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C hloe
Dejo escapar un suspiro, con los pies apoyados en el regazo de Roman. Hay puesta una película en su enorme televisor y él alterna entre responder correos en su teléfono y darme un masaje en los pies. La vida no puede ser mucho mejor que esto.
Hace una semana que me di cuenta: estoy enamorada de él.
Y desde entonces, cada día le doy vueltas en la cabeza a qué hacer al respecto.
¿Debería decírselo? Aparte de tener que mantener nuestra relación en secreto, estar con él es maravilloso.
Pero ¿admitir lo que siento cambiará las cosas?
Nunca le he dicho esas palabras a un hombre antes, y todo este secretismo lo complica todo.
Sobre todo, no tengo ni idea de si él siente lo mismo.
Sí, se pone posesivo. No le gusta cuando David se acerca a mi mesa y se insinúa.
Dice que está obsesionado conmigo y siempre quiere tocarme.
Pero ¿qué significa todo eso para el futuro?
¿Qué piensa él sobre un compromiso a largo plazo? ¿Sobre el matrimonio? ¿Sobre los hijos?
Me da demasiado miedo preguntárselo.
Lo que sí sé es que su prioridad es guiar a la empresa a través de los cambios que se avecinan, y la adquisición de EcoTech es una parte importante de eso.
Nadie puede saber nada de lo nuestro hasta que el asunto esté cerrado.
Así que no he sacado el tema de hacer pública nuestra relación.
Solo desearía que estar juntos no me pareciera como si estuviera poniendo todo su arduo trabajo en riesgo.
Más que nada, ojalá su padre no hubiera sido tan capullo. Ojalá no hubiera tomado la hermosa alma de Roman y la hubiera retorcido hasta obligarlo a levantar un muro a su alrededor.
El hombre en cuestión se da cuenta de que lo estoy mirando, y una sonrisa pícara se dibuja en sus seductores labios.
—¿Te aburre la película?
Parpadeo con una sonrisa traviesa de mi propia cosecha.
—Es que no puedo dejar de mirar a mi guapo jefe.
Sus ojos se oscurecen y deja el teléfono.
—Ven aquí, cariño.
Sin dudarlo, me siento a horcajadas sobre su regazo, mirándole a los ojos. Esos ojos grises que antes me parecían tan fríos y que ahora están llenos de deseo.
Me besa, y es ardiente y tierno a la vez. Igual que él.
Muevo las caderas, saboreando su profundo gemido y la forma en que se hincha, duro y listo, debajo de mí. Con las manos hundidas en mi pelo, me mueve la cabeza, para tener mejor acceso. Gimo contra sus labios y la anticipación cobra vida dentro de mí.
El estridente timbre de su teléfono me sobresalta y me aparto.
—Ignóralo.
Esas simples palabras me provocan un escalofrío. Saber que ignorará una llamada de trabajo por mí me hace más feliz de lo que debería. Pero cuando suena por segunda vez, suspiro y me relajo sobre sus muslos. Si es urgente, tiene que contestar.
—¿Qué quieres, Cole? —Me agarra por las caderas, impaciente por volver a lo que estábamos haciendo.
Como tengo ganas de jugar, le lleno la mandíbula de besos. Me da una palmada en el trasero, pero eso solo me hace sonreír y seguir adelante.
Entonces su cuerpo se tensa de la cabeza a los pies. Me detengo de inmediato y me aparto para estudiar su rostro.
La repentina tensión en su expresión me provoca una oleada de inquietud.
—¿Cómo ha pasado? —pregunta en voz baja.
Busco en su rostro alguna pista de lo que ha salido mal.
¿Es EcoTech? O peor aún, ¿le ha pasado algo a alguno de sus hermanos o a su madre?
Su expresión no delata nada; solo baja ligeramente la barbilla mientras escucha.
Luego gruñe como en señal de asentimiento—. Estaré ahí tan pronto como pueda.
En cuanto cuelga, le paso las manos por los músculos de los hombros, tratando de calmarlo.
—¿Qué pasa?
En lugar de responder, hace que me baje de su regazo y me siente en el sofá; se levanta y se pone a dar vueltas.
La inquietud que sentía antes se convierte en un nudo en mi pecho a medida que se aleja de mí. Es egoísta, pero si está molesto, quiero que necesite tenerme cerca, no apartarme.
Por fin, se da la vuelta, entrelazando los dedos detrás de la nuca.
—Mi padre ha tenido un infarto en la cárcel.
Me enderezo, con un nudo en el estómago.
—¿Está bien?
Aprieta los labios y niega con la cabeza.
—Lo han declarado muerto al llegar al hospital.
—Ay, Roman. —Me acerco corriendo y lo abrazo con fuerza.
Su relación nunca había sido buena y, sí, ese hombre era un criminal y un capullo, pero seguía siendo su padre. Su cuerpo permanece tenso y, aunque corresponde a mi abrazo, no se relaja contra mí. Le acaricio la espalda y estiro el cuello para mirarlo—. ¿Estás bien?
Su expresión es distante.
—¿Por qué no iba a estarlo?
Le toco la mejilla con suavidad para obligarlo a centrarse en mí.
—Porque tu padre ha muerto. Independientemente de lo que sientas por él, es un shock . Está bien estar triste.
Me mira fijamente durante un largo rato, y la tensión alrededor de sus ojos se suaviza un poco. Cuando por fin me acerco más a él y apoya la barbilla en mi cabeza, suelto un silencioso suspiro de alivio.
—No sé cómo coño sentirme. No debería sentir nada, pero… —Sus brazos me estrechan con más fuerza—. Sea lo que sea esto, no es eso.
Apoyo la cabeza contra su pecho, escuchando los rápidos latidos de su corazón.
—No tienes que averiguarlo ahora. Solo ten claro que estoy aquí, para lo que necesites.
Me levanta la barbilla, roza mis labios con los suyos, y vocaliza un «Gracias» silencioso.
—Tengo que ir a casa de Cole. La familia se va a encontrar allí para hablar de lo que hay que hacer a continuación. Le diré a Phillip que te lleve a casa.
Me cuesta, pero lucho contra el impulso instintivo de reaccionar. Por supuesto que no puedo ir con él. Nadie sabe nada de lo nuestro, ni siquiera su familia. Así que no puedo estar a su lado, no puedo cogerlo de la mano ni rodearlo con mis brazos como Violet y Delilah pueden hacer con Tate y Cole.
Es otro doloroso recordatorio de lo difícil que es esta situación. De cómo la línea que intentábamos no cruzar no ha desaparecido, solo se ha desplazado. Mientras que antes nos separaba, ahora se interpone entre nosotros y todos los demás.
Trago saliva para deshacer el nudo en la garganta, esbozo una sonrisa tranquilizadora y doy un paso atrás. Lo último que Roman necesita ahora mismo es que yo convierta esto en una discusión sobre mis sentimientos.
—Voy a por mi bolso.
Al darme la vuelta, me pican los ojos. El miedo al cambio con el que luchaba hace una semana de repente me parece mucho menos aterrador que la posibilidad de que quizá nunca haya ningún cambio.