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C hloe
—Creo que me voy a ir —le digo a Sophie.
He hecho todo lo posible por mantenerme apartada de Roman durante las dos últimas horas, por miedo a que el deseo que crepitaba en el ambiente a nuestro alrededor fuera imposible de ignorar.
Todavía siento un cosquilleo en la piel, y la humedad de mis bragas hace imposible olvidar lo que ha hecho y lo que ha prometido hacer más tarde.
Durante toda la noche se ha mezclado entre la gente, haciendo contactos como el profesional que es, a pesar de lo poco que le gustan esa clase de cosas. La gente se arremolina a su alrededor, compitiendo por su atención, deseando que les dedique un momento de su tiempo.
Yo también, pero de una manera completamente diferente.
Cada vez que interactúa con su familia, siento una opresión en el pecho.
Verlo junto a sus hermanos y sus parejas solo resalta lo solo que está.
Creo que incluso su madre ha venido con alguien; un hombre de pelo oscuro con una sonrisa que le ilumina el rostro no se ha separado de su lado en toda la noche.
Ojalá pudiera estar a su lado, empaparme de su calor, estirarme y darle un beso en los labios. Pero no puedo. Y aunque entiendo perfectamente las razones, solo ahora empiezo a darme cuenta de las dificultades a las que nos enfrentaremos mientras sigamos ocultando esto.
Al menos yo.
La cena ha terminado hace una hora. Después, los artículos de la subasta benéfica se han vendido por cantidades asombrosas. Me escandalizaría un poco si el dinero recaudado no fuera a parar a una buena causa.
Desde entonces, Sophie y yo hemos estado bailando. Casi había olvidado lo divertido que es dejarse llevar y disfrutar. Saber que mi padre está bien atendido en casa significa que puedo centrarme en el aquí y el ahora.
Sin embargo, a medida que ha ido avanzando la noche, mi mente se ha fijado obsesivamente en… otras cosas.
Sophie se abanica la cara sonrojada.
—¿Estás segura? Queda al menos otra hora de baile y alcohol gratis para disfrutar.
—Es tentador —río—, pero no creo que mis pies puedan aguantar mucho más. Y si me tomo otra copa de champán, pasaré oficialmente de estar achispada a estar borracha. No creo que emborracharme en un evento de trabajo sea una buena idea.
Con una sonrisa pícara, me agarra de la muñeca y se acerca a mí. Sus ojos brillan, aunque están un poco vidriosos, como si ella también estuviera a una copa de champán de pasar el punto de no retorno.
—¿Me vas a decir con quién te vas a encontrar cuando te vayas?
Siento un pinchazo en el estómago.
—¿Qué te hace pensar que voy a quedar con alguien?
Me da un tirón del brazo y me aparta del camino de los demás bailarines para llevarme a un rincón tranquilo cerca de la barra.
—Has dejado claro que no ibas a volver conmigo, y la única razón por la que te has mostrado tan firme al respecto es que no vas a irte a tu casa. —Mueve las cejas—. ¿Tengo razón? ¿Estás saliendo con alguien? Y si es así, ¿por qué no me has contado todos los detalles?
Me muevo, inquieta.
—Es muy reciente y… no estoy segura de que vaya a llegar a nada todavía. No quiero gafarlo. —Es lo mismo que les he estado diciendo a mi padre y a Carol cada vez que me preguntan por mi nuevo novio.
Arquea una ceja y me evalúa como si estuviera analizando cada una de mis palabras. ¿Estoy siendo demasiado obvia? ¿Se da cuenta de lo que estoy ocultando? Los nervios hacen que mi pulso se dispare y siento náuseas en el estómago. Odio mentirle. Aunque lo que le he dicho es técnicamente cierto.
Sus labios se curvan en un puchero, pero cede.
—Lo entiendo. Pero quiero que me cuentes todo sobre este hombre misterioso en cuanto estés lista para hablar de él.
Asiento.
—¿Podrás llegar bien a casa tú sola?
Levanta el bolso de mano, donde guarda el móvil.
—Ya tengo reservado un Uber. —Me da un abrazo, me pone las manos en los hombros y hace que me vuelva hacia la salida—. Ahora ve a enseñarle a tu chico lo guapísima que estás.
Me da un apretón en los brazos, se da media vuelta y se dirige con paso tranquilo hacia la pista de baile.
Sonrío mientras atravieso el salón de baile, agradecida de tener una nueva amiga tan increíble en mi vida.
Al acercarme a las puertas que dan al exterior del hotel, saco el móvil del bolso y, tal y como habíamos acordado, le envío un mensaje a Roman.
Yo : Me voy ya. Nos vemos en tu casa.
Roman: No tardaré mucho. Cuando llegue, te quiero en mi cama con nada más que las bragas puestas.
Un escalofrío casi violento me recorre el cuerpo y siento ese familiar nudo en lo más profundo de mi vientre. Recorro la sala con la mirada en su búsqueda y lo veo junto a dos mujeres guapísimas.
Una de ellas le pone la mano en el brazo, lo que hace que mis pasos vacilen por un momento. Roman le sonríe cortésmente, luego hace un gesto para que retire la mano. Mi corazón vuelve a latir con fuerza cuando mi teléfono emite un pitido.
Roman: Vete a casa, cariño. Me muero por llenarte.
Yo: Te estaré esperando.
Sus ojos y los míos se encuentran en y el gris ceniza en su intensa mirada es suficiente: acelero el paso, desesperada por llegar a casa y desnudarme para él.
Pido un Uber y, en cuestión de minutos, estoy en un coche de camino a su ático.
Recostada en el asiento, cierro los ojos y obligo a mi corazón acelerado a calmarse.
Tengo la piel caliente y tensa, y el cuerpo me duele de puro deseo.
El anhelo por lo que está por llegar arde en lo más profundo de mi vientre.
Para cuando entro en el apartamento de Roman, tengo que luchar contra el impulso de correr a su habitación quitándome los zapatos y la ropa por el camino.
Aunque me cuesta, consigo atravesar el apartamento con calma mesurada, quitarme el precioso vestido y colgarlo cuidadosamente del respaldo de una silla. Me acerco a su enorme cama y me acuesto, con el corazón latiendo con fuerza y la expectación enroscándose en las entrañas.
Quince minutos más tarde, suena el ascensor y luego me llega el ritmo deliberado de unos zapatos sobre el suelo de madera.
Solo ese sonido, que indica que se acerca, hace que se me pongan los pezones duros y que mi respiración se acelere. Muevo la cabeza, ansiosa por verlo por primera vez, pero no estoy preparada cuando aparece en la puerta, tan alto, moreno e intimidante.
Ya se ha quitado la chaqueta, y sus labios se curvan en una sonrisa lobuna al contemplarme. Mi interior se contrae en respuesta.
Mientras se acerca a mí con paso firme, tira de la pajarita hasta que le queda suelta alrededor del cuello. Cuando llega al pie de la cama, se detiene y me mira fijamente.
—Mírate… —murmura. Se me pone la piel de gallina.
Se quita la pajarita y la deja caer al suelo—.
Abre las piernas. —Obedezco con el corazón a mil, levanto las rodillas y las separo.
Aunque sus movimientos son pausados mientras se desabrocha los botones de la camisa, su mirada y el tic en su mandíbula no lo son en absoluto—.
No podía quitarte los ojos de encima. —Se quita la camisa—.
Toda la noche he estado contando los minutos que faltaban para poder tenerte aquí, en mi cama.
—Me lo he pasado bien. —Mi voz tiembla de deseo.
Me lanza una sonrisa pícara.
—Lo sé. Te he visto divertirte toda la noche.
Ahora me toca a mí. Mete la mano en las bragas y muéstrame lo mojada que estás.
—Acaricio el borde de mis bragas con los dedos, y cuando sus ojos se iluminan, siento cómo el calor se acumula en mi vientre—.
Sigue. —Lentamente, deslizo la mano bajo el delicado tejido y me adentro en mi calor húmedo.
Al rozar mi clítoris, mis ojos se cierran por voluntad propia.
Por mucho que quiera quedarme ahí, sigo adelante y levanto los dedos para que él pueda ver cómo brillan.
Él gime, y el sonido vibra sobre mi piel—.
Qué bonito. —Sin molestarse en quitarse los pantalones, se arrodilla en el colchón entre mis piernas y me agarra la muñeca—.
No quiero que esto se desperdicie. —En lugar de deslizar mis dedos húmedos en su boca, como esperaba, los dirige hacia mi pecho y los pasa sobre mi pezón, provocándolo hasta que se pone duro mientras lo pinta con mi excitación.
Entonces sus labios están ahí, envolviendo la punta tensa y chupando.
La sensación envía una descarga eléctrica directamente a mi clítoris, me arranca un jadeo y hace que mi espalda se arquee sobre la cama—. Joder, qué bien sabes, cariño.
—Roman —gimo, aferrándome a su pelo.
Entonces se desplaza sobre mí, besándome, compartiendo mi sabor y el suyo. Su lengua se adentra profundamente en mi interior, robándome el aliento y la capacidad de pensar.
Con las manos temblorosas, busco a tientas la hebilla de su cinturón, desesperada por tocarlo.
Se aparta antes de que pueda soltarla y se pone de pie.
Con mucha más habilidad que yo, lo abre y se lo quita.
Luego viene la cremallera. A continuación, sus pantalones se deslizan por sus caderas.
Cuando ya solo lleva unos ajustados calzoncillos bóxer negros, vuelve a subirse a la cama y mete la mano en mis bragas, deslizando un dedo dentro de mí.
—Sigues empapada. ¿Has estado pensando en esto toda la noche?
Todo mi cuerpo estalla en llamas.
—Sabes que sí.
Desliza un segundo dedo dentro de mí, baja la cabeza y vuelve a acariciarme los pezones con los labios, chupándolos y lamiéndolos hasta que se vuelven duros como diamantes.
Me penetra con los dedos, con su pulgar contra mi clítoris. Antes de darme cuenta, estoy contoneando las caderas y me invaden oleadas de placer.
Aún estoy volviendo a la realidad cuando agarra mi tanga y le da un tirón a la tela.