40 #2
La beso en los labios y deslizo mi lengua en su boca. Ella responde de inmediato enredando sus dedos en mi pelo. A pesar del deseo que me invade, que me evoca la fantasía de echarla sobre mi escritorio de nuevo, de tomarla en el sofá o de empotrarla contra la ventana, consigo contenerme.
Por mucho que la desee, no puedo arriesgar nuestra reputación follando con ella aquí mientras hay gente al otro lado de la puerta.
Se merece algo más que rumores de conducta inapropiada y empleados cuchicheando en los pasillos si alguien descubre que estamos aquí juntos con la puerta cerrada con llave.
Cuando la dejo marchar, tiene los labios hinchados y la mirada vidriosa. Estoy tan excitado que probablemente tendré que aliviarme en el baño después de que se vaya. Pero el dolor de testículos merece la pena por esa expresión curiosa que muestra.
Se lleva los dedos a la boca, sonriendo.
—No estoy acostumbrada a esto.
—¿A besar a tu jefe?
Ella se ríe; es un pequeño sonido ronco que va directo a mi pene.
—Eso también. Pero no. Me refería a hacer algo que me parece al mismo tiempo tan malo y tan bueno. Normalmente soy muy cuidadosa y trato de hacer lo inteligente, lo sensato. Y esto es lo más alejado de eso que se me ocurre.
La miro con atención, buscando atisbos de duda.
¿Se está arrepintiendo de seguir adelante con esto?
La idea me provoca una herida más profunda de lo que debería, teniendo en cuenta la realidad de nuestra situación.
Si ella levantara una señal de stop, sin duda sería la forma más rápida y fácil de resolver las cosas.
Quizá sería mejor para los dos que esto terminara aquí, pero no puedo luchar contra esa parte de mí que la ansía. Es demasiado fuerte. A pesar de que la negación ya ha clavado sus garras en mi estómago, sigo obligándome a darle una salida.
—Ya te lo dije: estás a salvo conmigo. Si quieres terminar esto ahora, no habrá repercusiones.
Frunce el ceño, pero al final niega con la cabeza.
—Había olvidado lo que se siente al querer arriesgarme, a dejar que mi vida se complique un poco . Creo… Creo que eso es lo que más deseo, y lo que más miedo me da.
—No quiero que me tengas miedo. —Las palabras me salen con cierta aspereza.
Ella pone su mano sobre mi pecho y el calor de su palma traspasa la tela que nos separa.
—No te tengo miedo a ti. Supongo que le tengo miedo a lo desconocido. Y este tipo de cosas, las emociones que me invaden cuando estoy contigo, son completamente nuevas para mí.
Me quedo paralizado.
—Los dos estamos navegando por aguas desconocidas.
Su cuello se mueve al tragar saliva.
—Pero… tú ya has estado casado antes. Debiste de sentir lo mismo por Katherine. A pesar de cómo acabaron las cosas, seguro que al principio fue así.
Algo parecido al dolor le recorre el rostro, pero desaparece tan rápido como ha llegado. Joder. No me gusta que esté comparando la conexión que compartimos con lo que tuve con Katherine.
Deslizo la mano por su cabello y hago que levante la cabeza para que se vea obligada a mirarme a los ojos.
—Lo que sentía por Katherine no se parecía en nada a esto — digo con voz entrecortada; necesito que ella escuche la sinceridad en mis palabras, que la vea en mis ojos—. Nunca habría roto mis reglas por ella como lo he hecho por ti.
Abre la boca y se le escapa un pequeño suspiro.
—Pero ¿por qué?
—¿Por qué no sentía eso por ella, o por qué he roto mis reglas por ti?
Se muerde el labio inferior.
—Las dos cosas, supongo.
Mi exmujer es la última persona de la que quiero hablar. Pero le debo a Chloe al menos parte de la verdad.
—Me engañé a mí mismo pensando que Katherine era lo que necesitaba en aquel momento, pero no lo era, y nunca podría serlo.
—Ignorando la pregunta que hay en sus ojos, la suelto y me meto las manos en los bolsillos—.
En cuanto a por qué he roto mis reglas por ti…
—Yo mismo sigo sin entenderlo del todo. Quizá sea porque es la primera mujer que me ha hecho cuestionarme mis prioridades.
Con ella, recuerdo lo que es vivir el momento en lugar de tratar la vida como una partida de ajedrez, calculando las implicaciones de cada movimiento que hago.
Me hace sentir como un hombre mejor, y soy lo bastante egoísta como para no querer renunciar a eso.
Y, joder, es la única mujer, la única persona, que ha conseguido acallar esa voz constante en mi cabeza que me empuja a hacer más, a hacerlo mejor, a ser mejor.
A ser mejor que él. Esa contradicción se me atraganta como una piedra en la garganta.
Porque, a pesar de que me digo a mí mismo que lo nuestro es diferente, si el mundo se entera de que me acuesto con mi joven y guapa asistente, será una prueba irrefutable de que estoy hecho de la misma pasta.
Todo eso es demasiado complicado de expresar con palabras ahora mismo, así que elijo la salida fácil—.
Porque eres la única mujer que me ha hecho querer romper mis reglas.
— Todavía hay un leve atisbo de duda en su expresión.
En lugar de intentar disiparla más, la pego a mí, le acaricio la cara y la beso hasta que las llamas se encienden en nuestros cuerpos con la facilidad de siempre.
Pero alguien vendrá a buscarnos pronto, o al menos empezará a sospechar, así que rozo sus labios con los míos una vez más y luego me separo—.
Pregúntale a Carol si puede hacer horas extras este fin de semana.
Entonces planearemos el resto, ¿de acuerdo?
Asiente y se dirige hacia la puerta. Antes de salir, me mira por encima del hombro una última vez.
Regreso a mi asiento, pero en lugar de ponerme a trabajar, giro la silla y contemplo Manhattan.
Con la ciudad extendiéndose ante mí de esta manera, es demasiado fácil sentir que soy intocable.
Que tengo el control de mí mismo y de mi vida.
Pero estoy empezando a darme cuenta de que eso es una ilusión.
Y tal vez, solo tal vez, dejar de lado esas creencias podría darme una paz que nunca supe que deseaba.