43
C hloe
Me estiro en la cama gigante de Roman y mi pulso se ralentiza mientras él recorre suavemente mi columna vertebral con los dedos. Se me pone la piel de gallina con su tacto.
—Me encanta cómo responde tu cuerpo a mis caricias.
—El tono ronco de su voz me hace apretar los muslos.
Ya me he corrido varias veces esta noche y debería estar durmiendo, pero no quiero desperdiciar ni un minuto de este momento.
Esos pequeños ratos en los que no nos preocupamos por el trabajo ni por que nos interrumpan, en los que no hay necesidad de fingir que no queremos tocarnos porque solo estamos él y yo.
Me doy la vuelta para poder deleitarme mirándolo un poco más.
Sus ojos se oscurecen al fijarse en mis pechos, y me recorre un pezón con la yema del dedo.
—Precioso.
Deslizo la mano por su espeso cabello.
—Precioso.
Me mira de soslayo.
—No creo que me pegue lo de «precioso».
—No estoy de acuerdo. —Deslizo los dedos por su sien y a lo largo de su mandíbula, áspera por la barba de tres días—. Cuéntame algo sobre ti que no sepa.
Frunce el ceño y aparta la vista, pensativo.
—Hay muchas cosas que no sabes. ¿Hay algo en particular que te interese? —Me muerdo el labio. ¿Es demasiado pronto para preguntarlo? Me pone el pulgar sobre el labio—. Pregunta, Chloe.
Inspiro hondo.
—¿Qué pasó entre Katherine y tú? —No hay ni un atisbo de sorpresa en su expresión, aunque tampoco parece demasiado contento. Se aparta de mí y se pone boca arriba, y a mí se me encoge el corazón—. Si prefieres no hablar de ello…
—Ven aquí. —Desliza un brazo por debajo de mi cuerpo y me pega a él—.
Era la asistente de mi padre. Me pareció preciosa la primera vez que la vi.
—Apoyo la barbilla en su pecho y lo miro, intentando que los celos no se apoderen demasiado de mí.
Como si lo intuyera de todos modos, me sostiene la mirada y se enrolla un mechón de mi pelo en el dedo—. Ya no pienso eso.
—Es muy guapa. La vi, ¿te acuerdas?
Frunce el ceño.
—Es una ilusión. Te muestra lo que quiere que veas. Pero una vez que ves más allá de la fachada, resulta mucho menos atractiva.
—¿Y cómo es en realidad?
Levanta la vista hacia el techo.
—Vacía. Busca a alguien o algo que la llene.
—¿Alguien como tú?
—Como yo solo no.
La sospecha me carcome. ¿Cómo no iba a hacerlo con lo que ya sé?
—¿Tu padre? —pregunto con cautela.
Sus ojos se clavan en los míos, pero no se pone tenso como esperaba.
—Sí.
Una oleada de dolor brota en mi interior ante su sencilla respuesta. Dios. Su padre y su esposa. No alcanzo a imaginar lo duro que debe de ser eso.
—¿Qué pasó?
—Era joven y estúpido.
Recorro con los labios su pecho.
—No lo creo.
Una de las comisuras de su boca se curva hacia arriba.
—Mi relación con mi padre era… complicada.
Cuando era niño, quería ser como él. Él exigía poder y respeto, y me educó para que yo también quisiera esas cosas.
Pero cuanto más crecía, más me molestaba su comportamiento.
—Escucho con atención, esperando que perciba mi apoyo silencioso—.
No me gustaba cómo nos trataba a mí y a mis hermanos, ni cómo nos enfrentaba unos contra otros.
No me gustaba cómo trataba a mi madre, aunque ella nunca hubiera sido demasiado maternal.
Aun así, me parecía… una falta de respeto.
Y por mucho que intentara animarme a seguir su ejemplo, tampoco me gustaba cómo trataba a otras mujeres, a las que se tiraba y luego descartaba.
Estaba dividido entre esforzarme por ser como él y cuestionar quién era él y quién esperaba que yo fuera.
—Debió de ser muy confuso.
Sus labios se tensan.
—No debería haberlo sido.
Me apoyo en un codo para poder mirarlo a los ojos.
—Era tu padre. Por supuesto que era confuso. Te educó desde pequeño para que lo admiraras. Independientemente de lo que aprendieras más tarde, no es fácil escapar de eso.
Me acaricia la mandíbula con el pulgar, y sonríe apenas.
—Tú siempre hablas con el corazón.
El órgano en cuestión se encoge con tanta fuerza que me quedo sin aliento. ¿Cómo puede haber tanta ternura escondida tras una máscara tan reservada?
Sigue acariciándome la espalda y continúa.
—Cuando Katherine empezó a trabajar para él, parecía diferente de sus anteriores asistentes.
Era guapa, claro. Mi padre siempre se rodeaba de mujeres guapas.
Pero ella parecía más dulce, más tímida, incluso cuando coqueteaba conmigo.
—Se ríe, pero no hay humor en ese sonido—.
Sabía que, si trabajaba para él, lo más probable era que se estuviera acostando con ella, o al menos lo estuviera intentando.
Así que se lo pregunté directamente. Se río y dijo que no era su tipo: demasiado inocente, demasiado difícil de llevar a la cama.
Me dijo que si quería conquistarla, él no me iba a poner trabas.
Me quedo boquiabierta.
—Qué amable por su parte…
—Amable no es una palabra que nadie usaría para describir a mi padre.
—¿Acaso piensa que es una palabra que yo usaría para describirlo?
Me pregunto qué ve cuando se mira al espejo.
¿Se ve a sí mismo, o ve lo que su padre quería que viera?
¿Cómo ha influido en su vida la manipulación emocional de su padre?
—. Cuando empecé a salir con Katherine me parecía la novia perfecta.
Sabía que se esperaba de mí que me casara en algún momento, que siguiera los pasos de mi padre como futuro director general de la empresa.
Mi padre nos lo había inculcado a todos: que el matrimonio debía ser por razones prácticas, para tener herederos, por ventajas empresariales, por las apariencias.
Cualquier otra cosa era una debilidad. —Se pasa la mano por el pelo, y la piel alrededor de los ojos se le tensa—.
Incluso entonces, quería demostrarle que se equivocaba.
Una pequeña y obstinada parte de mí esperaba que el matrimonio pudiera ser algo más de lo que había visto en la relación de mis padres y en otras de nuestro círculo social.
Dejé que esa esperanza me cegara ante la verdad.
Al cabo de solo unos meses, le pedí matrimonio.
Me dije a mí mismo que me casaba con Katherine porque quería, porque la amaba.
Porque ella me amaba. Esperaba que él se enfadara mucho cuando se lo contara; quizá incluso quería que lo hiciera.
Al fin y al cabo, estaba desafiando todo lo que él me había enseñado.
Pero, en cambio, se echó a reír. Me dijo que pensaba que tendría aspiraciones más altas, pero que, si estaba enamorado de verdad, ¿quién era él para interponerse?
— Una sensación de malestar se retuerce en mi estómago, junto con un odio ardiente hacia su padre—.
Las cosas se torcieron bastante rápido después de la boda.
Katherine cambió. Se iba de compras con sus amigas todo el tiempo, se gastaba un dineral en salidas nocturnas por la ciudad.
El dinero no era un problema. Pero sí me molestaba la forma en que pasó de fingir que nada de eso le importaba a abrazar hasta el último aspecto de ello.
Me molestaba que su personalidad y sus prioridades cambiaran casi de la noche a la mañana.
Como si, una vez que se puso mi anillo en el dedo, hubiera conseguido lo que quería y se sintiera libre para dejar salir su verdadero yo.
—Le doy otro suave beso en el pecho y él me acaricia el pelo—.
Eso provocó tensión entre nosotros. —Un músculo le palpita en la mandíbula—.
Si yo sacaba el tema, ella se quejaba de sentirse sola.
Decía que trabajaba demasiado y que no le prestaba suficiente atención, aunque mis hábitos de trabajo no habían cambiado tras la boda.
Cuando me esforzaba por llegar pronto a casa, me decía que iba a salir de todos modos.
Discutíamos, y con cada semana que pasaba, las peleas empeoraban.
Una noche llegó a casa borracha, discutimos y me espetó a gritos que era igual que mi padre.
—Mis dedos se tensan contra su piel, como todo mi cuerpo.
Sospechaba lo que iba a decir, pero eso no lo ha hecho más fácil de escuchar.
Él rostro de Roman es impasible. Dios, debe de ser angustioso contar esto.
Casi me arrepiento de haber preguntado, pero quizá le haga bien sacárselo de dentro—.
Se dio cuenta enseguida de lo que había hecho e intentó echarse atrás, pero ya era demasiado tarde.
Al día siguiente entré en el despacho de mi padre y le pedí que me dijera la verdad.
Se rio una vez más. Dijo que por supuesto que se había acostado con ella.
Que había empezado a acostarse con ella unos días después de que ella empezara a trabajar para él y que lo había seguido haciendo todo el tiempo que estuvimos saliendo.
Solo paró cuando le pedí matrimonio. Probablemente porque no quería arriesgarse a que la pillaran una vez que tuviera un anillo en el dedo.
Niego con la cabeza.
—No entiendo qué pretendía conseguir.
—Al parecer, poco antes de que yo la viera por primera vez, ella le había pedido que dejara a mi madre y se casara con ella.
Él se lo tomó a broma: no tenía ningún interés en divorciarse.
¿Por qué iba a hacerlo? Su matrimonio ya le daba todo lo que quería.
Katherine se convenció a sí misma de que iba a ocurrir y, cuando quedó claro que eso no iba a suceder, se fijó en mí.
Supongo que pensó que, al seguir acostándose con él, se estaba asegurando hasta que nuestro compromiso fuera oficial.
El odio que hierve en mi interior se enciende.
—¿Por qué tu padre no te lo contó?
Mueve la mandíbula.
—Dijo que me dejó seguir adelante con esa farsa de matrimonio porque necesitaba aprender una lección.
Tenía que comprender que el sentimentalismo me hacía débil.
Que él me había enseñado a ser alguien mejor.
Y si casarme con Katherine era lo que hacía falta para que aprendiera bien la lección, entonces él estaba totalmente a favor.
Dijo que al final se lo agradecería. Que me convertiría en un hombre de negocios mejor. En un hombre mejor.
Se me encoge el corazón y le paso la mano por los músculos tensos.
—Siento mucho que te hiciera eso, Roman. No te lo merecías.
Él pone su enorme mano sobre la mía y la pega a su pecho.
—Salí de la oficina y solicité el divorcio al día siguiente.
Puede que me enseñara una lección sobre las relaciones, pero también me enseñó a odiarlo.
Me juré a mí mismo que trabajaría hasta la extenuación y que, con el tiempo, me haría cargo del King Group.
Cuando lo lograra, demostraría que era mejor hombre que él.
Que llevaría a la empresa a cotas más altas de las que él jamás fue capaz de alcanzar.
—¿Cómo reaccionó Katherine?
Él resopla.
—Mal. Nos acusó a los dos de aprovecharnos de ella. Se hizo la víctima y juró que le contaría al mundo cómo era yo en realidad, que éramos del mismo palo. Pero impuse como condición para el acuerdo que se mantuviera en secreto todo lo relacionado con nuestro divorcio.
Le escudriño el rostro, tratando de descifrarlo.
—¿Crees lo que dijo tu padre?
Baja la barbilla, frunciendo el ceño.
—¿Sobre qué?
—Que los sentimientos te hacen débil.
Traga saliva y desvía la mirada.
—Creo que pueden hacerlo. Si dejas que se interpongan en tus metas y prioridades.
Pero —dice, volviéndose hacia mí—. He visto a mis hermanos sucumbir a ello.
Los ha cambiado, pero no los ha debilitado.
—Desliza los dedos por el contorno de mi cara—.
Os he visto a ti y a tu padre. A vosotros no os debilita.
Sonrío con una cálida sensación floreciendo en mi pecho; me incorporo y me siento a horcajadas sobre él. Su pene se endurece inmediatamente debajo de mí.
—El sentimentalismo, la compasión, el amor…
esos rasgos nos hacen más fuertes, Roman.
Luchar por las personas y por las cosas que amas requiere verdadera fuerza.
De lo contrario, solo peleas por ti mismo.
Eso te convierte en un ejército de un solo hombre.
Y a veces, la vida es una batalla demasiado dura como para librarla en solitario.
Clava los dedos en la carne de mis caderas.
—¿Lucharías conmigo, Chloe? —La naturalidad con la que pronuncia esas palabras no concuerda con la tensión de su cuerpo ni con la intensidad de su mirada.
Siento un nudo en la garganta. Quiero pedirle que defina lo que estamos haciendo.
Hablar de hacia dónde va esto. ¿Lo nuestro podrá salir alguna vez a la luz?
Pero no es el momento, y menos cuando acaba de revelarme una parte tan personal y dolorosa de su vida.
Así que respondo con sencillez, esperando que perciba la sinceridad en mis palabras.
—Si tú quieres, sí.
Apenas tengo tiempo de respirar antes de que me pegue a él y me dé un beso ardiente.
No se parece a ningún beso que hayamos compartido antes.
No está lleno de lujuria, ni siquiera de ternura.
Es un choque desesperado de su boca contra la mía.
Áspera y exigente, su lengua recorre mis labios antes de perderse entre ellos.
Es como una reivindicación, y me rindo a ello —a él— por completo, ladeando la cabeza para darle un mejor ángulo, para dejar que me posea.
Sus grandes manos moldean mi cuerpo contra el suyo, el calor emana de él, calentándome hasta los huesos. El mundo a nuestro alrededor se desvanece hasta que lo único que oigo es el latido de mi propio corazón y lo único que siento es a él, fuerte y seguro contra mí.
Por fin nos separamos y él me rodea con sus brazos. Me aferro a él, deleitándome con la sensación.
No estoy segura de si esta intensidad emocional, sobre todo tan pronto, es normal.
Ninguna de mis relaciones anteriores me ha hecho sentir así.
¿Es el secretismo lo que hace que cada caricia, cada beso, parezca más intenso?
¿O es él? Las contradicciones que muestra, lo severo y distante que es por fuera, cuando por dentro es cariñoso, apasionado y naturalmente protector.
—Me estoy volviendo adicta a lo segura que me siento contigo. —En cuanto las palabras salen de mi boca, me quedo paralizada. No era mi intención decirlas en voz alta. Es demasiado pronto para admitir emociones tan intensas.
Intento apartarme, sin saber cómo se lo tomará, pero él me abraza con más fuerza.
—Quiero que te sientas segura. Lo bastante segura como para correr cualquier riesgo que quieras.
Me humedezco los labios.
—¿Un riesgo como tú?
Una sombra se cruza por su rostro.
—Sí, como yo. Pero Chloe, no quiero ser un riesgo que te arrepientas de haber corrido. Si estar conmigo deja de hacerte sentir segura, prométeme que te pondrás a ti misma en primer lugar. Quiero saber que harás lo que sea mejor para ti.
En lugar de responder, vuelvo a besarlo. Puede que él sea un riesgo para mí, pero yo también lo soy para él. Y con cada día que pasa me convenzo más de que no arriesgarme con lo que sea que esto sea podría ser el mayor riesgo de todos.