El rey distante (Empty Kingdom 3) 29
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C hloe

Las comisuras de los labios de Roman se curvan.

—¿Por qué? ¿Te ha sorprendido?

Sabe muy bien que no me lo esperaba. Pero no le voy a reprochar su descaro, y menos cuando estoy absolutamente encantada.

—La verdad es que sí. No es aquí donde me imaginaba que querrías comer.

El conductor me abre la puerta y, tras echarle una última mirada a Roman, salgo del coche.

En la estrecha acera, alzo la vista hacia la pintoresca fachada de madera del bistró que tengo delante.

El acogedor espacio al otro lado de los grandes ventanales está iluminado por apliques de pared y repleto de comensales que charlan sentados en mesas cubiertas con manteles a cuadros rojos y blancos.

Roman se acerca a mi lado, con la cabeza gacha como si intentara ocultar su sonrisa.

—Eso es porque das por hecho que solo me alimento de comida digna de una estrella Michelin.

Lo miro boquiabierta, con el pulso disparado y la mente retrocediendo a la noche en que trabajamos hasta tarde y pedimos en mi pizzería favorita.

—Porque eres un multimillonario que viste trajes de mil dólares, va en un coche con chófer, solo sale con mujeres que parecen supermodelos y probablemente tiene un chef a domicilio que le prepara comida digna de un restaurante con estrella Michelin.

— ¿Se acordaba de ese comentario? Quizá no debería sorprenderme.

Es la persona más detallista que conozco—.

¿Así que me has traído a un pequeño bistró parisino?

Se encoge de hombros.

—He pensado que, después de un largo día, te sentirías más cómoda comiendo aquí que en un restaurante de lujo. Y la comida es increíble.

—¿Has estado aquí antes? —Aunque nunca lo admitiría, la idea de que pudiera haber traído aquí a alguna guapa modelo francesa, o tal vez incluso a Katherine, se me clava como un puñal en el pecho.

Sus ojos me traspasan, como si pudiera intuir el rumbo de mis pensamientos.

—No. Pero Cole y Delilah no paraban de hablar maravillas de él después de su última visita.

Un alivio irracional hace que la sangre me suba a las mejillas. Me vuelvo hacia el restaurante para que no pueda ver mi reacción.

—Estoy deseando verlo por mí misma.

Justo en ese momento, una pareja sale del bistró, y el delicioso aroma que sale por la puerta abierta hace que mi estómago gruña a un volumen vergonzoso.

Roman da un paso adelante para atrapar la puerta antes de que se cierre y me la mantiene abierta.

Una vez dentro, se acerca un camarero y nos habla en francés. Roman, por supuesto, le responde en el mismo idioma. Porque, claro, domina el francés. Como si necesitara otro detalle para resultar aún más atractivo.

Radiante, el camarero nos acompaña a una mesa para dos en un rincón con luz tenue.

Cuando llegamos, Roman me retira la silla y, una vez sentada, toma el asiento frente a mí. Hace rato que se quitó la corbata y se desabrochó el primer botón de la camisa, pero ahora se remanga la camisa Oxford y deja al descubierto sus tonificados antebrazos.

Tengo que luchar contra el impulso de relamerme los labios ante esa imagen. Cada centímetro cuadrado de su cuerpo, desde la cara hasta el pecho, pasando por los brazos y sus grandes manos, me evoca pensamientos que no debería tener.

Pensamientos lascivos, muy lascivos.

Como los que tengo por la noche, cuando estoy sola en la oscuridad, que me hacen deslizar los dedos entre mis muslos mientras me imagino esas grandes manos sobre mí, tocándome, echándome sobre el escritorio de su oficina, deslizándose dentro de mí y haciéndome sentir bien.

Mi vientre se contrae.

He hecho todo lo posible por mantener la compostura cuando estoy con él. Pero cada momento que pasamos juntos lo hace más difícil. Y después de estos últimos días —de las cosas que ha hecho por mí, de los momentos de intimidad— mi atracción está ardiendo sin control.

Me estoy comportando delante de mi jefe de una forma que nunca habría creído posible; cada vez que se acerca, mi mente y mi cuerpo se vuelven locos.

Como ese momento en el Louvre, en el que he bajado la guardia y he coqueteado con él.

Era imposible resistirse a la tentación cuando me miraba con una intensidad que me dejaba sin aliento.

Cuando estaba tan cerca, el calor que emanaba de su gran cuerpo se impregnaba en el mío, y su aroma fresco y cítrico invadía mis sentidos.

El deseo ha encendido una tensión ardiente y desesperada en mi interior. Una necesidad de tocar y ser tocada, de explorar la química que cobra vida cada vez que estamos cerca el uno del otro.

Pero él ha hecho lo correcto, lo inteligente, y lo ha detenido. Ha hecho que los dos nos mantuviéramos a un lado de la línea que marcamos hace tiempo.

Pero ahora estamos aquí, en este pintoresco bistró, escondido en un rincón de París, rodeados de unos aromas que me hacen salivar casi tanto como la mera existencia de Roman.

Ha recordado lo que le conté hace meses, y en lugar de llevarme a un sitio elegante, el que probablemente habría elegido si fuera solo, hemos venido aquí.

Saber eso hace que mi corazón lata al compás del cosquilleo en mi vientre.

Cuando el camarero regresa, Roman pide vino —de nuevo en francés—, y la forma en que las palabras se deslizan por su lengua no hace más que avivar las llamas del deseo que arden en mi interior.

Para distraerme, me escondo tras la carta. Me preocupaba no poder leer las opciones, pero, por suerte, han incluido la descripción en inglés entre paréntesis para gente como yo.

Las opciones gastronómicas aquí son mucho más rústicas que en el restaurante del hotel de Niza de anoche.

Todo tiene una pinta increíble, pero al final pido cangrejo y nabo en salsa remoulade como entrante, y de plato principal, el «clásico de bistró»: un auténtico croque monsieur y una ensalada verde.

Roman pide lo mismo, y cuando abro la boca de par en par, él arquea una ceja.

—¿Qué?

—Es solo que… No sé, pensé que pedirías el boeuf bourguignon o las vieiras a la plancha, algo así.

Se recuesta en la silla, apoyando una mano en la mesa. Una sonrisa se dibuja en las comisuras de sus labios.

—Cole no para de alabar el croque monsieur . Jura que está casi tan bueno como el primer sándwich de queso fundido que Delilah le hizo, signifique eso lo que signifique.

Nunca lo había visto así… Tampoco diría que está relajado, sino tan solo concentrado en algo que no sea el trabajo.

Y ahora mismo, lo que capta su atención resulto ser yo.

Es un lado de él que nunca había visto, y así, es demasiado fácil imaginar que esto es en realidad una cita.

Que el Roman que está sentado frente a mí no es mi jefe multimillonario, sino el hombre que me tiene pillada, y que incluso podría colmarme de orgasmos más tarde.

—¿Cómo están Cole y Delilah, por cierto? —pregunto, desesperada por encontrar un tema de conversación que no me incite a saltar sobre la mesa y sentarme en su regazo—. ¿Cómo está tu sobrina?

—Se están adaptando. —Sonríe con aire burlón, pero la expresión se suaviza rápidamente—. Lottie es… adorable. Ya tiene a Cole comiendo de su mano.

—¿Y qué hay de su tío?

Baja la cabeza y se le escapa una risa grave.

—Es muy probable que también sea así con él.

Mi corazón se derrite en un charco de gelatina caliente. Menudo tema seguro. La idea de que su diminuta sobrina pueda tener a su imponente tío comiendo de su mano lo hace aún más atractivo y solo consigue aumentar mis ganas de sentarme en su regazo y besarlo en los labios.

El camarero aparece con el vino, afortunadamente, y me aparta de esos pensamientos.

Es un blanco suave y ligero, y me refresca lo suficiente como para refrenar mi libido; cuando él vuelve a centrar nuestra conversación en algunas de las obras de arte que acabamos de ver, me resulta un poco más fácil controlarme.

Para cuando llegan los platos principales, el vino, el ambiente y nuestra conversación me han relajado.

A pesar de lo delicioso que estaba el entrante de cangrejo, se me hace la boca agua cuando el camarero nos pone los platos delante. Si pensaba que lo que he pedido iba a ser una simple versión francesa de un sándwich de queso fundido, me equivocaba.

Unas lonchas de jamón tierno cubiertas de una cremosa salsa bechamel se encuentran entre dos gruesas rebanadas de pan tostadas a la perfección, y por encima de todo ello hay una capa pegajosa y burbujeante de queso gruyère fundido.

El aroma cálido y mantecoso que emana de él hace que yo también me derrita.

Veo los cubiertos que hay junto al plato.

—Supongo que se supone que debemos comer esto con cuchillo y tenedor, ¿no?

Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.

—Si no, la cosa podría ponerse… un poco pringosa.

—Y no queremos eso… —murmuro, más que nada para mí misma.

—No lo sé —dice él—. Hay cosas que están mejor cuando pringan.

—No acaba de decir eso. Levanto la vista para mirarlo a los ojos, pero él se limita a enarcar una ceja a modo de respuesta— .

Come, Chloe . —Cojo el cuchillo y el tenedor, corto el sándwich con un crujido satisfactorio y me llevo el tenedor a la boca.

Cuando la mezcla de sabores me invade —el sabor fuerte del queso, el sutil toque ahumado del jamón y la cremosa decadencia de la auténtica salsa bechamel—, se me escapa un suave gemido y creo que he puesto los ojos en blanco.

Tardo un momento en recomponerme y, cuando lo hago, me encuentro con que Roman me mira fijamente, con una expresión ardiente y hambrienta que hace que un calor líquido recorra mis venas en una oleada vertiginosa—.

Tendré que darle las gracias a Cole por la recomendación —dice, con una voz ronca y tremendamente sexy.

—Ni siquiera lo has probado todavía.

Sus ojos son como brasas ardientes y ha cerrado las manos sobre la mesa.

—No hace falta.

La intensidad con la que me mira hace que mi pulso se dispare. ¿Por qué, por mucho que demos un paso atrás de la línea que los dos sabemos que no debemos cruzar, siempre acabamos aquí, al borde del abismo?