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C hloe
—Buenas tardes, Chloe. —Phillip me saluda con una sonrisa.
—Buenas tardes. —Se me enrojecen las mejillas cuando me acerco a él y al coche negro de Roman.
Dios, ¿qué pensará de esta reunión clandestina un sábado por la tarde?
Me recoge a la vuelta de la esquina de mi apartamento en lugar de delante de él, como precaución contra las miradas indiscretas.
Pero debe de ser obvio para él que la «reunión» que estoy a punto de tener con Roman en su ático no tiene nada que ver con el trabajo.
Sin embargo, no hay ningún atisbo de juicio en su expresión, así que quizá, aunque lo sepa, en realidad no le importe. Quizá estoy proyectando mis propios sentimientos en él.
Nunca pensé que sería el tipo de mujer que se acuesta con su jefe. Por otra parte, dudo que muchas mujeres me culparan. Roman es una fuerza de la naturaleza. Guapo, poderoso e imposible de resistir, pero con un lado tierno oculto que dudo que le deje ver a mucha gente.
Estar con él me recuerda que la vida no es un cuadro para colorear por números. A veces, elegir romper las reglas y salirse de las líneas da como resultado algo único y hermoso.
Así que, cuando Phillip me abre la puerta del coche, lucho contra el impulso de apartar la vista, avergonzada y, en su lugar le sonrío en señal de agradecimiento y me deslizo dentro.
Cuando veo a Roman sentado en el asiento trasero, la sorpresa hace que me dé un vuelco el estómago. No esperaba que viniera con Phillip, y desde luego no esperaba verlo vestido de forma tan informal.
Lleva una camiseta gris carbón que se tensa sobre sus anchos hombros y su amplio pecho, y unos vaqueros oscuros que se ciñen a sus musculosos muslos. Es la primera vez que lo veo con algo que no sea un traje.
Se me seca la garganta al contemplarlo. Es el hombre más sexy que he visto nunca.
—No te esperaba. —Las palabras salen débiles, entrecortadas.
Su sonrisa es lenta y sensual.
—Si solo tenemos unas pocas horas, no quiero desperdiciar ni un solo minuto. —Cuando Phillip aparta el coche de la acera, Roman me tiende una mano—. Ven aquí.
Echo un vistazo a la mampara, que por suerte ya está subida, antes de sentarme en su regazo. Él me rodea con sus brazos.
—¿Cómo está tu padre?
Mi corazón da un vuelco ante la pregunta. No deja de recordarme de formas como esta que, a pesar del aire de distanciamiento que tan a menudo proyecta, se preocupa sinceramente por las personas que lo rodean. Sonrío.
—Él y Carol están haciendo un rompecabezas juntos. Está feliz.
Acerca la cara al hueco de mi cuello e inspira hondo.
—Me alegro de oírlo.
—Es gracias a este trabajo. Gracias a ti.
Se aparta y me mira con seriedad.
—Es gracias a ti. Porque te preocupas por él. Porque te has esforzado por darle lo que necesita.
Se me hace un nudo en la garganta, pero me encojo de hombros ante el elogio.
—Eso es lo que hace la familia.
—¿De verdad?
Su tono es tan neutro que me hace estudiar su expresión. ¿Qué está pasando por su cabeza? Su infancia fue difícil. ¿Significa eso que no cree que sus hermanos estarían ahí para él si los necesitara? ¿O cree que los ha decepcionado de alguna manera? Sea como sea, no puedo contener mi respuesta.
Le pongo las manos en el pecho, tratando de ignorar el calor de sus músculos duros a través del fino tejido de su camiseta. Ya los exploraré más tarde. Ahora mismo, quiero que intente ver las cosas como yo las veo.
—Tus hermanos se preocupan por ti. Es obvio.
Y es igual de obvio que tú te preocupas por ellos.
No descartes lo valioso que es eso solo porque tus padres no sintieran lo mismo.
Y tal vez… — Me humedezco los labios y considero dejarlo ahí.
Al final, sin embargo, decido armarme de valor—.
Tal vez tú tampoco te sentías así durante un tiempo.
Mi madre nunca lo hizo. Por eso nos abandonó tan fácilmente.
Ella y yo podemos compartir la misma sangre, pero eso solo significa que somos parientes; no nos convierte en una familia.
El amor es lo que hace a una familia. Y el amor significa que siempre harás lo que hay que hacer, aunque sea difícil.
Aunque eso signifique renunciar a lo que creías que era importante para ti.
Un músculo le palpita en la mandíbula. Esa es la única respuesta que obtengo.
Se me revuelve el estómago. ¿Me he pasado al hablar de su familia?
—. Lo siento si he dicho algo que no debía.
Traga saliva y niega con la cabeza.
—Una de las razones por las que no he podido alejarme de ti es porque no finges ser alguien que no eres. Cuando compartes tus pensamientos conmigo, salen directamente de tu corazón. Es algo poco común en mi mundo.
Suspiro.
—Supongo que es lo que espero recibir a cambio.
Me acaricia la mejilla con el pulgar.
—Es algo muy valioso.
Se me encoge el corazón. ¿Cómo puedo resistirme a enamorarme de este hombre? ¿Acaso tengo que hacerlo? En sus brazos, así, me siento segura. Como si pudiera dejarme llevar y él estuviera ahí para atraparme.
Reprimo esas ideas. Es demasiado pronto para pensar en cosas así.
Cuando su boca se posa sobre la mía, dejo que mi mente vuele libremente, y cuando sus manos recorren mi espalda, acojo con agrado la oleada de sensaciones que su tacto siempre me provoca.
Roman se pasa el resto del viaje volviéndome loca poco a poco con su boca y sus manos. Si quería llevarme al límite antes de llegar a su casa, lo ha conseguido. Tengo las bragas húmedas y el deseo recorre mi cuerpo. Lo único que quiero es quitarme la ropa y dejar que haga lo que quiera conmigo.
Pero primero tenemos que subir a su ático.
Cuando el coche reduce la velocidad, echo un vistazo por la ventanilla y enseguida tengo que estirar el cuello para ver la parte superior de la torre. Por cómo refleja el cielo y las nubes, parece que está hecha completamente de cristal.
Eso es todo lo que consigo ver antes de que Phillip lleve el coche al aparcamiento subterráneo del edificio.
En el ascensor privado, de camino arriba, Roman continúa su lento y decidido asalto a mi cuerpo. Me inmoviliza contra la fría pared de acero inoxidable, desliza la mano bajo mi falda y mete los dedos en mis bragas.
Encuentra mi clítoris, lo acaricia con los dedos y yo respondo balanceándome contra su mano. La presión es suficiente para que busque el clímax, pero no es bastante como para llevarme al límite.
—Estoy a punto. Por favor, déjame correrme —le suplico.
Él se ríe entre dientes contra mi cuello, y el sonido me hace vibrar.
—Pero entonces no podría disfrutar de cómo intentas alcanzarlo con mis dedos. No te preocupes. Haré que tu primer orgasmo merezca la pena la espera.
Antes de que pueda suplicar de nuevo, un suave tintineo anuncia que hemos llegado y las puertas se abren silenciosamente.
Me saca del ascensor sin ralentizar el movimiento de su mano.
Echo un vistazo al espacio que nos rodea: techos altos, suelos de parqué, muebles grandes y blancos, y la luz entrando a raudales por los ventanales.
Pero la mayor parte es una imagen borrosa mientras él sigue acariciándome el clítoris.
Hace que me dé la vuelta hasta que su cuerpo grande y duro queda contra mi espalda, y yo contemplo Central Park y Manhattan desde una altura vertiginosa.
No tengo tiempo de asimilar la magnificencia de las vistas antes de que él empiece a provocarme el cuello con sus labios y su lengua, y mis ojos se cierren. Me desnuda rápidamente y empuja mi cuerpo sobrecalentado y mis sensibles pechos contra el cristal frío.
—¿Me puede ver alguien? —pregunto con voz entrecortada por una mezcla de nerviosismo y excitación.
—Si tienen prismáticos. —Su boca vuelve a posarse en mi cuello, caliente y húmeda, y de repente me da igual si alguien ahí fuera con unos prismáticos nos está observando.
Al ver que no protesto, los labios de Roman se curvan contra mi piel—.
Pon las manos a los lados de la cabeza. —Obedezco, y entonces sus dedos se deslizan dentro de mí de nuevo—. Estás empapada —gime.
Abro las piernas para darle más acceso y me estremezco cuando me mete un dedo y luego dos, acariciándome justo como necesito. Su palma me roza el clítoris y con la otra mano me pellizca los pezones.
La combinación de sensaciones casi hace que me fallen las piernas.
—No pares, por favor, no pares.
Restriega la barra de acero de su erección contra mí y me mantiene en mi sitio, y sus dedos se curvan hasta que da con un punto que me hace temblar.
—¿Te vas a correr en mi mano, cariño?
—S-sí —susurro.
La mano que acariciaba mi pecho desaparece, y escucho el sonido de una cremallera por encima del ensordecedor latido de mi corazón. Al instante siguiente, saca los dedos de dentro de mí, dejándome dolorosamente vacía.
Antes de que pueda protestar por su ausencia, el sonido húmedo de él lubricándose con mi excitación llega a mis oídos. Gimo, y entonces sus manos vuelven y su grueso miembro se desliza entre mis nalgas.
—Mira lo que me has hecho hacer —gruñe contra mi cuello, y el calor de su aliento me recorre un escalofrío—. No pensaba correrme todavía. ¡Quería cenar primero!, demostrarte que esto no es solo sexo, pero me vuelves loco. Joder, no puedo evitarlo.
La forma en que gime las últimas palabras hace que una nueva oleada de excitación se desborde en mi interior.
El roce de su cuerpo detrás de mí, el frescor del cristal, las vistas vertiginosas y sus manos sobre mí —dentro de mí— son una sobredosis de estimulación.
Ya estoy tan al límite que no hacen falta más de tres caricias de sus dedos para que explote; el orgasmo me recorre como una onda expansiva de placer.
Atrapada entre su cuerpo duro y la ventana, me retuerzo, jadeo y me corro.
Roman gruñe, ciñéndome más a él con los dedos aún hundidos en mi interior. Con un juramento, cabalga su propio orgasmo, y chorros ardientes de semen salpican mi espalda y resbalan húmedos por mi trasero.
Pego la mejilla ardiente contra el cristal y suspiro.
Mi corazón galopante se ralentiza al ritmo de sus movimientos.
—No te muevas —dice. Obedezco, centrándome en cómo mi aliento empaña la ventana.
Detrás de mí, se oye un suave susurro de tela; luego, me limpia su semen con la camiseta.
Cuando termina, me agarra por los hombros y me da la vuelta.
Sus ojos gris pálido brillan con una especie de diversión salvaje—.
Me conviertes en un maldito adolescente.
Con una risa temblorosa, deslizo las manos por sus bíceps.
—No creo que un adolescente me hubiera hecho correrme nunca así de fuerte.
Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.
—Déjame enseñarte la casa. Podemos empezar por mi ducha.
Me agacho para coger mi ropa, pero él me agarra del brazo, me detiene y hace que me enderece de nuevo.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta.
—Me estoy vistiendo.
Arquea las cejas.
—Vas a tener que volver a desnudarte cuando lleguemos al baño.
Por extraño que parezca, teniendo en cuenta lo que acabamos de hacer, la idea me pone la carne de gallina.
—Me da vergüenza andar desnuda por tu piso.
Enreda una mano en mi pelo y me echa la cabeza hacia atrás. El calor de su mirada, normalmente fría, hace que mi corazón dé un vuelco.
—¿No quieres andar desnuda por mi piso? —Sintiéndome ridículamente tímida, niego con la cabeza. Sin previo aviso, me levanta y me echa sobre su hombro.
—¡Roman! —chillo mientras atraviesa a zancadas la amplia sala.
—¿Qué? Has dicho que no querías andar desnuda.
—No es eso lo que quería decir, y lo sabes.
Él se ríe, y a pesar de mi vergüenza, ese sonido genuino y espontáneo que sale de él, un sonido que nunca habría imaginado oír cuando empecé a trabajar para él, hace que mi corazón no se acelere sin más: se precipita en caída libre.
Pase lo que pase entre nosotros, nunca me arrepentiré de haber oído a Roman King reírse así.