46 #2
—Ahora muéstrame hasta dónde puedes abrirte para mí.
— Separo las piernas de nuevo, deleitándome con su gruñido de respuesta.
Con la atención fija en mi centro, se agacha y usa sus hombros para forzarme a abrirlas más.
La primera pasada de su lengua me arranca un gemido.
Estoy demasiado sensible, y las embestidas de su lengua dentro de mí, seguidas de largos lametones desde mi entrada hasta mi clítoris, me empujan peligrosamente cerca de otro orgasmo.
Con la cabeza aún hundida entre mis muslos, encuentra un pezón, lo pellizca y tira de él—.
Córrete para mí una vez más, cariño. Entonces te llenaré con mi semen.
Hundo las manos en su pelo y tiro de él.
—Lo deseo. Quiero sentirte. Sentir todo tu ser.
Desliza dos dedos de nuevo dentro de mí y los curva de tal modo que al instante me contraigo a su alrededor.
Levanta la cabeza y me atraviesa con su mirada.
—Eso es. Cabalga mi mano. Córrete. —Me muevo contra del y el placer crece rápidamente.
Cuando me chupa el clítoris y pasa la lengua por él, me dejo llevar de nuevo por el orgasmo.
Todavía tengo espasmos cuando pone la ancha cabeza de su pene contra mí y se abre paso a través de las pulsaciones.
Grito, la sensación es demasiado cruda y poderosa—.
Qué bien me acoges, Chloe. Pero tengo más para ti. Ahora relájate y ábrete para mí.
—Lo estoy intentando —jadeo.
Me agarra de los tobillos y me levanta las piernas abiertas y las caderas; se retira y vuelve a penetrarme con fuerza dos veces más.
Cuando por fin llega hasta el fondo, gemimos.
La presión dentro de mí y contra mi centro es abrumadora.
Ninguno de los dos se mueve por un momento y siento el absurdo impulso de llorar.
Parpadeo para espantar las lágrimas porque no quiero echar a perder este momento, pero ya debería saber que no puedo ocultarle nada. La piel alrededor de sus ojos se tensa.
—¿Te he hecho daño?
Niego con la cabeza un poco frenéticamente, con miedo de que se retire y me deje vacía.
—Es que es demasiado bueno. Es genial tenerte dentro de mí.
Su expresión se relaja y se balancea dentro de mí, con embestidas lánguidas.
—Estás tan mojada y tan caliente… No quiero que esto termine.
En este ángulo, con él aún sujetándome los tobillos, me penetra más profundamente que nunca. Cada embestida envía chispas a lo largo de mis terminaciones nerviosas.
Pero necesito más. Me encanta cuando pierde el control, y eso es lo que quiero ahora.
—Por favor —le suplico—. No puedo más. Quiero correrme, Roman. Lléname .
Se retira casi por completo, con los ojos oscuros y tormentosos, y luego vuelve a penetrarme. Una y otra vez, con fuerza. Lo único que puedo hacer es agarrarme a él y disfrutar de las sensaciones que me invaden.
Cada embestida, cada vez que obliga a mi cuerpo a rendirse al suyo, cada gruñido áspero me lleva más alto. El sudor empapa su piel y la mía, y tiemblo bajo su asalto.
—Eres la hostia de estrecha. —Todos los músculos de su cuello y hombros están tensos—. Me estás apretando, intentando chuparme el semen. Arqueo la espalda, levantando las caderas todo lo que puedo para recibirlo—. ¿Quieres correrte?
—S-sí. —Esa única palabra es casi un sollozo.
Me abre más las piernas, centrándose en el punto donde me estiro a su alrededor.
—Tu clítoris está tan hinchado, tan necesitado…
Tócatelo y córrete. —Como si tuviera vida propia, mi mano se desliza entre mis muslos, pero evito ese sensible manojo de nervios y voy directamente a donde estamos unidos.
Rodeando su grosor con mis dedos y aprieto, deleitándome con su expresión casi dolorida—.
Estás jugando con fuego, cariño —dice entre dientes.
La amenaza solo aviva más el fuego. Dirijo mi atención a mi clítoris, acariciándolo con movimientos circulares, e instantáneamente se encienden chispas de placer que se expanden en espiral desde mi centro.
Solo me hace falta dibujar unos cuantos círculos pequeños y el orgasmo me atraviesa; grito, con la columna vertebral como un arco tenso y todos los músculos contraídos.
Roman echa la cabeza hacia atrás, me suelta los tobillos y me agarra por las caderas; me clava los dedos en la carne y llega hasta el fondo.
Su eyaculación palpita en lo más profundo de mí, y recibo hasta el último chorro, caliente y espeso.
Con una maldición, se retira solo para volver a penetrarme con fuerza.
Cuando me recorre la última sacudida del orgasmo, afloja un poco, pero no me suelta y no se retira: se restriega contra mí, contra mi clítoris ultrasensible, y me retuerzo debajo de él.
—Sigo estando duro. —Da una embestida superficial para demostrarlo—.
Esto es lo que me haces. —Vuelve a empujar.
Los temblores irradian desde lo más profundo de mi vientre y se extienden por mis extremidades—.
Estás hecha para follar conmigo. —Su voz es grave, profunda y lasciva.
Pero hay un matiz más que se entreteje en ella.
Un significado más profundo que me oprime el pecho y me hace querer abrazarlo con fuerza y no soltarlo nunca.
Me pega a él y su boca encuentra la mía mientras sigue moviéndose dentro de mí. Es sexy, duro, desesperado y al mismo tiempo está lleno de deseo.
—Roman… —susurro contra sus labios.
Me acuna la cabeza; sus ojos grises me tienen cautiva.
Es demasiado intenso: cómo me mira, la expresión de su rostro… Como si fuera algo precioso, su cuerpo se mueve sobre mí tal y como lo imaginé durante meses; su semen brota de mi interior mientras sigue embistiéndome.
Su siguiente embestida es más potente.
—¿Sabes todas las cosas que quiero hacer contigo?
—Niego con la cabeza. El movimiento me marea.
El placer que se enrosca en lo más profundo de mí me desorienta—.
Quiero atarte a mi cama y lamerte hasta que me supliques que pare.
Quiero follarte la boca hasta que te corran lágrimas por la cara.
Quiero sentir cómo te corres conmigo enterrado hasta el fondo de tu trasero.
Estoy desesperado. E imaginar todas las cosas que puedo hacer contigo me pone la hostia de duro.
—Vuelve a acelerar el ritmo, cada vez más fuerte, hasta que estoy casi delirando y sollozando en busca de alivio—.
Acabo de correrme dentro de ti y voy a volver a hacerlo.
Eso es lo que me haces. —La tensión en mi interior se intensifica.
Yo también estoy a punto. Sus palabras, su cuerpo, él mismo…
todo me empuja al límite. Se detiene bruscamente y yo grito en señal de protesta.
Sus ojos brillan peligrosamente—. He comprado algo.
— Sin salir de mí, se estira sobre la cama y abre de un tirón el cajón de su mesilla de noche.
Me echo a temblar al verlo: es uno de esos vibradores con ventosa.
Dios, no sé cómo voy a sobrevivir a lo que está planeando—.
Pon las manos por encima de la cabeza —me ordena.
Obedezco de inmediato, desesperada por sentirlo todo—.
Buena chica. —Extiende con el pulgar una mezcla de su semen y mi excitación sobre mi clítoris.
Me estremezco, y él se ríe con malicia; enciende el juguete y me lo pone suavemente sobre el ya sobreestimulado manojo de nervios.
—Dios mío. —Clavo las manos en las sábanas por encima de la cabeza para evitar agarrarlo los antebrazos y hundirle las uñas en la piel.
Se le nubla la mirada y su cuello se mueve al tragar con dificultad.
—Fantaseo con follar contigo todo el maldito tiempo.
Quiero que estés llena de mi semen todo el día.
Pero sé que no puedo hacerlo, así que, siempre que pueda llenarte, me aseguraré de que los dos lo sintamos durante días.
—Dicho esto, sube la intensidad del juguete y, con un movimiento de caderas, vuelve a penetrarme—.
¿Sabes lo hermosa que estás así? ¿Con tu cuerpo bajo el mío, tu sexo hinchado y chorreando?
—Recorre con las yemas de los dedos las curvas de mis caderas—.
Ya te he llenado, pero necesitas más, ¿verdad?
—Sí, Dios, sí. —El juguete es innecesario. Sus palabras bastan para lanzarme hacia otro orgasmo.
—Pues vamos, joder. —Se clava hasta el fondo, con tanta fuerza contra el fondo de mi canal, que me inundan tanto el dolor como el placer. Al mismo tiempo, sube el juguete un nivel más, y me derrumbo.
El orgasmo es como una descarga eléctrica en mi cuerpo.
No puedo respirar, y las chispas bailan detrás de mis ojos mientras mi cuerpo se sacude sin control.
Mis músculos internos lo estrechan con tanta fuerza que me preocuparía hacerle daño de no ser porque el gemido salvaje que deja escapar es de puro placer.
Se hincha dentro de mí y vuelve a correrse. Siento cada latido en mi carne sensible y me elevo más alto en un largo clímax. Nuestros cuerpos funcionan al unísono y ordeño su miembro, reclamando hasta la última gota.
Nunca he experimentado nada parecido. Y por la forma en que estrella su boca contra la mía en una violenta toma de posesión, por la forma en que mi nombre es un susurro desesperado contra mis labios, no creo que él tampoco lo haya hecho.
No puedo dejar de temblar, y cuando lanza el juguete al colchón y hunde sus dedos en mi pelo, sujetándome la cabeza, está temblando también.
—Eres preciosa —murmura entre besos ardientes—. Toda, Chloe. Todo de ti. Y estás aún más preciosa con mi semen escapándose de ti.
El corazón me late con fuerza contra mis costillas. No sé si reír o llorar. ¿Cómo puede ser tan obsceno y tan tierno al mismo tiempo?
Lo que tenemos es increíble. Todo menos su naturaleza secreta. Por muy bien que estemos juntos, para el resto del mundo, no existimos.
Una punzada de incertidumbre atraviesa la neblina de calor que me envuelve, pero la ignoro.
Aquí, ahora, Roman me pertenece.
Me acurruco contra él, y cuando se aparta, me escabullo y me siento encima de él.