El rey distante (Empty Kingdom 3) 48
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C hloe

Cuando entro en la cocina, me encuentro a Carol y a mi padre sentados a la mesa, cada uno con una taza de té.

Él sonríe y Carol parlotea, pero cuando me ven, un ligero rubor tiñe las mejillas de Carol.

Me quedo clavada en el sitio, con el corazón a mil. ¿Hay algo entre ellos?

Y si es así, ¿eso me parece bien o mal? Me gusta Carol y quiero que mi padre sea feliz, pero ¿cómo va a funcionar cuando a ella le pagan por cuidar de él?

En cuanto ese pensamiento me viene a la mente, me reprendo a mí misma por ser tan hipócrita. A Roman y a mí nos va bien. No hay razón para que a ellos no les vaya bien también. Si es que está pasando algo…

Carol se pone de pie, un poco desconcertada.

—Será mejor que termine de preparar la cena. A tu padre hoy le apetecían espaguetis a la boloñesa. ¿Te parece bien?

Le dedico una pequeña sonrisa.

—Suena genial. Gracias.

—De nada.

—¿Qué tal el trabajo, cariño? —pregunta mi padre mientras Carol se afana en nuestra pequeña cocina.

Me siento en la silla que acaba de quedar libre y suspiro.

—Bien. Ajetreado.

Me he pasado la tarde viendo a Roman responder a las preguntas de la entrevista con Forbes con total aplomo.

Sus contestaciones al entrevistador han sido mesuradas y elocuentes.

Ha hablado de su visión estratégica para el King Group , incluida la integración propuesta de EcoTech, destacando el compromiso de la empresa con la sostenibilidad y el liderazgo ético.

Cuando le han preguntado por su padre ha reconocido brevemente los retos que supone superar ese legado sin entrar en demasiados detalles. Luego ha dejado claro lo decidido que está a apartar a la compañía de las controversias del pasado y dirigirla hacia el futuro.

Mientras hablaba de sus planes para impulsar el sector hacia prácticas más ecológicas, me ha invadido una repentina oleada de orgullo. Roman no es solo un director ejecutivo, es un visionario. Está abriendo un nuevo camino en un campo lleno de escollos. No podía apartar la vista de él.

Sin embargo, mientras hablaba, podía sentir el peso que lleva sobre sus hombros, podía percibir la sombra amenazante de su padre. Mi comprensión de lo que está en juego para él se ha hecho más clara, y también mi preocupación.

Es brillante y ambicioso, pero sus responsabilidades y objetivos están siempre en su mente. Al observarlo, me he dado cuenta por primera vez de lo complicado que es su mundo y de cuánto de sí mismo está dedicando a llevar al King Group por un nuevo camino.

—¿Ese tirano de tu jefe tiene pensado llevarte a otro país de nuevo? —Mi padre interrumpe el curso de mis pensamientos.

Sonrío y niego con la cabeza, aunque el pecho me arde por la verdad que estoy ocultando.

—Ya te lo he dicho; mi primera impresión fue errónea.

Riendo, se lleva la taza de té a la boca con solo un ligero temblor.

—Supongo que cualquier hombre que se toma un tiempo de su apretada agenda para acompañar al padre de su asistente al médico y se la lleva al Louvre no puede ser tan malo.

—Le brillan los ojos y, de repente, no puedo evitar preguntarme si lo sabe.

Sin embargo, antes de que pueda formular una respuesta, continúa—: Espero que ese misterioso nuevo novio tuyo no se sienta eclipsado.

Trago saliva para deshacer el nudo que siempre tengo en la garganta.

—No se siente así. Y no es misterioso, es solo que yo…

—No quieres gafarlo. Lo sé, cariño. —Me da una palmadita en la mano—. Lo único que necesito saber ahora mismo es que te trata bien. Ya me contarás más cuando estés lista.

Se me seca la boca. Odio ocultarle tantas cosas.

—Lo haré, te lo prometo. Y sí, me trata muy bien.

Él sonríe, y se le arrugan las comisuras de los ojos.

—Bien. Deja que alguien te mime por una vez.

La felicidad que ha ido creciendo dentro de mí durante las últimas semanas vuelve a inundarme y brota con más fuerza aún.

—¿Te importa si te robo uno de los lienzos que compraste? ¿Y algunas de tus pinturas?

Sus ojos se iluminan y endereza la espalda.

—¿Vas a pintar?

Me encojo de hombros, intentando parecer despreocupada.

—Pensaba hacerlo, sí. Tal vez.

—Por supuesto —dice—. Están ahí sin hacer nada, esperando a que me llegue la inspiración. Usa lo que quieras.

Desde la cocina, Carol nos observa con una suave sonrisa en el rostro.

—Qué familia tan talentosa.

—Aún no has visto mis pinturas —río—. No dejes que el talento de mi padre te engañe y te haga creer que yo soy tan buena, porque ni de lejos.

Él resopla.

—Tienes mucho talento, cariño. Estoy deseando ver lo que pintas. ¿Qué te ha inspirado por fin?

Me muerdo el labio inferior, y mi estado de ánimo vuelve a hundirse. No puedo decirle que es Roman. Y no puedo dejar que vea el retrato que ha tomado forma en mi mente. Tendré que pintar otro. Uno que de verdad pueda enseñarle.

—Pensaba pintar un retrato de Christopher para Lola.

Y, la verdad, debería hacerlo. A Lola le encantaría. Debería haberlo hecho hace meses. Al instante, la idea cobra vida en mi cabeza. Necesitaré que me envíe una foto de su pequeño, ya que los bebés que no paran quietos son más difíciles de dibujar que un hombre tumbado en la cama.

Carol se ofrece a prepararme una taza de té, pero estoy demasiado emocionada y nerviosa por volver a pintar y quiero ponerme manos a la obra. Así que me llevo a mi habitación dos lienzos, pintura y el caballete que han comprado mi padre y Carol.

Antes de empezar, le envío un mensaje a Lola para pedirle una foto y luego cojo un lápiz. Desdoblo el boceto que hice de Roman y lo dejo a mi lado; después, me pongo a trabajar para reproducirlo en el lienzo, añadiendo más detalles de memoria.

Mi mano se detiene cuando perfilo sus labios. Estudio la curva ascendente, la sonrisa que reserva solo para mí, y el corazón se me encoge de tal modo que apenas puedo respirar.

¿Cómo ha pasado esto? ¿Cómo me he enamorado de mi jefe sin darme cuenta?

Recorro con el dedo la línea del lienzo mientras reflexiono sobre la pregunta.

Fue una media sonrisa, un gesto atento tras otro…

hasta que, de repente, me miró así. Y yo correspondí a esa mirada.

Lo quiero todo con él. La emoción de su tacto y el placer de los orgasmos, sí, pero también quiero todas las cosas que aún no hemos vivido.

Quiero despertarme a su lado cada mañana.

Quiero cogerlo de la mano en público y bailar juntos donde todo el mundo pueda vernos.

Quiero que me envuelva en sus brazos y me bese sin preocuparse de que seamos objeto de especulaciones.

Todo ha sido mejor desde que lo conozco, y es aterrador y estimulante al mismo tiempo.

Inspiro hondo para calmar las emociones que se arremolinan en mi interior y vuelvo a llevar el lápiz al lienzo. Cada trazo me tranquiliza hasta que empiezo a tararear para mis adentros y la imagen cobra forma.

Me lleva más tiempo de lo que esperaba, y acabo decidiendo que no voy a usar el color esta noche cuando suena mi teléfono y el nombre de Lola aparece en la pantalla.

Me dejo caer en la cama y contesto.

—¿Estás pintando otra vez? No tienes ni idea de lo feliz que me hace eso.

Me río.

—Todavía no. De hecho, aún no he cogido el pincel, pero si me envías una foto de Christopher, puedo ponerme manos a la obra.

—Me siento honrada de que mi bebé vaya a ser tu primera obra de arte en años.

Hago una mueca.

—Bueno… No es exactamente la primera…

Ella se queda boquiabierta, fingiendo indignación.

—¿Qué? ¿Quién ha sido el primero?

Frunzo el ceño.

—Puede que haya esbozado un retrato de Roman.

—¿Estás diciendo que tu guapísimo jefe te inspira más que mi gordito?

Una sonrisa se dibuja en mi rostro demasiado rápido como para detenerla.

—Digamos que la otra noche fue una gran fuente de inspiración.

—¿Así es como lo llaman ahora?

No puedo evitar reírme.

—No es eso. Se le veía muy relajado y feliz, y sentí unas ganas irrefrenables de dibujarlo.

—Si te ha hecho querer volver a pintar —dice, con voz seria— , estoy totalmente a favor. Pero ¿por qué necesitas una foto de Christopher?

—Tenía que ofrecerle una excusa a mi padre —confieso, haciendo una mueca—. Y cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que quería pintar un retrato de tu hijo.

—¿Así que estás utilizando a mi bebé para ocultar tu aventura con tu jefe?

Se me escapa un grito ahogado.

—Al principio, supongo que sí, técnicamente. Ahora, sin embargo, me muero de ganas de pintarlo.

Se queda callada un momento, luego mi teléfono pita en mi oído.

—Vale, te he enviado una de mis fotos favoritas —dice Lola— . Hablando de tu padre, ¿cómo está?

Me recuesto contra el cabecero y suspiro.

—Mejora cada día. Y está feliz. De hecho —paso los dedos por la colcha—, creo que hay algo entre Carol y él.

—¿En serio? —suena encantada—. ¿Y a ti qué te parece?

Frunzo el ceño.

—Si de verdad hay algo entre ellos, me alegro por él. Pero… supongo que estoy acostumbrada a que seamos solo nosotros dos. ¿Qué pasará si empiezan a salir? ¿O si ella se muda con él? ¿Seguirá cobrando su sueldo?

—Quizá te estés adelantando a los acontecimientos, Chlo.

Me encojo de hombros y suspiro.

—Lo sé. Me estoy adelantando. Es que no se me dan muy bien los cambios.

—Las cosas siempre cambian. —Su voz es suave—. Eso es algo bueno.

—Supongo… —Quito una pelusa pegada a mi edredón—. Es que ahora todo va tan bien… Es difícil no preocuparse de que todo pueda salir mal.

Ya me he enamorado perdidamente de Roman, así que no sé qué le pasará a mi corazón si todo se viene abajo.

—Siempre habrá sorpresas. Pero pase lo que pase, tendrás la fuerza necesaria para afrontarlo. Créeme. Y disfruta de los buenos momentos. Intenta no preocuparte por la posibilidad de que lleguen los malos.

Tiene razón. Gran parte de mi nerviosismo proviene de la incertidumbre sobre mi relación con Roman. Es hora de aprender a dejarme llevar y vivir el presente en lugar de intentar anticipar todos los «Y si…».

Una vez que cuelgo la llamada con Lola, ayudo a Carol a terminar de preparar la cena. Después de una agradable charla, ella se va y mi padre y yo nos acomodamos en el sofá.

Mientras cambio de canal, él carraspea.

—He estado pensando, cariño. Todavía no estoy listo para volver a pintar.

Pero me he puesto en contacto con una de las pequeñas galerías donde solía exponer mi obra de vez en cuando y les he preguntado si estarían interesados en las pocas que no he vendido.

He pensado que podría generar un poco de interés y quizá un poco de dinero mientras espero a recuperar la fuerza en la mano.

Sonriendo, me incorporo de un salto.

—Es una idea estupenda.

—Sé que ese —señala con la cabeza hacia el pasillo— es tu favorito, pero creo que sería la pieza central perfecta. Aunque, si no te sientes cómoda con la idea de que se venda, puedo dejarlo fuera. ¿Qué te parece?

Siento un nudo en el pecho.

—Sinceramente, me entristecería no poder verlo todos los días, pero creo que deberías hacerlo. Algún afortunado por ahí se merece tener tu cuadro en la pared.

Él extiende un brazo.

—Yo soy el afortunado.

Me deslizo por el sofá y dejo que me abrace, deleitándome con la sensación de que tiene más fuerza. Cuando me suelta, apoyo la cabeza en su hombro.

Al final, nos decidimos por una reposición de Firefly . Vimos la serie juntos cuando era niña, así que volver a verla ahora me llena de nostalgia y esperanza. Por mi padre. Por mí.

Las cosas están cambiando, y da miedo. Pero es como mirar un lienzo en blanco y estar demasiado nerviosa para dar ese primer trazo de color, preocupada por si el cuadro queda imperfecto. Si dejo que el miedo a eso me frene, nunca tendré la oportunidad de crear algo verdaderamente hermoso.

Y quizá un cuadro imperfecto sea mejor que no tener ningún cuadro.