El rey distante (Empty Kingdom 3) 28 #3
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—¿Roman? —Un suave roce en mi brazo me devuelve a la realidad y afloja el nudo en mi pecho.

Levanta la cara hacia mí, con esos ojos tan absurdamente bonitos que me miran con preocupación.

Sin pensarlo, levanto la mano y le acaricio la mandíbula con los nudillos.

—Estoy bien, cariño.

Sus pupilas se dilatan y su exuberante boca se entreabre en respuesta, y una vez más me siento mareado, esta vez por la fuerza con la que la sangre se precipita hacia mi pene.

Rechino los dientes y me meto las manos en los bolsillos, decidido a mantenerlas alejadas de ella.

—Queda mucho por ver. Deberíamos seguir.

Ella parpadea y, tras tragar saliva visiblemente, se da media vuelta y pasa al siguiente cuadro.

Cuando se aparta, me paso la mano por la cara para obligarme a no tocarla. Ahora más que nunca, necesito recordar quién y qué soy, y qué es esto.

Una vez que he controlado mis impulsos, la alcanzo. Al principio, el ambiente entre nosotros es tenso y ella parece reacia a cruzar la vista conmigo, pero al final se relaja y vuelve a leer en voz alta las placas y a señalar los detalles que le encantan de cada obra.

E incluso si me acerco un poco más de lo necesario, consigo mantener las manos alejadas de ella.

Pasamos las siguientes horas deambulando por el museo, contemplando los cuadros y las esculturas, los artefactos antiguos de la sección de antigüedades.

Hacía años que no pasaba tanto tiempo sin pensar en el trabajo.

Debería estar nervioso, debería estar mirando el móvil en busca de mensajes y correos, pero estoy demasiado embelesado observando a Chloe como para que me importe.

Estoy demasiado hipnotizado por la forma en que ella se abre en el ambiente del museo como una flor demasiado hermosa a la luz del sol.

—¿Tienes hambre? —le pregunto justo antes de la hora de cierre.

Ella se ríe.

—Me acabo de dar cuenta de que me muero de hambre.

—He reservado mesa para cenar.

Frunce el ceño.

—Debes de estar cansado. Puedo pedir al servicio de habitaciones si quieres acostarte temprano.

—Creo que me quedan fuerzas suficientes como para comer.

—Se me había olvidado —dice ella con una sonrisa pícara—. Tienes aguante.

No puedo evitar que una lenta sonrisa se extienda por mi rostro. Sé que está mal, y llevo horas controlándome, pero no puedo resistirme a agachar la cabeza para acercarla a la suya.

—No tienes ni idea de cuánto puedo aguantar.

Ella inspira bruscamente. Pero antes de que pueda arrepentirme de mis palabras, se mueve de modo que sus labios casi rozan mi mejilla.

—Creo que he sido testigo de primera mano de cuánto puedes aguantar.

Una oleada de deseo me inunda las venas y reprimo un gemido. Me cuesta un gran esfuerzo no decirle que aún no ha visto nada. Que podría pasar fácilmente toda la noche haciéndola llegar al clímax una y otra vez antes de dejarme llevar por mi propia satisfacción.

Se muerde el labio en un intento por contener la sonrisa, aunque sus ojos la delatan.

Me cala en lo más profundo. Mi asistente, demasiado joven y demasiado guapa, con cuya sonrisa me he obsesionado y cuyo tacto he estado anhelando, está jugando conmigo.

Y odio lo mucho que me jode que me encante.

—Sabes lo que pasa cuando juegas conmigo, ¿verdad? —digo, con voz grave y ronca.

Si pensaba que mis palabras la harían echarse atrás, me equivocaba.

A pesar de que sus mejillas se le sonrojan, ladea la cabeza.

—Me imagino que me pondré muy muy caliente.

Estamos demasiado cerca y el ambiente entre nosotros crepita con suficiente deseo como para ahogarnos a los dos; con demasiada intimidad como para fingir que en este momento solo somos un jefe y una empleada.

Por pura fuerza de voluntad, doy un paso atrás. Me molesta ver cómo se le demuda el rostro, pero estoy haciendo lo correcto para los dos. No hay forma de que ceder a esta atracción pueda llevar a nada bueno.

—Vamos. —Las palabras me salen entre dientes—.

No puedo permitir que mi asistente se desmaye porque no le he dado de comer.

—En respuesta, su estómago gruñe ruidosamente.

Se lleva la mano al vientre y suelta una risa avergonzada—.

Vamos a cenar. —Hago todo lo posible por suavizar mi tono y ella suspira.

—De acuerdo, estupendo.

Me doy cuenta del momento exacto en que vuelve a asumir su papel porque la distancia que se abre entre nosotros es más que física.

Es lo que necesito —lo que los dos necesitamos— para mantener nuestra relación en el plano profesional.

Aunque no hay nada de profesional en la forma en que mi mano busca automáticamente la parte baja de su espalda mientras nos dirigimos al coche, pero ignoro lo que eso implica. Se ha convertido en un hábito, y aún no estoy preparado para romperlo.

Trabajaré en ello una vez que estemos en Nueva York, y también en restablecer los límites entre nosotros.

Eso es lo que me digo a mí mismo. Pero veinte minutos más tarde, cuando llegamos al restaurante donde vamos a cenar, el que elegí solo para ella, la expresión de su rostro mientras mira por la ventanilla me ilumina por dentro.

Con los ojos muy abiertos, se vuelve hacia mí.

—¿Es este?