32
C hloe
Roman se yergue sobre mí, todavía completamente vestido, con el pelo revuelto y los ojos grises tan oscuros de deseo que parecen casi negros.
Nadie me había hecho sentir nunca tan deseable, tan necesitada, tan… poderosa.
Mi cuerpo aún tiembla por el orgasmo, pero estoy desesperada por tener cuerpo contra el mío, sus manos sobre mí.
Así que respondo a su pregunta de la única forma que puedo.
—Lo quiero todo. Todo.
Las palabras apenas han salido de mis labios cuando él empieza a desabrocharse la camisa.
Se mueve demasiado lento para mi gusto, así que me incorporo y le saco la parte inferior de los pantalones, luego empiezo por el botón de abajo y voy subiendo hasta que nos encontramos en el medio.
Cuando los dos lados se separan por completo, deslizo mis manos por su torso, saboreando lo suave y cálida que es su piel.
Me deja explorar los huecos y valles, los músculos duros y el rastro de vello que desciende desde su ombligo.
Al final, me aparta las manos agarrándome las muñecas, se quita la camisa de un tirón y la deja caer al suelo.
Mis muslos se tensan involuntariamente ante esa visión. Está para comérselo así, frente a mí, con sus ojos grises penetrantes, el amplio pecho al descubierto, los abdominales marcados y esa uve en sus caderas.
Se lleva las manos a la hebilla del cinturón y lo contemplo mientras se quita los pantalones y los calzoncillos.
Cuando veo su pene por entero por primera vez, se me corta la respiración. Aquella noche en su despacho ya era obvio que era grande. Pero así puedo ver cada detalle. Es larga, gruesa y curvada, y tan dura que la punta casi roza sus abdominales.
Cuando la agarra con una mano y la estira para apartarla de su vientre, me muerdo el labio para contener el gemido que me sube por la garganta.
No tengo ni idea de cómo va a caber dentro de mí, pero confío en que Roman se asegurará de que mi cuerpo lo acepte. Hará que esta noche sea buena para mí, no tengo ninguna duda.
Solo de pensarlo me estoy volviendo loca. No solo por follar, sino por que me posea de una forma que nunca antes había deseado. Sé que esto es solo cosa de una noche, pero la intensidad me hace sentir que es mucho más.
Coge los pantalones del suelo y saca un condón. Con los dientes, rasga el envoltorio y luego se lo pone con un movimiento fluido.
—Túmbate. —El murmullo grave y oscuro de su voz me hace estremecer.
Obediente, me recuesto. Él me separa los muslos y se acomoda sobre la cama entre ellos. Hay algo en sus ojos mientras se cierne sobre mí: es más que lujuria, pero no sé cómo llamarlo, y cuando desliza su gruesa corona por mi sexo empapado, me olvido por completo de ello.
Mira hacia donde estoy abierta para él, y el calor que emana de su cuerpo hace que mi corazón se acelere.
—Estás tan mojada para mí, tan preparada…
Tengo que aferrarme con fuerza a las sábanas para mantenerme firme cuando la expectación se convierte en un nudo ardiente en mi vientre.
Apoya una mano en el colchón a mi lado, clava su mirada en la mía y se pone contra mi entrada.
Impaciente y necesitada, me retuerzo y luego me pego a él, obligando a mi cuerpo a abrirse a su alrededor; su gruesa y roma cabeza se mete unos centímetros dentro de mí.
Me agarra las caderas con tanta fuerza para impedir que me contonee que me deja un moratón. Sus rasgos están tensos.
—Me vas a aceptar hasta el último centímetro, pero va a ser a mi manera.
Un escalofrío me recorre el cuerpo ante sus palabras, y mi cuerpo se tensa involuntariamente alrededor de su glande.
Él gruñe una maldición, así que vuelvo a apretar, esta vez a propósito.
—Por favor.
La risita que se le escapa es oscura.
—Ya estás lista para correr otra vez.
—Sí —siseo, arqueando la espalda.
Con los ojos brillantes, baja la cabeza unos centímetros.
—Pues quédate quieta y te daré lo que necesitas. —Cedo y separo las rodillas para darle mejor acceso. Se lame los labios; los tenues toques de rojo en cada pómulo delatan el esfuerzo que le cuesta ir despacio—. Eso es. Déjame entrar, cariño. Déjame llenarte.
Su voz ronca y cargada de lujuria hace que todo mi cuerpo estalle en llamas.
Con un gemido sordo, se empuja dentro de mí. Un centímetro grueso tras otro. Dilatándome. Llenándome. Siento un ligero pinchazo de dolor, pero se ve ahogado por el placer que siento mientras se hunde lentamente en mí.
Es evidente que está luchando por mantener el control; aprieta los dientes. Se le forman gotas de sudor en la línea del cabello y todos sus músculos se tensan. Pero yo no quiero su control. Ahora no. Esta noche no.
Aprieto de nuevo y él cierra los ojos con fuerza. Cuando los abre, solo hay un fino anillo plateado rodeando la oscuridad de sus pupilas.
He conseguido lo que quería.
Me penetra con fuerza, obligando a mi cuerpo a ceder ante los últimos centímetros de su miembro. Grito de placer cuando se hunde hasta la base y me esfuerzo por adaptarme a su tamaño. Nunca me he sentido tan llena. Nunca había sabido lo que es estar tan profundamente unida al cuerpo de un hombre.
Su pecho se pega al mío, me acuna la cabeza y me besa. Su lengua invade mi boca, robándome el aliento. Es dominante y embriagador, y en mi interior saltan chispas.
Pero cuando por fin se mueve, retirándose de forma larga y lenta antes de volver a penetrarme, un calor eléctrico arde a lo largo de mis terminaciones nerviosas.
Y cuando encuentra un ritmo firme y constante, solo puedo agarrarme a sus hombros y arquearme hacia él, ofreciéndole más, queriendo más. Queriéndolo todo.
Roman gruñe, con los ojos ardientes clavados en los míos.
—Justo así… Me estás recibiendo de maravilla.
Con cada embestida roza mi clítoris, haciendo que un cable caliente y tenso en lo más profundo de mi vientre se retuerza hasta que la tensión es casi insoportable. Me retuerzo debajo de él, esforzándome por acercarme aún más.
Como si intuyera lo que necesito, desliza sus brazos bajo mis piernas y se las pone sobre los hombros. Luego me agarra el trasero, me levanta las caderas y se desliza hasta lo más profundo.
Mis paredes internas se contraen y me pierdo en todo menos en él.
Follamos como si no hubiera pensado en otra cosa en meses. Follamos como si supiera exactamente lo que quiero. Le agarro los bíceps, desesperada por mantenerme en mi sitio. El movimiento de sus músculos bajo mis manos me ancla; también lo hace su mirada: cálida e intensa, me inmoviliza.
—Es como si estuvieras hecha para tenerme dentro.
Tiene razón, eso es exactamente lo que siento. Pero intento no pensar en lo que significa. En que nada podrá compararse jamás con esto.
Sus embestidas se vuelven más fuertes, la fricción contra mis paredes internas me lleva aún más alto, hasta que el placer y el calor se arremolinan en lo más profundo de mi ser.
Aunque estoy casi completamente perdida en el éxtasis, hago todo lo posible por mover mis caderas para encontrarme con las suyas, tomándolo. Tomándolo todo.
—Oh, Dios —jadeo, desesperada por encontrar alivio.
—Juega con ese bonito clítoris para mí. Córrete conmigo dentro.
Hago lo que me dice; estoy tan hinchada y sensibilizada que todo mi cuerpo se estremece con el contacto.
Roman se endereza, dejando escapar un gemido salvaje mientras contempla cómo mis dedos se deslizan sobre mi húmeda entrepierna.
Es demasiado. El calor que se retuerce como un cable con corriente en lo más profundo de mi interior va a estallar en cualquier momento.
—Estoy a punto —jadeo—. Estoy tan cerca…
Su mirada ardiente y hambrienta me cala hondo.
—Me muero por ver lo hermosa que estás cuando te corres conmigo.
Sus palabras envían una lanza de placer directamente a mi centro. Con unas cuantas embestidas más y unos cuantos movimientos más de mis dedos, la tensión dentro de mí se desata. Mis músculos se tensan y mi columna se arquea mientras el éxtasis puro recorre mis venas.
Con una maldición ahogada, se pone de rodillas y me levanta las caderas, penetrándome con embestidas duras y profundas, golpeando ese punto perfecto dentro de mí una y otra vez.
Grito su nombre entre sollozos cuando un segundo orgasmo, aún más potente, se abate sobre mí.
—Joder, Chloe . —Sus movimientos son bruscos y entrecortados—. Me estás haciendo… —Con una última embestida, suelta un gemido largo y profundo. Siento cada fuerte latido de su miembro cuando se vacía dentro del condón.
Dios, ojalá se estuviera vaciando dentro de mí. Llenándome por completo. Dejándome con ese recuerdo cuando termine esta noche.
Nunca ha sido algo que haya anhelado ni que haya experimentado antes. Y es un pensamiento estúpido. Uno que alejo con firmeza de mi mente.
Porque cuando se retira de mí, dejando mi cuerpo saciado pero dolorosamente vacío, sé que este es el momento en que nuestra noche juntos va a terminar.