El rey distante (Empty Kingdom 3) 38 #3
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En cuestión de minutos, le tiemblan las piernas y su excitación se desliza por la hendidura entre sus nalgas. Gime cuando le meto un segundo dedo para darle más de lo que necesita.

Cuando pongo otro dedo contra el estrecho anillo de músculo entre sus nalgas, ella inspira aire y se tensa.

—¿Alguna vez te ha tocado alguien aquí?

Ella niega con la cabeza.

—Nunca…

La satisfacción me embarga. Me siento como un puto hombre de las cavernas que necesita reclamarla por entero.

—Déjame entrar, cariño. Te va a gustar, te lo prometo.

Un estremecimiento la sacude, pero se relaja y me permite deslizar la punta de mi dedo dentro, algo que facilita la humedad que ya se acumula allí.

Vuelvo a mover la lengua y la mano, y ella gime, agarrándome del pelo como para anclarse. Pero por la forma en que sus músculos internos se tensan a mi alrededor, no hay forma de contener lo que está a punto de ocurrir.

—Roman… Dios, estoy muy cerca.

En el último momento, aparto la mano y la boca, y ella grita en señal de protesta, abriendo los ojos de par en par. La necesidad que arde allí me deja sin aliento.

—La primera vez que te corras en mi oficina —gruño—, será conmigo dentro de ti.

—Con un movimiento rápido, me desabrocho los pantalones y me los bajo junto con los calzoncillos hasta las caderas, liberando mi erección.

Mientras envuelvo con los dedos mi miembro dolorido, sus caderas se contonean por la anticipación.

Una firme caricia hacia arriba hace que el líquido preseminal que se me escapa se derrame sobre el dorso de mi mano y gotee hasta el suelo—. Túmbate.

Cuando obedece, me echo hacia delante, apoyo una mano en el escritorio y pongo la cabeza hinchada de mi miembro contra su clítoris. Desesperada por que la llene, levanta la pelvis para intentar llevarme donde me necesita.

Ese movimiento hace que me deslice hacia su entrada y me arranca un siseo entre los dientes. No la penetro, por mucho que me muera de ganas. Solo la beso, larga y apasionadamente, mientras mi glande palpita contra su suave carne.

Cuando rompo el beso, ella me suplica.

—Por favor, Roman. Por favor.

No hay ni una parte de mí que no quiera follar con ella a pelo, pero aún no hemos tenido esa conversación. Y ahora no es el momento.

—Tengo que ir a por un condón. —Las palabras son tan duras que casi parecen un gruñido.

—Date prisa.

Joder, su necesidad no hace más que avivar el escalofrío que me recorre la espalda. Me encanta ver este lado de ella, en el que persigue lo que quiere. Y si quiere mi pene, estaré más que encantado de dárselo.

Saco la cartera del bolsillo del pantalón y cojo el condón. Una vez que me lo he puesto y estoy en su entrada, ella levanta las caderas, y su cuerpo cede alrededor de la punta de mi miembro. Sus paredes internas se cierran sobre los primeros centímetros gruesos.

—¿Quieres que te llene, cariño? —Todo mi cuerpo vibra con el esfuerzo que me cuesta resistirme a empujar hasta el fondo. Quiero tomarme mi tiempo. Si voy a traspasar todos los límites, me aseguraré de disfrutar de cada segundo.

Y ver cómo su sexo perfecto se esfuerza tanto por recibirme por completo es uno de los detalles que no quiero perderme.

Así que, en lugar de embestirla, muevo las caderas, obligándola a aceptarme poco a poco.

—Sí. —Echa la cabeza hacia atrás, y la palabra sale de su boca como un jadeo ahogado.

Las puntas de sus tacones resbalan sobre la madera y dejan arañazos en la superficie pulida, unas marcas que me provocan un oscuro escalofrío.

Me aseguraré de que se queden ahí, donde podamos verlas todos los días.

—Eres la hostia de estrecha. —Rechino los dientes, luchando contra la sensación de hormigueo que se acumula en mi columna vertebral—. Pero vas a acoger hasta el último centímetro.

Hundo los dedos en sus caderas y la muevo para poder deslizarme más fácilmente.

Mantengo la mirada fija en el punto donde nos unimos, sudando en un esfuerzo por no limitarme a empujar. Luego me retiro para poder penetrarla un poco más profundo.

—Dios, Roman —jadea ella—. Eso es… Yo… Yo estoy…

Se tensa y grita, arqueando la espalda mientras sus músculos internos se contraen y se relajan a mi alrededor.

Ni siquiera he llegado a la mitad y ya se ha corrido.

—Eso es, cariño. Lo necesitabas, ¿verdad? Necesitabas mi pene para correrte. —Le clavo los dedos, conteniendo a duras penas mi propia eyaculación.

Cuando se relaja, me lanzo hacia delante, hundiéndome hasta el fondo.

Con la mandíbula tensa, me mantengo profundamente dentro de ella y aguanto hasta que su orgasmo se apaga.

Pero en cuanto ella se deja caer contra la superficie lacada que tiene debajo, me muevo.

Una larga retirada y luego una fuerte embestida.

Ella mueve las caderas contra las mías, intentando que la penetre más profundamente. Y cuando me agacho sobre ella y me meto uno de sus pezones en la boca, ella me envuelve con las piernas y los brazos, clavándome las uñas para animarme a seguir.

Sin dejar de penetrarla con fuerza, deslizo una mano entre nosotros y pongo mi pulgar sobre su clítoris, lo que la lleva a un nuevo orgasmo.

—Esa es mi chica —le gruño al oído mientras se retuerce debajo de mí—. Eres increíble. Pero aún no he terminado contigo. —Con un gemido, me retiro de ella—. Date la vuelta, cariño.

Me mira aturdida por un momento, luego baja los pies al suelo, se quita el vestido y se tumba boca abajo, estirándose sobre mi escritorio.

Espero con todas mis fuerzas no olvidar nunca cómo se ve ahora mismo: las piernas largas, aún con los tacones puestos, un culo perfecto y las curvas de su cuerpo contra la madera oscura.

Aprieto los dientes y agarro con fuerza la base de mi pene. Luego vuelvo a penetrarla, acariciándole las nalgas con las palmas de las manos, amasándolas, abriéndola para poder ver cómo se estira a mi alrededor.

Resistiendo el impulso de inmovilizarla contra el escritorio y tomarla con fuerza y rapidez, me obligo a enderezarme y diviso nuestro reflejo en la ventana.

Aunque nuestras imágenes son borrosas y están distorsionadas por las luces de la ciudad que brillan desde fuera, puedo distinguir lo grande que parezco en comparación con ella y lo perfecta que se ve así: en mi oficina, sobre mi escritorio.

Sigo penetrándola con la vista clavada en nuestro reflejo. La presión crece dentro de mí, volviéndome casi loco. Pero necesito más. La necesito más cerca.

La levanto para que su espalda quede pegada a mi pecho.

—Míranos.

Con una mano la agarro de las caderas y deslizo la otra por su cuerpo para rodearle el cuello y mantenerla en su sitio.

Traga saliva contra mi palma.

—Yo… Roman, n-necesito correrme otra vez.

Está a punto de llegar, a juzgar por cómo me aprieta, pero mantengo deliberadamente un ritmo lento, provocador.

Dejo caer mi mano hasta su muslo, le levanto la pierna para que su rodilla descanse sobre mi escritorio y se abra de par en par para mí.

—Tócate. Quiero ver cómo te corres.

No lo duda, desliza los dedos en su sexo y se acaricia el clítoris.

Verla —vernos— así me lleva al límite. Me está costando toda mi fuerza de voluntad contenerme.

Cuando baja la mano hasta donde estamos unidos y me acaricia, pierdo la cabeza.

—Joder. —Incapaz de contenerme, empujo mis caderas contra ella con fuerza y rapidez.

Ella grita y yo empujo más fuerte—. Sigue tocándote.

—En el momento en que vuelve a concentrarse en su clítoris, su cuerpo se tensa a mi alrededor.

Arquea la espalda, saca pecho y grita mi nombre.

Llevo la mano hasta uno de sus pezones, firmemente erguido, y le doy un pellizco brusco.

Ella se estremece, sacudiéndose contra mí, y sus músculos internos se tensan y me llevan más profundamente dentro de ella.

Mi visión se oscurece por los bordes—. Joder. Me vas a dejar seco.

Con las manos clavadas en sus caderas, la penetro con fuerza, persiguiendo mi propio clímax mientras las réplicas del suyo nos sacuden a los dos.

Ahora estoy gimiendo, con un gemido grave, profundo y urgente, hasta que mi cuerpo se tensa casi hasta el punto del dolor. Entonces me corro. El calor y el placer me hierven por la columna vertebral y me hundo en ella tan profundamente como puedo y exploto.

Ella se echa hacia delante, mete la mano entre nosotros y me acaricia los testículos palpitantes mientras mi eyaculación llena el condón con espasmos desgarradores, uno tras otro.

La sensación de sus dedos contra mí intensifica cada latido hasta convertirlo en una descarga eléctrica de placer tan fuerte que me tiemblan las piernas.

Tengo que apoyar una mano en el escritorio para mantener el equilibrio mientras lo supero.

Cuando el orgasmo por fin remite y puedo volver a respirar, la pego a mí y le agarro la barbilla para que levante la cara hacia la mía.

—Vamos a hacer que esto funcione. ¿De acuerdo?

Suspira con los ojos muy abiertos y aturdida.

—De acuerdo. —Aplasto mis labios contra los suyos, ahogando su gemido.

He traspasado todos los límites que me juré respetar. Pero esto no se parece en nada a las sórdidas aventuras que mi padre tenía. Me preocupo por Chloe. No busco unos cuantos orgasmos baratos. Aquí, en la oscuridad, en secreto, no importa que trabaje para mí.

Solo necesito encontrar la manera de que lo mismo sea cierto a la luz del día.