53
C hloe
Sophie se asoma por encima de mi hombro y las dos miramos fijamente la pantalla del ordenador.
—Chica, ¿por qué no me lo habías contado? —pregunta.
—Solo tiene la mano en mi espalda. —La debilidad de mi voz me delata, incluso a mis propios oídos.
Ella resopla.
—Hay una mano que se pone en la espalda por cortesía, y luego está eso. —Señala con el dedo la pantalla, enarcando las cejas—. Eso grita: «Es mía. Si te acercas a menos de un metro de ella, te rompo el brazo».
Echo atrás la cabeza y la miro con los ojos muy abiertos. A ella no le afecta ni lo más mínimo. Al contrario, se echa a reír, en absoluto molesta por que le haya ocultado este secreto.
—Venga ya. Sé que solo somos amigas del trabajo, pero creo que me he perdido un montón de cotilleos jugosos.
—No somos solo amigas del trabajo —digo, esbozando una pequeña sonrisa a pesar de mis nervios a flor de piel—. Dudo que hubiera sobrevivido a mi primer día aquí sin ti. Pero hay algunas cosas que no se pueden compartir, por mucho que uno quiera. Especialmente en el trabajo.
Ahora que parece que nuestro secreto podría haber salido a la luz, me invade una extraña mezcla de alivio y preocupación. Mentir me ha pasado factura —a los dos—, pero no es así como quería que acabara. ¿Qué hará Roman cuando vea esto? ¿Cómo se sentirá?
Sophie tararea, pensativa, y luego asiente.
—Lo entiendo. Entonces, ¿va en serio?
Me muerdo el labio inferior, con la mirada fija de nuevo en la foto.
—Creo que sí.
—¿Cuándo lo haréis público?
Suelto un largo suspiro y la ansiedad arraiga en mi estómago.
—Supongo que ya ha sucedido. Pero… todavía hay complicaciones.
Dios, espero que esto no afecte a la adquisición. Si perdemos, sobre todo frente a Roger Haverscombe, Roman se quedará destrozado.
Sophie deja escapar un resoplido comprensivo.
—Los hombres así siempre traen complicaciones. Dile lo que quieres, Chloe. Tus sentimientos son tan importantes como los suyos. No dejes de lado tus necesidades. Si se preocupa por ti, tiene que dar un paso al frente y demostrárselo al mundo.
Antes de que pueda responder, suena el intercomunicador y Roman me pide que le pase con Sean Prescott.
Sophie arquea una ceja al oír el nombre, pero no dice nada. Estaba segura de que Tate había venido a hablar con Roman sobre la prensa sensacionalista, sobre todo después del guiño que me hizo antes de entrar en su despacho, pero quizá solo se trataba de negocios.
Sophie ha sido quien ha encontrado las fotos y me las ha enseñado, pero quizá Roman aún no las haya visto.
Eso solo me pone más nerviosa.
Sophie me hace entrar en unos cuantos sitios más, y todos comparten la misma puñetera foto.
Tras varios clics, encontramos una diferente: una tomada cuando salíamos de esa misma reunión.
Trago saliva. Una vez más, no hay nada descaradamente inapropiado en cómo nos tocamos, pero ¿la forma en que le sonrío? Mi expresión delata todo lo que siento.
Ninguna mujer mira así a su jefe. A menos que haya algo más.
—Chica, lo tienes mal. —La voz de Sophie es más suave ahora.
La puerta del despacho de Roman se abre de par en par y Tate sale con el ceño fruncido. Su expresión cambia cuando me ve, aunque su sonrisa no se parece en nada a la habitual, que suele ser despreocupada.
La inquietud recorre mis venas.
Le hace un gesto a Sophie, que me da una palmadita en el hombro.
—Hablamos luego —susurra antes de salir corriendo tras él.
Mi corazón late con demasiada fuerza contra las costillas, una sensación que me recuerda de forma aterradora a la que sentí cuando Geoff me llamó para comunicarme mi despido hace unos meses.
Cinco minutos más tarde, Roman me llama de nuevo y me pide que vaya a su despacho. La ansiedad se desliza por mi torrente sanguíneo, densa y fría, e inspiro hondo para tranquilizarme antes de empujar la puerta y entrar.
Está sentado ante su escritorio, con la cabeza gacha y los hombros tensos. Para cuando me detengo frente a él, mis piernas ya están temblando.
Por fin, me mira, con sus ojos grises, normalmente claros, ensombrecidos.
—¿Estás bien? —logro preguntar con solo un ligero temblor en la voz—. He visto las fotos. Lo siento. Sé que esto es lo último que querías.
Se levanta y rodea el escritorio.
—No te disculpes. No has hecho nada malo.
—Cuando me pega a él, todos mis músculos se relajan y me hundo en su abrazo.
Pero por mucho que quiera quedarme así, no me demoro, demasiado consciente de la puerta abierta a mis espaldas.
Me acaricia los brazos de arriba abajo y siento el calor de sus grandes manos a través de la blusa—.
Obviamente, esto no es lo ideal. Habría preferido hacerlo público en nuestros propios términos para poder controlar el discurso mediático, pero, por suerte, no hay nada definitivo en esas fotos.
Así que, hasta que se calme el revuelo por la muerte de mi padre y los tabloides pierdan interés, te he conseguido un puesto en Wright Construction .
Te mantendrá alejada de los focos hasta que pueda gestionar la situación.
La ansiedad que recorre mis venas se convierte en hielo. ¿Qué?
—¿Me vas a trasladar?
Me mira fijamente a la cara, con las comisuras de los labios hacia abajo.
—Recibirás el mismo sueldo, y King Group seguirá cubriendo la asistencia domiciliaria de tu padre.
El suelo se mueve bajo mis pies. Me cuesta mucho no tropezar cuando doy un paso atrás para alejarme de él.
—Esa no es la cuestión. Dijiste que mi trabajo estaba a salvo.
Se pasa la mano por el pelo oscuro, con la frustración brillando en sus ojos.
—Lo está. Esto es temporal, solo hasta que se cierre la adquisición de EcoTech y las cosas se calmen. Los medios buscan un escándalo y no quiero que te veas envuelta en medio de todo esto.
Niego con la cabeza, tratando de entender su razonamiento. Pero las palabras de Katherine en la convención resuenan en mi mente, cortándome como fragmentos de cristal. La empresa siempre será la prioridad de Roman.
Siento unas náuseas que me dejan un ardor ácido en la garganta.
La sensación me resulta demasiado familiar.
Es como aquel día, hace años, en que me di cuenta de que mi madre se había ido y no iba a volver.
Como el momento en que descubrí que la enfermedad de mi padre significaba que ya no podría pintar nunca más.
O el día en que se cayó, cuando supe que ya no podría vivir solo.
Una vez más, el suelo está abriéndose bajo mis pies.
Para Roman, esto puede parecer una solución sencilla: nada más que chasquear los dedos, una medida temporal. Pero para mí, es la prueba de lo mucho que me he arriesgado. Dios, ¿cómo he podido ser tan estúpida? ¿Cómo he podido permitir que mi sueño de un futuro con él me cegara ante la realidad?
Esto podría ser el fin de nuestra relación.
Así, sin más. Una decisión tomada, una simple llamada telefónica, y se acabó.
No hemos asumido ningún compromiso. A pesar de sus garantías, nada le impide enviarme lejos para siempre.
Dice que mi sueldo seguirá siendo el mismo, pero ¿por cuánto tiempo?
Si ya no trabajo para él, y si ya no estamos juntos, ¿no sería muy fácil recortarme el sueldo?
Podría cambiar de opinión sobre mí en cualquier momento, y toda la seguridad y la estabilidad por las que me he esforzado tanto —por mi padre y por mí— se esfumarían, echadas a perder por el capricho de otra persona. Otra vez.
—Creo que… —El aire se me escapa entrecortado—. Creo que quizá deberíamos dar un paso atrás.
Frunce el ceño.
—¿Qué?
Me humedezco los labios; de repente, se me ha secado la garganta.
—Las cosas se han complicado. Si necesitas que acepte ese trabajo, lo haré. Pero quizá deberíamos hacer una pausa, darnos tiempo para averiguar qué es lo que queremos en realidad. Lo que necesitamos.
Da un paso adelante y traga saliva; la tensión irradia de cada línea de su cuerpo.
—Te quiero.
—Quizá sea así —susurro, con el corazón encogido—.
Pero ¿me necesitas? Porque hay cosas que yo sí necesito, Roman, y no sé si estás preparado para dármelas.
Si alguna vez lo estarás. —Se lleva las manos a la nuca, apretándolas con fuerza, y tensa los labios hasta formar una línea fina.
No responde—. Es temporal —repito las palabras que él ha usado hace unos minutos, pero suenan tan débiles como las suyas—.
Como este cambio. Quizá… quizá un descanso nos vendría bien.
Nos daría tiempo para averiguar qué es lo más importante.
—Un descanso —murmura, con la voz tensa y un músculo palpitando en su mandíbula—. Muy bien. Si eso es lo que quieres…
No lo es. En absoluto. Pero tampoco quiero la incertidumbre, la vulnerabilidad, la sensación de estar a su merced.
No puedo arriesgar todo por lo que he luchado sin una auténtica promesa sobre cuándo cambiarán las cosas —o incluso sobre si alguna vez lo harán—.
Sabía que este era el riesgo, y lo asumí, porque lo quería.
Ahora me aterra haber tomado la decisión equivocada.
A pesar del agudo dolor en el pecho, enderezo los hombros.
—Me hiciste prometer que si alguna vez dejaba de sentirme segura contigo, me pondría a mí misma en primer lugar.
Una oleada de angustia recorre su rostro.
—¿No te sientes segura?
Dios mío. ¿Es así como se supone que se siente ponerme a mí misma en primer lugar? ¿Como si me hubieran partido las costillas y me estuvieran vaciando por dentro?
Me planteo retractarme. No soporto hacerle daño. Pero antes de que pueda decidirme, se mete las manos en los bolsillos y da un paso atrás.
—Lo decía en serio —murmura—. Lo último que quiero es que te sientas así.
Aprieto los puños hasta clavarme las uñas en las palmas de las manos con tanta fuerza que me escuecen.
—¿A quién vas a buscar para sustituirme?
Niega enérgicamente con la cabeza.
—No he pensado tan a largo plazo. Sophie y Samson pueden encargarse de todo por ahora.
La opresión en mi garganta se vuelve casi insoportable, y el escozor en el fondo de mis ojos se intensifica. Está decidido. No va a cambiar de opinión. Darme cuenta de ello me sienta como un puñetazo.
—¿Cuándo empiezo en Wright Construction ?
—Mañana. —Sus ojos se clavan en los míos, llenos de cosas que no dice.
Asiento y suelto el aire, temblorosa.
—Entonces, acabaré la jornada. A menos que quieras que me vaya ya.
Me agarra por los brazos y me da un abrazo que casi me aplasta.
—No quiero que te vayas en absoluto.
Lo peor es que le creo. Pero por mucho que me desee, hará lo mejor para la empresa, tal y como Katherine dijo que haría.
Ni siquiera puedo enfadarme con él por ello.
Conozco sus prioridades desde el principio.
Aun así, de alguna manera, me convencí a mí misma de que tal vez podría cambiar por mí.
Pero incluso sin su padre, Roman sigue impulsado por la necesidad de demostrar que no se parece en nada a él.
No quiero interponerme en ese camino, por mucho daño que me haga.
—Lo sé. Y no quiero arriesgar todo por lo que has trabajado. —Le acaricio el pecho y pego a él la mejilla, pero los frenéticos latidos de su corazón no logran que el mío deje de dolerme tanto que apenas puedo respirar.
Durante unos pocos meses, aflojé el control sobre mis responsabilidades.
Pero no puedo quedarme de brazos cruzados esperando que alguien más cuide de mi padre y de mí.
Ese es mi trabajo. Siempre lo ha sido. Sin embargo, tampoco soy capaz de dejar ir por completo a Roman.
La idea de que se aleje para siempre —de que esto termine de una vez por todas— me hace sentir como si me estuvieran desgarrando por dentro.
Hace diez años, dejé a un lado el pincel y renuncié a ese sueño.
Ojalá supiera si hay alguna posibilidad de que pueda aferrarme a este.