El rey distante (Empty Kingdom 3) 33
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R oman

El corazón me late con fuerza contra la caja torácica; las réplicas del orgasmo aún vibran en mi interior cuando me separo de Chloe. Después de quitarme el condón, le hago un nudo y lo dejo sobre mi ropa tirada para ocuparme de él más tarde.

Chloe está tumbada a mi lado, cerca pero sin tocarme. Ha apartado la vista hacia la ventana.

Esta debería ser mi señal para levantarme e irme. Para empezar el proceso de dar un paso atrás. Hemos saciado nuestra sed el uno del otro y ahora es el momento de dejarlo atrás.

En cambio, la pego a mí. No he sido precisamente delicado con ella. Lo menos que puedo hacer es dejar que recupere el aliento antes de dejarla sola en esta enorme cama.

Eso es lo que me digo a mí mismo, al menos, mientras recorro con los dedos su piel aún húmeda, rozando su columna vertebral.

Durante unos minutos, nuestras respiraciones, que se van ralentizando poco a poco, son los únicos sonidos de la habitación.

El silencio casi total resulta extrañamente reconfortante y anima a mis músculos a relajarse.

Mis pulmones se expanden como si fuera la primera inspiración profunda que tomo en mucho tiempo.

Los delgados dedos de Chloe trazan pequeños círculos sobre mi pecho.

—Es una vista increíble. —Su voz es suave y un poco soñadora mientras contempla la Torre Eiffel más allá de la ventana, aún iluminada contra el cielo negro.

—La primera vez que vinimos a París —digo, sorprendiéndome a mí mismo—, tenía nueve años.

Así que Cole tenía cuatro, creo, y Tate, alrededor de uno.

—Sus movimientos se detienen, pero solo por un momento, antes de que continúe acariciándome en silencio—.

Nuestros padres habían salido a algún evento y, después de que la niñera nos acostara en la suite del hotel, Cole y yo nos escapamos y nos sentamos en un balcón un poco como el de ahí fuera.

Me preguntó si la Torre Eiffel era un cohete espacial.

Ella sonríe contra mi pecho, y eso me hace sonreír también. No me permito pensar demasiado en mi infancia. Prefiero centrarme en el presente y en el futuro. En las cosas que puedo cambiar.

Pero aquí, en la oscuridad, con esta mujer en mis brazos, los recuerdos me inundan de calidez.

—¿Qué le dijiste?

—Le dije que sí. Y que, si pudiéramos subir hasta lo más alto, nos llevaría volando a otro planeta.

El suave soplo de su risa me roza la piel.

—Me preguntó si podía ayudarlo a subir a la cima al día siguiente. Cuando le dije que lo pensaría, me respondió que solo podríamos hacerlo si llevábamos a Tate y a nuestra niñera con nosotros.

—¿A la niñera?

Hay una pregunta más profunda ahí: ¿por qué nuestra niñera y no nuestros padres?

—Era una de las buenas. Una que no aceptó el trabajo con el objetivo de tirarse a nuestro padre.

—Se tensa contra mi cuerpo. Tenso la mandíbula y la abrazo con más fuerza—.

No debería haber dicho eso. —Mi voz suena seca—.

No tengo ni idea de cómo mi padre las manipulaba para conseguir lo que quería.

Si les amenazaba con quitarles el trabajo, por ejemplo.

—Roman —susurra, incorporándose. Mientras me observa, la luz que se cuela desde fuera brilla en su cabello del color de la luna, dorando el perfil de su rostro e iluminando la compasión de sus ojos. Una compasión que no me he ganado en absoluto—. ¿Tu madre lo sabía?

—Él solo hacía un esfuerzo simbólico por ocultarlo. Ella se las arregló mejor para ocultar sus aventuras. —Me concentro en mis dedos, que acarician su delicada clavícula—. Aparte de Tate, claro.

—¿Tate?

Nunca he hablado de esto con nadie más que con mis hermanos, pero no puedo negar que confío en ella, porque este momento entre nosotros no estaría ocurriendo en absoluto si no fuera así, si no confiáramos el uno en el otro.

—Él fue fruto de una de las aventuras de mi madre.

En público, se mantuvo la mentira de que mi padre era el de Tate, porque era más conveniente que la alternativa.

Un divorcio complicado no le habría ido bien.

En casa, sin embargo, la historia era diferente.

Tate creció sabiendo que era distinto. No fue fácil para él.

—Pero te tenía a ti y a Cole. —Lo dice con una certeza que me oprime el pecho.

—Pero tampoco tanto como debería habernos tenido.

—Me obligo a admitirlo. Hace una hora, no habría imaginado confesar que no estuve ahí para Tate ni para ninguno de mis hermanos, como debería.

Pero a pesar del nudo que tengo en el estómago, sigo hablando—.

Mi padre se aseguró de poner distancia entre nosotros tres a medida que crecíamos.

Creo que le preocupaba que, si funcionábamos como una unidad, perdería poder sobre nosotros.

Usó nuestras debilidades en nuestra contra.

La mía era que era el primogénito. Y que era el que más se le parecía físicamente.

El que él creía que podía moldear a su imagen y semejanza.

—Pero no lo hizo. —No respondo. Porque la verdad es que sí lo hizo hasta que se pasó de la raya.

Que lo quería casi tanto como lo odiaba hasta que hizo imposible seguir queriéndolo, o incluso admirándolo.

Y he pasado más de una década intentando desanclar mi verdadero yo del hombre en el que intentó convertirme.

Incluso ahora, no estoy seguro de haberlo conseguido—.

Roman… —Su tono es vacilante—. Yo… ¿Puedo preguntarte…

? ¿Tu padre se acostaba alguna vez con sus asistentes?

Todos mis músculos se tensan. Ella cree que soy igual que él.

—Sí —espeto.

Antes de que pueda moverme, antes de que pueda poner distancia entre nosotros, ella me pone la mano en la mejilla.

—No te pareces en nada a él. No me has manipulado. No has amenazado mi trabajo. Estoy aquí porque quiero estar aquí. Porque yo… —Traga saliva—. Porque me hiciste sentir lo bastante segura como para decir que sí. Y lo entiendo. Sé que es solo algo de una vez, y no se lo diré a nadie, lo prometo.

Se me encoge el corazón. Joder. Esta mujer. Quizá, si las cosas fueran diferentes, si yo fuera capaz de más… Pero no lo son. Y no lo soy.

Me dijo lo que necesitaba: un buen trabajo, un sueldo fijo, estabilidad, seguridad. Esas son las únicas cosas de valor que puedo ofrecerle.

Y esta noche.

Puedo ofrecerle esta noche.

La pego a mí mi cuerpo y reclamo sus labios.

No quiero pensar en mi padre, y menos aquí, cuando estoy con ella.

Quiero memorizar su sabor, grabar la sensación de su piel contra la mía, estampar este momento en mis sinapsis, para que, cuando termine esta noche, pueda recordar cómo se sentía tenerla en mis brazos.

El deseo es un pulso insistente en mis venas. Quiero más.

Con un movimiento rápido, hago que se dé la vuelta y ella suelta un jadeo cuando me pongo sobre su cuerpo.

—Necesito que abras esas preciosas piernas y me dejes saborearte de nuevo. —Ella hace lo que le pido sin dudar.

Beso y lamo todo el camino hacia abajo, entre sus pechos y sobre la suave piel de su vientre. Cuando mi boca encuentra su centro aún húmedo, un suspiro tembloroso se escapa de sus labios, un gemido de satisfacción, de los míos.

Ella se retuerce, lo que me obliga a agarrarle los muslos y mantenerla abierta para mí; paso la lengua por su clítoris y luego bajo hasta ponerla en su pequeña y estrecha entrada.

—Dios mío. —Con la espalda arqueada, enreda sus manos en mi pelo, provocándome una oleada de lujuria.

La excito de nuevo con la boca y los dedos. La forma en que jadea y gime me hace restregarme contra el colchón para aliviar mi erección. Por muy desesperado que esté por penetrarla hasta el fondo, no voy a parar hasta que vuelva a saborear su orgasmo.

Está jadeando, muy cerca de darme lo que quiero. Una sensación ardiente y salvaje me quema detrás de las costillas. Un deseo repentino de marcarla, de darle un recuerdo imborrable de esta noche.

—Me voy a correr. —Su voz suena tensa, desesperada.

Cedo al impulso y le acaricio el clítoris con el pulgar, y cuando el placer se apodera de ella, en el momento en que su canal empieza a palpitar contra mi lengua, vuelvo la cabeza y mis labios rozan la parte interna de su muslo, un lugar donde solo ella verá la prueba de lo que hemos hecho.

Y mientras le pellizco el clítoris para llevarla al límite, chupo con fuerza su tierna piel. Marcándola, reclamándola. Aunque solo sea por una noche.

Ella grita mi nombre cuando se corre, contoneando las caderas. Vuelvo a su centro y mi lengua sustituye al pulgar para que pueda hundir mis dedos en su interior, alargando su clímax, saboreando la forma en que su sexo hambriento palpita con fuerza a mi alrededor.

Para cuando su orgasmo remite, es un desastre tembloroso y sin aliento sobre la cama.

Contemplo la marca que le he dejado, y una sensación que casi parece posesividad clava sus garras profundamente en mí.

Cierro los ojos con fuerza, incapaz de detener el pensamiento que se cuela en mi mente.

Cruzar esta línea podría ser el mayor error que he cometido jamás.