34 #2
—Sácala. —Alargo la mano hacia la cremallera, casi con demasiada impaciencia, y se la desabrocho.
Él levanta las caderas para que pueda bajarle de los pantalones y los calzoncillos.
Ya está durísimo. Y cuando se agarra y se acaricia, se forma una gota nacarada de líquido preseminal en la punta, que luego resbala hasta la parte inferior de su miembro.
Es increíblemente erótico ver a este hombre que suele ser tan reservado, tan controlado, sentado aquí completamente vestido con su traje a medida y con su hermoso miembro en la mano—.
Desabróchate la blusa. —Su tono ronco me hace sentir un escalofrío que me recorre la espalda.
Obediente, me desabrocho los botones con dedos temblorosos; luego dejo que se deslice por mis hombros y caiga al suelo detrás de mí; me quedo en falda y sujetador de satén blanco.
Cada inspiración que tomo hace que mis pezones duros y sensibles rocen la tela, provocándome un pequeño estremecimiento.
Sus iris se vuelven tormentosos mientras me devora con la mirada—.
Joder, qué guapa. —Con su mano libre, me baja las copas del sujetador para dejar al descubierto mis pechos.
Me acaricia un pezón, luego el otro, provocándolos hasta que se ponen duros y doloridos.
Luego desliza la yema de su pulgar entre mis dientes y me abre la boca.
Se detiene con su pene junto a mis labios—.
¿Es lo que quieres? — Alzo la cabeza y asiento.
El movimiento es pequeño, teniendo en cuenta que me mantiene la boca abierta.
Su expresión, con los ojos entrecerrados y la excitación patente en su mirada brillante, queda grabada en mi memoria, donde permanecerá para siempre.
El deseo arde en lo más profundo de mi vientre cuando mete su gruesa corona entre mis labios, y cuando me suelta, murmuro alrededor de su miembro y trago tanto como puedo.
Roman mueve las caderas, sisea entre dientes y hunde las manos en mi pelo, sujetándome mientras respira con dificultad por la nariz—.
Qué bonita estás con los labios a mi alrededor.
Tras un momento, afloja su presa en mi cabeza, sin dejar de sujetarla, pero con menos fuerza, para no restringir mis movimientos.
Lo interpreto como la señal para tomar el control y, con los ojos cerrados, me echo hacia atrás, haciendo girar mi lengua a su alrededor, disfrutando de su sabor salado y masculino antes de meter aún más de él en mi boca.
Él suelta un gemido bajo y profundo; el sonido por sí solo basta para que la excitación empape mis bragas. Cuando me fijo en su rostro, veo que me está mirando con la boca ligeramente entreabierta, los ojos hambrientos y clavados en el lugar donde mis labios se estiran a su alrededor.
No hay forma de que pueda metérmelo todo, pero hago lo que puedo, rodeando con los dedos la parte a la que mi boca no llega y apretando. Con la otra mano, le masajeo suavemente los testículos, y disfruto cuando echa la cabeza hacia atrás y la apoya contra el sillón.
Retrocedo de nuevo, dejo que mis labios rocen la piel suave como el satén de su glande y luego deslizo lentamente la boca hacia abajo, hasta que me roza la garganta.
Otro gemido grave se le escapa, y su miembro palpita contra mi lengua. Animada por su reacción, acelero el ritmo, metiéndomelo tan profundo como puedo y chupando, para luego retirarme casi por completo.
Su cuerpo se tensa bajo mi mano y un ligero temblor me recorre los dedos mientras lo llevo al límite. La idea de que ya está a punto de correrse me acelera el pulso y sigo trabajando con mi boca y mis manos.
Acaricio su dura longitud con la lengua, lamiendo la sensible hendidura de su glande.
—Cariño. —Su tono es entrecortado, atormentado.
Repito el movimiento, lamiendo el líquido preseminal que brota de él hasta que me tira del pelo y me echa la cabeza hacia atrás—.
Abre — gruñe. Obedezco con el pecho subiendo y bajando sin control y el cuerpo vivo y palpitante.
Se tensa de la cabeza a los pies cuando entra en mi boca de nuevo, y cuando lo vuelvo a tomar, tan profundamente que mi garganta se contrae a su alrededor, cierra los ojos con fuerza—.
Joder, qué sensación… —Me sujeta con fuerza, y balancea las caderas hacia arriba como si no pudiera controlarse.
Está al límite. Ver cómo pierde el control hace que todo mi cuerpo se derrita.
Mientras la lujuria se enrosca en mi interior, chispeando en mi clítoris, me retuerzo, moviendo las caderas, desesperada por la fricción.
Hace que eche la cabeza hacia atrás, hasta que lo miro descaradamente a los ojos, con la boca aún llena de él—.
Súbete la falda y tócate. —Inmediatamente lo suelto para poder subirme el dobladillo de la falda.
En el momento en que deslizo la mano dentro de las bragas, encuentro mi clítoris, ya hinchado y sensible, y lo acaricio; las oleadas de calor laten por todo mi cuerpo.
Su mirada va de mi boca a mis ojos y de ahí a donde se mueven mis dedos.
Su cuerpo se tensa, los músculos se le contraen, y palpita contra mi lengua.
Clavo la vista en su rostro, desesperada por darle lo que sea que necesite.
Me suelta el pelo, me sujeta la nuca con una mano y me guía arriba y abajo—.
Más —jadea; ha perdido todo el control y me encanta.
Aunque parezca imposible, se hincha aún más entre mis labios.
La reacción me marea y estoy desesperada al saber lo que le estoy haciendo—.
Mírame. — Tiemblo ante el tono grave de su voz y hago lo que me pide sin ralentizar el movimiento de mis dedos sobre mi clítoris.
Lo hundo más entre mis labios y la punta de su miembro me roza la garganta; él enreda de nuevo los dedos en mi pelo—.
Eres la hostia de dulce, ahí, de rodillas para mí.
—Chupo con más fuerza y su cuerpo se tensa y me aprieta con más fuerza—.
Eso es —gruñe—. ¿Quieres saborearme? —Asiento—.
Déjame ver cómo te corres y te daré lo que quieres.
—Sus palabras, combinadas con la forma en que empuja más adentro, manteniéndose profundamente en mi boca, me hacen caer en picado al abismo.
Cuando llega el orgasmo, todas mis terminaciones nerviosas se activan a la vez, y me estremezco, cerrando los ojos con fuerza y gimiendo alrededor de él—.
Qué sexy. —Me echa la cabeza hacia atrás, obligándome a soltarlo, y luego desenreda una mano de mi pelo y la envuelve alrededor de su miembro—.
Abre esa bonita boca. —Obedezco, desesperada por verlo desmoronarse.
Se acaricia con fuerza tres veces y suelta un gemido áspero al correrse; los chorros calientes me salpican los labios y aterrizan en mi lengua.
Sin dejar de correrse, desliza la punta en mi boca de nuevo para que las últimas pulsaciones me lleguen a la garganta.
Los músculos de sus muslos se contraen bajo mi mano.
Cuando las pulsaciones por fin cesan, respira rápido, con las pupilas dilatadas.
Me rodea el cuello con su enorme mano, ejerciendo una ligera presión—.
Demuéstrame lo buena que eres y traga. —Lo hago, moviendo el cuello bajo la palma de su mano— . Todo.
Su exigencia es un gruñido grave y oscuro, y una réplica me recorre el cuerpo. Me lamo los labios, ansiosa por saborear hasta la última gota.
Maldiciendo entre dientes, desliza el pulgar bajo mi labio inferior y luego lo mete en mi boca.
Cuando saco la mano de mis bragas, me agarra la muñeca y se lleva mis dedos a los labios y los recorre uno a uno con la lengua, rozando las yemas con los dientes, con sus ojos clavados en los míos, y mi excitación se dispara.
Dios mío.
Acabo de correrme, pero juro que podría volver a hacerlo sin mucha provocación.
Aún erecto, se pone de pie y me ayuda a levantarme para besarme con avidez, sin que, al parecer, le moleste su propio sabor.
Cuando nos separamos, me tambaleo.
—No hemos terminado —dice, con la voz aún ronca—.
A menos que me digas que no, voy a llevarte al dormitorio y devorarte hasta que te corras en mi cara.
Luego vamos a follar tan fuerte que ninguno de los dos recordará quiénes somos.
Durante las próximas horas, me vas a dar todo este cuerpo dulce y ardiente y todos los orgasmos que pueda arrancarle.
—Me mira con tal intensidad que apenas puedo respirar—.
Y cuando creas que no te queda nada más que dar, te demostraré lo equivocada que estás.
La parte sensata de mí, la que ha tenido el control durante tanto tiempo, me grita que esto solo empeorará las cosas. Pero la silencio sin pensarlo dos veces. Voy a disfrutar de Roman y de todo lo que me está ofreciendo ahora mismo, y ya me ocuparé de las consecuencias más tarde.
Me pongo de puntillas, y lo beso.
—Sí —susurro.