54
R oman
—No quiero oír excusas. Hazlo y punto. —El hombre al otro lado del teléfono tartamudea en su intento de asegurarme que va a resolver el asunto.
Todo por lo que hemos estado trabajando —todo por lo que yo he estado trabajando— está dando sus frutos, pero en lugar de sentir satisfacción, no siento nada. Estoy entumecido.
Muevo el cuello y me obligo a no pensar en Chloe. Me mata saber que no está sentada en su escritorio, tras mi puerta. Que no va a entrar en mi despacho, a inundarlo con su presencia, su aroma embriagador, su calidez o su humor.
Que no estará en mi apartamento esta noche, en mi cama.
Hice lo correcto al trasladarla tras esos reportajes de la prensa sensacionalista.
A las pocas horas de mi decisión, nuestros abogados amenazaron con emprender acciones legales contra los tabloides.
Eso ayudó a calmar mis temores, pero no tanto como saber que no van a pillarnos con otro teleobjetivo.
Aunque ni siquiera ese alivio puede calmar el puñetero dolor incesante que siento en el pecho.
Porque, a pesar de su garantía de que la ruptura era temporal, no lo parece en absoluto. Parece un final.
Mi intercomunicador suena, y aunque sé que será Sophie en lugar de Chloe, mi corazón da un vuelco en una puta respuesta pavloviana. Pulso para contestar.
—¿Sí?
—Tus hermanos van de camino a la reunión. ¿Quieres que os traiga algo de comer?
—Gracias —digo—. ¿Podrías pedir un par de pizzas?
—¿Pizzas? —Su tono es de pura sorpresa.
Me reiría si mis malditas tendencias masoquistas no amenazaran con acabar conmigo.
—Phillip sabe a dónde ir y qué pedir.
—Vale, claro.
En cuestión de segundos, llegan mis hermanos. Me levanto y los acompaño hasta los sofás porque necesito apartarme de mi escritorio y de los recuerdos que me provoca.
Me siento en un sofá y ellos se acomodan en el otro.
—Son tiempos emocionantes —dice Tate.
Gruño en señal de asentimiento. Eso es todo lo emocionado que puedo mostrarme.
—Las cotizaciones bursátiles se están disparando —añade Cole.
—Bien.
—Nuestro padre ha vuelto de entre los muertos y va a llevar a cabo una adquisición —suelta Tate con naturalidad. —Entrecierro los ojos y resoplo. La risa que se le escapa suena demasiado fuerte en el silencio del lugar—. Solo quería asegurarme de que estás aquí, con nosotros.
—Estoy aquí. —Me paso los dedos por el pelo otra vez.
—¿De verdad? Porque parece que tu alma abandonó tu cuerpo el día que tomaste la decisión espectacularmente estúpida de enviar a Chloe lejos. —La voz de Cole es demasiado indiferente para mi gusto.
—¿Y qué debería haber hecho? —mascullo—. Con toda la atención puesta en nosotros, no tenía sentido darle a nadie munición extra.
—Entiendo que ver esas fotos fuera un shock, pero ¿crees que mandarla a otro sitio era la solución?
Todos los músculos de mi cuerpo se tensan.
—Lo último que necesitamos es otro escándalo.
—¿Crees que el que Roman King se haya enamorado por fin se consideraría un escándalo? ¿O crees que va a revelar que el director general del King Group es un ser humano y no un robot adicto al trabajo?
Suelto el aire con brusquedad.
—Las noticias dirían que el nuevo director general no es mejor que el anterior. Los medios me tacharían de depredador, como a papá. Todo el sector creería que en el King Group no ha cambiado nada, salvo el nombre que figura en el libro de cuentas de la empresa.
Tate suelta una carcajada.
—Eso no es cierto, y lo sabes.
Lo miro fijamente, con la ira ardiendo en mis entrañas.
—No puedo ser tan despreocupado como tú con estas cosas — le espeto—.
A nadie le importaba cuando tú ibas de fiesta en fiesta porque nadie te comparaba nunca con papá.
—Al instante, su expresión se ensombrece.
Joder. Me desplomo en la silla y suelto un largo suspiro—. Lo siento, Tate. No quería decir eso.
Se encoge de hombros y esboza una sonrisa.
—Nunca he dicho que no fueras un capullo. Pero eres nuestro capullo, así que…
Increíblemente, me encuentro correspondiendo a su sonrisa. Ese es mi hermano, rápido para perdonar, incluso a un capullo como yo. Excepto, por supuesto, a cualquiera que amenace a Violet. En ese caso el perdón no es una opción.
—Mira. —Me echo hacia delante y entrelazo las manos, con los antebrazos sobre las rodillas—. No es solo por la empresa. Ninguno de los dos dejaría que nadie hiciera daño a vuestras mujeres. No quiero que le hagan daño a Chloe. ¿Qué creéis que dirá la gente de ella?
Tate arquea una ceja.
—Supongo que eso depende de ti, ¿no?
Me paso las manos por la cara. Daría cualquier cosa por tener la mente tan clara y centrada como solía estar. Sin estar dividido entre prioridades contrapuestas.
Cole entrelaza las manos sobre el vientre y se reclina en su asiento.
—¿Qué te dijo ella cuando le anunciaste que la ibas a trasladar?
Mi cuerpo se tensa, como ocurre siempre que recuerdo la angustia en expresión.
—Que deberíamos tomarnos un descanso.
—¿Y eso no es lo que tú querías?
—No. Yo quería hacer control de daños. Ella sugirió un descanso para que pudiéramos «aclarar nuestras prioridades».
—¿Y cómo te sientes ante eso?
Joder. ¿Cuándo se ha convertido mi hermano en un puto psiquiatra?
—Me siento hecho una mierda. ¿Era eso lo que querías oír?
— Me paso las manos por el pelo y lo meso, regodeándome en el daño que me hago—.
Pero tengo que sacar adelante a la empresa en medio de todos estos grandes cambios.
Tenemos que capear estos próximos meses, y entonces Chloe y yo podremos sacar nuestra relación a la luz en nuestros propios términos.
—¿Y seguirá esperándote cuando todo eso suceda?
—pregunta Tate. Siento un nudo en el estómago.
La posibilidad de que no lo haga no es algo que quiera contemplar.
Apoya un tobillo sobre una rodilla y deja caer un brazo por el respaldo del sofá—.
Porque me parece que ya sabes cuál es tu prioridad. Y no parece que sea Chloe.