El rey distante (Empty Kingdom 3) 38 #2
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—Lo dices como si no supieras ya que es verdad.

Parpadea y luego frunce el ceño, con un pequeño y gracioso mohín en los labios.

—¿Por qué debería saberlo? Acordamos que todo iba a terminar a nuestro regreso. Y ahora que hay alguien más interesado, ¿cambias de opinión? No soy tu juguete, Roman. Me respeto demasiado a mí misma.

Niego enérgicamente con la cabeza.

—Lo último que creo es que eres un juguete, créeme.

Y no he cambiado de opinión porque haya alguien más interesado.

Lo que sentí al saber que ibas a salir con Ethan solo me dejó más claro lo que quiero.

Y quizá aceleró el proceso de descubrir que lo que necesito es a ti en mi vida.

Y no me refiero a que seas mi asistente.

Traga saliva de forma audible.

—¿Y qué pasa con que seas mi jefe?

Tenso la mandíbula. No necesito que me lo recuerde.

—No es una situación perfecta, pero encontraré la manera de que funcione.

Su mirada se vuelve penetrante.

—¿De verdad lo harás?

Las comisuras de mi boca se curvan hacia arriba. Ella quiere ser copropietaria de lo que sea que sea esto, y me encanta, joder.

—Espero que sí.

Se muerde el labio inferior y sus ojos brillan de una forma que hace que mi corazón lata más fuerte.

—¿Y me vas a preguntar si eso es lo que yo quiero?

Levanto la barbilla.

—Por supuesto. —Entonces la agarro y hago que se siente en mi regazo.

—¡Roman! —jadea.

Hundo las manos en su pelo, tal y como me moría de ganas de hacer desde que regresamos de Francia, y rozo sus mejillas con mis labios.

—Dímelo, cariño. ¿Me deseas?

Su respiración se acelera.

—No debería.

—Lo sé. —Pongo mi boca sobre la tierna piel del ángulo de su mandíbula—. Yo tampoco debería desearte. Pero aquí estamos. — Saco la lengua y la saboreo—. Te he echado de menos, joder. ¿Tú me has echado de menos?

—Me has visto casi todos los días. —Su voz es entrecortada, pero sus dedos se enredan en el pelo de mi nuca.

—Así es. Y ha sido una puta tortura no poder tocarte. Así que dime, Chloe, ¿tú también me has echado de menos?

—Sí. Todos los días.

La recompenso por su sinceridad levantando su rostro hacia el mío para besarla. Cuando gime contra mis labios, la agarro por las caderas y la mezo contra mí.

Pero antes de que las cosas se descontrolen, Phillip detiene el coche frente al King Plaza.

Chloe tiene la mirada vidriosa cuando se vuelve hacia la ventanilla.

—Espera. ¿De verdad vamos a ir a la oficina?

—Sí. Vamos.

Sin protestar, se desliza de mi regazo y se endereza rápidamente.

Cuando termina, abro la puerta y salgo, y luego espero a que ella me siga.

Por mucho que me gustaría tocarla ahora mismo, no puedo hacerlo a la vista de los guardias de seguridad y las cámaras.

Así que me meto las manos en los bolsillos para contenerme y la guío hacia el vestíbulo.

—Señor King. Señorita. Callahan —nos saluda el guardia—. ¿Otro día de trasnochar?

—El trabajo del diablo nunca termina —respondo.

Él se ríe entre dientes.

—Ánimo. Espero que no tengan que quedarse mucho tiempo.

Incluso en el ascensor, mientras subimos a la última planta, mantengo las manos firmemente en los bolsillos, muy consciente de las cámaras de seguridad.

—¿Qué hacemos aquí? —Se vuelve hacia mí, con los brazos cruzados—. ¿Hay trabajo de verdad que hacer?

La recorro con la mirada, moviéndome lentamente, absorbiendo cada centímetro de ella.

—¿Quieres trabajar de verdad? —No responde.

La tensión aumenta entre nosotros mientras el ascensor recorre los últimos pisos.

Cuando se abren las puertas, me echa un último vistazo, sale y se dirige hacia mi despacho.

La sigo, con los ojos clavados en el balanceo de sus caderas, hasta que se detiene frente a la puerta y me mira por encima del hombro—.

Ábrela. —Mi voz suena ronca. Teclea el código y empuja la puerta de madera maciza para abrirla.

En cuanto la cierro detrás de mí, todo vale: en mi despacho no hay cámaras.

La agarro por las caderas y la empujo hacia mi escritorio hasta que su trasero queda pegado a él—.

¿Sabes cuántas veces me he imaginado follando contigo aquí mismo?

Sus iris son finos anillos de color turquesa que rodean dos pozos negros.

—No.

—Demasiado a menudo para mi tranquilidad.

Se muerde el labio inferior, aunque las comisuras de su boca se curvan hacia arriba.

—Puede que yo también me lo haya imaginado una o dos veces.

—El día que te quedaste aquí mirando cómo me corría, ¿deseaste que me acercara a ti y que folláramos?

Un delicado escalofrío recorre su piel, provocándome una sacudida de deseo puro.

—Sí.

—Dímelo, Chloe. ¿Pensabas en mí cuando te tocabas? ¿Imaginabas cómo sería si estuviera dentro de ti?

Suelta un suspiro tembloroso, y el aire cálido me roza el cuello.

—No pude evitarlo.

La imagen mental de ella deslizando los dedos entre sus piernas hace que se despierte mi erección. La conexión entre nosotros es innegable y me obliga a romper todos mis límites. Ya no puedo negarlo y, lo que es más, no quiero hacerlo. El control que una vez creí tener pende de un hilo.

Y ahora me estoy dejando llevar.

Le acaricio la mandíbula y le levanto la cara hacia la mía.

—Vas a tumbarte sobre mi escritorio y voy a hacer que te corras hasta que tus orgasmos sean lo único en lo que piense cada vez que me siente aquí. El recuerdo me ayudará a pasar las horas en las que no pueda tocarte, no pueda besarte, no pueda…, joder. No pueda tenerte.

Para mi sorpresa, se pone de puntillas, desliza una mano por mi nuca y me besa en los labios.

Solo me lleva un latido tomar el mando. Ahora que he dejado de luchar contra la atracción que siento por ella, no voy a contenerme.

Mi boca se posa con fuerza sobre la suya, reclamándola, reclamándola a ella.

Ella gime y clava las manos en mi pecho, y ese sonido hace que el deseo me recorra el cuerpo.

Cuando rompo el beso, me deleito con la visión de su rostro sonrojado: labios rosados e hinchados, ojos entrecerrados con el mismo deseo en el que yo me estoy ahogando.

Ella se lleva las manos a la espalda y empieza a bajarse la cremallera del vestido, pero la detengo.

Necesito hacerlo yo mismo. Respirando con dificultad por la nariz, tomo el control y le bajo la cremallera hasta el final de su espalda.

Luego deslizo los dedos hasta uno de sus hombros, lo paso bajo el fino tirante y lo deslizo hacia abajo antes de hacer lo mismo con el otro lado.

Se le baja el vestido hasta la cintura y, mientras absorbo la imagen que tengo ante mí, los celos me queman las venas. Su sujetador rojo de encaje es puro pecado.

—Te lo has puesto para Ethan. —Mi voz suena ronca, casi irreconocible.

Ella levanta la barbilla, firme.

—Me lo he puesto para mí. Quería sentirme deseable. Eso no significa que él fuera a verlo. No esperaba que nadie lo viera esta noche. Y tú menos que nadie.

Su desafío solo me excita más. Soy muy consciente de que solo ha salido con otro hombre porque le dije que lo nuestro no podía continuar. Y ese es un error que pienso rectificar.

Agacho la cabeza y le muerdo suavemente un pezón tenso que sobresale contra el encaje antes de chuparlo con fuerza, lo que la hace jadear y arquear la espalda. Repito el gesto con su otro pezón, luego alterno entre los dos, chupando y mordisqueando hasta que se retuerce contra mí.

Cuando está jadeando sin control, la levanto y la siento en mi escritorio, y luego me arrodillo entre sus piernas. Tiene el vestido arrugado alrededor de sus caderas, y todavía lleva puestas las bragas y los tacones.

Le separo los muslos y enseguida encuentro la tenue marca violácea que le dejé. Verla sobre su piel cremosa me llena de satisfacción. Al igual que la mancha húmeda en el centro de la tira de satén entre sus piernas.

—Estás tan lista… Mírate, empapando tus bragas para mí.

Sus ojos son casi completamente negros.

—Q-quizá es que me g-gusta mucho verte de rodillas.

Mi pecho se calienta y una risa retumba en mi interior.

—No te preocupes, cariño, después serás tú la que esté de rodillas. —Paso el pulgar sobre la prueba de su excitación, luego lo deslizo hasta su clítoris y lo masajeo suavemente.

Echa la cabeza hacia atrás y gime.

—Roman, por favor.

No he terminado de jugar con ella: pongo mi cara sobre su sexo y lo chupo a través del tejido húmedo. Su sabor explota en mi boca y, con un gemido, chupo con más fuerza. Cuando le meto la lengua por encima de la fina capa de satén que nos separa, jadea y contonea las caderas.

Se me acaba la paciencia mucho más rápido de lo que había planeado, y, de repente, estoy desesperado por eliminar todas las barreras entre nosotros.

Con un giro de la muñeca, rompo la fina tira de encaje de un lado y luego del otro. A continuación, le arranco las bragas destrozadas y las dejo caer al suelo.

—Era un conjunto. —Su protesta es poco convincente.

Me río entre dientes.

—Te compraré un conjunto de cada color. —Me gusta mucho pensar que tendrá que tirar el que llevaba puesto en una cita con otro hombre.

Antes de que pueda protestar por mis palabras, le doy instrucciones—.

Pon los pies en el borde. —Ella duda, probablemente consciente de lo expuesta que la dejará.

Pero solo dura un par de latidos. Cuando apoya las manos detrás de ella y coloca los pies donde le he ordenado, el calor me recorre la columna vertebral con fuerza y rapidez.

Está sonrosada y húmeda, y es toda mía, joder.

Paso mi dedo sobre ella, un roce casi imperceptible desde su clítoris hasta su entrada reluciente.

Luego deslizo la punta dentro—. Me muero por estar dentro de ti otra vez —murmuro.

Ella gime, inquieta e impaciente.

Agacho la cabeza, le lamo el tenso manojo de nervios y empujo mi dedo más profundamente dentro de ella, arrancándole un gemido.

La penetro, alternando entre rodear su clítoris con la lengua, chuparlo y lamerlo con un ritmo errático que hace que sus caderas persigan cada movimiento.