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R oman
Han pasado tres días desde que murió mi padre. La noche que nos enteramos, mis hermanos y yo nos encontramos en casa de Cole para hablar de qué hacer. Organizamos el comunicado público, concertamos una rueda de prensa para el día siguiente y decidimos celebrar un funeral lo más íntimo posible.
Sigo sin saber cómo me siento. El hombre que proyectaba su sombra sobre todos nosotros se ha ido. Parece el remate de un chiste malo.
Llaman a la puerta y Chloe entra con su habitual elegancia silenciosa.
Quiero ir hacia ella, rodearla con mis brazos, besarla hasta que sea lo único que ocupe mi mente. Pero me contengo. Desde que mi padre murió, entre nosotros hay una distancia tácita. Una que no sé cómo salvar.
Solo tenemos que superar el funeral. Con suerte, una vez que la cobertura mediática de su muerte se calme, las cosas volverán a ser como antes.
Se acerca con elegancia hacia mí y me entrega una pila de periódicos.
—Aquí tienes todos los diarios que me has pedido.
Le acaricio la mano con el pulgar cuando los cojo.
—Gracias.
—¿Necesitas algo más?
Sí. Cierra la maldita puerta y déjame saborearte. Desnúdate y déjame adorar tu cuerpo; haré que grites mi nombre.
Pero eso no es lo que digo, porque el titular de la portada del periódico me ha llamado la atención.
—«El exdirector ejecutivo caído en desgracia muere en prisión, lo que ensombrece al Grupo King». —Rechino los dientes. Incluso muerto, encuentra la manera de fastidiarnos—. Eso es todo — murmuro, pasando a la siguiente página.
Apenas me doy cuenta del clic de la puerta mientras ojeo el segundo titular.
« L a familia K ing se enfrenta de nuevo al escrutinio público tras el fallecimiento de M axwell K ing ».
Me paso la mano por la cara.
Suena una notificación y aparto la vista de los titulares. Chloe me ha etiquetado en un correo: un mensaje de Forbes solicitando una entrevista de seguimiento para hablar de cómo está afectando a la empresa la muerte de mi padre.
Joder, genial.
Suena el interfono y la voz de Chloe se oye por el altavoz.
—Katherine King ha venido a verle, señor King. —Su voz es tan neutra que me hace daño.
¿Qué demonios hace ella aquí? Muevo la cabeza para aliviar la tensión que se ha instalado de forma permanente en mi cuello y mis hombros.
—Déjela pasar. —Escucharé lo que tiene que decir y luego la despediré.
Cierro los ojos e imagino a Chloe, utilizando esa imagen para centrarme. La deseo: su dulzura, su calma. Quiero despedir a mi exmujer y llamar a Chloe. Al diablo con mi norma de mantener la profesionalidad en la oficina.
Pero con los titulares de los periódicos dando vueltas en mi cabeza, reprimo ese impulso. Tengo que controlarme, recuperar algo del control del que solía enorgullecerme.
El escrutinio de los medios de comunicación, tanto sobre la empresa como sobre mí, será implacable en un futuro inmediato. Debería centrarme en minimizar el riesgo, no en complacer mi necesidad cada vez mayor de Chloe.
La puerta se abre de golpe y me arranca del curso de mis pensamientos. Mi exmujer entra con aire despreocupado, con un vestido demasiado corto y ceñido como para no ser deliberadamente provocativo.
Ni me molesto en levantarme.
—¿Qué quieres, Katherine?
Se hunde en la silla que está frente a mí, cruzando las piernas de una forma que busca llamar la atención.
—Me gustaría asistir al funeral.
Junto las yemas de los dedos y suelto el aire lentamente.
—¿Por qué? Hace años que no hablas con mi padre.
Ella resopla, aunque no hay verdadera pena en su expresión.
—Porque era mi suegro… y mi antiguo jefe.
—Por no mencionar que también era tu antiguo amante.
Se muerde el labio, con esa mirada de cervatillo que solía usar tan a menudo cuando nos conocimos, antes de que yo descubriera lo que se escondía tras esa máscara de inocencia.
—Ya te dije que fue un error. Uno del que llevo arrepintiéndome desde entonces.
—En ese caso, ¿quieres asistir al funeral de mi padre, donde te encontrarás cara a cara con su exmujer, la mujer a la que engañó contigo?
La irritación se refleja en sus ojos.
—Ella tampoco era precisamente una santa.
Niego con la cabeza, sin molestarme en ocultar mi desdén.
—¿Por qué quieres estar allí de verdad?
Endereza los hombros y me mira directamente a los ojos.
—Para mostrarte mi apoyo, por supuesto. Si no voy, llamará la atención sobre nuestra separación, que no fue precisamente amistosa. Eso es lo último que quieres ahora mismo, ¿no? He visto los periódicos. Estoy segura de que preferirías no darles a los medios más trapos sucios que desenterrar.
No me apetece discutir con ella. El funeral es solo una formalidad, de todos modos. Me da igual si Katherine aparece o no. Solo quiero que todo este circo termine de una vez.
—Está bien —digo—. Ven o no vengas. Me da exactamente igual. —No se marcha enseguida, como esperaba. Se queda ahí sentada, con las piernas cruzadas, estudiándome con sus grandes ojos marrones. Me rasco el puente de la nariz, con la irritación en aumento—. Estoy perdiendo la paciencia. ¿Qué quieres?
—Pasamos buenos momentos, ¿verdad?
La contemplo con severidad. No me interesa recordar el pasado.
Ahora que tengo a Chloe, no puedo entender cómo me enamoré de la falsedad de Katherine.
Chloe es auténtica. Todo lo que hace sale directamente de su corazón y eso es lo que más me gusta de ella.
Al mismo tiempo, odio que eso la haga vulnerable.
Toda la agitación de mi vida tiene el potencial de hacerle daño y eso es lo último que quiero. El renovado interés de mi exmujer por mí no hace más que acentuar mis preocupaciones.
Me levanto y rodeo mi escritorio. Katherine se anima, como si pensara que estoy a punto de abrazarla, pero yo me limito a pasar de largo.
—Hemos terminado aquí. —Abro la puerta y me aparto.
Con un suspiro, se levanta y se acerca. Se detiene frente a mí y me pone una mano en el brazo.
—Nos vemos en el funeral, cariño.
Me quedo paralizado ante su contacto, pero antes de que pueda apartarme, ya se ha ido; pasa rápidamente junto al escritorio de Chloe.
Chloe busca mi mirada, pero solo por un instante, antes de bajar la cabeza y concentrarse en la pantalla de su ordenador.
La brecha que se ha ido abriendo entre nosotros en los últimos días es más evidente por su silencio.
Me hace daño saber lo que le debe de haber parecido la visita de Katherine.
Y me molesta aún más saber que existe la posibilidad de que eso haya hecho que Chloe se sienta insegura.
—¿Podemos hablar en mi despacho?
Sus ojos vuelven a los míos y me dedica una sonrisa tensa.
—Por supuesto. —Con un aire de perfecta profesionalidad, se levanta, coge su bloc de notas y viene hacia mí.
No me aparto cuando pasa, así que su hombro me roza el brazo.
Reprimo una sonrisa ante la ligera elevación de su barbilla. No quiero que sufra, pero tampoco puedo negar que me gusta la idea de que esté celosa… siempre y cuando tenga la oportunidad de tranquilizarla.
Cierro la puerta tras ella y echo la llave Al oír el clic, se da la vuelta de un salto, con la boca entreabierta por la sorpresa.
—¿Qué estás haciendo?
Me acerco a ella con paso firme. Estrecha el bloc de notas contra su estómago, con las manos aferradas a él.
Pongo dos dedos bajo su barbilla y hago que levante la cara hacia la mía.
—Dime lo que sientes.
Traga saliva de forma audible.
—No siento nada.
Le acaricio la mandíbula con el pulgar.
—No creo que eso sea cierto. Acabas de ver a mi exmujer salir de mi oficina, tocarme, llamarme «cariño». Sé cómo me sentiría yo si los papeles se invirtieran.
Ella inspira hondo y echa los hombros hacia atrás.
—Odio no poder ir contigo al funeral, pero a tu exmujer sí le está permitido estar allí. Ella puede apoyarte públicamente. Se le permite tocarte y llamarte «cariño» donde cualquiera pueda verlo. —Aunque su voz se mantiene firme, el ligero temblor de su labio inferior la delata.
Joder. Cierro los ojos un instante, sintiendo el peso de lo que le he hecho pasar.
Tiene razón. Katherine puede hacer todas esas cosas y ella no. Me mata estar poniéndola en esta situación.
—Es una cuestión de percepción. Eso es todo. Y no será para siempre, cariño. Te lo prometo.
—Lo sé. —Deja escapar un suspiro tembloroso—. Eso no lo hace más fácil. Quiero estar ahí para ti. Me lastima no poder hacerlo. —Aplacada, se concentra en el espacio que nos separa—. Lo siento. No debería ponértelo más difícil.
—Eso es lo último que estás haciendo. —La agarro de la nuca y la pego a mí hasta que vuelve a mirarme a los ojos—. No has empeorado ni una sola cosa desde el día en que entraste en este edificio. Yo también te quiero ahí conmigo. Encontraré la manera de que eso suceda, ¿vale?
El destello de duda que veo en sus ojos hace que una dura piedra de culpa se me revuelva en las entrañas. Esa duda es culpa mía.
La beso, con fuerza. Su libreta cae al suelo entre nosotros, olvidada, mientras ella me rodea con sus brazos y corresponde al beso.
A pesar de mi anterior convicción de no ceder a mi necesidad de ella, no puedo evitar levantarla y sentarla en mi silla.
Jadeando, se agarra a los reposabrazos de cuero.
—¿Qué estás haciendo?
—Necesito saborearte de nuevo. —Me arrodillo—. Cállate y deja que te haga sentir bien.
Le subo la falda hasta las caderas y luego le separo los muslos, disfrutando de su brusca inspiración. Lleva las bonitas bragas que le compré para reemplazar las que rompí la noche que follamos aquí.
Tiro de la tela hacia un lado, dejando al descubierto su apetecible sexo.
—Roman —sisea—. Creía que no querías…
Deslizo la lengua por su suave piel y sus palabras se truncan. Le lamo el clítoris una y otra vez. No puedo tomarme mi tiempo con ella como me gustaría, pero no tengo ninguna duda de que puedo hacer que se corra en menos de cinco minutos.
Hundo la cabeza entre sus piernas y su sabor inunda mi paladar mientras le chupo el clítoris. Contonea las caderas, deja escapar un grito ahogado, y ese sonido me anima a seguir.
Redoblo mis esfuerzos, gimiendo, chupando, saboreándola, provocándola. Con las manos aferradas a sus muslos, la pego con más fuerza a mi cara. No puedo acercarme lo suficiente.
Consciente de que el tiempo se acaba, me obligo a concentrarme en su clítoris, alternando entre lamerlo y succionarlo entre mis labios. Luego deslizo mis dedos dentro de ella, y sin dejar de acariciarla, los doblo en su interior.
—Dios mío, Roman.
Incluso ahora se acuerda de mantener la voz baja. Una parte de mí desearía que no lo hiciera. Una parte de mí quiere reclamarla como mía aquí y ahora, y hacer que el mundo lo sepa al hacerla gritar mi nombre.
—Eres tan estrecha… —Deslizo mis dedos dentro y fuera—.
Tan perfecta, joder… —Su sexo se contrae a mi alrededor y ella se retuerce en mi silla, con la excitación goteando sobre el cuero entre sus piernas—.
Eso es, cariño. Empapa mi cara, empapa mi silla.
Te quiero por todas partes, por todo mi puto despacho.
—Le meto otro dedo y le acaricio el clítoris con fuerza y rapidez.
Sus caderas se sacuden y se corre entre jadeos entrecortados. Gimo; el sonido vibra en lo más profundo de mi pecho, pero no dejo de estimularla durante el orgasmo hasta que se queda flácida.
Lamo sus labios y mis dedos hasta dejarlos limpios, luego le rodeo la nuca con la mano y hago que se acerque a mí para besarla; deslizo mi lengua en su boca para que pueda saborear lo deliciosa que es.
Cuando ella se aferra a mi camisa, me permito olvidar, solo por un momento, que me importa algo en esta vida aparte de ella.