El rey distante (Empty Kingdom 3) 31
54%

31

R oman

Le doy otro trago a mi whisky, agarrando el vaso con tanta fuerza que se me ponen blancos los nudillos.

El deseo que arde en mi interior es una fuerza física que me quema desde dentro.

La chispa que se encendió en mis entrañas en el momento en que vi a Chloe por primera vez en el ascensor, antes incluso de saber quién era, se ha convertido en un infierno que destruye todos mis límites, reduciendo a cenizas cualquier control que esperara albergar.

Justo anoche le aseguré a Ellis que no me estaba acostando con mi asistente —que no estoy siguiendo los pasos de mi padre—, pero hace solo unos instantes, he estado a un latido de meter los dedos en sus bragas para descubrir lo mojada que estaba, aquí mismo, en medio de un bar.

¿Qué demonios me pasa?

Los espectros de mi padre se alzan en mi mente.

El día que lo vi con una de las criadas echada sobre la mesa; aquella vez que mi madre organizó una fiesta en nuestra finca y lo pillé abrochándose la bragueta al salir de la biblioteca, seguido por una mujer del personal del catering, que se estaba abotonando la blusa.

La fría sonrisa que me dedicó cuando me confesó la verdad sobre Katherine.

Y, sin embargo, ninguno de esos pensamientos basta para borrar el recuerdo de la suave piel de Chloe bajo mis dedos. Nada de eso puede hacer desaparecer la forma ansiosa en que susurró mi nombre mientras deslizaba mi mano por su muslo.

Aún perdido en mis pensamientos, me giro automáticamente cuando una mujer se cuela en el asiento vacío a mi lado.

Por un segundo, mi mente evoca la imagen de Chloe volviendo para tentarme un poco más.

Pero no es ella. Es una hermosa morena de ojos marrones ahumados y una sonrisa seductora que dirige claramente hacia mí.

—¿Eres estadounidense? —pregunta con un marcado acento francés.

—Sí.

Ladea la cabeza, sin inmutarse por mi breve respuesta.

—¿Te gustaría invitarme a una copa? —Le hago una señal a la camarera, que arquea una ceja al fijarse en mi nueva acompañante. Señalo con la cabeza a la morena—. Un martini con vermut seco, por favor —pide ella. Cuando se vuelve hacia mí, luce una sonrisa seductora—. Merci.

Levanto mi vaso casi vacío entre nosotros.

—Je vous en prie .

En cuanto tiene la copa en la mano, le da un sorbo.

—¿Has venido por negocios o por placer?

Joder, qué buena pregunta. Después de esta noche, no tengo ni idea, pero le doy la respuesta fácil de todos modos.

—Por negocios.

Frunce los labios carnosos y me examina.

—Quizá eso sea algo que se pueda cambiar.

Por un instante, considero descargar toda mi frustración, todo mi deseo reprimido, sobre esta desconocida. Pero antes incluso de que la idea cobre forma, la rechazo.

No es el pelo castaño lo que quiero entre mis manos.

No son los ojos marrones que quiero que me miren, nublados por el placer.

No es una mujer cualquiera la que quiero que gima mi nombre.

La única mujer que quiero es aquella a la que acabo de echar.

Follar con otra con la vana esperanza de que me ayude a olvidar lo que Chloe me ha ofrecido con esa seducción tan inocente sería una locura.

Si voy a hacer algo loco esta noche, no será eso.

Me invade una convicción tan fuerte que todos mis músculos se tensan con la necesidad de moverme. Olvidar las reglas y los límites, olvidar el futuro del King Group y olvidar el maldito legado de mi padre por una sola noche.

Saborear algo dulce y efímero en esta ciudad donde nadie me conoce. Donde nadie nos conoce.

Una puñetera noche para librarme de esta obsesión.

A la mierda.

Apuro mi copa y la dejo caer con fuerza sobre la barra. Aferrándome a un hilo de civismo, me vuelvo hacia la mujer.

—Excusez-moi.

Ignorando su expresión decepcionada, me alejo a zancadas. En el ascensor, de camino a mi piso, la necesidad es como un ser vivo que se retuerce y se revuelve dentro de mí.

Al acercarme a la puerta de Chloe, no hay dudas ni reconsideraciones. Con más fuerza de la necesaria, llamo a la puerta y luego me aferro a los dos lados del marco mientras espero a que abra.

En cuanto lo hace y abre mucho los ojos al verme, doy un paso adelante, deslizo una mano entre su cabello y le echo la cabeza hacia atrás.

—Una noche —gruño—. Una noche en la que yo no sea tu jefe y tú no seas mi asistente.

¿Puedes hacerlo? —Su aliento se escapa entre sus labios entreabiertos.

Ella lo desea, de eso estoy seguro, pero necesita algo más con la misma intensidad.

Hago todo lo posible por suavizar mi tono—.

Di que no y me iré. Di que no y nada cambiará.

Decidas lo que decidas, estás a salvo conmigo, cariño. Tu trabajo está a salvo.

Cierra los ojos con fuerza y, cuando los vuelve a abrir, sus pupilas son oscuros pozos de deseo.

—Una noche.

Le meto la otra mano en el pelo y estrello mi boca contra la suya, empujándola hacia el interior de la habitación.

Ella se abre para mí, y su sabor explota en mi lengua.

Dulce de cojones, tan dulce como imaginé que sería anoche con azúcar en los labios.

En este momento, sin embargo, no pienso en el azúcar, sino en follar con ella.

Mientras ella se aferra a mi camisa, le echo la cabeza hacia atrás para tener mejor acceso a su boca. La empotro contra la puerta, ahora cerrada, la inmovilizó contra ella y le sujeto las muñecas por encima de la cabeza con una mano.

En respuesta, ella gime, arqueándose hacia mí.

Con el pene palpitante, me pego a ella, como una promesa de lo que está por venir.

—Llevo demasiado tiempo imaginando este momento. — Deslizo los dedos de mi mano libre por su cuello y le acaricio el pecho, saboreando la rigidez de su pezón, que se marca contra la tela de su vestido.

—Yo también —susurra.

—Deja las manos quietas ahí arriba. —Sin esperar a que responda, sabiendo que obedecerá, la agarro de las caderas. Como si me leyera el pensamiento, levanta una rodilla y yo le levanto el muslo y pongo su pierna a mi alrededor para poder restregarme contra ella.

—Oh, Dios. —Ella se contonea contra mí, con movimientos espasmódicos de deseo.

Dejo un reguero de besos ardientes por su cuello y le suelto la pierna para desatarle los lazos que sujetan los tirantes de su vestido.

La tela cae, se queda enganchada en su cintura y deja al descubierto sus pechos perfectos y sus pezones rosa frambuesa, duros como diamantes y suplicando por mi boca.

Los acaricio con la palma de la mano, escudriñándole el rostro para captar su reacción, y me deleito en la forma en que cierra los ojos.

Incapaz de resistirme más, bajo la cabeza y chupo uno entre mis labios.

—Roman. —Se retuerce, y apoya la cabeza contra la puerta.

Con mi lengua deslizándose alrededor de un pezón tenso, pellizco el otro. Luego cambio, y la sensación le arranca un gemido desesperado.

Al instante siguiente, me pongo de rodillas y le bajo el vestido por las caderas, dejándola en nada más que unas braguitas tan mojadas que son prácticamente translúcidas.

La visión del tejido transparente pegado a su sexo hace que un gemido grave resuene en lo más profundo de mi ser.

—Estás preciosa, joder. Sabía que lo estarías. —Pongo el pulgar sobre su pubis y lo deslizo lentamente hasta que roza su clítoris, y ella responde con un nuevo contoneo—. Apártate las bragas.

—¿Qué? —balbucea, mirándome con los ojos vidriosos.

Con la cabeza echada hacia atrás, tenso la mandíbula.

—Quiero que me muestres lo guapa que eres.

—Los delicados arcos de su caja torácica se tensan en una brusca inspiración.

Luego, mientras el aire se le escapa lentamente, baja las manos de encima de la cabeza y aparta la tela húmeda.

Mi pene está desesperado por liberarse. Decidido a saborearla, lo agarro por la base y lo aprieto para aliviar la presión.

Pero necesito más de ella. Más de su cuerpo.

Más de su confianza. Especialmente de su confianza—. Enséñamelo todo, Chloe.

A pocos centímetros de mi cara, sus dedos tiemblan y su vientre se contrae.

No la presiono. Quiero que ella elija hacerlo porque se siente segura, porque sabe que la cuidaré, que haré que se sienta bien.

Así que cuando se abre delicadamente para mí, una oleada de satisfacción recorre cada centímetro de mi cuerpo.

Es suave y rosada y está muy húmeda; su pequeña y apretada abertura está reluciente, y su clítoris, ya hinchándose bajo mi mirada.

—Mírate. La hostia de perfecta. —Mi voz es oscura y áspera, y cuando más excitación brota de ella, goteando por sus muslos en respuesta, el latido de mi miembro es casi doloroso—. Mira qué bonito desastre estás montando para mí.

Necesito saborearla. Pero también quiero saborear la visión de ella así. De modo que, en lugar de sacarla de su agonía, clavo mis dedos en sus caderas y recorro con la lengua la suave piel de la parte interior de su muslo.

En el momento en que percibo el sabor de su excitación, gimo. Joder. Es tan increíble como esperaba. Mejor. Hago lo mismo con su otro muslo.

—Dios mío. —Sigue abriéndose para mí, con el clítoris hinchado y suplicando mi tacto.

—Estás siendo muy buena conmigo, cariño. Voy a hacer que te corras, ¿vale? —Cuando gime en respuesta, meto los dedos en sus bragas y se las bajo por los muslos tersos, apartándole las manos de un empujón. En cuanto se las quito, le levanto la pierna y se la pongo sobre mi hombro—. Ábrete para mí.

—Roman, por favor —me suplica, aunque obedece.

Con una sonrisa maliciosa, me echo hacia delante y deslizo la lengua desde su entrada hasta su clítoris.

Ella jadea y arquea la espalda alejándola de la puerta. Y cuando chupo ese bulto hinchado de nervios y deslizo un dedo en su canal cálido y húmedo, ella deja escapar un gemido bajo.

Retrocedo y observo cómo la penetro una y otra vez.

—Me estás empapando la mano, cariño. Y a mí también me estás dejando hecho un desastre. Lo necesitas, ¿verdad?

—S-sí.

—¿Necesitas correrte?

—Dios, sí.

Añado otro dedo y ella se contrae a mi alrededor, ya muy cerca del clímax.

Pongo mi lengua contra su clítoris y la lamo fuerte y rápido, al ritmo de las embestidas de mis dedos.

—Me voy a correr.

Joder, sí que lo va a hacer. Me está apretando tan fuerte que ya estoy fantaseando con dilatarla para poder penetrarla.

—¿Puedes con tres dedos, cariño? —Tiene que poder si quiero tener alguna esperanza de caber en su interior.

Se le escapa suspiro.

—Creo que sí.

Suavemente, introduzco un dedo más en su interior, abriéndola, haciéndola estremecerse y balancear las caderas.

Cuando vuelvo a chuparle el clítoris, ella alcanza el orgasmo con un gemido entrecortado, restregando su sexo contra mi cara mientras su húmedo canal se contrae y se relaja alrededor de mis dedos. Con cada pulso, otro chorro de excitación brota de ella y resbala por mi palma.

Retiro la mano y la sustituyo por mi lengua, recogiendo toda la humedad que puedo antes de hundirla en su interior para sentir los últimos estertores de su orgasmo.

Mi pene palpita tan dolorosamente que tengo acariciarme con fuerza por encima de los pantalones.

Solo cuando sus muslos dejan de temblar me levanto y la beso, tragándome su gemido mientras lamo su boca.

—¿Te gusta cómo sabes, cariño? —le espeto—. Porque a mí me encanta, joder.

La sujeto por las caderas y la levanto para que pueda rodearme con las piernas. Al instante, el calor húmedo de su sexo se filtra a través de mi ropa, lo que me vuelve loco.

Atravieso la suite hasta el dormitorio y la tumbo en la cama. Estar de pie sobre ella, mientras yace completamente desnuda sobre el colchón y yo sigo completamente vestido, me excita más de lo que ninguna otra cosa en mi vida.

Las luces de la habitación están apagadas, pero con las cortinas abiertas el resplandor de la ciudad al exterior baña su cuerpo.

Mientras la contemplo, me asaltan una imagen tras otra, todas centradas en ella y cada una más explícita que la anterior.

Me imagino tomándola contra la ventana con vistas a la Torre Eiffel, o en el balcón mientras ella se apoya con las manos en la barandilla e intenta no gritar mi nombre para que la ciudad lo oiga.

Me veo follando con ella en la ducha y en cada superficie de esta suite, y sé que no tendré tiempo de hacerlo todo antes de que este momento entre nosotros deba acabarse.

Por ahora, necesito tenerla aquí, en esta cama.

Me mira con los ojos entrecerrados y las ondas de su cabello rubio a su alrededor, con la boca entreabierta e hinchada por mi beso. Verla así hace que toda mi sangre se acumule en mi entrepierna dolorida.

Voy a tomarla aquí mismo. Quiero verla desmoronarse para mí. Si este momento es todo lo que podemos tener, me aseguraré de que ninguno de los dos lo olvide.

Un último pensamiento sensato se abre paso entre la lujuria. Ella necesita saber que aún tiene el control.

—Dime que esto es lo que quieres.