29 #2
—Quiero saber qué estás pensando. —Mi propia voz suena ronca.
Me estudia durante otro largo momento y, luego, rompiendo el hechizo, se pasa la lengua por los dientes y coge los cubiertos.
Mientras corta un trozo y se lleva el tenedor a la boca, me muerdo el labio inferior para contener una sonrisa.
No aparta la vista de mí mientras se lo lleva a la boca.
Nunca en mi vida habría creído que me pudiera excitar tanto ver a un hombre comer.
Y, sin embargo, aquí estoy. Todo lo que hace Roman es sexy, incluso mantener el contacto visual mientras come.
Incluso la forma en que se le mueve el cuello cuando traga hace que el calor se acumule en lo más profundo de mi vientre.
Carraspeo con las mejillas enrojecidas—. ¿Está bueno?
—Le diré a Cole que entiendo el atractivo —dice en voz baja, lo que me acelera el pulso una vez más.
Cojo la copa de vino, casi vacía, y me la pongo contra la mejilla en llamas, tratando de refrescarme.
Por suerte, aparece el camarero, lo que alivia un poco la tensión.
Tras rellenarnos las copas, se marcha, y nosotros dejamos de lado los temas íntimos o sugerentes.
Hablamos un poco de mis años universitarios y él me pregunta qué hago fuera del trabajo.
Eso me lleva a contarle sobre Lola, y que hemos sido grandes amigas desde el primer día de instituto, cuando tropecé y caí en medio de la cafetería, y ella fue a ayudarme mientras el resto de los alumnos se reía de mí.
Ahora puedo sonreír al recordarlo, pero Roman frunce el ceño. Siendo como es, no me imagino que haya tenido mucha experiencia con que se rían de él.
Aunque no lo sé, porque, aunque me pregunta mucho sobre mí, cada vez que intento averiguar más sobre él o su familia, elude el tema sin esfuerzo.
Aun así, para cuando terminamos de comer y nos tomamos otra copa de vino, siento un agradable cosquilleo de calor, lo que significa que, al sentir el aire más fresco cuando salimos a esperar el coche, tiemblo un poco.
—Ven aquí —dice Roman.
Como una polilla demasiado dispuesta a quemarse, me acerco. No llevo chaqueta, así que me acaricia suavemente los brazos desnudos con las manos para que entre en calor.
Suspiro y levanto la vista hacia él.
—Siento que tu reunión no haya salido bien, pero este día ha sido increíble, así que gracias… Otra vez. —Suelto una risita cohibida.
Sus ojos son oscuros y están serios cuando me mira fijamente.
—Ya te lo he dicho antes, no tienes que darme las gracias.
—Sí, tengo que hacerlo. —El calor de su piel sobre la mía me está mareando un poco.
Es lo única que explica por qué ladeo la cabeza y añado—: ¿Te ha dicho alguien alguna vez que tu lenguaje del amor son los actos de servicio?
—En respuesta, arquea las cejas. Con el corazón en un puño, balbuceo—: Eso ha sonado mal.
No pretendía decir que me quieres, solo que te gusta hacer cosas por las personas que te importan.
Que tampoco es que te importe yo, claro.
Solo soy tu asistente, así que, por supuesto…
—Por la forma en que frunce el ceño, veo que no estoy mejorando las cosas, así que cierro la boca de golpe y me concentro en la calle que tenemos delante.
El coche se detiene entonces, gracias a Dios.
Roman niega con la cabeza al conductor, indicándole que no debe bajarse, luego me abre la puerta y espera a que entre.
Una vez que se sienta a mi lado y nos dirigimos al hotel, me obligo a mirarlo—. Lo siento, eso ha sido…
Él niega con la cabeza.
—No te disculpes. Sé lo que has querido decir, aunque no esté de acuerdo contigo.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo es posible que no estés de acuerdo? Mira todo lo que has hecho por mí. Y yo solo soy tu empleada. No puedo ni imaginar lo que habrás hecho por tu familia.
Tensa la mandíbula y aparta la vista de mí.
—Dudo que mis hermanos estén de acuerdo contigo.
—Siento un nudo en el estómago ante la repentina tensión que emana de él.
Se queda mirando por la ventanilla, en silencio, durante el resto del trayecto.
Mientras tanto, me muerdo el labio, reprochándome el haber metido la pata.
Siento un nudo en el pecho que me dificulta respirar.
Quiero volver a pedirle perdón, pero, sinceramente, no sé por qué.
Y tampoco quiero empeorar las cosas. Pero cuando por fin llegamos al hotel y salimos del coche, en lugar de dirigirse al ascensor, se vuelve hacia mí.
Su mandíbula sigue tensa, aunque no creo que sea por enfado.
La forma en que inspecciona lentamente mis rasgos, con la expresión suavizándose, me calienta hasta lo más profundo—.
Voy a tomarme un whisky en el bar, a intentar relajarme antes de irme a la cama. ¿Te apetece acompañarme?
Debería decir que no. Debería darle las gracias de nuevo y retirarme con elegancia a mi habitación.
Pero a pesar del cambio de humor que ha tenido en el coche, o quizá precisamente por eso, aún no estoy preparada para apartarme de él.
Mañana este interludio habrá terminado, y antes quiero pasar un poco más de tiempo con esta versión desconocida de Roman.
Hablar con él, estar con él, es mucho más agradable de lo que debería.
Levanto la cara hacia la suya.
—Me gustaría.
La intensidad de su mirada me deja sin aliento y enciende la expectación en mi vientre. Demasiado pronto, su expresión se vuelve indescifrable, pero el recuerdo de cómo me ha mirado, de cómo se ha permitido mirarme durante ese breve instante, me hace temblar.
Señala con la cabeza en dirección al bar del hotel.
—Después de ti.