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R oman
—Delilah, Violet, Sophie. —Saludo a las otras tres mujeres—. Chloe. —Mi voz se vuelve más grave al pronunciar su nombre, una reacción involuntaria. Me ha matado estar alejado de ella tanto tiempo.
Cuando he visto que Delilah y Violet hablaban con ella, he pensado que era la excusa perfecta para acercarme y saludarla.
Se vuelve y me dedica una sonrisa profesional, aunque puedo ver que el pulso le late demasiado rápido en la base del cuello.
—Buenas noches, Roman.
Lleva el vestido que le compré. No puedo evitar devorarla con la mirada, admirando cómo el color esmeralda contrasta con su piel cremosa y su cabello rubio, y resalta el verde de sus ojos del color del mar.
Durante un instante demasiado largo, me detengo en la abertura que deja entrever un atisbo de su muslo. Ya soy consciente de que deja ver mucho más que un atisbo cuando anda porque me ha robado la atención en más de una ocasión esta noche. Verla moverse por la sala me ha estado volviendo loco.
Y me ha vuelto aún más loco ver cómo los hombres que la rodean también se la comen con los ojos.
Me obligo a apartar la vista antes de que alguien sospeche. Sobre todo mis cuñadas, que son demasiado observadoras para mi tranquilidad.
—Le estaba diciendo a Chloe lo bonito que es su vestido —dice Delilah.
Mantengo una expresión impasible.
—Es precioso. De hecho, las cuatro estáis guapísimas esta noche.
—¿Has estado tomando clases de encanto con Tate? —pregunta Violet, entrecerrando los ojos con suspicacia—. Porque eso ha sido muy amable.
Mis labios esbozan una sonrisa.
—Lo creas o no, soy capaz de ser encantador en alguna que otra ocasión.
A mi lado, Chloe emite un sonido casi inaudible que interpreto como una señal de asentimiento. Me dan ganas de sonreír. Me dan ganas de hacer que se acerque a mí para besarla.
Me dan ganas de muchas cosas, demasiadas para manejarlas ahora mismo, y no puedo hacerlas todavía.
—¡Roman!
Al oír mi nombre, me aparto de la tentación que representa Chloe y veo a Sean Prescott, que se dirige hacia mí con paso firme y una sonrisa en los labios. Le estrecho la mano y luego lo presento al grupo de mujeres.
—Por supuesto, recuerdo a tu encantadora asistente —dice cuando sus ojos se posan en Chloe.
Sus palabras son educadas, pero, aun así, me irritan.
—Señor Prescott, me alegro de volver a verle. —Ella sonríe con naturalidad.
Es la misma sonrisa que me ha dedicado a mí, que no es la que he llegado a anhelar, sino la bonita pero cortés. Me molesta que aquí, en público, me relega al mismo estatus que este hombre.
—¿Acabas de llegar? —le pregunto—. Vamos a por una copa. Si nos disculpan, señoritas.
Capto la mirada de Chloe mientras alejo a Sean de ellas.
La vulnerabilidad que se refleja en ella me atraviesa las costillas con garras afiladas.
Esta farsa no es fácil para ninguno de los dos, aunque sea necesaria.
La culpa es un gran peso sobre mis hombros.
Ella está en esta situación por cómo es mi vida: por mi familia, la empresa y la presión y las expectativas infinitas que todo ello conlleva.
Después de que Sean y yo tomemos un whisky y hablemos de nuestro proyecto actual, junto con otros que podrían estar en marcha, sigo haciendo la ronda, sin dejar de vigilar a la mujer que ocupa demasiado espacio en mi mente.
La cena se servirá pronto y, por desgracia, no se me ocurre una buena razón para sentar a mi asistente en la mesa familiar.
Suelto un suspiro seco. Solo tengo que aguantar unas horas más antes de que sea toda mía. La tensión que me oprime la nuca apenas ha empezado a aliviarse cuando diviso a David. Se acerca a ella y a Sophie con una sonrisa demasiado amplia en la cara. Joder.
Chloe corresponde al gesto con otra de su propia cosecha y muy sincera, en lugar de la profesional que me ha dirigido a mí.
La posesividad me invade.
No es racional. Ella no está coqueteando con él, aunque él, obviamente, sí lo está haciendo con ella. No es culpa de David, ya que no sabe que ella es mía.
Sin embargo, todo pensamiento racional se esfuma cuando se trata de Chloe.
Me alejo de la multitud y me saco el móvil del bolsillo.
Yo : Tengo que hablar contigo inmediatamente. Ve por el pasillo hacia los baños, pero gira a la izquierda antes de llegar. Espérame a la vuelta de la esquina.
Un momento después de pulsar la tecla para enviarlo, ella mete la mano en su bolso, sin dejar de hablar con David, y coge el móvil. Echa un vistazo al dispositivo y, un momento después, levanta la cabeza de golpe y sus ojos se clavan en los míos.
Cuando bajo la barbilla, se muerde el labio y vuelve a guardarse el móvil en el bolso. Sonríe dulcemente a Sophie y David, charla solo un segundo más y luego se adentra en la multitud.
Le doy tres minutos y luego la sigo.
Cuando doblo la esquina y la veo esperándome, no lo dudo. El hueco donde están los ascensores queda fuera de la vista de cualquier zona pública, así que, sin dudarlo, la acorralo contra la pared y la beso.
Sus labios se separan en un jadeo y aprovecho la oportunidad para deslizar mi lengua en su boca. Exijo su rendición y ella me la concede de buen grado, correspondiendo al beso como si fuera lo único en lo que ha pensado toda la noche.
Duro y dolorido, me restriego contra su suave vientre. Joder. Necesito mucho más de ella que esto.
Rompo el beso y pulso el botón de subida del ascensor. En cuanto se abre, la empujo dentro.
—¿Adónde vamos? —pregunta ella, con la boca hinchada y la voz entrecortada.
—A algún sitio donde podamos estar solos.
Dos pisos más arriba, la guio hasta la puerta que estoy buscando, la abro de un golpe y la conduzco al interior.
La estancia está a oscuras, pero contra la pared del fondo hay una ventana alargada que da al salón de baile de abajo. Es una de las salas de reuniones más pequeñas que se utilizan durante las conferencias para ofrecer un espacio privado para reuniones paralelas.
Con la mano aún entrelazada con la suya, la conduzco hacia la ventana. No es un cristal unidireccional, pero está ahumado, lo que dificulta que la gente de abajo vea quién está aquí dentro… o qué pueden estar haciendo.
No podemos estar fuera mucho tiempo, así que, sin dudarlo, deslizo la mano por la abertura de su vestido y mis dedos encuentran al instante el trozo de encaje que la cubre.
Con ella pegada a la ventana, le muerdo el lóbulo de la oreja.
—No puedo evitar tocarte esta noche, y menos cuando otros hombres pueden sonreírte, tocarte y decirte lo guapa que estás.
—Roman. —Mi nombre es un susurro entrecortado.
—No hagas ruido —le digo, y deslizo dos dedos profundamente dentro de ella.
Los muevo una y otra vez, saboreando cómo su humedad empapa mi piel mientras ella se ciñe a mi alrededor.
—Te deseo —suplica—. Te necesito dentro de mí.
Con los ojos bien cerrados, aprieto los dientes.
—No tengo condón.
—Tomo la píldora y siempre he usado condones antes —dice ella.
Lo que eso implica casi me vuelve loco.
—¿Qué me estás pidiendo?
—Quiero que te corras dentro de mí.
Me quedo quieto y luego me aparto, consumido por un deseo salvaje que nunca había experimentado.
—Serás la primera. —Mi voz se escapa ronca y grave.
—¿Nunca has…? ¿Ni siquiera con…?
—Nunca. —La interrumpo. Joder, lo último que quiero es oír el nombre de Katherine en sus labios.
Nuestras respiraciones trabajosas atruenan en la oscuridad y, debajo de nosotros cientos de personas se mezclan, ajenas a nuestra presencia.
Con el pulgar, recorro con ternura la suave piel de su pómulo, un gesto delicado que contrasta con el ansia que me embarga—.
Vamos a follar, pero no me voy a correr dentro de ti aquí.
La primera vez que te llene con mi semen no será un polvo rápido en una sala a oscuras.
—Entonces, ¿qué…?
—Date la vuelta. No apartes la vista de la fiesta. ¿Ves a la gente de ahí abajo? No tienen ni idea de que estamos aquí arriba. No saben que tu jefe va a hacer que te corras. —Esas palabras suenan la hostia de mal y de bien al mismo tiempo. Como todo lo que tiene que ver con Chloe.
Se da la vuelta, temblorosa, y apoya las manos en el alféizar de la ventana.
Alargo la mano y vuelvo a encontrar la abertura de su vestido. Esta vez, cuando deslizo los dedos por debajo, cojo la tela y la aparto, dejando al descubierto las redondeadas nalgas, con una tira de encaje negro entre ellas.
Con la otra mano, me desabrocho los pantalones, los bajo y me la saco. Deslizo los dedos por sus caderas y los meto de nuevo bajo la cintura de sus bragas, para recoger su humedad y usarla para lubricarme.
Aparto la tira de tela que hay entre sus piernas, me acerco más y pongo la punta de mi pene contra su sexo cálido y húmedo.
Ella gime como respuesta. Ese sonido y la intensidad de la sensación hacen que mi corazón lata con tanta fuerza que parece que vaya a salirse de mi pecho.
—Quédate quieta —le ordeno, y cuando lo hace, me hundo en ella con una embestida brusca. Joder. Está tan caliente, húmeda y sedosa… Nunca he sentido nada tan increíble como la carne desnuda de Chloe alrededor de la mía.
Cualquier control al que hubiera podido aferrarme se evapora. La penetro una y otra vez, más fuerte, más rápido, con una mano extendida sobre su abdomen para estabilizar mis movimientos y la otra acariciándole el clítoris.
Su excitación resbala por mi mano y mi miembro.
—Siempre estás tan empapada para mí. ¿Llevabas tiempo necesitando esto?
—Sí —gime, echando la cabeza hacia atrás.
Me muevo aún más rápido, embistiéndola, con mis dedos aún deslizándose sobre su capullo hinchado. Se está tensando, ya está a punto.
Cuando gime y me ciñe en su interior, su sexo perfecto palpita con fuerza a mi alrededor; aprieto los dientes, aguantando con todas mis fuerzas.
Mis testículos se contraen y el placer me recorre la columna, pero aguanto. En cuanto se desploma contra la ventana, saco mi pene empapado de su interior y lo deslizo entre sus bragas y su sexo.
Su nombre en mis labios suena como un susurro gutural, y me dejo llevar. Fuertes chorros de semen brotan de mí mientras empujo contra su carne resbaladiza, con mi erección rozando su clítoris, cubriéndola, cubriendo sus bragas.
—Oh, Dios mío. —Su cuerpo se tensa, sus manos se extienden planas sobre el cristal—. Me voy a correr otra vez.
—Eso es, cariño —gruño, y un líquido cálido inunda mi miembro—.
Empápanos a los dos. —Por fin, mi pene deja de palpitar y sus temblores se calman.
Puedo volver a respirar, joder. Me aparto de ella, pero le pongo la mano contra la parte baja de la espalda para mantenerla quieta.
Necesito un minuto para admirar mi obra—.
Precioso —murmuro. Su bonito sexo rosado está hinchado y cubierto de una mezcla de nosotros dos, y tiene húmeda la cara interna de los muslos.
El encaje negro de sus bragas está manchado de líneas blancas, lo que me provoca una satisfacción primitiva: la he marcado.
Otra vez. La he marcado con mi semen. Y está increíble.
Con suavidad, le vuelvo a colocar el tanga en su sitio y acaricio el encaje empapado que ahora tapa su pubis.
Hago que se dé la vuelta, con la respiración tan agitada como la suya—.
Vas a pasar el resto de la noche cubierta de mí, de nosotros.
Cada vez que le sonrías a un hombre que no sea yo, cada vez que algún gilipollas de ahí abajo —señalo con el dedo a la abarrotada sala que hay debajo de nosotros— coquetee contigo, quiero que recuerdes de quién es el semen que te gotea por las piernas.
—Me echo hacia ella, saboreando su mirada ebria—.
Y cuando te lleve a casa, voy a llenarte.
—Le acaricio suavemente la mejilla con el pulgar una vez más—. ¿De acuerdo?
—No va a ser muy agradable. —Se muerde el labio y me mira de reojo.
No puedo evitar la sonrisa maliciosa que se dibuja en mi boca. Ni siquiera consigo sentirme mal. Puede que sea un poco incómodo, pero con cada movimiento, pensará en mí.
Le doy un breve beso.
—Te prometo que te compensaré cuando lleguemos a casa.
Se humedece los labios.
—Vale.
Señalo la puerta con la cabeza.
—Sal tú primero.
Tras mirarme por última vez con detenimiento, se da media vuelta y sale. Apoyo las manos en el alféizar de la ventana y observo a la multitud de abajo, esperando el momento en que la vea entrar en el salón de baile.
Solo hemos estado fuera veinte minutos, pero han sido veinte minutos más de lo necesario. Veinte minutos en los que la gente podría haberse preguntado por mi desaparición. Y por la de ella también.
Bajo la cabeza y suelto un suspiro agudo.
A estas alturas, ya no hay más límites que pueda traspasar.