El rey distante (Empty Kingdom 3) 37
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C hloe

—¿Tienes el archivo para la reunión de esta mañana?

La imponente figura de Roman ocupa toda la entrada de su despacho; la intensidad de su mirada hace que mi corazón se acelere de una forma que desearía poder controlar.

Esbozando una sonrisa profesional, busco el archivo en mi escritorio y lo levanto frente a él.

—Iba a llevártelo ahora mismo.

Se acerca a mí a zancadas y me lo arranca de la mano. Tras hojearlo, asiente.

—Buen trabajo. —Sin mirarme ni decir una sola palabra más, se da media vuelta y se retira.

Me siento como si me hubiera clavado un cuchillo.

Lola tenía razón. Tengo que cuidar mi salud mental y centrarme en hacer este trabajo lo mejor que pueda.

Y tengo que dejar de darle vueltas al asunto de Roman.

Aunque la distancia entre nosotros dos parezca mayor ahora que cuando empecé a trabajar para él.

Pero esa es la realidad, y no necesito que me recuerden por qué quería este puesto en primer lugar. El estado de mi padre ya ha empezado a mejorar, y Carol ha estado increíble. Me tranquiliza saber que no está solo en casa todo el día.

No tendría eso si no fuera por este puesto, así que pienso centrarme en eso en lugar de en cómo la camisa blanca de Roman se tensa sobre sus anchos hombros y los firmes contornos de su pecho. Un pecho sobre el que he deslizado mis dedos, al que he pegado mis labios, que he saboreado.

Los recuerdos despiertan un confuso cosquilleo en mi vientre.

Suelto un suspiro de frustración en respuesta a eso, lo que hace que Roman se detenga en la puerta. Se vuelve y me mira de una forma que todavía tiene el poder de acelerarme el pulso. En lugar de preguntarme, mira el reloj.

—¿A qué hora llega Wright Construction ?

—Llegarán a la una y media.

—De acuerdo. —Me mira fijamente durante un largo rato, con la mandíbula tensa, y luego entra en su oficina y cierra la puerta tras de sí.

Se me hunden los hombros, pero reprimo mi decepción y me concentro en la pantalla, decidida a superar mis dolorosas y contradictorias emociones.

Cuando llega la una y media, sigo a Roman a la sala de reuniones, donde el equipo de Wright ya está reunido, y me siento a su lado, a la cabecera de la mesa.

La mujer despampanante que tengo justo enfrente —con el pelo castaño rojizo oscuro, ojos verdes y gafas de montura negra que la hacen parecer una bibliotecaria sexy— se presenta como miembro del equipo jurídico de Wright. Inteligente y guapa.

Cuando Roman se agacha para hablar con ella, los celos se retuercen en un nudo punzante en mi estómago. Hago todo lo posible por ignorarlos, aunque la risita entrecortada que ella suelta consigue que el nudo se tense aún más.

Ni siquiera puedo culparla. ¿Quién no se quedaría sin aliento estando tan cerca de él?

Estos celos son inmaduros y estúpidos. Ojalá hubiera sido lo bastante inteligente —o fuerte— como para resistir el deseo de tocarlo, de saborearlo, de saber qué se siente al estar con él; de evitar verlo, aunque fuera por un momento, como algo más que mi jefe.

El hombre del asiento de al lado carraspea y me arranca del curso de mis pensamientos cada vez más deprimentes.

—Me alegro de volver a verte, Chloe. —Más que feliz con la distracción, me vuelvo y, ahora que lo miro con atención, lo reconozco—. Ethan —me recuerda.

Asiento y sonrío.

—Me acuerdo.

—No te voy a mentir, esperaba saber de ti —dice—. No dejaba de decirme a mí mismo que debías de haber perdido mi tarjeta. — La risa que se le escapa es afable.

Me invade un sentimiento de culpa. Con su cabello castaño claro y sus cálidos ojos azules, es guapo, y cuando me dio su tarjeta en nuestro último encuentro, me impresionó lo genuinamente amable que parecía.

Puede que incluso hubiera aceptado su invitación a tomar una copa, si no hubiera sido por el incidente en el ascensor que ocurrió después.

Quedarme atrapada allí con Roman cambió las cosas.

—Todavía la tengo —digo. —Lo siento, es que la vida…

—¿Te ha atrapado? —Sonríe, y esa expresión hace que le salga un hoyuelo en la mejilla.

Se me encoge el corazón.

—Algo así.

Nuestra conversación se ve interrumpida cuando Roman echa la silla hacia atrás y se pone de pie.

Cuando me giro hacia él, no me está mirando, pero tiene el ceño fruncido y una emoción que se parece mucho al enfado se desprende de él en oleadas mientras recorre la mesa con la vista.

—Vamos a empezar.

Como de costumbre, todos se concentran en él mientras se lanza a hablar sobre el progreso del edificio de oficinas en el que colaboran King Group y Wright Construction .

Ladeo la cabeza mientras lo evalúo. Algo no va bien. Su tono es más cortante de lo habitual, sus movimientos, normalmente fluidos y eficientes, son entrecortados. Es sutil, pero a estas alturas estoy tan en sintonía con cada uno de sus gestos que me resulta difícil ignorarlo.

En un momento dado, se fija en mí y hace una pausa lo bastante larga como para que se me acelere el pulso, y luego sigue adelante.

Finalmente, abre el turno de preguntas, y en cuanto se sienta, la mujer que tiene al lado se echa hacia él con impaciencia para susurrarle al oído otra vez.

En serio, ¿necesita estar tan cerca para que la oigan?

Sus ojos se encuentran con los míos y brillan peligrosamente. ¿Se me notan los pensamientos en la cara?

Aparto la vista. No quiero ser una persona necesitada y celosa.

Cuando termina la reunión, me levanto rápidamente y recojo mis cosas para poder irme antes de que lo hagan Roman y la guapísima abogada.

Ethan me sonríe mientras hace lo mismo. Me sigue hasta la salida, pero antes de que pueda despedirme me aparta de la gente que merodea fuera de la sala.

Al instante, intuyo lo que va a pasar. No sé muy bien qué sentir al respecto y estoy hecha un lío por dentro, con las emociones a flor de piel.

Se mete las manos en los bolsillos y agacha la cabeza para mirarme desde arriba; es muy guapo, con encanto juvenil.

—Bueno, si te has quedado con mi tarjeta, ¿puedo esperar que eso signifique que no has ignorado por completo mi invitación?

Siento un nudo en el estómago y me pego la tableta al pecho.

—No la he ignorado por completo. —Roman aparece en el pasillo.

La abogada sigue hablando con él, así que cuando él mira hacia nosotros me obligo rápidamente a centrarme de nuevo en Ethan.

No hay futuro entre Roman y yo. Y cuantas más vueltas le dé y más desee que lo hubiera, cuanto más finja que podría reescribir lo que hemos compartido, peor será.

Ethan parece simpático; ¿qué más da si no me provoca un cosquilleo en las entrañas como hace Roman?

Quizá ocurra una vez que lo conozca mejor.

Ahora que mi padre se encuentra mejor y Carol está por aquí, tal vez pueda activar un poco mi vida social.

Le sonrío al hombre que me mira, esperanzado—.

He estado muy ocupada con el trabajo, pero ahora debería tener más tiempo libre.

Se pasa la mano por el pelo.

—En ese caso, ¿te gustaría salir a cenar conmigo el miércoles por la noche?

Hace mucho tiempo que no tengo una cita de verdad.

Carol ya me ha dicho que no le importa quedarse más tiempo con mi padre si alguna vez quiero salir.

Está divorciada y, ahora que sus hijas son mayores y se han ido de casa, asegura que tiene demasiado tiempo libre.

Así que no tengo excusa para no hacerlo.

Y no hay nada que me lo impida, salvo un enamoramiento muy tonto por mi jefe.

Salvo que es mucho más que un enamoramiento tonto.

Aparto ese pensamiento de mi mente. La etiqueta que le ponga no cambia nada.

Inspiro hondo y me obligo a no mirar a Roman.

—Me encantaría.

Ethan sonríe y me pasa su teléfono.

—Genial. Dame tu número y te llamaré para organizarlo.

Un escalofrío recorre mi piel mientras tecleo mi número en el dispositivo. Una sensación ardiente y punzante que me hace sentir como si lo estuviera haciendo algo malo.

Y no es así. Es justo lo que debo hacer: no dejar que lo que pasó entre Roman y yo cambie nada.

Ethan recupera su teléfono y me dedica una sonrisa de despedida antes de irse a coger el ascensor.

Me doy la vuelta sin mirar a Roman y voy a paso ligero hacia mi escritorio, frente a su despacho.

Durante todo el trayecto, lo siento detrás de mí.

Su presencia es un calor en mi espalda, una presión que me pone la carne de gallina, inquietante de la mejor manera posible.

Como si fuera a agarrarme en cualquier momento, empujarme contra una pared, besarme, tocarme.

Pero cuando llego a mi escritorio, pasa junto a mí con paso firme y cierra con un portazo.

Parpadeo, con el corazón a punto de salirse del pecho. Nunca le había visto perder los estribos así en el trabajo. La reunión ha ido bien, así que no creo que sea eso lo que lo ha puesto de ese humor. Quizá haya pasado algo antes. Eso explicaría su extraña inquietud de antes.

Tras un momento de vacilación, me acerco a su puerta y llamo.

—¿Sí? —ladra.

Cuando entro, está de espaldas a la ventana, con los brazos en jarras.

—¿Qué ocurre, señorita Callahan?

Casi me echo atrás. ¿Ya estamos otra vez con eso? A pesar de la distancia que ha habido entre nosotros durante la última semana, no esperaba que volviéramos a llamarnos por los apellidos. Observo su mandíbula tensa. ¿Es posible que le moleste que haya hablado con Ethan?

—Pareces enfadado. Pensé que debía comprobar si había surgido algún problema durante la reunión que necesitaras que yo resolviera.

—La reunión fue bien —espeta.

Su tono me hace enderezar los hombros y enfrentar su cautelosa mirada gris.

—Entonces, ¿hay algo más en lo que pueda ayudarte?

Con la mandíbula tensa y las fosas nasales dilatadas, sus ojos atrapan los míos con una fuerza que no puedo ignorar. Entonces, con un suspiro seco, se pasa las manos por el pelo.

—No, Chloe . No puedes ayudarme con nada.

Me da la espalda, con los músculos de los hombros tensos.

El deseo de ayudarlo es intenso, pero es obvio que no quiere nada de lo que yo pueda ofrecerle.

Suelto un suspiro.

—De acuerdo, entonces. Te dejo volver a… eh, al trabajo. — Teniendo en cuenta que está mirando por la ventana, no sé qué trabajo está haciendo, pero estoy segura de que no le llevará mucho tiempo superar lo que sea que le esté preocupando—. Avísame si necesitas algo.

Me vuelvo para salir, pero su voz grave me detiene antes de que pueda girar el pomo de la puerta.

—Gracias, Chloe.

Miro por encima del hombro, sorprendida por el tono casi hueco de sus palabras. La intensidad de su expresión me deja sin aliento.

—¿Por qué?

Su risa es seca.

—Por ser tú. Por preocuparte, incluso cuando no deberías.

Siento una punzada de dolor en las costillas. No tengo ni idea de lo que está tratando de decir, pero asiento de todos modos.

—De nada, Roman.

Luego me voy y cierro su puerta suavemente tras de mí.