38
R oman
El sonido de mis pasos retumba con fuerza en la pequeña sala y las gotas de sudor me pican en los ojos. Llevo treinta minutos corriendo en la cinta y, sin embargo, el ardor en el pecho sigue siendo más intenso que el de los músculos.
Le doy un puñetazo al botón de parada y reduzco el ritmo, contemplando Manhattan iluminada ante mí.
En algún lugar ahí fuera, entre millones de personas anónimas, Chloe está cenando con otro hombre.
Debería alegrarme. Ha hecho todo lo que yo quería. Desde el momento en que bajamos de ese avión y volvimos a pisar suelo estadounidense, hemos actuado como si nunca nos hubiéramos besado, nunca nos hubiéramos tocado. Como si nunca hubiéramos follado.
Pero así ha sido. Y por mucho que lo intente, no consigo quitármelo de la cabeza —no consigo quitármela de la cabeza—.
Se me ha clavado en las neuronas de una forma que creía imposible para cualquier mujer.
Ni siquiera cuando estaba con Katherine estaba tan obsesionado con ella como lo estoy con Chloe.
Es posible que no estuviera obsesionado con ella en absoluto.
Aunque es una auténtica tortura ver a Chloe en mi oficina cada día y revivir esos recuerdos, ella ha vuelto a ser la asistente eficiente y profesional en la que he llegado a confiar durante los últimos meses.
Por supuesto que lo ha hecho. Ha demostrado más que de sobra lo en serio que se toma su trabajo.
No va a permitir que lo que compartimos comprometa eso.
Pero no me gusta.
De hecho, lo odio, joder.
Durante un breve período de tiempo —demasiado breve— se dejó llevar conmigo. Me pidió lo que quería y confió en que yo iba a dárselo. Se desnudó ante mí y fue impresionante.
Pero ella se merece a un hombre que esté ahí cuando lo necesite.
Que pueda darle lo que quiere, lo que le hace falta, cuando está demasiado ocupada como para conseguirlo por sí misma, y yo no puedo ser ese hombre.
No puedo hacer de una mujer mi prioridad cuando el King Group siempre será lo primero.
Y menos cuando esa mujer es mi empleada y los ojos del mundo empresarial están puestos en mí, esperando a que cometa un error.
A pesar de todo eso, la voz de la razón en mi cabeza se ve ahogada por la ira posesiva que se remueve en mi pecho al pensar que otro hombre experimente lo mismo que yo.
Al bajar de la cinta de correr, cojo la toalla que cuelga de la parte trasera de la máquina de press de piernas y me la paso por la cara y el pelo.
Me dirijo con paso firme a la ducha y la abro a toda potencia. Mientras espero a que el agua se caliente, me quito la ropa de entrenamiento empapada y me meto bajo el chorro, rezando a Dios para que el agua hirviendo se lleve estos sentimientos de los que no consigo deshacerme.
Pero cuando cierro los ojos, lo único que veo es a Chloe sonriéndole a ese imbécil, riéndose con él. ¿Intentará llevársela a casa esta noche? ¿Ella accederá?
Apoyo las manos contra la pared de la ducha y agacho la cabeza, con el corazón latiéndome con fuerza y los celos cabalgando por mis venas.
Ethan es un buen hombre. Lo sé porque lo investigué después de oír que aceptaba su invitación para salir a cenar, pensando que, si me aseguraba de que ella salía con alguien decente, estos sentimientos desaparecerían.
Pero no han desaparecido.
Puede que sea un tipo la hostia de agradable, pero no es el hombre adecuado para ella.
Porque lo soy yo.
El aire entra y sale de mis pulmones de un modo que me hace daño y mi control pende de un hilo.
Mi cerebro, claramente en mi contra, evoca una imagen que me lleva directamente al límite: Ethan con Chloe en su casa, desnudándola, tocando su suave piel, acariciando la cara interna de sus muslos. Ahí donde estaba la marca que le dejé.
¿Sigue ahí? ¿O se ha desvanecido por completo en la semana y media que ha pasado desde que se la hice mientras se corría?
Una cruda posesividad se aferra a mis entrañas y esta vez cedo y dejo que se apodere de mí.
Chloe es mía.
Mía para protegerla. Mía para cuidarla. Sus necesidades son mías para satisfacerlas.
No sé cómo voy a hacer que esto funcione si ella sigue siendo mi asistente.
Y ni de coña la voy a despedir ni le voy a pedir que deje su trabajo.
Pero no puedo quedarme de brazos cruzados ni a permitir que otro hombre se la quede porque yo no estaba dispuesto a esforzarme.
Una determinación gélida sustituye al fuego que corre por mis venas cuando cierro el grifo de la ducha. Apenas me he secado cuando le envío un mensaje a Phillip para que me espere abajo. Una vez vestido, me miro en el espejo. No hay incertidumbre en mi expresión. No hay dudas en mi mente.
Salgo a zancadas de mi dormitorio hacia el ascensor, seguro de mí mismo.
Phillip me mira con curiosidad cuando me abre la puerta.
—¿Una cita de última hora?
—Algo así.
Una vez que se pone al volante, se vuelve hacia mí.
—¿Adónde vamos, jefe?
Paso el dedo por el teléfono para buscar un contacto. Suena tres veces antes de que ella conteste.
—¿Roman? ¿Va todo bien?
El tintineo de los cubiertos y el murmullo de la conversación acompañan sus palabras. Está en un restaurante, no en casa de Ethan, menos mal.
—¿Dónde estás?
Ella inspira y ese sonido es agudo.
—Estoy cenando. ¿Ha pasado algo?
—Sí. Dime dónde estás y voy a recogerte.
—Estoy en Trio’s. Pero… ¿estás seguro de que no puede esperar? Estoy, eh, estoy en una cita.
La sangre me hierve en las venas al oír esa palabra. ¿Cree que no lo sé?
—No, no puede esperar. Pídele disculpas a tu cita. Estaré allí en quince minutos.
Antes de que pueda discutir, cuelgo y le digo a Phillip que se dirija a Trio’s. Ignoro la sonrisa de satisfacción que se dibuja en su rostro cuando lo hago.
Quince minutos después de colgar, nos detenemos frente al restaurante. Si pensaba que Chloe iba a estar esperándome, me equivocaba.
Salgo del coche antes de que Phillip tenga tiempo de abrirme la puerta.
—¡¿Le espero?! —me grita.
—Solo tardaré unos minutos. —Entro en el restaurante con paso firme, una sensación placentera me invade al pensar en lo que estoy a punto de hacer.
El maître se apresura a acercarse, con pánico en el rostro.
—Señor King. No le esperábamos.
—Solo he venido a recoger a alguien —lo tranquilizo sin detenerme.
Diviso a Chloe al otro lado de la sala y, al mismo tiempo, ella me mira con los ojos muy abiertos. Ethan se vuelve para ver qué pasa y su rostro se ensombrece por la decepción. No tengo nada en contra de ese hombre, salvo que está sentado frente a Chloe.
Al acercarme, ella se levanta apresuradamente, y sus ojos se encuentran con los de él.
—Lo siento mucho, Ethan.
—No pasa nada. —Él también se levanta—. Quizá puedas compensármelo en otra ocasión —dice cuando llego hasta ellos.
Ella abre la boca, pero antes de que pueda responder, me entrometo.
—Chloe estará muy ocupada durante las próximas semanas.
No creo que vaya a tener ni un minuto libre.
—Cierra la boca de golpe y frunce el ceño, y yo enarco una ceja, con una sonrisa esbozándose en las comisuras de mis labios.
Ahora que sé que se irá conmigo y no con el buenazo de Ethan, la presión en mi pecho se ha aliviado—.
Te lo explicaré todo cuando lleguemos a la oficina.
Me examina el rostro, confusa y con una pizca de aprensión.
¿Ha notado el cambio?
Coge su bolso y se lo cuelga al hombro.
—Gracias, Ethan. Me lo he pasado muy bien el tiempo que ha durado.
—Sus ojos se deslizan hacia mí y luego vuelven a él.
Su sonrisa es demasiado cálida para mi gusto.
—extiendo un brazo para que vaya delante, le hago un breve gesto de despedida a Ethan y la sigo fuera.
Cuando llegamos a la acera, se vuelve hacia mí—.
¿Cuál es la emergencia? ¿Se trata de EcoTech?
—Ya te lo he dicho, te lo explicaré en la oficina. —Le pongo la mano en la espalda para guiarla hacia Phillip, que ha salido del coche y nos está esperando.
Ella se planta.
—Estás actuando de forma extraña.
Agacho la barbilla para ocultar mi diversión. A ella no le va a gustar. Pero no quiero entrar en detalles aquí, donde todo el mundo puede vernos.
Me acerco a ella con cuidado de no tocarla. Una vez que lo haga, no habrá vuelta atrás.
—Está bien, cariño. Te lo explicaré en el coche.
Sus ojos y sus suaves labios rosados se abren de par en par. En lugar de discutir como pensaba que iba a hacer, se da media vuelta y va a paso ligero hacia el coche.
Phillip la saluda con una cálida sonrisa.
—Me alegro de verte de nuevo, Chloe.
Ella le aprieta el brazo.
—Yo también me alegro de verte.
Cuando Phillip me sonríe por encima de la cabeza de ella, reprimo mi recién surgido sentido de la posesividad y me limito a dedicarle una mirada indiferente.
Vuelve a ganarse mi buena opinión sobre él cuando se desliza en el asiento del conductor y, sin esperar a que se lo pida, pulsa el botón para levantar la barrera que nos separa.
En cuanto se levanta, Chloe me fulmina con la mirada.
—¿Cariño?
—¿Te molesta el apelativo cariñoso? No parecía importarte la semana pasada, cuando estabas…
Levanta la mano.
—¿No habíamos acordado fingir que eso nunca había pasado?
—Eso no me vale.
Frunce el ceño, ladea la cabeza y me examina.
—¿Por qué no? Creía que eso era lo que querías.
Sin poder evitarlo, enredo un mechón de su cabello rubio alrededor de mi dedo y luego lo deslizo por su cuello.
—Yo también. Pero resulta que no es así.
Sus ojos del color del mar buscan los míos.
—Espera. ¿Me has apartado de mi cita por una emergencia de trabajo o porque no querías que saliera con otro hombre?
—No es el adecuado para ti.
Se cruza de brazos, con la barbilla levantada en señal de desafío.
—¿Quién lo dice?
Esbozo una pequeña sonrisa.
—Yo.
—¡¿Tú?! —exclama—. Vale, pues dime: ¿quién es el hombre adecuado para mí?
Si cree que voy a dar marcha atrás, es que no sabe con quién está tratando.
Me echo hacia ella, deleitándome con la forma en que se le dilatan las pupilas y se le acelera el pulso en la base del cuello.
—Soy yo.
—¿Tú? —suspira.