46 #3
Me mira con los ojos entrecerrados y la boca curvada en una sonrisa que solo le he visto dedicarme a mí.
Deslizo la yema del dedo por su esternón.
—Me toca a mí.
—Creo que estoy deshidratada. —Me abanico, tumbada boca arriba en la cama. Mi corazón apenas ha vuelto a la normalidad tras el último orgasmo.
—Hay botellas de agua en la nevera —dice, a mi lado—. Voy a traer un par. —Se incorpora un poco, pero le pongo una mano en el abdomen para detenerlo.
—Ya las cojo yo.
Me levanto de la cama y, aún sintiéndome un poco cohibida por ir por su apartamento completamente desnuda, busco algo con qué taparme.
—Toma. —Se estira sobre el borde de la cama y me lanza su camisa, que está ahí tirada—.
Ponte eso. —Con una sonrisa de agradecimiento, meto los brazos por las mangas y me abrocho un par de botones del medio—.
Te queda bien mi ropa. —Su voz es ronca.
—Me giro hacia él y veo que se ha dado la vuelta.
Ahora está tumbado boca abajo, con la barbilla apoyada en el bíceps y la sábana apenas cubriéndole el trasero, de modo que queda al descubierto la línea larga y esbelta de su espalda.
La forma en que me mira, con esos ojos oscuros y posesivos, hace que mi corazón se acelere.
Una leve sonrisa se dibuja en sus labios—. ¿Qué?
No es hasta habla que me doy cuenta de que lo estoy mirando fijamente.
Parece tan relajado, tan satisfecho con el simple hecho de estar aquí conmigo…
De repente, quiero capturar este recuerdo, guardarlo en mi corazón para cuando me asalten las dudas sobre lo que estamos haciendo.
Para esos momentos en los que me preocupa que todo esto se desvanezca y me quede sin nada más que la nostalgia.
Eso me ha pasado más de una vez desde que me ha contado su historia con Katherine. Después de haber sido traicionado tan profundamente por su esposa, ¿cómo va a pensar Roman siquiera en una relación estable?
Y por muy doloroso que sea ese pensamiento, no creo que quiera olvidar haberlo visto así.
—¿Tienes lápices? ¿Papel?
Empieza a incorporarse, pero extiendo una mano para detenerlo.
—Por favor, no te muevas.
Arquea las cejas, pero sin discutir, vuelve a acomodarse.
—En mi despacho.
Se me acelera el pulso y siento un cosquilleo de emoción en el estómago.
—No te muevas. Vengo ahora mismo.
Salgo disparada de la habitación y busco un bloc de notas en blanco y un lápiz en su despacho. Al volver paso por la cocina y cojo un par de botellas de agua de su enorme nevera. Cuando regreso, lo encuentro justo como lo he dejado.
Dejo las botellas en la mesilla de noche y me dejo caer de nuevo sobre la cama.
Él me mira con el ceño fruncido.
—¿Qué estás haciendo?
Me muerdo el labio y lo miro de reojo.
—Atrapar este momento.
—Atrapar el momento… —repite en voz baja.
—Mmm. —Cruzo las piernas y, como solo llevo puesta su camisa parcialmente abrochada y no llevo bragas, su mirada se dirige directamente al punto entre mis piernas.
Se me escapa una risita—. No te distraigas.
—Teniendo en cuenta las veces que nos hemos corrido los dos esta noche, cualquiera diría que a estas alturas ya estaría saciado.
—¿Cómo se supone que voy a evitarlo? —gruñe—. Me estás dando hambre.
Ignoro mi propia chispa renovada de deseo.
—Puedes comer más tarde.
El instinto toma el control y mi mano se desliza sobre el papel.
Estoy oxidada. Hace mucho tiempo que no hago algo así, y este no es un lápiz de dibujo adecuado.
Aun así, me siento bien. A medida que sigo, delineando la forma de sus ojos y el ángulo de su mandíbula, la memoria muscular se activa y me relajo.
Me está observando. Cada vez que levanto la vista del papel, sus ojos gris lobo recorren mi rostro.
He cogido velocidad, captando la línea recta de su nariz y la curva de sus labios con facilidad. Luego paso a la forma en que un mechón oscuro de pelo se desliza sobre su frente y a la pendiente musculosa de su hombro.
Quince minutos más tarde, dejo el lápiz sobre la cama a mi lado y sostengo el bloc de notas con las dos manos, estudiando lo que he dibujado. Es un boceto, pero teniendo en cuenta que es el primer retrato que intento hacer en años, estoy contenta con él.
Más que contenta. Mirarlo me hace sentir… ligera. Le sonrío.
—Ya puedes moverte.
Se da la vuelta y se apoya contra el cabecero.
—¿Puedo verlo?
Se me corta la respiración. Si se lo enseño, ¿revelaré más de lo que me gustaría sobre lo que siento por él?
Aunque los nervios me recorren el cuerpo, inspiro hondo y le muestro el bloc de notas.
Él lo mira fijamente, frunciendo el ceño.
Siento una presión en el pecho.
—No es perfecto…
Niega con la cabeza para interrumpirme.
—Ven aquí. —Dejo el bloc de notas y me acerco. Cuando estoy al alcance de su mano, me rodea la cintura con los brazos y hace que me ponga a horcajadas sobre él—. Es increíble. Parezco feliz. No estaba seguro de cómo se veía esa expresión en mi rostro.
Mi corazón se hincha.
—Es mi expresión favorita. —Le doy un beso en los labios y le paso los brazos alrededor del cuello, sintiendo que mi propio deseo regresa.
Desliza las manos por mis muslos y bajo su camisa. Luego me hace echarme de espaldas con facilidad y se abre paso entre mis piernas.
—Me has prometido que podía comer cuando acabaras. Así que dame lo que quiero y córrete en mi boca.