El rey distante (Empty Kingdom 3) 34
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C hloe

Con los ojos aún cerrados a la luz de la mañana, extiendo un brazo y no encuentro más que sábanas frescas.

Me doy la vuelta y echo un vistazo a la habitación para asegurarme, pero el silencio confirma lo que ya sé: él no está aquí.

Me tapo los ojos con el brazo y los recuerdos de anoche me invaden la mente. Su cuerpo moviéndose sobre el mío, sus palabras, su tacto, la forma en que me hacía sentir cuando estaba dentro de mí…

El calor me recorre la piel y mis pezones se endurecen, sensibles contra las sábanas sedosas.

Lo de anoche superó todas mis expectativas. Aunque no he tenido muchas parejas sexuales, sí las suficientes para distinguir el buen sexo del malo. Y el sexo con Roman no fue solo bueno: fue alucinante.

Me echo de nuevo de lado y me acurruco en posición fetal. ¿Cómo voy a sentarme en el mismo despacho con él día tras día y no imaginar todas las cosas que hicimos y cómo me sentí?

No tengo ni la más remota idea, pero tengo que hacerlo. Ese fue el acuerdo. Y por mucho que me haya complicado las cosas, no puedo arrepentirme de lo de anoche.

Quizá debería. Quizá debería castigarme por ser tan imprudente, sobre todo cuando mis decisiones nos afectan tanto a mi padre como a mí. Pero confío en Roman cuando dice que no dejará que lo que ha pasado entre nosotros afecte a mi trabajo.

Solo tengo que asegurarme de hacer lo mismo.

Suspiro, me levanto y me estiro, disfrutando del dolor casi placentero de mis músculos.

No tenemos que salir hasta dentro de dos horas, así que me tomo mi tiempo para disfrutar bajo el chorro caliente de la ducha.

Mientras me enjabono, mis dedos rozan un punto sensible en la parte interna del muslo.

Miro hacia abajo y mi mente vuelve de golpe al momento en que Roman me dejó esa marca.

Siento un escalofrío y vuelvo a pasar los dedos por encima. ¿Qué le pasaba por la cabeza al hacerme algo así?

No puedo darle vueltas a esa pregunta. Tengo que volver a ponerme mi máscara profesional y demostrar que puedo superar lo de anoche y no hacer que las cosas se pongan raras. Aunque de repente estoy dudando de mi capacidad para lograrlo.

Después de secarme, pido el desayuno al servicio de habitaciones y me siento en el balcón al sol para comer unos deliciosos pasteles y saborear una taza de café.

Me sigue pareciendo increíble estar aquí, en París, rodeada de tanta historia y belleza. Parece un sueño.

Uno del que tendré que despertar demasiado pronto.

Cuando Roman por fin llama a la puerta, tengo las maletas hechas y estoy lista para irme, aunque no esté preparada para enfrentarme a él. El corazón me late a mil por hora mientras llevo mi pequeña maleta hacia la puerta.

Da un latido extra, solo por diversión, cuando tiro del pomo de la puerta y lo veo ahí. Lleva traje, por supuesto. No estoy segura de que se ponga otra cosa. Pero, Dios, qué bien le queda.

Tiene el pelo ligeramente húmedo, como si acabara de salir de la ducha. ¿Se durmió después de nuestra larga noche? ¿O volvió directamente al trabajo cuando salió de mi habitación?

Siento una opresión el pecho al recordar la confesión que me hizo entre orgasmos. ¿La razón por la que se exige tanto es su padre?

—Buenos días. —Su voz suena un poco más ronca de lo normal, y me mira de una forma que, desde luego, no parece nada profesional—. ¿Has dormido?

Siento que se me enrojecen las mejillas, pero ignoro la sensación.

—Un par de horas. ¿Y tú?

Una de las comisuras de su boca se curva hacia arriba.

—Una o dos.

De repente se me seca la garganta, me humedezco los labios y su mirada se posa al instante en mi boca, aguda y fija.

Mi pulso se acelera. Quizá a él tampoco le resulte fácil volver a como estaban las cosas antes.

Se acerca a coger mi maleta y se lo permito aunque soy más que capaz de llevarla yo misma. La maneja con la misma facilidad que la suya mientras vamos por el pasillo y bajamos en el ascensor.

El ambiente está cargado de palabras no dichas, y mi cuerpo está tenso por la necesidad de estar más cerca de él; de pasar mi mano por su pecho y ponerla sobre su corazón para poder sentir su latido firme.

Pero resisto. Tuve una noche para explorarlo; para fingir que no había obstáculos que nos separaran, y ahora eso se ha acabado.

En el coche, de camino al aeropuerto, miro por la ventanilla y, a mi lado, Roman se sumerge en el trabajo con su teléfono. Sinceramente, agradezco tener un poco más de tiempo antes de tener que actuar como si solo fuera mi jefe.

Contemplo los edificios por los que pasamos, embebiéndome de todo lo que veo. Espero poder traer a mi padre aquí algún día. Le enseñaré lo que he tenido la suerte de ver en este viaje y descubriré todo lo demás.

Es un consuelo imaginarlo en lugar de obsesionarme con la idea de que nunca volveré a vivir con Roman algo como lo de anoche.

Una vez que subimos al jet, nos acomodamos en los asientos, uno frente al otro. Evito deliberadamente mirarlo, y en su lugar examino hasta el último rincón de la cabina, escondiéndome tras una frágil apariencia de normalidad.

La idea de que probablemente se dé cuenta de que estoy nerviosa me hace sentir más vulnerable de lo que me gustaría.

Y rápidamente me doy cuenta de que no estoy consiguiendo ocultar nada. Cuando el avión se estabiliza a la altitud de crucero, ya no puedo soportar más su mirada escrutadora.

Cuando nuestras miradas se cruzan, se me revuelve el estómago. La rigidez de su expresión es como un golpe físico. Es algo que nunca había visto antes.

—Es tan extraño —balbuceo—. La hora a la que aterricemos en Nueva York será justo después de la hora a la que salimos de Francia. Será como si las siete próximas horas no hubieran existido.

Por un momento, frunce el ceño, pero luego su expresión se suaviza.

—Ven aquí.

El corazón me da un vuelco ante la orden.

—¿Qué? ¿Por qué? —suelto una risa nerviosa.

Dios, eso no se parece en nada a mi risa. Se supone que debo ser madura. Se supone que debo ser el tipo de mujer que puede pasar la noche más increíble de su vida con su jefe y luego actuar como si nunca hubiera ocurrido.

Roman baja la voz.

—He dicho que te acerques.

Me desabrocho el cinturón de seguridad y doy un pequeño paso, que es todo lo que hace falta para estar prácticamente de pie entre sus piernas.

Lo miro desde arriba, con el corazón latiéndome con fuerza y las rodillas temblando.

No se trata de miedo, sino del recuerdo de todas las veces que me corrí anoche.

Sus ojos brillan, como si él también lo recordara, y sus manos se cierran sobre sus muslos.

—Nos prometimos una noche.

Demasiado avergonzada para seguir escuchando, levanto la mano.

—Para. Sé lo que acordamos y estoy totalmente de acuerdo. No voy a complicar las cosas. Seré la asistente profesional que tú…

—Chloe.

Ese gruñido grave me detiene y me acelera el pulso.

—¿Sí? —susurro, temblorosa.

Baja la mirada, abre los puños y estira los dedos. Luego vuelve a fijarse en mí.

—Las siete próximas horas serán como si nunca hubieran ocurrido.

Parpadeo, sintiendo cómo se me calienta la piel.

—Sé cómo funcionan los husos horarios. Solo decía que es una sensación extraña.

Su risa es grave, y me recorre de la forma más íntima, como cuando gemía contra mi piel.

En respuesta a ese recuerdo, un escalofrío me recorre el cuerpo y mis pezones se endurecen hasta convertirse en puntas contra mi camiseta.

Su mirada se posa en ellos y se le dilatan las fosas nasales.

—Siete horas que solo nos pertenecerán a nosotros.

—Siento un cosquilleo en el vientre ante la aspereza de su voz, ante lo que implican sus palabras.

¿Está sugiriendo una prórroga de nuestro acuerdo?

—. No te tocaré si no quieres que lo haga.

Podemos dejar las cosas como dijimos que haríamos.

O podemos pasar las próximas horas haciendo las cosas que no tuvimos oportunidad de hacer anoche.

Mi corazón late con fuerza contra mi caja torácica y un dolor se instala en lo más profundo de mi vientre.

Lo responsable sería volver a sentarme y decirle que tenemos dejar las cosas como están.

Pero el simple hecho de estar cerca de Roman acaba con mi faceta sensata.

¿Y cómo no iba a querer disfrutar del momento en lugar de preocuparme por el futuro?

Disfrutar de unos cuantos orgasmos más no empeorará las cosas, ¿no?

Él me mira, con la cabeza echada hacia atrás, las piernas abiertas y las manos apoyadas de nuevo en sus muslos. Tiene los nudillos blancos, como si se estuviera conteniendo para no tocarme.

Los tentáculos del deseo se tensan formando un nudo dentro de mí. Unas horas más para tocar, para saborear… para fingir…

Una vez más, tiro la precaución por la borda y le doy mi respuesta cayendo de rodillas entre las suyas.

—Joder, Chloe —gime .

—La azafata no va a venir, ¿verdad?

Pulsa un botón en el reposabrazos de su sillón.

—Estamos trabajando aquí, así que nada de interrupciones. Te llamaré si te necesito.

Más tranquila al saber que no me verán arrodillada delante de mi jefe, agarro la hebilla de su cinturón.

Él envuelve mis manos con las suyas, escrutando mi rostro.

—No tienes por qué hacerlo.

—Quiero hacerlo.

Sus mirada se clava en mí y me acaricia la mandíbula, deslizando los pulgares por mis pómulos con una ternura que hace que me piquen los ojos.

—¿Quieres saber a qué sé cuando me corro, cariño?

El escozor da paso a una oleada de deseo que recorre todo mi cuerpo. Aprieto los muslos y mi voz sale entrecortada cuando respondo.

—Es lo justo.

Se le tensa un músculo de la mandíbula y se desabrocha el cinturón.