complicarle más las cosas.
Sophie aprieta los labios y me mira fijamente antes de hablar con suavidad.
—No sé si se está concentrando muy bien, para ser sincera. Sí, se está volcando en la adquisición de EcoTech, pero parece… ausente. Como si estuviera allí, pero del todo no. Es obvio que no está bien. Incluso Tate parece preocupado.
Siento una punzada en el corazón.
—Lo echo de menos. Pero necesito protegerme. No quiero ser un secreto que él le oculte al mundo. Y menos aún uno que ponga en peligro todo por lo que ha estado trabajando toda su vida. Quiero más. Necesito más.
—Y también te mereces más. —Lola arquea una ceja y hunde los dientes en un croissant .
Sophie coge su bollo danés y le da un mordisco a una esquina.
—No es justo cómo han salido las cosas.
—No es justo. —Lola deja el pastelito sobre la mesa y se limpia las manos con la servilleta—.
Pero quizá esta sea una oportunidad para volver a encontrarte a ti misma.
Ahora que tu padre se encuentra mejor y que Carol forma parte de su vida, es el momento perfecto para averiguar qué quieres hacer con tu tiempo.
Lo que de verdad quieres hacer en vez de lo que crees que deberías hacer.
Y has vuelto a pintar. Ese es el lado positivo.
Me encanta el retrato de Christopher que estás haciendo.
Mi corazón se aligera un poco. Le envié una foto del progreso hace un par de días.
Estoy un poco oxidada, así que sin duda ha habido algo de prueba y error, pero de momento estoy contenta con el resultado.
Cuando pinto, me olvido de todos mis problemas.
Bueno, excepto cuando trabajo en mi retrato de Roman.
—Tienes razón —digo, haciendo todo lo posible por ignorar la punzada en el pecho—. Debo centrarme en lo que me hace feliz.
—Quizá esto sea el empujón que necesitas —dice ella—. ¿Has pensado en buscarte un piso propio?
—Podría ser un nuevo comienzo —interviene Sophie—. Quizá te ayude a que la tristeza por lo de Roman se alivie un poco. Si tiene que ser, saldrá bien. Pero, por ahora, puedes concentrarte en ti.
Le doy un golpecito al plato con un trozo de pastel que tengo delante.
—Ya lo he pensado, pero es demasiado pronto para mudarme.
Lo de mi padre con Carol es muy reciente y él aún tiene que mejorar más con la medicación.
Pero sí, si las cosas siguen yendo bien por ese lado, quizá me plantee buscar un piso propio.
Un sitio con mucha luz para poder montar un pequeño rincón de pintura.
Lola levanta su taza de café.
—Por los nuevos comienzos y por redescubrir viejos sueños.
Sophie también levanta la suya, sumándose al brindis.
—Por las mujeres fuertes que toman las riendas de su propio destino.
Yo hago lo mismo y hago chocar el borde de mi taza con las suyas, pero una caótica mezcla de emociones se arremolina en mi interior.
—Por la felicidad, sea cual sea la forma en que la encuentres.