El rey distante (Empty Kingdom 3) 30
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C hloe

El bar está abarrotado. Pero, como de costumbre, la altura y la presencia de Roman bastan para despejarnos rápidamente un sitio y para llamar la atención de la camarera. Probablemente porque la camarera es una mujer guapísima cuyos ojos se iluminan al verlo.

— Bonsoir, Monsieur . ¿Qué desea beber?

Roman le responde en francés.

—Je voudrais un Michel Couvreur, s’il vous plaît . —Luego se vuelve hacia mí—. ¿Y tú? ¿Te apetece probar ese whisky ahora?

Arrugo la nariz.

—No estoy segura —murmuro—. ¿De verdad me dará sueño, o es solo la excusa que usa la gente para beber whisky antes de acostarse?

Él se ríe entre dientes.

—A mí no me funciona, pero estoy seguro de que a algunos sí. —Con una sonrisa demasiado sexy que me provoca un pequeño escalofrío, se rasca la barbilla—. ¿Por qué no pruebas un poco del mío y luego decides si quieres uno para ti?

—Me parece bien.

Roman asiente en dirección a la camarera, que se da la vuelta y coge una botella del estante superior, vierte unos centímetros de líquido ámbar en un vaso y se lo pasa.

Él le da las gracias y me tiende el vaso. Nuestros dedos se rozan cuando lo cojo, y ese contacto me provoca otro escalofrío. Ignorando la sensación, acerco el licor a la nariz para olerlo y me pican un poco los ojos por el potente aroma del alcohol.

Insegura, lo miro.

El brillo diabólico de sus ojos es un desafío. Así que, aunque probablemente vaya a arrepentirme, le doy un sorbo.

Al tragar, juraría que se me cierra la garganta.

Hago una mueca, se me llenan los ojos de lágrimas mientras toso y me río al mismo tiempo.

Rápidamente le devuelvo el vaso. En lugar de darle un sorbo, deja la bebida en la barra, me rodea la cara con las manos y utiliza los pulgares para secarme suavemente las lágrimas de las mejillas.

Mi risa se apaga ante el calor de su tacto y, una vez más, nuestras miradas se cruzan. Sus ojos grises se clavan en los míos y luego se deslizan hacia mi boca.

Se me acelera el pulso y un instinto que no puedo controlar me hace humedecerme los labios bajo la intensidad de su expresión.

Un músculo se le contrae en la mejilla, baja las manos y, tras carraspear, se vuelve y apura el whisky de un trago.

A pesar de que mi corazón late con fuerza en mis oídos, trago saliva e intento romper la repentina tensión.

—Haces que parezca tan fácil…

Él suelta una risa, y el aire denso que nos rodea se disipa un poco.

—Años de práctica.

—Dime, ¿de verdad te gusta eso, o solo lo bebes para parecer varonil?

Apoya el codo en la barra.

—¿Crees que necesito un accesorio para parecer un hombre? —Haciendo todo lo posible por ocultar mi sonrisa, niego con la cabeza. Él sabe que no lo necesita—. ¿Por qué no te tomas un brandy? —ofrece—. Creo que te gustará más.

—Me parece una buena idea.

Vuelve a hacer una señal a la camarera y, cuando se acerca, pide otro whisky para él y un brandy para mí.

Cuando el primer sorbo de ese líquido suave y cálido me llega a la boca, dejo escapar un pequeño suspiro de alivio.

—¿Mejor? —pregunta.

Sonrío, relajada.

—Mejor.

Me empujan por detrás, y el movimiento me obliga a acercarme a Roman. Cuando mi muslo roza el suyo, me envuelve el delicioso aroma de su colonia.

Con naturalidad, apoya el brazo en la barra detrás de mí y roza con el pulgar la parte posterior de mi brazo. El gesto es casi protector y me incita a echarme hacia él. A apoyarme en él. A sentir más su cuerpo contra el mío.

O más allá de él.

Quizá lo del brandy no haya sido una buena idea. Me está metiendo todo tipo de pensamientos peligrosos en la cabeza. Pensamientos sobre tirar la precaución por la borda y tocarlo, deslizar mis manos por su pecho, besarlo en los labios y, por fin, descubrir cómo sería hacerlo.

Cada vez que me mira con esos ojos grises lobunos que tiene, me quedo sin aliento.

Cuando me toca, el corazón me da un vuelco.

Sí, es mi jefe, pero nada de lo que ha pasado esta noche entre nosotros se ha parecido a lo que suele pasar entre un jefe y su empleada.

¿Cómo iba a serlo? Pasear por el Louvre, cenar en ese pequeño y acogedor bistró, estar aquí con él ahora mismo.

Nada de eso era obligatorio para ninguno de los dos.

Aquí, lejos de Nueva York, lejos del King Group, todo es diferente. Menos reservado, más… auténtico. Dios, qué no daría yo por conocer al verdadero Roman aunque solo fuera por una noche. Por verlo perder el control.

Por que toda su intensidad se centrara en mí.

—Dime a qué te referías cuando me has dicho «La vida pasó». —Su voz grave interrumpe mis pensamientos.

Parpadeo y me esfuerzo por regresar a la vida real. Cuando me doy cuenta de que se refiere a por qué ya no pinto, niego con la cabeza.

—No importa. Fue hace mucho tiempo. —No dice nada, pero tampoco aparta la vista, como si estuviera decidido a averiguarlo, así que le doy otro sorbo al licor para armarme de valor—.

Mi madre nos abandonó cuando yo tenía catorce años.

Encontró a un tipo que le prometió una vida más emocionante que la que llevaba como madre de una adolescente y esposa de un artista.

Mi padre no pasó por su mejor momento después de que ella se fuera.

Nunca había sido especialmente organizado porque siempre estaba demasiado ocupado perdiéndose en su pintura, y de la noche a la mañana se convirtió en padre soltero y estaba en estado de shock; los dos lo estábamos.

Hizo todo lo que pudo, pero… —Me encojo de hombros—. Le costó mucho arreglárselas con todo.

—¿Así que tú te hiciste cargo? —pregunta frunciendo el ceño.

Se me encoge el corazón al pensar que pueda tener una mala opinión de mi padre.

—Estábamos solos los dos, y él tenía que pintar para que siguiera entrando dinero —aclaro—.

Pero que ella se fuera así, de repente, lo dejó destrozado.

Perdió su chispa creativa durante un tiempo y las ventas empezaron a caer en picado.

No teníamos una red de seguridad, así que conseguí un trabajo después del colegio para echar una mano y me hice cargo de las cosas que a él no se le daban tan bien, como gestionar las facturas y organizar las cosas del día a día.

—¿Y fue entonces cuando renunciaste a tu sueño?

Con un nudo en el pecho, niego con la cabeza.

—Yo no lo veo así. Era una adolescente, con los sueños de una adolescente. Descubrí cuáles eran mis prioridades antes que la mayoría, eso es todo.

—¿Y cuáles son? —Su tono tiene un tono áspero que no entiendo.

Levanto la barbilla, sin saber si me está juzgando.

—Tener un trabajo estable con unos ingresos fijos y asegurarme de poder cuidar de las personas a las que quiero. ¿Qué sentido tiene perseguir tus sueños si eso significa dejar que los demás tengan que recoger los pedazos?

Aprieta los labios.

—Eso explica muchas cosas.

Escudriño su expresión.

—¿Qué explica?

Me pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja, y sus dedos rozan la sensible piel de mi cuello.

—Por qué eres tan madura para tu edad.

El calor de su tacto despierta en mí una repentina oleada de audacia.

Después de todo lo que ha pasado entre nosotros, tras la conversación que acabamos de tener, me siento a partes iguales vulnerable y temeraria.

Si a eso le sumamos el brandy, su aroma, su mera presencia, me siento mareada por una mezcla embriagadora de emociones.

Ladeo la cabeza y mi cabello se desliza sobre la piel desnuda de mi brazo.

—Así que no eres tan joven después de todo.

Sus ojos me recorren de arriba abajo, oscureciéndose a medida que lo hacen.

—Pero tú sí eres demasiado joven.

Mi pulso se dispara. No se refiere al trabajo.

—Acabas de decir que soy madura para mi edad.

Me agarra la barbilla y hace que levante la cara hacia la suya. Enrojezco bajo el calor de su mirada escrutadora; el impulso de acercarme a él es un latido salvaje detrás de mis costillas. Quiero saber lo que pasaría si me pusiera de puntillas y pusiera mi boca contra la suya.

El bar que nos rodea se desvanece y un escalofrío me recorre el cuerpo al imaginarlo agarrándome del pelo, como hizo en el ascensor.

En respuesta, ese músculo tan familiar se tensa en su mandíbula.

—No hagas eso —gruñe.

Me humedezco deliberadamente los labios, con el corazón a punto de estallar en mis oídos.

—¿Que no haga qué?

—No me mires así.

—¿Cómo? —Mi voz sale entrecortada.

—Como si quisieras que te saboreara tanto como yo quiero hacerlo, joder.

Una sensación de hormigueo me recorre el cuerpo, y mis pezones se endurecen hasta convertirse en dos puntitos duros. ¿Qué demonios me ha pasado? Sea lo que sea, estoy demasiado absorta en el momento como para que me importe.

—¿Y si quiero?

Con los ojos entrecerrados, se echa hacia mí.

—¿Quieres que te saboree, Chloe? —Oh, Dios.

Se me contrae el estómago ante la forma oscura en que pronuncia esas palabras, y creo que se me escapa un pequeño gemido—.

¿Sabes siquiera lo que estás pidiendo? —Desliza su mano libre por mi brazo hasta mi cintura, y luego más abajo para rodearme la cadera.

Me pasa el pulgar por los labios de una forma que, si aún tuviera algo de pintalabios, lo habría borrado—.

¿Es aquí donde quieres que te saboree, cariño?

—Antes de que pueda siquiera empezar a formular una respuesta, me levanta el dobladillo del vestido hasta tocar mi piel desnuda, con la palma de su mano caliente contra mi muslo, los dedos tan cerca de mis bragas que probablemente pueda notar lo mojada que estoy ahora mismo—. ¿O es aquí?

—Roman. —No sé qué estoy suplicando, pero todo mi cuerpo está en llamas. Nunca he estado tan desesperada por que me toquen.

Por un segundo, sus ojos brillan, su expresión se vuelve salvaje y sus dos manos se aferran a mí. Entonces, de repente, me suelta y da un paso atrás.

La pérdida es tan repentina que me tambaleo.

Se vuelve hacia la barra, coge su whisky y se bebe la mitad de un trago.

—Es tarde. Probablemente deberías irte a la cama. Mañana nos vamos temprano.

Se me hace un nudo en la garganta. ¿Cómo puede cambiar así de repente?

Mi cuerpo sigue temblando, el roce de mi vestido es demasiado intenso contra mi piel sensibilizada.

Me lleva un momento, pero al final la realidad cala en mí como una ola de agua helada.

¿En qué estaba pensando al insinuarme a mi jefe en medio de un bar?

Mi jefe, que ya ha dejado claro que quiere que nuestra relación sea solo profesional, a pesar de nuestra evidente atracción.

Yo debería querer lo mismo.

Mis mejillas arden de humillación. Necesito alejarme. Ya que me ha dado una salida, la aprovecho.

—Tienes razón —digo, con voz forzada—. Estoy cansada. Nos vemos por la mañana, señor King.

Aprieta los dedos alrededor del vaso que sostiene y baja la cabeza; el pelo oscuro le tapa la frente y no me mira.

—Buenas noches, Chloe.

Parpadeando para contener las lágrimas, me retiro apresuradamente; me abro paso entre la multitud del bar y casi voy corriendo hacia los ascensores. Una vez encerrada en mi suite, salgo al balcón con la esperanza de que el aire fresco de la noche refresque mis mejillas ardientes.

Me apoyo contra la balaustrada de piedra, inspiro hondo y miro sin ver la torre Eiffel brillando en la distancia.

Pensaba que haberlo pillado masturbándose era vergonzoso, pero ¿esta noche? ¿Decirle descaradamente que quería su boca sobre mí? Es mucho peor.

Ha sido un rechazo en toda regla, y no tengo ni idea de cómo voy a mirarlo a la cara mañana.